Archivos Mensuales: mayo 2012

sana, sana, colita de rana

Un amor que es vergonzoso y abusivo es un concepto enfermo y ridículo. Tan enfermo y ridículo como el concepto de asesinato y guerra en el nombre de dios.

Robert Burney

Los acontecimientos confluyen para que las cosas ocurran, durante los últimos días he tenido muchas ideas rondándome la cabeza que se han alimentado de pláticas donde saltan los problemas de pareja, de la pregunta acerca de la existencia de Miranda, del libro que me tocó leer en mi club de lectura: El Mal de Portnoy —que es un incesante monólogo frente a un psiquiatra—, la indescifrable naturaleza de un ir y venir afectivo que ha despertado viejos fantasmas de mi psique y la continua vibración de mi mente.

Al nacer nos enfrentamos un mundo que está dominado por personas mayores que nosotros, de las que dependemos completamente en el inicio de nuestro desarrollo, personas que llevan heridas emocionales sin sanar que les impiden educarnos sin dañarnos, aún cuando sus intenciones sean amorosas. El primer acto amoroso de mi padre —ponerme junto al calentador para que no me diera frío— me causó una deshidratación tal que no podía orinar.

Porque vivimos en una sociedad donde el amor se condiciona al comportamiento, donde a los hijos se les intenta manipularlos y avergonzarlos para que se comporten adecuadamente, mi madre fue variando de razones: porque vivíamos en casa de mis abuelos, porque era la manera de pagarle lo que hacía por mí, porque dios decía o simplemente porque era mi madre pero lo que ocurría con mayor frecuencia era que buscara chantajearme y hacerme sentir culpable de su malestar.

El alcoholismo de mi padre tampoco fue de mucha ayuda, tenía que lidiar constantemente con discusiones irracionales —yo era el encargado de convencerlo ya teníamos que irnos— las palabras cariñosas y necias que profería en ese estado contrastaban notablemente con la rigidez y severidad de cuando estaba sobrio. En muchas ocasiones me reprendió y castigó por actos que nunca cometí, y se negó a escuchar explicación alguna, pero lo que más me lastimaba era cuando —sobrio— se burlaba sarcásticamente de sentimientos que exponía.

Al asumir este rol lo único que logré fue dejar de escuchar mis verdaderos sentimientos, a esconderlos en lo más profundo para que jamás salieran, y crecí con este sentimiento de que rechazo, no creía ser merecedor de amor, con el convencimiento de que había alto tan errado en mí que, si era descubierto, sería rechazado. Lo que más odiaba era que me mandaran a regresar algo a alguna tienda, sentía que ese sería mi destino, entonces sentía un terror que no alcanzaba a comprender, que era una transferencia del miedo a que fuera yo el estaba defectuoso y necesitaba ser devuelto.

Entonces me convertí en un actor, en ese impostor que cumplía mis deberes, que me suplantaba caminando por los límites acotados por los demás, pero había cosas que no sabía fingir, mis palabras resultaban extrañas y mis preguntas incómodas; en cada fiesta me ordenaban saludar a todo mundo, algo que a la fecha me sigue pareciendo extraño, pero a la fiesta siguiente se enfadaban porque tenían que ordernármelo de nuevo ¿cómo era posible que fuera tan inteligente en tantas cosa y no fuera capaz de cumplir algo tan sencillo? no solamente los veía —todavía lo veo así— como circunstancias diferentes también estaban involucrados mis sentimientos, alegar miedo o incomodidad solamente iba a provocar su enojo en mi contra. Estaba tan alejado de mis propios sentimientos que no conseguía identificar lo que sentían los demás. Y así el único papel que logré interpretar fue el del niño bien portado pero raro, un héroe defectuoso, un hijo del que se siente orgullo y vergüenza al mismo tiempo.

El entorno no era muy diferente, las reacciones que obtenía iban variando, y fui calibrando poco a poco lo que dejaba salir o no, los destellos de mi verdadero yo que permitía que se asomaran. Este encierro fue minando el camino hacia mi corazón, porque no pasaban las agresiones ni la violencia, pero tampoco las demostraciones afectivas. Y sentía envidia de los demás, que no parecían esforzarse mucho para recibir amor y atención. Tenía que rescatar a mi padre que ganaba toda la atención bebiendo, haciendo bromas grotescas o perdiéndose un tiempo para aparecer inconsciente en un taxi —que no era del DF— frente a la puerta de la casa, y era necesario conseguir el dinero, bajarlo del taxi y llevarlo a su cama mientras mi mamá le preparaba algo y lo apapachaba, y yo sabía que él no recordaría lo que pasó y que mi mamá le perdonaba cualquier cosa pero a mí no, y pensaba que algo tendría que estar muy mal conmigo porque algunas veces mientras recibía estos regaños llegaba alguien más y la cara de mi mamá cambiaba, su tono de voz se volvía meloso y dibujaba una sonrisa de oreja a oreja; invariablemente le ofrecía eso a los demás. Todavía cuando habla con ese tono de voz vienen esos recuerdos, pero ya entendí que ambos me amaron y que la educación que me dieron fue lo que tenían para ofrecerme.

Todo lo que estaba encerrado estalló un día al enamorarme perdidamente, en realidad al enamorarme por primera vez y específicamente al amar por primera vez —refiriéndome a este amor de pareja— fue una explosión tan violenta que lo que ocasionó fue una danza macabra de sentimientos, experimenté un rango no conocido de sensaciones y emociones que salieron de control.  Fui feliz de saberme amado, y sufrí lo indecible cuando recibía un desaire, ambos teníamos tantas carencias emocionales que intentamos cubrirnos por completo, asumíamos distintos roles —mezclas entre padres e hijos— que recreaban macabra y eróticamente nuestra historia, nos hicimos tan dependientes que no conseguíamos separarnos demasiado, conocí los celos que eran exacerbados por mi miedo al abandono, pasé mucho tiempo sintiendo un miendo incontrolable que apenas si soportaba. Y la violencia apareció, con muchos disfraces como los chantajes, la mentira, los insultos. Entramos en una sucesión de peleas y reonciliaciones que abrían heridas profundas y peligrosas. Quedamos tan entrelazados que la separación fue lenta y desgarradora.

