Archivos Mensuales: julio 2013

tengo que ir al banco

De Levante a Poniente, el dinero es un señor omnipresente.

Refrán poco conocido

La primera vez que tuve contacto con el banco fue para acompañar a mi mamá a hacer unos pagos, aunque muy cerca de casa de mi abuela Chuchita había un banco que era un oceáno de posibilidades nosotros íbamos a otro que tenía una sucursal en Calzada de la Viga, donde aprovechaba para tomar fichas de depósito que luego vendía en la primaria, porque tenían papel calca, todo un lujo en aquellos tiempos.

Cuando ya tenía edad suficiente para ir a pagar me mandaban, ahora a una sucursal en Miguel Ángel de Quevedo a pagar algunas tarjetas, en una ocasión mientras llenaba la ficha de depósito en las mesas que ponían para ese efecto con una pluma colgante que jamás tenía tinta. Puse la tarjeta junto a la base de la pluma y copié el número en la ficha, di un par de pasos cuando me di cuenta que no llevaba la tarjeta, cuando giré para tomarla ya se la habían llevado, afortunadamente ahí tenía el número y conseguí cancelarla sin que hubiera una pérdida.

Mi primer tarjeta de crédito fue tenía el logo de la desaparecida tienda Gigante, ahora convertido en Soriana, y me los puntos de consumo me los devolvían en vales de la misma tienda, y algunas veces ofrecían meses sin intereses -una trampa mortal-obtener una se fue tornando cada vez más fácil, pero cancelarla es una tarea complicada, digna de los trabajos encomendados a Hércules, solamente en una ocasión  no tuve que recibir pretextos, pudieron poner gran oposición porque la razón para cancelar era contundente, además de estar acompañada de un acta de defunción de mi padre.

El primer banco que tuvo un cajero automático en México es el mismo al que acudí en una ocasión que no disponía de efectivo, fui a un cajero que está en  Galerías Coapa, cuando todavía se la tragaban completa -la tarjeta- mientras esperaba la cuenta del dinero se fue la luz y la pantalla se apagó, tuve que esperar pacientemente a que se restableciera la energía y se reiniciara el cajero, para mi fortuna mi tarjeta fue expulsada, pero no el dinero, negligentemente intenté sacar dinero nuevamente pero el incidente se volvió a repetir, pero la segunda ocasión no apareció mi tarjeta. Tuve que llenar una solicitud para que los fondos me fueran depositados. desde entonces preferí los cajeros en los que la tarjeta quedaba a la vista como en la ex-glorieta de Etiopía ahora Plaza de la Solidaridad.

Cuando saqué mi cuenta maestra fue en la misma sucursal donde cobraban los de Secretaría de Marina, también del primer banco que puso sillas y dio turnos, siempre tomaba 2 turnos y me sentaba a leer, cuando ya se acercaba el número buscaba a alguna persona que necesitara pasar rápido y le daba el turno extra, porque era una oportunidad que te brindaba esa espera. En una empresa me pagaban con cheques del mismo banco, pero no lograba que sus cheques pasaran en firme porque había un problema con las firmas, estoy casi seguro que era a propósito para jinetear el dinero al menos un día más, la única solución era ir directo a la sucursal de San Jerónimo, que siempre estaba llena aunque tenía la ventaja de que abrían los sábados. Por eso cuando comencé con la banca electrónica mis visitas a las sucursales se minimizaron, todo lo que pudiera hacer en línea lo hacía.

Y en este mismo banco he hecho las primeras transferencias internacionales ahora que ando viviendo en Brasil, donde además de la comisión me la dejan caer doblemente en el tipo de cambio, primero de reales a dólares y luego a pesos. Por estos lares el uso del dinero electrónico es mucho más difundido, casi todo se paga con tarjeta, pero esos sí si pensaba que se manchaban allá con los intereses aquí está peor.

Pero ya sabíamos que los bancos no son precisamente las hijas de la caridad.

file0001260769566

se te va el tren

Entre los carriles de las vías del tren, crecen flores suicidas.

