Archivos Mensuales: septiembre 2012

Déjà vu

Nuevas flores en tu jarrón, nuevos cuadros en tu pared, nuevos discos en tu rincón, nuevos besos para tu ser. Pero la misma vieja canción “del no sé qué hacer, no sé qué hacer”.

López/Elorza (ambos Jaimes)

Creo que mi percepción está cambiando mientras caminaba por las calles céntricas de  São Paulo que se encuentra en tiempos electorales con un tinte parecido a lo que pasa en México, han sido unos días extraños en los que la vida actual se mezcla con el pasado, como si todo convergiera en este momento, yo que tengo vasta experiencia viviendo historias entrelazadas me doy cuenta de que lo que atraviesa es semejante a una maraña de cables en  la azotea o atrás del escritorio donde tengo mi computadora, los que alguna vez me visitaron saben del enredo del que estoy hablando.

Recientemente y de manera virtual escuché un timbre de voz que me recordó a la forma de hablar de otra persona, y hubo una reacción interior inmediata, por un lado me di cuenta de la forma en que esos pequeños detalles detonan explosiones afectivas, pero también me di cuenta de esa forma de hablar -infantil y caprichosa- me pueda resultar tan atrayente, porque es un evidente peligro quedar en manos de una fémina veleidosa, hay tantas cosas que pueden pasar:

Al principio de mi último año en la preparatoria un compañero —parte del trío de primos que compartía en mismo nombre de su abuelo— me presentó a una muchacha con exuberantes atributos, que en sus palabras “era de buena familia” —claro que no se refería que abundara la bondad entre ellos sino a su dinero— este era muy raro porque nadie presentaba a las amigas en ese grupo de perros hambrientos. Me comentó que le gustaba que la trataran bien, la llevaran a buenos lugares —otra vez lo importante no era el sabor sino el número de $ que tenía en las reseñas de la revista Tiempo Libre— y luego de meditarlo largamente me dio permiso de cortejarla o, en sus palabras “cógetela si quieres” y la invité a salir y como era de esperarse fuimos a un sitio caro, onda el Villa Lorraine que estaba sobre Insurgentes, pero el dinero valió la pena, no solamente por la cena sino por el postre, claro que yo todavía estaba muy verde en la cuestión sexual así que fue una noche llena de sorpresas.  Pasó muy poco tiempo antes de que intentara repetir la experiencia así que la llamé y salimos de nuevo, sorprendentemente ahora fuimos a un lugar que estaba catalogado con $$$$ —solamente 4— pero se desquitó con la bebida y además al salir me hizo comprarle un florero carísimo todo para que al final no hubiera acción, recibí muchas burlas de mis amigos, que desde entonces se refieren al incidente como el día del “cristal cortado”, pero me sirvió para entender por qué mi amigo me presentó a aquella muchacha: ella no repetía.

Unos meses después, durante un partido de fútbol entre el área 1 y la 4, yo me encontraba en las tribunas apoyando a mis compañeros de área, cuando llegó un grupo de mujeres que animó inmediatamente a la tribuna, unas de ellas eran conocidas nuestras —la amigas jaladoras— y entre ellas venía una niña, bueno eso no es muy descriptivo porque muchas personas llaman niña a casi cualquier mujer con menos de 40 años, pero tengo que especificar que era una pre-adolescente que destacaba porque todas las demás estaban alrededor de los 20 años, la niña estaba maquillada y vestida de una forma muy provocadora, afortunadamente en ese tiempo todavía era menor de edad de lo contrario me podrían haber encarcelado tan sólo por los pensamientos impuros. Quizá alguno piense que la niña sufría de maltrato, al menos no de nuestra parte, ella nos manipulaba a su antojo.

