la infancia que muerde

He rezado por mi niñez, y ha vuelto a mí, y siento que sigue siendo tan pesada como antes, y que no ha servido de nada hacerme mayor.
Rainer María Rilke

Yo era un niño perfecto —todos los niños lo son— pero muchas cosas se perdieron en el camino. Algunos momentos donde se perdieron algunas de esas cosas los tengo perfectamente identificados, otros apenas reflexiono al respecto.

Odiaba furiosamente que me hablaran balbuceando con tonos que se supone de niños, me molestaban los tonos agudos como la voz de la chilindrina casi hasta romper en llanto. Y cuando me querían cargar a fuerza daba patadas en la espinilla. Cada que mi mamá me llevaba al mercado tenía miedo de que alguien más me llevara porque no le hacía el feo a ninguna persona.

Cuando tenía alrededor de un año no me gustaba dormir en la recámara de mis padres, pensaba que había un par de caballeros guardianes —uno negro y uno blanco— que observaban mientras dormía, esas imágenes desaparecieron después de un sueño que tuve, donde salía al patio y miles de protozoarios —en ese entonces no sabía lo que eran— flotaban bajo la luz de la madrugada, caminar sientiendo  el cemento frío en mis pies me tranquilizaba por alguna razón, todavía me gusta caminar descalzo.

Me dí cuenta a temprana edad de las peleas por el dinero, y me preocupaba, durante el diciembre de mi segunda navidad mi mamá le insistía a mi padre que le diera dinero para poner el nacimiento, la única manera que se me ocurrió para ayudar fue ir al parque y juntar todo el pasto posible,  el resultado fue que la sala de mi abuela quedó muy sucia y yo me llevé un regaño por mi travesura, sin importar las razones que tuviera, es como si nunca hubieran importado las explicaciones, todavía tengo esa sensación de que nadie las escucha.

A los dos años iba alegremente a la tienda y llegaba gritando “doña Victorita: mi chaparrita” —supongo que debo aclarar que estaba pidiendo un refresco— y pensaba que era toda una aventura ir a comprar crema aunque solamente estaba a 2 cuadras de distancia, era feliz aventurándome, descubriendo, arriesgándome, y quiero seguir así por eso necesito derribar las cosas que lo impiden —porque las barreras que lo impiden están por dentro—.

El episodio más significativo fue cuando con mi hermana:  una noche, recién mudados de casa de mi abuelo a un departamento a un par de cuadras, me confiaron su cuidado y yo acepté con gusto y orgullo. Estaba sentado en la escalera vigilándola y hablándole mientras dibujaba (aunque usted no lo crea), dejé caer el lápiz y rodó a una distancia que me obligó a abandonar mi puesto de vigilancia, unos segundos bastaron para que ella subiera por la escalera y cayera. No fue la sangre lo que me impactó sino la carga en los hombros. Es el único período de mi historia en el que mi memoria no alcanza a penetrar, las siguientes horas se quedaron encerradas dentro de fortalezas inexpugnables en mi cabeza.

Durante varios años me enfermaba quincenalmente de las anginas, probé una infinidad de remedios, visité muchos doctores sin éxito. Todo terminó con su remoción.

Era feliz jugando, cartas, dominó, ajedrez y cualquier juego que me pusieran enfrente, era como estar en otro lado donde estaba permitida la exploración y la experimentación, donde las consecuencias no parecían tan graves, donde cuidarse era parte del juego. Jugar es otro estado de ánimo, es una característica que define al hombre, esto es algo que me define de alguna manera y que estoy seguro que nunca me abandonará.

En una fiesta en casa de mi abuela llegaron unos familiares -o algo así- con los que mi mamá quería quedar bien, aunque siempre ha querido quedar bien con todo el mundo, llevaban 3 hijos, no estoy seguro de cuál de ellos me empujó de las escaleras, estaba descuidado y aterricé con la cara. Me retiré de la fiesta a la recámara de mi abuela, y la única que subió a verme fue mi tía Luisa, que fue con la única persona que me sentí protegido, que sabía que tenía la fuerza y el amor para hacerlo, siempre dejé que me persignara y me llamara como quisiera, a la única que le rendí pleitesía. Nunca me lo dijo pero sabía que me amaba y que sus conjuros eran tan poderosos como para protegerme.

Jamás me tocó un turno a la piñata cuando era niño porque  siempre era el último de la fila así que siempre la rompían antes de que llegara mi turno, generalmente mis primos que eran de mayor edad pero menor estatura, incluso en una ocasión no solamente rompieron la piñata, también mi bat que tomaron prestado sin consentimiento. Nunca fue mi parte preferida de las posadas.

Justo antes de entrar a la primaria organicé un robo a la juguetería del Sears en Plaza Universidad, junto con mi primo y otros cuatro amigos de la calle de mi abuela, una operación simple que se aprovechaba de una barda metálica que se doblaba fácilmente justo enfrente de un elevador. Ese día salimos con varios juguetes —uno para cada quién— la operación era en equipos de tres y siempre rotando, los jueguetes los llevaban al estacionamiento donde habíamos conseguido unas bolsas para ocultarlos. Pero el disfrute de esos juguetes duró apenas un día.

