La dama y el vagabundo

Si te encuentro en una fiesta a la cual hemos sido invitados con fineza, ¿cómo podría yo ofenderte en el obsequio del salón, quebrantando la consideración debida a los anfitriones y el honor de la casa ajena?]

Jaime Jaramillo Escobar

Esta entrada fue a petición de mi amigo más rápido y aliterado a quien, luego de una plática acerca de la película Roman Holiday, prometí contar un par de experiencias de mi pasado, un tema surgido en la toluqueña casa de una querida amiga que aún piensa que le robaba las novias a su hermano, en mi defensa alego que en una ocasión pedí su permiso, pero en las otras dos yo no tenía idea, y con una de ellas las cosas comenzaron con una gran confusión.

Yo estaba interesado en su prima, parece que eso no le hizo mucha gracia al principio, pero cuando se dió cuenta de que la prima en cuestión  no era de sus dos primas medianamente famosas su actitud cambió completamente, entonces me empezó a dar largas alegando que ella se había ido a L.A. Para estas largas conversaciones yo tenía que ir aun teléfono público que estaba atrás de la secundaria 280 en la noche —no tenía teléfono— y tenía que esperar a que estuviera solo para hablar libremente, me costaba trabajo hablar mientras alguien más escuchaba y peor aún inventar algún pretexto para colgar cuando transcurrían los 3 minutos de espera que eran acostumbrados.

En ese tiempo no tenía idea de lo que estaba pasando, ahora a la distancia me parece que era una rivalidad familiar la que me colocó al frente de la fila de pretendientes de la susodicha, justo después de dejarla en su casa después de la primera vez  que salimos —y única que subió en mi auto— regresé meditando lo que había ocurrido manejando por el periférico muy por encima del límite permitido  —fue en este tiempo donde alcancé mi récord de 170 kmh— me rondaban las caras de desaprobación todas las expresiones populares que dije, nunca antes había reparado en los efectos de frases como “órale pues“, “pa’que” o “cámara” odio admitir que sentí vergüenza y me recriminé por haberlas dicho, y haber cuidado mucho mi lenguaje al hablar con ella. Era como si tuviera que esmerarme para estar a la altura —chale—.

Cuando llegaba a su casa don Antonio —era su jardinero— siempre lavaba mi coche, eso me daba mucha risa porque su coche era más nuevo que el mío, siempre intercambiábamos comentarios acerca de los detalles del motor y algunas anécdotas de su mantenimiento, pero esa era la parte fácil. Si me recibía su padre tenía que enfrascarme en una plática política donde sus vínculos revolucionarios —y evidentemente origen de su fortuna— salían a flote, no me enorgullece decir que tenía que cuidar mis palabras para que no salieran a la luz mis opiniones de oposición mejor me concentraba en el whisky que me invariablemente me ofrecía. El verdadero problema era enfrentarme a su madre, que disfrutaba evidenciar su desprecio con comentarios incómodos y preguntas completamente fuera de tono ¿qué diablos iba yo a saber cuánto era el salario promedio de un físico? No había necesidad de hacer evidente que no era el mejor partido para su hija —en sus términos por supuesto— eso se podía ver desde kilómetros de distancia, ambos lo sabíamos pero supongo que era como una gota desgastando la piedra. Pero su abuela era un amor, siempre hacía pastel de elote y me dejaba un pedazo para que me lo llevara y fue la única que se acordó de mi cumpleaños.

A mi cuñado le decía cufito porque se parecía a un tío que participó de alguna manera cuando unificaron el wattage, al principio hubo una mutua indiferencia que cambió hasta que, un noche que iba rumbo a su casa, lo encontré enfrascado en una discusion con unos policías, lo cual resultaba —supongo que aún es lo mismo— un desperdicio de tiempo sin sentido cuando tienes la cartera llena, entonces me acerqué simulando ser un observador y le expliqué cómo dar una mordida, sorprendido de que hubiera quien no lo supiera. A partir de ese entonces nos llevamos mejor y cotidianamente me invitaba a jugar billar en una casa e huéspedes que tenían al fondo mientas esperaba a que su hermana llegara, al menos en un ambiente menos hostil, además me ofreció su coche para alguna salida importante, creo prudente señalar que jamás utilizábamos el mío porque no era ni de cerca aceptable.

En esa parte de la casa fue donde pasaba la mayor parte del tiempo, tenían lámparas cuya base era el el centro de una rueda de carreta, parece que de laurel, eran muy pesadas pero la luz era muy tenue, y había una especie de despacho que tenía varias fotos de su abuelo con personajes históricos y la silla más cómoda en la que jamás me he sentado. La mesa de billar era de carambola lo que eso mostraba la seriedad con la que se tomaba ese juego en su familia.

Nuestras salidas se limitaban a dos tipos de fiestas, unas las relacionas con su familia donde tenía que cambiarme en su casa donde ella siempre se las arreglaba para yo tuviera una indumentaria apropiada, tenía que bañarme de nuevo y peinarme usando una cantidad industrial de fijador de cabello, ya desde entonces odiaba las corbatas, pero ella tenía una especie de fijación al respecto, el único nudo permitido era el windsor y no importaba lo bien lo hiciera siempre terminaba ella arreglándolo o haciéndolo de nuevo. Y debo admitir que ella se pintaba sola para lucir bien y yo caminaba ufano a su lado, durante un breve tiempo porque casi no estábamos juntos durante las fiestas, ni siquiera en aquellas que asistíamos por gusto.

Generalmente era en alguna casa de la Colonia del Valle —o alguna parecida— donde se pagaba una cuota fija por la barra libre y las mujeres con minifalda entraban gratis, y estoy seguro que nadie objetó su entrada a ninguna fiesta, como la única restricción era el largo de la falda tenía mayor libertad para estrenar y experimentar, yo usaba tenis de astronauta en una ocasión y en la siguiente topsiders sin calcetines. Recuerdo un día en particular donde se vistió completamente de morado, evidentemente se esmeró en conseguir las prendas y zapatos de un tono adecuado, pero las mechas de ese color en su cabello me conquistaron, su 1.77 de estatura sumado con aquellos tacones más el peinado alto hacían que destacara, recuerdo que al abrazarla tenía que alzar ligeramente la vista para observar su fleco. Esa fue la única noche no terminó al mismo tiempo que la fiesta.

Estaba acostumbrado a compartirla, o al menos su tiempo, pero honestamente tampoco sabía demasiado acerca de sus actividades, pasábamos muy poco tiempo juntos, casi no hablábamos, ella se la pasaba saludando a medio mundo; todos la buscaban, la sacaban a bailar o la arrastraban hasta sus grupos — sí, mi primera caterpillar girl— , mi consuelo era que venía conmigo, pero la verdad era yo el que iba con ella. Parecía que mi disfraz para encajar me convertía en un fantasma — una analogía acertada e irónica— en un extraño en la multitud.

Y parece que la mayoría de las cosas que recuerdo de ella son su piel delicada, los vellos claros de sus brazos, la sonrisa exacta, sus peinados, su ropa y sus zapatos. Su mirada concentrada que dejaba ver sus ojos claros cuando me arreglaba la corbata, o el olor de su cabello pero ya entrados en confianza me pasaba mirándole las piernas. También se quedó grabado su fragancia cotidiana —Shalimar— pero todavía todo mi cuerpo recuerda la que usó aquella noche especial.

Pero todo se esfumó cuando me enamoré … de alguien más.

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el mayo 7, 2012 en Adolescencia, Amigos, Amor, Biografía, Música y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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