Parece que toda mi historia —incluídas las llamadas constalaciones familiares— se presentaba en esta relación, cuando alguna vez me dijo que me había engañado yo sentía cómo la rabia de mi abuelo —apuñaló a mi abuela— estaba presente, como esos sentimientos quedaban fuera de control, no podía entender como ella quería hacerme pasar por este sufrimiento, lo vivía como una amenaza de muerte y los gritos, las súplicas o las amenazas salían como patadas de ahogado, un recurso desesperado ante esa amenaza. No sabía entonces que todo eso estaba forjado en mi interior, no sabía que eran mis miedo al abandono lo que estaba dando forma a esa amenaza, no sabía que lo que estaba viendo eran las creencias que me transmitieron otros, que había aceptado y las vivía como propias. Llevaba tanto tiempo sin tocar mis sentimientos que me espanté, la única certeza que tenía era que había llegado a estados críticos, cuando rompí por tercera vez mi CD Kiss me Kiss me Kiss me —aún tengo una copia de repuesto— sabía que estaba en el fondo.

Al poco tiempo ella terminó conmigo, bueno oficialmente, pero me buscaba periódicamente —cuando yo comenzaba a salir por alguien más— y si bien ella fue la que sugirió que termináramos yo fui el que lo hice, me costó abandonar casi todo y decir las palabras más crueles que le he dicho a alguien pero lo hice —mucho tiempo después le pedí perdón— me alejé, dinamité todo y quedaron sepultadas muchas cosas. Parece que nunca sería el mismo de nuevo.

Todas las relaciones posteriores se vieron marcadas por una necesidad de protección, una compulsión por sanar a mi pareja, encontraba seres dañados que requerían paciencia y amor, con heridas profundas —tan profundas como las mías— y me dedicaba a nutrirlas, mimarlas y quererlas. Vivía con ese anhelo de que feuran felices, les deseaba lo mejor. Pero todo eso que deseaba para ellas, era lo que yo necesitaba, solamente era un proyección de mis necesidades entonces las personas que encontraba no solamente tenían esas heridas, eran lejanas en su demostración de afecto algunas veces en general en otras eran de las que se llevaba bien con todos. Invariblemente mejoraban, pero al encontrarse en una situación distinta, con mejor salud, estima y entorno, entonces las cosas ya no funcionaban porque el gancho desaparecía y terminábamos.

Tantas acciones alimentaban la idea inconsciente de que necesitaba pagar un tributo para ser amado, que tenía que dar constantemente, de que era lo único que podía ofrecer, era como un mecanismo para que me necesitaran y no me abandonaran. Una manera vergonzosa de mendigar amor. Despertar a todas estas certeza fue difícil, fue sentir el orgullo caer al piso, y aceptar que estoy en el primer escalón. Porque esto tiene otras ramificaciones.

Esto ha afectado todas mis relaciones, y hablo de relaciones con otras personas porque con los animales es mucho más fácil, jamás te vas a sentir amenazado que tu mascota te abandone y no solamente porque le proporcionas el alimento, sabes que el cariño que te profesa es auténtico que te lo demuestra cotidianamente sin importar tus actos o apariencia, no te sientes juzgado.

Ahora que estoy en este camino me pregunto si no he sido igual de deshonesto con mis amigos, si el cariño que les tengo y las cosas que hago por ellos no son con el interés de que me quieren de vuelta, o ¿me conocen? o ¿qué pasaría si me conocen en realidad? ¿Será que pueden ayudarme en el tránsito de este camino si forman parte de esto que desconozco —onda principio de Heisenberg—?  ¿Será que soy  un gran fraude?

Y todos estamos en un camino individual, al que veo como desde abajo y me sobrepasa un poco todo el trabajo que hay que hacer, quizá me siento un poco aislado y me asusta descubrirme cometiendo los mismos errores: volcándome en  atenciones a cambio de un par de guiños ambiguos.

No sé cuánto tiempo tardaré en  sanar pero tengo la determinación de lograrlo.

Mientras escribo esto uno de mis amigos está pasando por una crisis familiar, una amiga está en un hospital donde será sometida a una cirugía y otro amigo no quiere hablar conmigo —ya me lo dijo explícitamente— creo que escribo esto principalmente para compartirlo con ellos.

Ella es leyenda

¿Qué bestia caída de pasmo se arrastra por mi sangre y quiere salvarse?

Alejandra Pizarnik

Uno podría pensar que ya no existen seres mitológicos en estas ciudades pero, al menos la ciuad de México está repleta de leyendas como la del niño perdido, el callejón del aguacate, o  la leyenda de San Jorge y el dragón. También existen seres fantásticos, como la mujer araña del circo, así que le dedicaré la entrada a la chica oruga o “Caterpillar Girl” para los que saben de lo que hablo, para los que no les dejo la música:

No existe una forma segura de determinar si alguien pertenece a esta categoría, pero existen algunas señales que nos puede alertar. Están formadas por una combinación de dos características, tienen una parte luminosa y una parte sombría. Algunas veces una domina a la otra, tanto que se requiere un corazón entrenado para percibirla, algunas otras veces es un balance que causa fascinación, repulsión o ambas.