Si a esto le sumamos mi proclividad por la entrega total —cantada por Javier Solís— puede ser una combinación explosiva, en alguna fiesta en casa de Azul, cuando aún estaba casado les comentaba que Valeria no se daba cuenta del arma tan poderosa que estaba blandiendo —refiriéndome a mí— porque estaba dispuesto a cumplir cualquier capricho y ellos se divertían azuzándola para pedir algo descabellado como un asalto o la obtención de un objeto preciado —fruslerías— el único inconveniente de esta forma de entregarse es que muchas veces las cosas se consumen como una hoguera inmensa y me quedo vacío al final —al estilo Emmanuel y que alguna vez canté en serenata—.

Apenas hace unos días conocía  una muchacha de hoy en un supermercado, hubo un click gracias a mi mexicanidad y el color de mis audífonos, y el fin de semana pasado tuvimos nuestra primera salida, y sí fuimos a un restaurante francés —uno que se pone de mamón— al final terminé tomándome toda la botella yo porque ella se negó a beber, también se negó a otro tipo de actividades alegando que tenía que ir a la iglesia. Mientras caminábamos se puso a pedir un helado con sus ojos de niña caprichosa, accedí sin más miramientos, pero cuando pidió algo descabellado luego de unos minutos tuve que hacer acopio de fuerzas para negarme, sólamente para descubrir que era una broma. Maldición

Exilio (parte tres y última)

Sin la ausencia presente de un pañuelo se van los días en pobres manojos. Mi voluntad de ser no tiene cielo.

Carlos Pellicer

¿y si ya no regreso?

Creo que esta es la principal pregunta del exilio, por eso necesitaba poner algunos antecedentes en las partes anteriores, pero creo que no he compartido demasiados detalles de mi estancia aquí.

Primero #YoConfieso que he tenido cierta resistencia a sumergirme completamente, creo que lo principal es la cuestión del lenguaje, y es que una de las primeras cosas que observé es que la comunicación no era tan fluida incluso entre los demás, recién llegado presencie una discusión de casi una hora al respecto de un convertidor eléctrico, no me parece tan complicado como tener una entrada y una salida. Después de recibir muchos “Não entendí” pensé que mi portugués estaba del asco pero esa frase es repetida incesantemente incluso cuando hablan entre los locales me parece que es como una comunicación nebulosa, no es fácil pasar el mensaje y mucho menos confirmar que fue recibido correctamente.

Porque siempre existe la posibilidad de no regresar, porque quizá el tener un pie en el otro lado me impide entrar de lleno en este nuevo mundo, caminar por el alambre sin red en una tierra diferente, apenas los días pasados la temperatura se elevó por encima de los 30 grados con una humedad menor al 20%, para mí ya es difícil dormir como para añadirle el componente del calor. Por eso cada vez que Azul llamaba a estas tierras cariocas la corregía diciéndole que carioca se refiere a Río de Janeiro, donde hace aún más calor, tengo algo de temor de no poder soportar ahora los climas fríos, sería una afrenta.

También algún amigo me reprochó que había abandonado la patria, su enojo no ha cesado pero me parece que está exagerando, no estoy abandonando a nadie, ni siquiera a mi familia, en especial a mi práctiamente nuevo ahijado y sobrino, parte de la decisión de cambiar de residencia fue porque no tengo ataduras -no significa que no tengo afectos- simplemente que no tengo dependientes al menos no económicamente, porque emocionalmente no me corresponde decirlo. Y es que hay muchos hilos invisibles que me unen a mi tierra y son tantas las implicaciones de un no-regreso.

Yo sé que hay un bagde que tengo que desbloquear, ojalá tuviera idea de lo que es, pero me parece que esto pasa por mi manía de pensar y abarcar demasiado, siempre son tareas pantagruélicas, y no quiero abandonar esta búsqueda sin concluirla, también podría ser un ciclo que tengo que completar, terminar con mis estudios chamánicos que he dejado a una distancia prudente, tal vez estoy haciendo lo mismo que siempre le recriminaba al amigo que está resentido: estoy haciéndome pendejo. O al menos no estoy siendo fiel a lo que creo, estoy desperdiciando mucho tiempo en actividades superfluas que no me acercan un ápice a la meta que quiero lograr.  Aunque todo sea aprendizaje yo creo que es tiempo de decidir, y parte de eso es elegir entre las diversas opciones, ni modo no se puede chiflar y comer pinole.

