Censura hasta en la SOPA

Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo

Goethe

Siempre he odiado las restricciones, las imposiciones o la censura; cuando alguien me dice que no debo hacer algo o que solamente hay una manera de hacer algo, inmediatamente brinca una señal de alarma dentro de mí diciéndome que siempre hay muchas opciones -muchas más de las que se ven a simple vista.

Contra lo primero que me revelé fue contra que me cargaran, no me gustaba así que cuando alguien se agachaba a cargarme le daba una patada en la espinilla, eso fue suficiente para desanimar a la mayoría. O dormirme temprano, no echarle plátano a la sopa de pasta, hacer la tarea antes de salir a jugar, tener cuidado al jugar en la calle, no calentar el agua de los peces -sí, vi a uno saltar porque no aguantó el calor- y el colmo: usar suéter -aquellos que me conoces saben lo ridículo de esta petición.

Incluso mi tía Luisa, que era muy permisiva, y a la que le decía “voy a tirarme de la avalancha y esquivar los coches” o”me voy a una fiesta a beber y no sé cuándo regrese” y lo único que me decía era un que dios te acompañe sin ningún reproche, en cambio me prohibía ayudar en la cocina bajo el argumento incontestable: “los hombres en la cocina huelen a caca de gallina”.

La adolescencia no hizo más que presentar numerosos retos que fueron sorteados con singular alegría, desde el sentido del eje central, la fortaleza de los árboles, demostrar la existencia del amor, violar la permanencia de los letreros con el nombre de la calle, pero sobretodo probar mi inmortalidad.

Durante mucho tiempo aceptaba todos los desafíos y libraba todos los retos; así fuera llenar la casa de la señora de los casos de la vida real con agua de riñón, robarle una prenda a alguien, torear taxis, romper un récord de velocidad en un auto sin frenos, y hasta otro de esos retos que se convierten en hitos: casarme.

#YoConfieso que disfruto ir contra la corriente, y muchas veces usé una indumentaria estrafalaria buscando provocar, en la prepa me negué a cortarme el cabello aún bajo amenaza de expulsión -tuve que usar gel, limón, jitomate y muchísimos pasadores para tomarme la foto para la cartilla-,  el negocio de costura me permitió fabricar unas camisas iguales que hacían parecer que no me cambiaba en mucho tiempo y asistía a las fiestas elegantes con los pantalones raídos, el cabello al estilo “The Cure”, pero iba al Chopo de traje -corbata incluída- no es tan sorprendente que recibiera un trato similar. En la Universidad fue diferente, bueno en la FCPyS no tanto -el turno matutino parecía un desfile de modas- pero en la facultad de Ciencias no me decían nada, aunque había miradas en mi chamarra con más hoyos que mezclilla, los pantalones con algunos huecos apenas abajo de las nalgas, mis converse uno lila y el otro turquesa -porque nunca conseguí rosa en mi número- y el cabello anudado con una donita de color pastel. Pero las prohibiciones aquí eran mínimas.

Pero mi alma incendiaria no se conforma con el caos, quisiera que los demás conozcan sus opciones, que averiguaran, que desapareciera su apatía. Extraño dar clases.

Yo creo que la mejor opción es educar y dejar que las personas actúen libremente, es decir, con conocimiento de lo que hacen, con la voluntad de hacerlo y con la responsabilidad frente a las consecuencias de los actos.

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el enero 30, 2012 en Adolescencia, Amigos, Biografía, Familia, Infancia y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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