Quizá la encuentres en una calle peligrosa con mientras platica y fuma con un par de malencarados que te amenazan tocando el arma que que tienen sostenida en el la parte trasera del cinturón, pero no te importa porque nunca habías visto mejores piernas más expuestas. Podría ser que estuviera quieta en el sillón más escondido de la fiesta, sin invitaciones a bailar —y mucho menos a otra cosa— pero que la contestación de algún insípido bastara para que sus ojos comenzarían a brillar y tus latidos a acelerarse bajo el hechizo de sus palabras, como si el mundo desapareciera y ella se desnudara para ti. Sería posible encontrarla viviendo en una fortaleza burguesa cuya entrada está custodiada por algo mucho peor que un dragón.  O ser religiosa en extremo, dedicada a convencer a los incautos de que el juicio final está a la vuelta, envuelta en ropas oscuras esgrimiendo un discurso maniqueísta y taladrante cuya voz, al susurrate palabras sucias, haría que rompieras en éxtasis. Pude que la encuentres en un laboratorio donde extingue vidas cotidianamente, pero que una noche de plática bastara para que se convirtiese en un remolino hacia el que vuelas sin remedio. O una extraña que se cruza en tu camino, con el aura negra pero la voz de sirena.

Basta un poco de tiempo con ella para darte cuenta que hay algo roto, una falla, como si fuera un animal salvaje herido que crees que no alcanzará a sobrevivir sin tu ayuda. Y emprendes el camino sin atinar a echar un vistazo al frente: bien sea ayudándola con algunos problemas pueriles como las calificaciones escolares o juntando dinero para comprale un objeto del deseo pero en realidad no te importa lo que sea, bajo su embrujo sabes que cualquier sacrificio es poco,  el dinero para pagar la deuda acumulada por sus drogas no es mucho más del que ocupas para pagar sus tarjetas —sin quedar claro cuál droga es peor—, como jamás hay que escatimar en gastos de salud, además, la satisfacción de su bienestar es más que suficiente para cubrir el deducible, pero también hay que atender las necesidades espirituales: la acompañas al cementerio —o a la iglesia—, esperas pacientemente hasta que salga, de noche la abrazas toda la noche hasta que deje de temblar, escuchas con calma los episodios cruentos de su vida, y entiendes algunas cosas, te sorprendes con otras y te enamoras.

Te sorprendes haciendo cosas inusuales: accedes a regalarle al credencial de la prepa —ya verás como entrar después—, haces tu primer consumo en McDonalds —luego de haberlo evitado tanto tiempo—, asistes a un concierto infame, te comes lo que te cocinó tu suegra, te avientas un tiro con sus 4 hermanos o una partida de canasta si son hermanas, le compras una casa. Las cosas tornarse distintas: como tener que compartir cama —sí batir el engrudo— o traicionar tus convicciones. Te mudas, te casas o te haces un tatuaje con su nombre.

Y cuando ves que su lado luminoso brilla más, que las sombras casi se extinguen, que hay más sonrisas, que ella tiene más energía —y la percibes como sana— una nueva persona. Entonces las cosas cambian, tienes un pequeño tropiezo, un ligero revés o un verdadero problema; y ella vuela, quizá buscando un novio más formal —lo que sea que signifique—, que ya andaba con alguien más o que recibió una propuesta de matrimonio que no se puede rechazar. Que luego la promoción en su empleo no quiere quedarse estancada,  ya se aburrió y necesita otra ciudad más adecuada —u otro país—,  donde pueda dedicarse a sus otros intereses. Tal vez el matrimonio la esté esclavizando, la casa que escogió sea su prisión y sus  hijos los carceleros. Luego de la metamorfosis, ahora como mariposa, necesita emprender el vuelo.

Y cuando estás solo aún no terminas de darte cuenta de lo que pasó, del las consecuencias de tu encuentro con este ser mitológico. Parece que se fue volando cuando te detuviste, y aunque su metamorfosis sea más dramática eso no quiere decir que uno no haya cambiado. Tal vez lo que dejaste en ella le sirva en su vuelo. Cuando volteas al pasado parece que te gustaba más su lado oscuro previo a la transformación.

Lo bueno es que seguramente es una leyenda sin fundamento.

El Buga, la Bruja y el Armario

Lo que duele no es ser homosexual, sino que lo echen en cara como si fuera una peste.

Chavela Vargas

Ahora que algunos días de la semana pasada se llenaron de marchas al mismo tiempo que en los TT del twitter aparecieron algunas consignas homofóbicas relativas al Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia creo que es prudente contar un poco sombre un queridísimo amigo: Raúl

Yo lo conocí antes de que saliera del clóset, en mi primer año en la Facultad de Ciencias, aunque teníamos los mismos grupos asignados como yo perdí mi horario terminé asistiendo a otra clase de geometría analítica pero eso no impidió que terminamos incluídos dentro del mismo grupo de trabajo con Belén, Graciela, Martha, Mónica, Norma y Verónica —en estricto orden alfabético. Incluso terminé acompañándolos en esa clase de geometría a la que yo no asistía.

Al principio me pareció una persona muy contradictoria aunque parecía integrarse con el grupo y aceptaba todos los convites —aunque no asistía— generalmente se escudaba en su familia y muchas veces cuando le llamábamos se negaba a contestar aunque nosotros supiéramos que estaba. Un día nos invitó a su casa a un halloween en honor de sus sobrinos que eran como sus hijos porque, luego de que su cuñado muriera víctima de un disparo de su propia mano, él se dedicó a cuidarlos y educarlos.