Pero uno nunca sabe.

Exilio (parte dos)

No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda pero sigo siendo el rey.

José Alfredo Jiménez.

Nací en el segundo piso de un sobre Anillo de Circunvalación, en un hospital dirigido por el Dr. Wilfrano que atendía a las trabajadoras de la acera por módicos 20 pesos —de los viejos—, este doctor atendió a mi madre en el alumbramiento donde comencé como chilango.

Aunque le digan Distrito Federal, todos sabemos que es la Ciudad de México, la capirucha, la Ciudad de los Palacios, la región más transparente, Tenochtitlán. Es mujer, es madre y yo soy su hijo predilecto, pero a diferencia de lo que muchos creen, ese lugar no me lo gané con la magia que poseo.

Los favoritos de los padres —a veces cada uno tiene su favorito— jamás son por sus características. Tengo 5 hermanos cercanos —llamados alguna vez los del 26— todos hombres —eso dicen pero no lo voy a comprobar— con los que he convivido por varias décadas, alguna vez platiqué con otras personas acerca del favorito de la madre —no voy a revelar las conversaciones— pero la conclusión es que ese favoritismo tiene su origen en la madre, no en las características de los hijos, que no alcanzan a comprender la razón de la diferencia, ni modo así es.

Siempre me gustó la calle y siempre me ha cuidado, no solamente de atropellamientos de camiones de mudanzas, pero de choques: durante algún regreso de una fiesta en la discoteca giratoria Quetzal —ahora restaurante Bellini— iba a una velocidad que provocaba el miedo de mi acompañante que solamente acertó a decir que parecía montaña rusa, iba compitiendo contra un dogde dart —sobre la calzada Ermita Iztapalapa justo antes de cruzar Río Churubusco— entonces un susurro en mi oído —el izquierdo— hizo que detuviera la marcha aún con el siga, mi competidor se siguió estrellándose contra una pickup. Estos episodios se siguieron repitiendo, el último fue hace uno tres años.

Lo cierto es que siempre me sentí cobijado y protegido en la ciudad, cuando regresaba de algún viaje y pasaba al lado del ahora extinto Toreo de Cuatro Caminos y leía “Bienvenidos a la Ciudad de México” respiraba aliviado por mi regreso. Amo todos los sus rincones, he bajado del bosque de tlalpan rodando —incluso antes de que mi figura fuera tan circular—, he organizado bohemia bajo los puentes de Iztacalco, alguna vez jugué fútbol en campos en medio del un plantación de maíz o de un basurero; utilicé una nopalera como drive-in, he bailado en el escenario Auditorio Nacional, orinado la casa de Silvia Pinal, robado el Sears de Plaza Universidad —a los 6 años—, dormido en las calles de Torres de Padierna, acampado en el Cerro de la Estrella, jugado en la Academia de Billar Gabriel Fernández —ruega por nosotros— fui a pedir agua para el carro en la ex-casa de Pedro Infante, usado las consolas de los teatros del Politécnico, estudiado, trabajado y dado clases en la UNAM.

Tengo una deuda enorme con la ciudad, que voy a pagarle —sabemos la manera en la que lo haré— por lo pronto me estoy alejando de su cuna y cuidado. Es necesario para crecer.

Exilio (parte uno)

¿rajas o chipotle?

Pregunta clásica del tortero

El pasado fin de semana tuve un ligero ataque de nostalgia culinaria —que no llegó a síndrome del Jamaicón— así que abrí una lata de chipotle que tenía guardada, y para darle un uso adecuado hice una torta de huevo con queso blanco —con la escasez en México ya no es tan prole— si a eso le sumamos unos frijoles refritos, jitomate y aguacate; todo repartido en una ciabatta —pan rolito le decía algún miembro de mi familia— a falta de telera; el complemento ideal sería un boing de guayaba —creo que ese se lleva más con los tacos al pastor— mejor un trébol de mandarina.

