Archivos Mensuales: diciembre 2011

Posadas

Vida sin fiestas es como largo camino sin posadas

Demócrito de Abdera

Las primeras posadas las experimenté a la manera clásica, procesión y letanía, caminaban con la imágenes rezando mientras mi atención se enfocaba en conservar encendida la velita que repartían sin quemarme – siempre he preferido manejar el frío antes que el calor.

Ya después se era más interesante cambiarle algunas partes a los rezos y las letanías, -Ora por dónde en lugar de Ora pro nobis- o cualquier cosa para matar esa espera para la llegada de la la fiesta, muchos otros esperaban la piñata pero yo no.

Todo fue a partir de la primera posada cuando nos cambiamos de casa de mis abuelos y vivíamos en un departamento a unas cuadras, era la hora de la piñata y a formarse, ¡pero por estaturas!, pues yo era el último niño de la fila. Pasó mi primo Jaime que era al menos cuatro años mayor y no solamente rompió la piñata, sino mi bat que estaban usando a manera de palo, así que jamás fueron momentos de gran gozo.

Casi todas las subsecuentes piñatas me dediqué a recoger todo lo posible y cambiar las frutas conseguidas por cacahuetes o mandarinas, pero sin disfrutar la celebración porque invariablemente quedaba como el último de la fila, aunque dudo que la inspiración del nombre del grupo hayan sido las posadas.

Pero el tiempo se encargó de virar los intereses y de apagar las tradiciones, así que las celebraciones infantiles se transformaron en fiestas, cómo olvidar la primera donde apareció un ángel malvado de cabellos rojos con suéter blanco que resaltaba sus recién desarrollados pechos y castigó las elecciones mandándome al infierno sin escalas.

O aquella donde la piñata estaba rellena de botanas y cajetillas de Dalton 14, ese sí fue un botín disputado. El ron tenía ponche y los cacahuates ceniza. Coincidentemente ese día se poncharon 2 llantas del coche, no fue un accidente raro, en realidad ya se les veía el aire. El regreso de aquella colonia lejana de Iztapalapa fue mucho más lento, pero valió la pena.

En una calle escondida de la colonia Chimalistac a solamente una cuadra de Insurgentes, asistimos a una posada de colación, pero como nos pusimos a jugar con el perro de la dueña de la casa, pasamos a ocupar un lugar privilegiado en la fiesta, y fuimos comisionados a llenar la piñata, subirla y mover las cuerdas. ¿Cómo ser le fue a ocurrir confiar unos sinvergüenzas? La piñata estaba a la mitad, y toda la demás fruta en nuestro poder.

Y se acabaron las piñatas, pero no la alcoholescencia, y las todo empezaba el primer fin de semana de diciembre, era la fiesta de mi primo y luego el siguiente las preposadas, después el inicio formal del Guadalupe-Reyes. Todas las posadas, llegando en la madrugada junto con el lechero, apenas un par de horas de sueño y ya tenía que estar en la vendimia navideña, tenía que levantar el puesto y tener todo listo para las 9 de la mañana y en la casi noche de regreso para alistarse para la siguiente. La navidad familiar llegaba como un remanso sin bebidas espirituosas.

Y tiempo después volví a asistir a una posada casi-tradicional. No había procesión pero sí letanía pero los cantos de la piñata había cambiado de “dale, dale, dale, no pierdas el tino; mide la distancia que hay en el camino” a “ya le diste uno, ya le diste, ya le diste tres y tu tiempo sea acabó” ¿Será que el tiempo se había terminado? ¿Será que no habría más fiestas ya?

No, simplemente hubo cambios, afuera y adentro.

Nota: esto no tiene nada que ver con el grupo Posadas.

La Ciudad de la Furia revisitada

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.

Jorge Luis Borges

Todos los sellos de migración de Argentina en mi pasaporte tienen el mes de diciembre, pero esta fue una visita diferente a las otras, al principio no me di cuenta,  todo comenzó desde que hice la maleta, odio empacar sobre todo cuando tengo que llevar ropa para le trabajo, nunca he podido doblar apropiadamente las camisas, de hecho creo que nunca he conseguido acomodar nada.

Cuando finalmente terminé de guardar todo decidí que no iba a llevar laptop, eso implicaba que no iba a trabajar desde el hotel, o comunicarme con alguien, tenía acceso limitado a twitter y facebook. Quizá porque ahora nadie estaba esperando mi llamada, porque sin lazos personales no tenía urgencia de regresar. Quizá porque no hay lugar para regresar.

Buenos Aires tiene un ambiente que mezcla lo aristocrático con lo porteño, hay en sus calles señales de que los tiempos pasados fueron mejores. Caminé por sus calles referenciadas miles de veces en la literatura y transitada por muchos escritores; ahora era el escenario de mi pensamiento. Las calles estaban repletas, con más comercio informal que la última vez, Corrientes sigue llena de vida, el obelisco sigue siendo una referencia obligada, pero en esta ocasión me sentía un poco fuera de contexto, a pesar del nombre de la calle yo necesitaba algo más arrabalero,  afortunadamente una banda se cruzó en el camino:

Banda Callejera

Tuve un par de inconvenientes, primero con la tarjeta de crédito, no solamente tuve que avisar por adelantado de mi viaje, también tuve que hablar por teléfono para confirmarles que esos gastos eran correctos, es la desventaja de tener que quedarse en un hotel sin chinches -espero que el reembolso llegue a tiempo para mi viaje a México- después ocurrió algo parecido con el roaming del teléfono, tampoco me preocupaba demasiado quedar incomunicado, en Brasil se preocupan especialmente del dinero que se gasta en el extranjero, incluso hay impuestos para desanimarlo. No va a funcionar conmigo.

Visité el pueblo de Tigre para continuar con el ambiente porteño, tenía mucho tiempo sin usar un tren, sin visitar palafitos y sin vagar sin rumbo, debo hacerlo más seguido, los descubrimientos que nos regala el azar siempre son afortunados.

El domingo fui a San Telmo, ahora no tenía ningún regalo especial pendiente, el encargo de Tris -unas estampas de Gaturro- lo despaché en un puesto de periódicos y para mi compañera ocasional bastarían unos artículos del duty free para negociar algunas variaciones en la alcoba; las compras serían solamente para mí, fue momento de consentirme. Empecé de la plaza Dorrego y recorrí toda la calle de Defensa hasta llegar a la Plaza de Mayo sin prisa, aleatoriamente dejándome sorprender por las mercancías. El paseo estuvo lleno de encuentros felices, encontré una primera edición de un libro, algo para mi pared pero el verdadero tesoro fue un libro de Alejandra Pizarnik:

Alejandra Pizarnik

Durante una salida a tomar unas cervezas tuve una plática con un amigo y platicamos de nuestros últimos diez años – llevamos casi el mismo tiempo de colegas- y me señaló en un tono de broma que llevaba razón: “te aburguesaste”, no tuve argumentos para rebatirlo, si bien mi vida a sufrido diversos cambios la parte laboral ha estado demasiado estable, algo que quizá hacía un propósito antes, no estoy seguro que siga vigente. Parece que el libro será más que útil.