Pero desapareció, dejó de asistir a la universidad, de contestar el teléfono, de dar señales y después de un tiempo regresó para confesar su homosexualidad, y digo confesar porque así lo manejó él, a mí en lo particular me dió mucho gusto su confianza lo que le agradecí. Y luego tuvimos algunas discusiones teóricas al respecto, cuando me contaba de sus participaciones en grupos gay yo alegaba con él que compartir una preferencia sexual es un vínculo demasiado débil para basar una amistad en él, si bien se ven sometidos a los mismos prejuicios, problemas y discriminaciones, eso no basta para decir que tienen suficiente en común, y que si formar grupos a los que le añades el calificativo de gay u homosexual lo único que lograba era automarginarse, recuerdo mucho que asistí una vez a la librería del juglar a ver algunas películas de Pier Paolo Passolini dentro de un ciclo de cine gay —no creo que una película sea gay solamente porque se muestran penes expícitamente— tomando en cuenta los que se salieron de la sala y las opiniones en el debate posterior quizá fue evidente que las opiniones al respecto del filme eran divergentes, que para mí son otras cosas las que te acercan a las personas no la preferencia sexual.

Creo que la parte que más le gustaba de participar en esos grupos era pontificar, causar polémica, se sentía mucho más avanzado que los demás, más liberado o civilizado, pero también cometía los mismos errores en la educación de sus sobrinos, es increíble como quedan grabados los patrones que viviste, aún después de pláticas donde él se daba cuenta de los errores que estaba cometiendo, bastaba con que lo hicieran enojar para que se desbordaran todos problemas escondidos en su inconsciente. Y es que sus enojos y caprichos podían arrasar con muchas cosas, alguna vez le dejó de hablar a su mamá casi un año, o sus venganzas se tornaban filosas y punzantes. Todas esas explosiones de rabia ocultaban un miedo a soltar la ilusión del control. Y yo sabía eso porque había pasado por algo similar.

Me parece que de todos mis conocidos él es el con el que ha tenido la evolución de la psique más parecida con la mía, a distintos tiempos, eso hacía que las conversaciones se tornaran más fáciles —o más difíciles de acuerdo a las circunstancias— porque teníamos una idea de lo que el otro estaba sientiendo. Cada que me ocurría algo que me afectaba a punto de modificar mi conducta o creencias él tomaba previsiones, imaginaba cómo era que el lo podía enfrentar, o tomaba previsiones para que el trance no fuera tan difícil.

Él tiene una cinta de video filmada en una posada en casa de Belén donde yo confieso mis sentimientos, mi forma de ver la vida y otra ideas respecto a mis circunstancias, de hecho todos grabamos algo similar. No es fácil ver lo que se deseaba hace tanto tiempo, aunque uno siempre está en evolución es reconformtante ver que unos rasgos de lo que somos permanecen. Luego de esa cinta le tocó acompañar mi largo y doloroso rompimiento, y lidiar con los pedazos que quedaron, escucharme y verme al borde del abismo. Pero se mantuvo al pie del cañón —no sexualmente— apoyándome. Probablemente nadie me ha visto tan destrozado.

Y nos llevamos pesado, porque las bromas que hacía al respecto de mi dolor rayaban en lo cruel, pero de honestidad jamás nos pudimos quejar, nos podíamos hablar con la neta sin problemas y sabíamos que podíamos contar con el otro, esto se puso a prueba incluso con problemas legales. Hablamos muy seguido por teléfono, me doy cuenta cuanto tiene broncas y procuro marcarle, incluso en esas ocasiones suele ser elusivo, porque es muy orgulloso, pero lo entiendo y eso no disminuye el afecto que le tengo.

Después me tocó acompañarlo en su crecimiento, lo acompañé a visitar los sexshops, o a zonas de reunión en las que no se sentía tan seguro de ir para sus encuentros, alguna vez hasta tuve que declinar algunas propuestas económicas no tan malas, pero me tocó la época de sus primeros lances, su emoción, sus primeras relaciones junto con los primeros, y garrafales, errores, hasta que se enamoró de verdad. En un tris estaban viviendo juntos bajo el techo materno, también me llevo bastante bien con su pareja.

Y poco después de un año me casé, y parecía que ahora no necesitábamos tantos consejos o que el crecimiento se había estancado, al menos de mi parte así era, pero cuando me divorcié Raúl quedó doblemente preocupado, primero por mí, pero después por su propia relación, pensaba que si mi relación había podido terminar la de él también, quizá no pronto pero era muy posible. Reanudamos las llamadas consuetudinarias, que comenzaron con mi sentir pero poco a poco fueron incluyendo sus preocupaciones. Y entiendo su miedo, está aterrorizado de que le pueda pasar lo mismo, después de que me vió sufrir el piensa que no lo aguantaría.

Mi mudanza a Brasil no fue fácil para él, no hemos dejado de tener contacto pero me parece que algunas veces no aprecia lo que tiene, no lucha por lo que quiere lograr y tiene una gran necesidad de control.  Es tan difícil soltar las cosas, yo sigo sufriendo con lo mismo. Sirva esta entrada como un pequeño agradecimiento por su amistad.

Anexo una foto con él

Y un tráiler de una película con temática gay —no Passolini—

Al maestro con cariño

El que en un arte ha llegado a maestro puede prescindir de las reglas.

Arturo Graf

Durante los últimos años de su vida mi papá solía felicitarme cada 15 de mayo sin importarle que llevara mucho tiempo de no dar clase, está entrada se la quiero dedicar al aprendizaje. He tenido diversos maestros y de todos he aprendido algo, porque creo que la labor docente no consiste en mostrar los conocimientos sino el ayudar a encontrar el camino.

