uña amiga

Todo hombre se parece a su dolor

André Malraux

Ya a mis 5 años mi fuerza y complexión eran capaces de causar estragos, mi madre sufrió un pisotón accidental cuya severidad la obligó a remover sus uñas, lo que la hizo padecer de incomodidades durante mucho tiempo. Porque cuando vuelven a crecer lo hacen caprichosamente, como le sucedía a mi amigo Vani, de quien aprendí el truco de tomar un cerillo quitarle la cabeza —sin albur— y usar el papel encerado para separar la uña de la piel.

Parece que el karma existe porque muchos años después me tocó experimentar en carne propia —en uña encarnada propia— las desventuras de este padecimiento.

Un sábado me encontraba jugando con mi esposa que estaba sentada en el sillón de la sala, para hacer una afirmación dramática jalé el sillón intempestivamente —demasiado— porque salió con tanta fuerza que se estrelló contra mi pie derecho —en el ortejo grueso específicamente— quebrando al uña por la mitad dejando mi tenis teñido de rojo.

Como ya eran cerca de las 6 de la tarde no conocía muchas opciones, fui a un consultorio que está sobre Carlota Armero —eje 3 oriente— a unos pasos de Mariquita Sánchez y apenas a un lado de lo que fueron mis hamburguesas preferidas: Burguer Queen; pero había tanta gente que ya no les quedaba cita para ese día, me lancé a buscar un local que finalmente pude encontrar hasta Tlalpan ahí por Huipulco cerca de la clínica del IMSS era un podólogo que ya estaba cerrando pero que accedió a atenderme, como tenía prisa me dijo que era mejor hacerlo sin anestesia, además sus hijas que tenían alrededor de 8 años observaron en primer plano la extracción de mi uña, quizá por su presencia no musité ninguna queja ante tal dolor. Me puso una gasa y me apresuró para cerrar el changarro, y así me fui sin instrucciones.

Fue un error garrafal no quitarme la gasa que se pegó a la piel, ese lunes tuve que buscar ayuda antes de ir al trabajo, ahora fue en un Dr. Scholls sobre Mariano Escobedo, cerca del Horacio, me limpiaron adecuadamente —aunque fue inevitable el dolor— y ahora me dieron una pomada y me recomendaron remojar el pie en agua caliente con sal; lo malo es que eso de aguantar agua caliente no es lo mío, pero la otra recomendación ardía mucho más: ponerme iodo. Eso fue todos los días hasta que la uña creció de nuevo.

Pero ahí no terminó el calvario porque la uña crecía irregularmente con cierta tendencia a enterrarse en la piel y tenía que ir regularmente a que las cortaran. Como tengo muchas cosquillas cada visita terminaba riendo. Otra de las secuelas que tuve fue que no pude usar más unos zapatos rojos de piel de anguila porque quedaban muy ajustados.

Durante unas vacaciones que comenzaron en Taxco, pasaron por las grutas de Cacahuamilpa y terminaron en Cuernavaca, ese paso por lugares rocosos me dejó secuelas en la uña que me obligaron a buscar ayuda podológica local. En un local quedé en manos de mujer rubia y corpulenta, de apellido alemán, que insistió en tratar ambos pies dejándome igualmente lastimado. Ahora mi padecimiento era en ambos pies.

Pero con constancia y cuidados —amén de periódicas visitas para cortar mis uñas— las cosas van mejorando, aunque el fin de semana pasado fui porque se me infectó una —la primera vez aquí en Brasil— pero ya todo está mejor.

Siempre me ha gustado andar descalzo así que mejor me cuido los pies.

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el julio 3, 2013 en Biografía, Familia, madre y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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