Hubo una época en mi vida en la que pedía las tortas con rajas en lugar de chipotle cuando no usaba teléfono celular —nadie usaba—, mi coche se llamaba Napoleón —bautizado con una botella de vodka a la manera de barco— y tenía un botón de turbo, caminaba por la calle cada  noche, las tortas de huevo eran baratas y fumaba cigarros que algunas veces no tenían filtro. Ese fue el tiempo donde me pase todos los semáforos en rojo de la avenida de los Insurgentes, cuando destrocé los árboles en la calzada de las Bombas y prendí fuego al costado de un árbol navideño gigante. Mis abuelos aún vivían, cargaba una licencia vencida de conducir con un billete adjunto por si me detenían, aceptaba los retos sin pensar las consecuencias y cuando me enojaba los demás temblaban aterrorizados. Jugaba mucho más al billar —carambola, rosario como mínimo— y mi corazón solamente tenía una cicatriz.

Pero especialmente ere irreflexivo, mis impulsos salía más a flote y tenía menos consideración por los demás. Creo que hay poca gente que me conocía o recuerda de aquella época. tal vez Felipe, mi entonces mejor amigo con el que pasé mucho tiempo, recuerdo que él solía llegar tarde o faltar a encuentros concertados, de las pocas veces que hablamos de eso confesó que cuando la pasaba bien en otra parte le valían madre los compromisos, creo que durante mucho tiempo albergué la esperanza de que los demás fueran distintos.

Durante las fiestas ocurría muy frecuentemente que salía impulsivamente, algunas veces regresaba y otra no; el impuso solía llegar mientras estaba sentado, me paraba rápido y salía caminando con resolución, muy pocas veces me preguntaban a dónde iba y casi nunca contestaba, pero tampoco preguntaban la vez siguiente que nos encontrábamos, no creo que les importara gran cosa. En las fiestas familiares era un poco más complicado, en especial en Navidad donde la cena con mi familia paterna era muy tradicional y sin alcohol —era mi único descanso durante las fiestas de diciembre— siempre conseguía escaparme —ahí sí con algún pretexto— en año nuevo el caos hacía las cosas más fáciles.

Nadie sabe aún lo que hacía o el lugar al que iba, con la excepción de cuando Napoleón terminó en medio de una cancha de fútbol donde algunos lo vieron —no era un espectáculo frecuente— pero nada más, creo que me resultaba contradictorio la falta de atención por un lado me facilitaba las cosas pero por el otro me impidió hablar con alguien al respecto, y es que cada ocasión era como una huída, quizá no sea que no pertenezca a ningún grupo, tal vez me la paso huyendo, como si fuera la única forma de enfrentar esa extrañeza, o quizá los estaba protegiendo de las explosiones subsecuentes. Tal vez pensaban que iba por más cigarros, tal vez les daba miedo preguntar a dónde iba, es mucho más fácil suponer, es más cómodo.

Pero las cosas cambian, así como dejé de pedir rajas y desde entonces pido chipotles o aquella otra ocasión cuando dejé de pedir limonada y naranjada al mismo tiempo, tal vez por dejar de rajar, tal vez porque algunas personas comenzaron a importarme o específicamente comencé a pensar que les importaba y que las desapariciones no serían bien recibidas, hice a un lado lo que mi amigo había confesado y pensé que otras personas serían diferentes. pero no fueron. Y dejé de escapar, permanecía siempre, aún cuando sabía que necesitaba estar en otro lado, aunque mi presencia no fuera importante para las otras persona en tantos ámbitos. Empecé a tener consideración por los demás, creo que demasiada, tanta como dejar de escaparme.