La maestra Lulú fue mi primer encuentro con una docente, tuvo el acierto de mantenerme ocupado, de ponerme más y más trabajo conforme lo iba terminando, sin importarle que fuera demasiado adelantado al grupo, yo creo que entendió que dejarme ocioso no era una buena idea, la única vez que me quedé sin nada que hacer terminé enfrascado en una pelea donde perdí un diente. Otra maestra —de apellido Luna— cuando compartió información de su familia me mostró cuando revelas alguna parte oculta das la oportunidad de crear un vínculo con los alumnos. A mi maestra “Amanda Miguel” la conocí fuera del salón —le dábamos un aventón— y era muy raro observar el cambio. La maestra Maricarmen —un nombre repetidísimo entre las maestras de primaria— lloró en alguna ocasión por mi culpa haciendo lo que le importábamos.

Mi maestro “Pepe Celaya” nos enseñó a doblar un saco para guardarlo en una maleta y nos encomiaba al ahorro del agua. O el “Chachalaco” —referencia etílica— que nos mostró la amenaza como medio de motivación o el maestro “Demetrio” —de metro y medio— en cuya clase la falta de estudio podía terminar en una humillación pública. Y el “abedul” observó tres años seguidos mi nulos esfuerzos en las artes plásticas —y jamás me dio alguna indicación—

¡Cómo olvidar mis clases de Física! Donde M. jr —hijo del inamovible maestro de Química— nos enseñó a respetar a los demás compañeros, así que cuando teníamos que corregirlos teníamos que comenzar con la frase: “compañero, me parece que usted la está cagando”, en ese mismo curso, en la clase de Historia, recibíamos un trato personalizado —cada uno recibía un apodo— de parte del mismísimo profesor “cuchi-cuchi”. Cuando el “Cachirulo” se cayó durante la clase de matemáticas todos corrimos a ayudarlo y lo llevamos a la enfermería preocupados —cualquier otro maestro habría recibido al menos uno 50% de burlas— su dedicación era una enseñanza de que se puede ganar el respeto y cariño de los alumnos.

Mi paso por la FCPyS de la UNAM fue marcado por la épica María de Lourdes Quintanilla Obregón que me enseñó lo fiero que es el conocimiento, que para conocer la historia uno hurga en todas las fuentes posibles y después interpreta y decide; y esta es una labor personal.  Eliseo Diego me enseñó un pedazo de poesía cuando interrumpí dramáticamente su clase. En ambas facultades —Ciencias y Ciencias Política— me conmovieron los intentos de algunos maestros para que me quedara. Y tengo que agradecer a Arturo Nieva, que fue mi asesor de tesis y de maestría, tuvimos innumerables pláticas conde se mezclaba lo abstracto con lo mundano.

Feliz de regresar a tomar clases luego de un largo tiempo encontré a la maestra Rosa Nissán cuya clase me iluminó el alma y me animó a comenzar con este blog, pero lo más importante es que debemos encontrar nuestra propia voz, fui testigo de la metamorfosis un compañero en una sola clase. También mi reciente incursión en la fotografía de la mano de  Melissa Szymanski quien no se guardaba ningún comentario y nos compartía fielmente sus experiencias, sin filtrar nada, como un torrente que no cesaba.

No fui un alumno promedio, no solamente alcanzaba a entender lo que los maestros querían enseñar, también las palabras que decían, lo que mis compañeros entendían y el lugar donde se rompía ese lazo. Creo que esto me permitió dedicarme mostrar el camino a algunos más. Entonces también aprendí muchas cosas de los alumnos:

La primera lección —y la más importante— es que no hay ningún concepto que no pueda ser entendido, todo depende de la forma de explicarlo, lo que hace la labor docente más interesante, con más responsabilidad; esto no exime de responsabilidad a los alumnos. Confieso que hubo un alumno con el que no logré del todo enseñarle ese camino, fue al primo de un amigo aficionado al tequila almendrado en garrafa de plástico, enseñarle los quebrados fue una labor titánica.

Muchas de las veces que di clases fueron particulares, alguien que quería pasar un examen de admisión o que necesitaba alguna calificación específica para su promedio, incluso unos que necesitaban sacar buenas calificaciones para obtener un premio.  Esa es otra lección, es importante saber para qué quieren el conocimiento, es más fácil enseñar para solamente pasar lo que quieren, porque si no hay interés es mucho más difícil.  Ahora algunas veces lo difícil es la atención, por ejemplo mi primo José Carlos no tenía problema alguno en entender las cosas, pero sí en concentrar su atención. Otra cosa que aprendí es que el miedo se puede quitar con un acercamiento paulatino, porque casi siempre proviene de una asociación que cuando es confrontada con calma suele desaparecer.

Cuando tienes la oportunidad de interactuar con muchas personas distintas tienes la oportunidad de asomarte a diferentes mundos y al reflejo que ellos tienen en ti, cuando hay alguna característica que te haga saltar, enojar, o alguna reacción irracional, sabes que tienes un problema interno que es reflejado con esa característica.

Recuerdo el tiempo que estuve en el taller de matemáticas fue el tiempo que más disfrute, cuando llegaban las personas a preguntar libremente y de cualquier cosa, fue cuano más problemas resolví, algunas veces recibía la misma pregunta en múltiples ocasiones, pero la manera de explicarla era diferente cada vez, incluso algunos de mis alumnos terminaron como amigos que aún conservo.

En algún tiempo pensé que esa sería mi vocación, me imaginaba una mezcla de las películas de Simitrio y Al maestro con cariño con el cuento de Luvina y en algún momento lo abandoné, no estoy seguro de lo que dejé atrás o de lo perdí, si todavía puedo hacer alguna diferencia, por eso quiero mandar una felicitación a todos mis conocidos que siguen en esa labor harto ingrata.

Madres que no enseñan las madres

Una mujer sería encantadora si uno pudiera caer en sus brazos sin caer en sus manos.

