Te hago mi compadre

Dos compadres con una botella dan la mejor sentencia.

Dicho no tan popular

Esta entrada se la dedico a un entrañable amigo al que le tengo un amor tal que nos hicimos familiares.

A Julio lo conocí cuando él tenía apenas un año. Justo al mudarme al retorno -haciendo referencia al 1er Retorno de Rosa Zaragoza- primero fui amigo de su hermano Felipe -del que llegaron a pensar que era mi hermano- y de alguna manera siempre estuviera presente, así que siempre andaba por ahí.

En el retorno teníamos un juego, si no decías “medias” al ver a las personas, ellos podían mojarte, algunas veces era con un vaso, una jeringa, algunas otras con una cubeta. Julio solía participar en esos juegos pero solamente mojando, aprovechando su situación infantil, era medio odioso, no debe haber sido fácil estar vivir entre esa hermandad soberbia, así que sus formas de llamar la atención eran estridentes. Un día después de que hiciera su clásico chiste del agua, tomé un pedazo de madera y lo lancé como sin rumbo mientras el corría como a 20 metros, acerté; nunca comentamos el incidente.

Ellos se mudaron y dejamos de ser vecinos, pero no amigos, cuando visitaba a Felipe en su departamento en Mitla, lo encontraba muy emocionado cantando la de Fricase de los Qué Payasos – “No seas mugroso”-, su primaria estaba en la esquina con Concepción Beistegui – Conchita B para los cuates-. Luego se iría a Los Ángeles.

La diferencia de edad ocasionaba que no formara parte del grupo, en algún momento el comenzó a resentirlo. Cuando intentaba integrarse al grupo, la banda -que incluía a algunos hermanos mayores- era generalmente rechazado, o peor aún, sus hermanos le prohibían cosas como fumar o tomar alcohol, eso me parecía no solamente injusto sino hipócrita, así que para solucionarlo lo cobijé bajo mi ala y le di el título honorario de mi ahijado: de alcohol, cigarro, billar y cualquier diversión decadente.

Lo enseñé a manejar, o al menos le di unas lecciones, claro que él pensaba que si podía manejar aceptablemente una pod racer en un videojuego entonces estaba capacitado para manejar; casi era cierto. Luego de que manejara empezó a tratar con cierto desdén mi forma de manejar, para esos entonces ya había abandonado la velocidad, los arrancones, y los retos mortales e irresponsables. Así que un día volví a acelerar, por un tiempo muy breve pero suficiente para que me rogara que desistiera. Pero nada comparado con un regreso de Acapulco, acompañados de los hermanos Miranda (Dida y el Chacalón), durante el camino de regreso había una lluvia pertinaz, los limpiaparabrisas funcionaban intermitentemente casi tan intermitentes como los faros -era de noche-. Como ninguno me había visto manejar antes con nula visibilidad -sí usando la fuerza- venían muy nerviosos, casi puedo asegurar que uno venía al borde de las lágrimas de pura tensión.

También fui su entrenador de fútbol rápido y no coincidíamos en conceptos, afortunadamente luego tuve la oportunidad de jugar con él -justo en el viaje a Acapulco- apenas para que hubiera una anécdota pero suficiente para que entendiera mi posición y mi estado. Siempre ha sido visceral, nunca ha podido ver el juego de manera racional, ni siquiera en los videojuegos donde es divertidísimo jugar FIFA con él, lanzando gritos y sombrerazos, culpando a los controles, o quejándose de su compañero.
Llegamos a jugar muchísimo, con Lalit y el Chacal jugábamos Age of Mitologhy durante maratónicas sesiones, que comenzaban en la mañana y terminaban unas 18 horas después cuando teníamos que salir a toda velocidad para que no lo regañara mi comadre, teníamos que llegar antes de las 4 de la mañana. A últimas fechas jugábamos golf, lo que nos daba un respiro para platicar, no solamente hacíamos observaciones o pequeñas correcciones al respecto del juego del otro sino que de la vida, de las preocupaciones o los sueños. Extraño aquellos días.

Vivimos innumerables episodios, desde simples visitas al cine para ver el estreno de uno de los episodios de StarWars o de los X-Men, o aprovechando al máximo los buffets, o desvelados, crudos y desganados viendo la tele en uno de esos domingos que sacaban de onda. Recorrimos la ciudad y algunas veces disfrutamos de abundancia, muchas otras transitábamos en la escasez. Luego de un tiempo la frase “no tendrás una campanita” –usda para pedir algo de dinero- se hizo famosa.

A diferencia de sus hermanos él solía conversar mucho más, compartir y exponer sus sentimientos, y preguntar en ese sentido no fue medroso. Caminó conmigo pasajes oscuros de mi vida, escuchó sin tanta sorpresa muchas de las ideas que cruzaban mi mente, algunas veces solamente alcanzaba a exclamar: “estás bien ajax”

Tenemos además una canción que desde hace mucho disfrutamos cantar a dúo, mucho más al calor del alcohol:

Siempre he respetado sus opiniones musicales, aún con su particular manera de despotricar, le otorgué asilo cuando lo necesitó y he sido, en sus palabras, un hermano más, incluso dejó de ser mi ahijado

Le otorgué un ascenso, al apadrinar a su hija: Padme Amidala, no creo que les cause más sorpresa que al cura que la bautizó. Por si no lo habían leído entre líneas ya saben que tiene al menos un pasatiempo. Ahora es mi compadre.

Y aquí mi última foto con él.

 

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el abril 13, 2012 en Adolescencia, Amigos, Bebidas, Biografía, Cerveza, Familia, Infancia, México y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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