Algunas veces en el camino de regreso mi papá manejaba de buenas y no había prisa en llegara a casa, entonces accedía a jugar conmigo, yo me cubría los ojos y él manejaba por lugares distintos y yo tenía que decirle la ruta por donde íbamos, a veces incluso iba hasta el periférico solamente para dar un par de vueltas en los tréboles y confundirme. No era muy frecuente pero me hacía muy feliz. Y es que sentía el amor de mi padre, era evidente que se sentía orgulloso y que me amaba, pero había dos cosas que me lastimaban: su alcoholismo y su rigidez.

Recibía regaños por cualquier falta, incluso por aquellas que no cometía, y cuando estaba enojado no escuchaba razones, no había forma de persuadirlo o explicarle la situación —esto cambió unos 15 años depués—. Siempre jugó fútbol y cuando iba a ir a una partido a Acapulco con el equipo de su compañía mi mamá me pidió que lo fuera a cuidar -¡yo tenía 8 años!- así que fui, el primer día, después del partido me dejó en la playa mientras el se iba a bañar y cambiar, luego pasó a decirme que iban a ir a comer y que regresaría al poco tiempo, supongo que la comida se unió con la bebida y la cena —cualquier cosa que hayan cenado— pero el caso es que me quedé ahí en traje de baño esperándolo porque además se habían llevado la llave del hotel y no quisieron abrirme en la recepción. Llegó pasadas las 4 de la mañana y apenas conseguí ayudarlo a subir y acostarse. Al día siguiente aún no recuperaba la sobriedad del todo -menos después de las cervezas para la cruda- insistía en ir a nadar y yo en convencerlo de que no lo hiciera, luego tuve que apurarlo porque el camión amenazaba con partir sin nosotros mientras el dormía plácidamente. Parecía tan vulnerable, desprovisto de conciencia, creo que ese viaje hizo que me preocupara más por sus ausencias.

Y mi madre fue la que me mandó con esa misión, y es que desde el principio ella se sentía insegura -tenía 18 años cuando nací- me contaba sus penas, lloraba conmigo, y otras veces explotaba por razones que no alcanzaba a comprender. A todo mundo le brindaba una sonrisa, y hacía muchas promesas, compromisos y planes. Y cuando no podía cumplirlos se enfermaba, de algo desconocido que hacía que quedar postrada en la cama sin poder hacer nada, así que yo tenía que salir a enfrentar a los cobradores furiosos, los vecinos demandantes o los deudos en busca de objetos prometidos. Aunque siempre le preocupaba mi papá -me mandaba a hablar a locatel- yo la veía más contenta cuando tomaba que cuando estaba sobrio. Un par de veces estuvo embarazada de nuevo —ninguno pudo lograrse— uno de ellos fue cuando estaba en el último año de primaria, ella decidió irase a casa de mi abuela para cuidarse y me quedé con mi hermana, era mucho más sereno estar de esa forma. Pero aún así, cuando hizo su maleta y salió amenazando con abandonarnos, yo fui por ella para convencerla de que no se fuera.

Y hubo muchas cosas más que me han ido forjando, muchos momentos felices, otros tristes y algunos aburridos.  Parece que toda mi familia tenía sus escapes: mi mamá tenía sus enfermedades , mi padre el alcohol y mi hermana encerrarse en su cuarto, era como si no quedara nadie para resolver las cosas, muchas veces yo tomo ese papel, me asumo la tarea o el rol, y es como si tuviera siempre esa sensación de que volteas hacia atrás y no hay nadie, o que nadie lo va a hacer mejor que tú, o que eres el único que entiendo su importancia. La verdad es que a nadie le importa, muchas veces al tomar ese puesto y realizar las tareas dejo de lado mis deseos, mis tareas, mis necesidades.

Todo eso quedó en el pasado y fue parte de lo que me llevó a ser quien soy, ahora necesito trabajar para recuperar todo eso que no quiero perder, curar las heridas que aún están abiertas y deshacer los obstáculos que me impiden liberar todo el potencial que tengo.

Dejo un par de cosas para recordar:

Castillos en el viento

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el abril 30, 2012 en Amor, Biografía, Educación, Familia, Infancia y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Tu publicación me trae recuerdos; me explico:

    Los juego de mesa que practicabas en tu infancia me hicieron recordar a tu tío Carlos y su afición por el juego. https://laherenciademiranda.com/2012/02/16/lecciones-meridionales/

    Me hiciste recordar a mi padre quien casi no tomaba, pero cuando lo hacía ¡lo hacía!

    Me hiciste recordar a mi madre quien siempre está dispuesta a ayudar y se satura de compromisos.

    Tu infancia no es tan diferente a la de otros y tu adultez, al parecer, tampoco, sólo que muchos no platicamos de ella por equis o ye razón o no sabemos como describirla.

    Felicidades, me gusto esta publicación.

    Un abrazo.

    P.D. En la frase de “Rainer María Rilke” se resume la vida de muchos y recordar la música del Ma-ese Jaime López es único =)

    • Brujo Postergado

      gracias por los comentarios, sí creo que cada quien tiene su particular historia, parte de lo que hago con este blog es plasmar esos recuerdos para registrarlos, reflexionar al respecto y asimilarlos de forma diferente, y creo que mucho de lo de la sucede en la niñez puede verse bajo esta perspectiva.

  2. El “chiste” está en saber contar nuestras historias, gran Brujo Postergado, y tú lo haces muy bien.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s