Ambrose Bierce

Los eventos que ocurrieron cuando finalizaba mi carrera  de actuaría en la Facultad de Ciencias de mi bienamada UNAM me demostraron que si bien solamente requería de una asistencia del 30% para terminar sobresaliente mis estudios en el caso del entendimiento de las mujeres mi cromosoma Y no me iba a alcanzar para entender este mundo social ni siquiera con una asistencia continua, muchas ideas que tenía al respecto cambiaron y surgieron preguntas que hasta ahora no tienen respuesta.

Mi relación con Natalia — la más larga hasta el momento— estaba tambaléandose, ella comenzó a esgrimir diversas razones para terminar: primero dijo que no habíamos viajado juntos pero esta queja derivó en una pequeña escapada de unos días en Taxco, pero luego de ese viaje se reanudó la discusión ahora alegaba que no había terminado mi tesis, seguro que no se esperaba que la terminara en un día y se la enseñara al día siguiente, pero eso tampoco mejoró las cosas, porque las razones mudaban, un día la respuesta llegó oníricamente: ella quiere terminar, las razones son solamente un pretexto.

Yo aún estaba con Natalia cuando conocía a APLGH  a partir de ahora “el borrador”  como la llamaban mis amigos, de hecho los tres íbamos a la misma clase de alemán, tenía una sensación rara con ella, una fuerza enigmática, como aún tenía novia —sin importar el estado tambaleante— no hice nada al respecto, ni siquiere hablé con ella, pero en una ocasión en la clase nos tocó en el mismo equipo para hacer un ejercicio todavía puedo sentir la energía de aquel momento, al salir del clase el otro integrante me preguntó si no había sentido una vibra muy fuerte y rara, yo fingí demencia. Y es que ella estudiaba física así que la veía regularmente en la facultad, alguna vez la encontré en el auditorio cuando proyectaron la película Der Himmel Über Berlin, con eso creo que el crush fue completo, poco tiempo después cuando mi soltería era oficial intenté hablarle sin saber que ella era —desconozco si aún lo es— mi kryptonita fue como si toda mi voluntad huyera y mi I.Q. descendiera vertiginosamente unos 80 puntos, actuaba torpe, nervioso y baboso, era un caso perdido, lo único que pude fue escribirle explicándole la situación pero era claro que era una caso perdido —yo—. Y dejo una foto de ella:

Mi servicio social consistía primordialmente en dar asesorías a los alumnos de recién ingreso, este universo se multiplicó exponenciamente en poco tiempo, pero una de las primeras personas que me pidió ayuda fue Yess, a quien acompañé desde su segundo semestre hasta el final de su carrera, y aún ahora me pregunta algunas cosas, el caso es que había sesiones de estudio en las que, además de Yess, se unían algunas otras amigas. Un día, luego de unas horas explicando ecuaciones difernciales sugerí que fuéramos a comer y les espeté: “pero basta de hablar de la escuela” no pensé que el silencio se fuera extender tanto, la única que habló fue aquella cuyas iniciales formaban una capicúa. Quizá compartía algunas características con la referenciada en la entrada pasada. Pero el caso es que a partir de ese día le presté mayor atención, a su gusto por las construcciones barraganianas o alguna expresiones controvertidas como: “Lo que no me gusta de la UNAM es que no puedes usar joyería” que no le granjeó muchas amistades que digamos, pero quizá eso que la convertía en alienada me gustaba así que le canté pronto —si ya me conocen saben que eso no hablo de música— pero resultó que tenía novio así que, de acuerdo a las antiguas tradiciones me alejé, pero ella comenzó a acercarse más, fue algo que entonces me tomó por sorpresa y encontré inexplicable.

Un día fui me invitaron a celebrar el fin de curso en agradecimiento a las clases, fuimos a Coyoacán y durante el trayecto la de las siglas capicúa quemó uno de los asientos con su cigarro, cruzamos un par de frases que al parecer los demás no alcanzaron a comprender. De ahí fuimos un rato a casa de Yess, y luego fui dejando a los demás en diversos puntos, la que iba más lejos decidió bajarse antes así que terminamos en su casa y me invitó un café —el hecho de que fuera de Coatepec le adjudicó puntos más— y se convirtió en un lugar habitual, íbamos a algún otro lado pero siempre terminábamos ahí con un café de por medio, jamás pregunté por su novio o su opinión al respecto de los encuentros. Un día nos citamos en la Ópera —la cantina ubicada en 5 de mayo y Filomeno Mata— y ella llegó con un look diferente: ella tenía la piel muy clara, la más clara que haya visto de cerca, con los cabellos claros, senos pequeños y piernas de piel clara pero firmes —estas dos últimas cosas no tienen nada que ver pero me acordé— el caso es que cambió el color de su cabello y maquillaje, un look flapper como el de Louise Brooks con el cabello ligeramente más largo, me gustó pero no le dije nada —no solía hacer  lisonjas públicas— pero el caso es que después de al menos un par de copas y con las carnes frías que pedimos de botana a la mitad me recriminó: “¿Qué no me vas a decir nada de mi cabello?” bueno le dije que parecía de otro lugar y después aclaré que con otro lugar me refería a algo más lejos que el Estado de México, entonces me comunicó que ya no tenía novio, claro que sonó mucho más a un ¿qué estás esperando? y no iba a ser descortés.