Ramón Gómez de la Serna

Los ferrocarriles en México comenzaron a construirse durante el período de Anastasio Bustamente pero no fue hasta Don Porfirio que los trayectos crecieron en verdad, —casi 40 veces los existentes— situándolo como uno de los principales transportes masivos.

Crecí escuchando historias al respecto como mi tía Luisa que de niña su mayor diversión consistía en ir a mirar el tren, de joven se entretenía rompiendo corazones incluso me tocó presenciar como rechazaba ofertas de matrimonio —cuando yo nací ella ya tenía más de 60 años—, en su juventud uno de sus pretendientes al enterarse de que ella se iba corrió a alcanzarla e intentó saltar al tren en el que partía, con tan mala fortuna que perdió una mano. Mi abuelo materno emigró de su natal Salamanca colgado debajo de un vagón del tren, contaba que muchos accidentes eran cuando se quedaban dormidos. De niño, cuando iba a Salamanca a visitar a mi familia —que vivía frente a las vías del tren— cuando íbamos a la fiesta de San Gonzalo me ponía a contar el número de vagones de los trenes de carga mientras comía lechugas. Si a eso le sumamos la cantidad de historias que transcurren en un tren el resultado era una ilusión por viajar en él.

La oportunidad vino tiempo después, un amigo estuvo un tiempo en un seminario en Querétaro —con el estadio corregidora nuevecito todavía— decidí visitarlo usando una ruta de tren dominical —también llamado corregidora— eran 3 horas. Salí temprano casi directo de la fiesta de mi primo Carlos, me fui disfrutando el camino y no acepté ir al carro comedor porque no tenía hambre, me arrepentí porque me hubiera gustado conocerlo, lo dejé para el regreso. Luego de pasar el día con él durante el regreso apenas transcurrieron algunos durmientes me contagiaron el sueño —la verdad no había dormido nada desde el viernes— me despertaron al llegar a la estación Buenavista, Buenavista, Buenavista; me perdí conocer el vagón comedor.

La segunda vez fue durante una práctica de campo se juntaron grupos de demografía, muestreo y hasta unos colados de pensiones convencí a mis amigos de irnos en tren —nos íbamos a hospedar en Guanajuato y la práctica iba a ser en Silao— compramos boletos en segunda clase que eran muy baratos, cuando me encontré con mis compañeros en la estación (Mónica, Chela, Verónica y Raúl) ¡todos traían al menos 2 piezas de equipaje! Viajar en segunda es mucho más divertido, a Mónica le dio tiempo de ligar un par de veces en ese tiempo tan corto porque, a pesar de la fama de impuntal que tenía los trenes, debo reconocer que en ninguna ocasión salió del horario publicado y en ese viaje eso nos jugó en contra porque llegamos demasiado temprano a Irapuato, tuvimos que tomar un camión. El viaje fue por lo demás divertido. El viaje fue justo a tiempo porque el servicio de pasajeros se suspendió poco después.

El error del año 2000 Y2K amenazaba con destruir a la humanidad pero una de las pocas consecuencias que tuvo fue que el sistema facturación de una empresa cuya sede era la terminal de Pantaco así que durante un tiempo mi ruta pasaba por el metro Cuitláhuac y la avenida del mismo nombre para llegar al Gigante —ahora Soriana— ahí fue cuando tuve contacto con los transportes de carga y su logística tan eficiente que la llevaron a terminar en el olvido, me sorprendió particularmente el hurto de un contenedor que se encontraba en medio de varios contenedores apilados, también me tocaron un par de amenazas de bomba.

A fechas más recientes me tocó ir de Buenos Aires a la ciudad de Tigre en el tren de la costa en un viaje muy pintoresco y con un grupo heterogéneo, muy diferente de lo que había pasado.

