Exilio (parte dos)

No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda pero sigo siendo el rey.

José Alfredo Jiménez.

Nací en el segundo piso de un sobre Anillo de Circunvalación, en un hospital dirigido por el Dr. Wilfrano que atendía a las trabajadoras de la acera por módicos 20 pesos —de los viejos—, este doctor atendió a mi madre en el alumbramiento donde comencé como chilango.

Aunque le digan Distrito Federal, todos sabemos que es la Ciudad de México, la capirucha, la Ciudad de los Palacios, la región más transparente, Tenochtitlán. Es mujer, es madre y yo soy su hijo predilecto, pero a diferencia de lo que muchos creen, ese lugar no me lo gané con la magia que poseo.

Los favoritos de los padres —a veces cada uno tiene su favorito— jamás son por sus características. Tengo 5 hermanos cercanos —llamados alguna vez los del 26— todos hombres —eso dicen pero no lo voy a comprobar— con los que he convivido por varias décadas, alguna vez platiqué con otras personas acerca del favorito de la madre —no voy a revelar las conversaciones— pero la conclusión es que ese favoritismo tiene su origen en la madre, no en las características de los hijos, que no alcanzan a comprender la razón de la diferencia, ni modo así es.

Siempre me gustó la calle y siempre me ha cuidado, no solamente de atropellamientos de camiones de mudanzas, pero de choques: durante algún regreso de una fiesta en la discoteca giratoria Quetzal —ahora restaurante Bellini— iba a una velocidad que provocaba el miedo de mi acompañante que solamente acertó a decir que parecía montaña rusa, iba compitiendo contra un dogde dart —sobre la calzada Ermita Iztapalapa justo antes de cruzar Río Churubusco— entonces un susurro en mi oído —el izquierdo— hizo que detuviera la marcha aún con el siga, mi competidor se siguió estrellándose contra una pickup. Estos episodios se siguieron repitiendo, el último fue hace uno tres años.

Lo cierto es que siempre me sentí cobijado y protegido en la ciudad, cuando regresaba de algún viaje y pasaba al lado del ahora extinto Toreo de Cuatro Caminos y leía “Bienvenidos a la Ciudad de México” respiraba aliviado por mi regreso. Amo todos los sus rincones, he bajado del bosque de tlalpan rodando —incluso antes de que mi figura fuera tan circular—, he organizado bohemia bajo los puentes de Iztacalco, alguna vez jugué fútbol en campos en medio del un plantación de maíz o de un basurero; utilicé una nopalera como drive-in, he bailado en el escenario Auditorio Nacional, orinado la casa de Silvia Pinal, robado el Sears de Plaza Universidad —a los 6 años—, dormido en las calles de Torres de Padierna, acampado en el Cerro de la Estrella, jugado en la Academia de Billar Gabriel Fernández —ruega por nosotros— fui a pedir agua para el carro en la ex-casa de Pedro Infante, usado las consolas de los teatros del Politécnico, estudiado, trabajado y dado clases en la UNAM.

Tengo una deuda enorme con la ciudad, que voy a pagarle —sabemos la manera en la que lo haré— por lo pronto me estoy alejando de su cuna y cuidado. Es necesario para crecer.

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el septiembre 14, 2012 en Adolescencia, Amigos, Biografía, Familia, Historia, Independencia, Magia, México y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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