Y se acumularon tantos que por eso mi última huída fue de tantos kilómetros, un desplante que terminó del otro lado del ecuador.

Héroes de Barro

Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia.

Francis Scott Fitzgerald

¿Por qué ahora Lincon necesita cazar vampiros? Después de ver el tan respetado prócer gringo —cuyo monumento reina a manera de Zeus en el olimpo washingtoniano— pareciera que uno de los grandes héroes americanos tuviera que ser actualizado y me pregunté si no sería necesario hacer lo mismo con la definición de héroe.

La primera influencia en mi infancia fue Robin Hood —aunque la versión Disney con animales— yo creo que por eso organicé aquel robo de juguetes en el Sears de Plaza Universidad, pero me negué rotundamente a robarle chicles a Don Hilario en la tienda de la esquina, ese respeto por la justicia es, a mi parecer, la virtud propia del héroe de la que menos dudas he tenido. ¿Acaso no es la razón principal de llamarlo héroe? Ya había hablado un poco al respecto en la entrada de los caballeros.

Y México ha sido cuna de muchos héroes muchos forjados durante la guerras de Independencia y Revolución como Hidalgo, Madero, Morelos, el Pípila, Zapata, Villa,  también existen héroes caídoscaídos, en especial en el box, cómo olvidarse del Ratón Macías, el Chango Casanova o el Toluco López que fueron aclamados pero el peso de ser esa figura fue demasiado, no estaban a la altura de las circunstancias. Pareciera que que estuviéramos marcados por el nombre de Cuauhtémoc —águila que cae—.

El Rey Del Ring

Los primeros héroes en caer son los padres, eso no es raro porque todos tenemos padres y no todos pueden ser héroes. Esto no quiere decir que tengan menor mérito o no sean amados, lo que quiere decir es que tienen características distintas. Después puede ser un maestro, un familiar, alguna figura cercana por la que tengas admiración. Quizá después te toque conocer a algún famoso de cerca, y su actitud sea tan prepotente que decidas dejar de leer sus libros —o el producto que corresponda— eso sucede cuando somos nosotros los que le adjudicamos esas virtudes y no sus acciones.

Y este es el quid del asunto las virtudes, estas son las que caracterizan a un héroe, el valor, la justicia, la templanza —el parecido con las virtudes teologales es evidente porque otra característica que es frecuente es la templanza lo que impide caer en tentación. Porque no es fácil hacer siempre lo que uno piensa que es correcto, yo siempre digo que es para dormir tranquilo pero la verdad hay muchas ocasiones en que es cansado sostener una creencia, luchar por la convicciones y es mucho más cuando lo haces por otras personas y el beneficio personal se ve muy lejos o es nulo. Porque la repetición nunca ha sido lo mío, pero la resistencia sí. pero el ingrediente fundamental es la fé, porque no se puede ser un héroe si no se cree en algo, una vez perdida es mejor cavar un tumba.

Quizá sea arrogante calificarme como héroe, pero lo he sido en más de una faceta —además de los videojuegos— durante mi crecimiento aprendí a llevar el escudo en el brazo izquierdo y solamente desenfundar la espada cuando la ocasión lo amerite —en cualquier acepción— pero hace tiempo que dejé de ejercer, creo que hubo un desencanto al respecto de los resultados, al igual que cuando dejé de dar clases parecía que era un esfuerzo inútil. Y ahora parece que las virtudes han cambiado que lo que los héroes antiguos son aburridos —aunque por ejemplo supermán siempre me lo pareció— pero parece que ahora las cosas han cambiado, por eso dejé mis armas en manos de @DarthTrivious y estoy en otro camino. En ell camino del héroe se puede presentar un maestro, que quizá en su tiempo haya lidiado sus gestas y que ahora su tarea es alumbrar el camino de alguien más con humildad, quizá sea este el papel que me toque ahora.

Esto es suponiendo que existan los héroes.