Quizá sea un transporte anticuado —por eso Charly García no va en tren, sino en avión— y los trenes ya no son aquellos animales mitológicos de los que hablaba Sabina, y no existe más el expreso de Oriente de Agatha Christie; pero aún se le llama último tren a esa oportunidad que no regresará, hablamos del tren de vida y las solterona son a las que ya se les fue el tren. Quizá me hubiera gustado tener una tren de juguete tan grande como el que había en el Liverpool del centro, quizá haya desaparecido aquella mirada mestiza entre el barullo de las estaciones, tal vez jamás podré recuperar el artwork del  cd que contenía la siguiente canción —y contenía fotos en un tren abandonado— pero seguiré asociando a los trenes con las despedidas.

Algo De Un Tren

DSC04415

uña amiga

Todo hombre se parece a su dolor

André Malraux

Ya a mis 5 años mi fuerza y complexión eran capaces de causar estragos, mi madre sufrió un pisotón accidental cuya severidad la obligó a remover sus uñas, lo que la hizo padecer de incomodidades durante mucho tiempo. Porque cuando vuelven a crecer lo hacen caprichosamente, como le sucedía a mi amigo Vani, de quien aprendí el truco de tomar un cerillo quitarle la cabeza —sin albur— y usar el papel encerado para separar la uña de la piel.

Parece que el karma existe porque muchos años después me tocó experimentar en carne propia —en uña encarnada propia— las desventuras de este padecimiento.

Un sábado me encontraba jugando con mi esposa que estaba sentada en el sillón de la sala, para hacer una afirmación dramática jalé el sillón intempestivamente —demasiado— porque salió con tanta fuerza que se estrelló contra mi pie derecho —en el ortejo grueso específicamente— quebrando al uña por la mitad dejando mi tenis teñido de rojo.

Como ya eran cerca de las 6 de la tarde no conocía muchas opciones, fui a un consultorio que está sobre Carlota Armero —eje 3 oriente— a unos pasos de Mariquita Sánchez y apenas a un lado de lo que fueron mis hamburguesas preferidas: Burguer Queen; pero había tanta gente que ya no les quedaba cita para ese día, me lancé a buscar un local que finalmente pude encontrar hasta Tlalpan ahí por Huipulco cerca de la clínica del IMSS era un podólogo que ya estaba cerrando pero que accedió a atenderme, como tenía prisa me dijo que era mejor hacerlo sin anestesia, además sus hijas que tenían alrededor de 8 años observaron en primer plano la extracción de mi uña, quizá por su presencia no musité ninguna queja ante tal dolor. Me puso una gasa y me apresuró para cerrar el changarro, y así me fui sin instrucciones.

Fue un error garrafal no quitarme la gasa que se pegó a la piel, ese lunes tuve que buscar ayuda antes de ir al trabajo, ahora fue en un Dr. Scholls sobre Mariano Escobedo, cerca del Horacio, me limpiaron adecuadamente —aunque fue inevitable el dolor— y ahora me dieron una pomada y me recomendaron remojar el pie en agua caliente con sal; lo malo es que eso de aguantar agua caliente no es lo mío, pero la otra recomendación ardía mucho más: ponerme iodo. Eso fue todos los días hasta que la uña creció de nuevo.

Pero ahí no terminó el calvario porque la uña crecía irregularmente con cierta tendencia a enterrarse en la piel y tenía que ir regularmente a que las cortaran. Como tengo muchas cosquillas cada visita terminaba riendo. Otra de las secuelas que tuve fue que no pude usar más unos zapatos rojos de piel de anguila porque quedaban muy ajustados.

Durante unas vacaciones que comenzaron en Taxco, pasaron por las grutas de Cacahuamilpa y terminaron en Cuernavaca, ese paso por lugares rocosos me dejó secuelas en la uña que me obligaron a buscar ayuda podológica local. En un local quedé en manos de mujer rubia y corpulenta, de apellido alemán, que insistió en tratar ambos pies dejándome igualmente lastimado. Ahora mi padecimiento era en ambos pies.

Pero con constancia y cuidados —amén de periódicas visitas para cortar mis uñas— las cosas van mejorando, aunque el fin de semana pasado fui porque se me infectó una —la primera vez aquí en Brasil— pero ya todo está mejor.

Siempre me ha gustado andar descalzo así que mejor me cuido los pies.