El hecho de que fuera mi alumna complicaba un poco las cosas, en los exámenes, cuando ella se levantaba para entregar el suyo había un mumullo y exclamaciones “uuuuuuuuuuhh” y ni idea de cómo comenzaron los rumores, me hubiera gustado decir que ella se esforzó para no quedar mal en mi clase, pero solamente alcanzó un 3 al final, no sé si eso influyó en su decisión de cambiarse al ITAM —aquí debería ir un buuuuuuh— como no lo consultó con su familia ella pagaba sus colegiaturas con su domingo, yo sabía que su familia intervenía pero no tengo los detalles, no usaba auto desde que se lo robaran por segunda vez, y a su hermano lo habían desheredado porque andaba con una novia que no estaba a la altura. Ella fue a mi examen profesional y a la fiesta que hubo después en casa de mia abuelo, ella se quedó dentro discutiendo con mis sinodales —Arturo y Agustín—y mi papá. En algún otro momento daré más detalles de esa plática. Pero nos seguimos viendo, ella me escribía en mails en francés y me regaló las fotocopias del Les Fleurs du Mal que ella misma había sacado yo a cambio le di mi ejemplar de Bonjour tristesse, su actitud hacia mí siempre cambiaba cuando aparecía una tía, yo pensaba que era porque la respetaba pero al final parecía que buscaba desafiarla, finalmente todo terminó un 14 de febrero. Pero ahora fue mi decisión.

Tiempo después llegó a pedir ayuda estudiante de Física —otra— y logré ayudarla incluso con sus materias de Física, bueno recuerdo de un día que hacía un poco de calor, me quité mi chamarra y la vi por primera vez con otros ojos así que decidí que sería mi próxima víctima, así que al final del día le ofrecí ella pidió un aventón y yo me ofrecí —vivía hasta Milpa Alta— así que durante el trayecto tuvimos tiempo de platicar. Ella fue gimnasta, resultaba muy fácil levantarla y ponerla en mis hombros, tenía cierta una fijación por la escena del tango en Scent of a Woman, tocaba el piano y le gustaba el chavo del 8, a partir de ese día comencé a frecuentar San Gregorio, supe lo que era entrar manejando a una nopalera, tenía una foto en la cabecera y la invité a mi cumpleaños. Antes de ella yo pensaba que en una pareja siempre había alguien que escogía y que el otro aceptaba, y yo pensaba que podía identificar perfectamente cuándo era una u otra en mis relaciones, pero luego me enteré que antes de que yo considerara algo más o incluso reparara en ella, ella le dijo a medio mundo que yo estaba apartado, que se iba a casar conmigo. Hasta la fecha estoy perplejo —o estupendejo—  pero eso quería decir que ella escogió y que yo tenía la idea errónea, aún no tengo idea de cómo ocurrió.

Pero esta relación se terminó por una combinación de eventos, primero cuando me platicó de la película del ángel enamorado, me ofrecí a enseñarle la versión original, sí la misma Der Himmel Über Berlin que vi en la misma sala que el borrador, su argumento para preferir la primera me dejó helado: “es que el cabello de Meg Ryan se ve mejor”. Entonces cuando me organizó mi fiesta —mismo cumpleaños— ahora en la facultad, llegó Natalia haciendo una entrada dramática, se sentó en mi escritorio, me besó y me llevó. Como cada vez que comenzaba a andar con alguien, no solamente terminó conmigo, me usaba a voluntad y se aseguraba que nadie me tuviera.

¿Cómo es que mi madre nunca me advirtió nada al respecto? Será que las siguientes preguntas podrían ser contestadas algún día, y no estoy hablando de todo el género, es un ejercicio meramente especulativo —sí estoy admitiendo que jamás las voy a entender.

  1. ¿Los motivos para terminar con alguien o para el caso para andar con alguien prefieren manternelos ocultos o tampoco los tienen muy claros?
  2. ¿Cuál es el motivo para que sean la debilidad de alguien más?
  3. Dicen que solamente cambian de pareja cuando tienen a otra segura ¿será esto la explicación para que me siguiera buscando? ¿Esta es la respuesta a la pregunta 2?
  4. ¿Ese cambio de look fue porque terminó con su novio, porque iba a conseguir otro o alguna otra razón? ¿Será que saben que look es el adecuado para impresionar a alguien?
  5. ¿Cómo saber si alguien te quiere?
  6. ¿Cómo diablos le hacen para que uno se fije en ellas y creamos que es nuestra idea?
  7. ¿Por qué no quieren dejar ir a alguien a pesar de que fueron ellas las que terminaron?
  8. ¿Por qué las madres no enseñan estas cosas?

Y para finalizar una canción dedicada a todas aquellas a las que no entiendo.

La dama y el vagabundo

Si te encuentro en una fiesta a la cual hemos sido invitados con fineza, ¿cómo podría yo ofenderte en el obsequio del salón, quebrantando la consideración debida a los anfitriones y el honor de la casa ajena?]

Jaime Jaramillo Escobar

Esta entrada fue a petición de mi amigo más rápido y aliterado a quien, luego de una plática acerca de la película Roman Holiday, prometí contar un par de experiencias de mi pasado, un tema surgido en la toluqueña casa de una querida amiga que aún piensa que le robaba las novias a su hermano, en mi defensa alego que en una ocasión pedí su permiso, pero en las otras dos yo no tenía idea, y con una de ellas las cosas comenzaron con una gran confusión.

Yo estaba interesado en su prima, parece que eso no le hizo mucha gracia al principio, pero cuando se dió cuenta de que la prima en cuestión  no era de sus dos primas medianamente famosas su actitud cambió completamente, entonces me empezó a dar largas alegando que ella se había ido a L.A. Para estas largas conversaciones yo tenía que ir aun teléfono público que estaba atrás de la secundaria 280 en la noche —no tenía teléfono— y tenía que esperar a que estuviera solo para hablar libremente, me costaba trabajo hablar mientras alguien más escuchaba y peor aún inventar algún pretexto para colgar cuando transcurrían los 3 minutos de espera que eran acostumbrados.

En ese tiempo no tenía idea de lo que estaba pasando, ahora a la distancia me parece que era una rivalidad familiar la que me colocó al frente de la fila de pretendientes de la susodicha, justo después de dejarla en su casa después de la primera vez  que salimos —y única que subió en mi auto— regresé meditando lo que había ocurrido manejando por el periférico muy por encima del límite permitido  —fue en este tiempo donde alcancé mi récord de 170 kmh— me rondaban las caras de desaprobación todas las expresiones populares que dije, nunca antes había reparado en los efectos de frases como “órale pues“, “pa’que” o “cámara” odio admitir que sentí vergüenza y me recriminé por haberlas dicho, y haber cuidado mucho mi lenguaje al hablar con ella. Era como si tuviera que esmerarme para estar a la altura —chale—.

Cuando llegaba a su casa don Antonio —era su jardinero— siempre lavaba mi coche, eso me daba mucha risa porque su coche era más nuevo que el mío, siempre intercambiábamos comentarios acerca de los detalles del motor y algunas anécdotas de su mantenimiento, pero esa era la parte fácil. Si me recibía su padre tenía que enfrascarme en una plática política donde sus vínculos revolucionarios —y evidentemente origen de su fortuna— salían a flote, no me enorgullece decir que tenía que cuidar mis palabras para que no salieran a la luz mis opiniones de oposición mejor me concentraba en el whisky que me invariablemente me ofrecía. El verdadero problema era enfrentarme a su madre, que disfrutaba evidenciar su desprecio con comentarios incómodos y preguntas completamente fuera de tono ¿qué diablos iba yo a saber cuánto era el salario promedio de un físico? No había necesidad de hacer evidente que no era el mejor partido para su hija —en sus términos por supuesto— eso se podía ver desde kilómetros de distancia, ambos lo sabíamos pero supongo que era como una gota desgastando la piedra. Pero su abuela era un amor, siempre hacía pastel de elote y me dejaba un pedazo para que me lo llevara y fue la única que se acordó de mi cumpleaños.

A mi cuñado le decía cufito porque se parecía a un tío que participó de alguna manera cuando unificaron el wattage, al principio hubo una mutua indiferencia que cambió hasta que, un noche que iba rumbo a su casa, lo encontré enfrascado en una discusion con unos policías, lo cual resultaba —supongo que aún es lo mismo— un desperdicio de tiempo sin sentido cuando tienes la cartera llena, entonces me acerqué simulando ser un observador y le expliqué cómo dar una mordida, sorprendido de que hubiera quien no lo supiera. A partir de ese entonces nos llevamos mejor y cotidianamente me invitaba a jugar billar en una casa e huéspedes que tenían al fondo mientas esperaba a que su hermana llegara, al menos en un ambiente menos hostil, además me ofreció su coche para alguna salida importante, creo prudente señalar que jamás utilizábamos el mío porque no era ni de cerca aceptable.

En esa parte de la casa fue donde pasaba la mayor parte del tiempo, tenían lámparas cuya base era el el centro de una rueda de carreta, parece que de laurel, eran muy pesadas pero la luz era muy tenue, y había una especie de despacho que tenía varias fotos de su abuelo con personajes históricos y la silla más cómoda en la que jamás me he sentado. La mesa de billar era de carambola lo que eso mostraba la seriedad con la que se tomaba ese juego en su familia.

Nuestras salidas se limitaban a dos tipos de fiestas, unas las relacionas con su familia donde tenía que cambiarme en su casa donde ella siempre se las arreglaba para yo tuviera una indumentaria apropiada, tenía que bañarme de nuevo y peinarme usando una cantidad industrial de fijador de cabello, ya desde entonces odiaba las corbatas, pero ella tenía una especie de fijación al respecto, el único nudo permitido era el windsor y no importaba lo bien lo hiciera siempre terminaba ella arreglándolo o haciéndolo de nuevo. Y debo admitir que ella se pintaba sola para lucir bien y yo caminaba ufano a su lado, durante un breve tiempo porque casi no estábamos juntos durante las fiestas, ni siquiera en aquellas que asistíamos por gusto.

Generalmente era en alguna casa de la Colonia del Valle —o alguna parecida— donde se pagaba una cuota fija por la barra libre y las mujeres con minifalda entraban gratis, y estoy seguro que nadie objetó su entrada a ninguna fiesta, como la única restricción era el largo de la falda tenía mayor libertad para estrenar y experimentar, yo usaba tenis de astronauta en una ocasión y en la siguiente topsiders sin calcetines. Recuerdo un día en particular donde se vistió completamente de morado, evidentemente se esmeró en conseguir las prendas y zapatos de un tono adecuado, pero las mechas de ese color en su cabello me conquistaron, su 1.77 de estatura sumado con aquellos tacones más el peinado alto hacían que destacara, recuerdo que al abrazarla tenía que alzar ligeramente la vista para observar su fleco. Esa fue la única noche no terminó al mismo tiempo que la fiesta.

Estaba acostumbrado a compartirla, o al menos su tiempo, pero honestamente tampoco sabía demasiado acerca de sus actividades, pasábamos muy poco tiempo juntos, casi no hablábamos, ella se la pasaba saludando a medio mundo; todos la buscaban, la sacaban a bailar o la arrastraban hasta sus grupos — sí, mi primera caterpillar girl— , mi consuelo era que venía conmigo, pero la verdad era yo el que iba con ella. Parecía que mi disfraz para encajar me convertía en un fantasma — una analogía acertada e irónica— en un extraño en la multitud.

Y parece que la mayoría de las cosas que recuerdo de ella son su piel delicada, los vellos claros de sus brazos, la sonrisa exacta, sus peinados, su ropa y sus zapatos. Su mirada concentrada que dejaba ver sus ojos claros cuando me arreglaba la corbata, o el olor de su cabello pero ya entrados en confianza me pasaba mirándole las piernas. También se quedó grabado su fragancia cotidiana —Shalimar— pero todavía todo mi cuerpo recuerda la que usó aquella noche especial.

Pero todo se esfumó cuando me enamoré … de alguien más.

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