Archivos Mensuales: septiembre 2013

llueve sobre mojado

Del cielo negro cae la lluvia lágrimas de contento inundan mis ojos.

Lluvia del Porvenir – Radio Futura

Durante los primeros años de infancia la lluvia era un fenómeno condenatorio, bastaban unos minutos a la intemperie para que mis anginas comenzaran a quejarse y eso me garantizaba un viaje al doctor seguido de inyecciones. Incluso en una ocasión que estaba con mi tío Ricardo en un refugio que improvisó con los ladrillos que había de la construcción, aunque no me mojé bastó la humedad para disparar la enfermedad.

Después de mi amigdalectomía las cosas cambiaron radicalmente, no me enfermé durante muchísimos años así que ahora podía disfrutarla. Muchas veces me preguntaba si le ruta que siguiera podía alterar sustancialmente el número de gotas que me alcanzarían. También podía jugara  la guerra de las galaxias, que consistía en acostarse sobre el piso viendo hacia una lámpara del alumbrado público, cubrir la luz con las manos así las el brillos de la lámpara sobre las gotas simulaba el espacio. Me tocó jugar en campos inundados, donde el fútbol se diluía y la diversión aumentaba.

Durante mi tránsito por la secundaria me tocaron semanas en las que una lluvia fina y persistente nos acompañaba todo el día y el Canal de Miramontes parecía canal, un granizo que alcanzaba para crear muñecos que simulaban ser de nieve. El 18 de septiembre de 1985 pinté la fachada de mi casa —Felipe es mi testigo— esa noche cayó un aguacero que presagiaba acontecimientos funestos, dejé mucho tiempo de pintar cosas a la intemperie. Cuanto teníamos la mesa de corte en la parte trasera de la casa y llovía teníamos que asegurarnos que no se inundara porque podría mojar todo el recorte, recuerdo muchas veces salir de madrugada a destapar la coladera.

Una mañana robaron los limpiaparabrisas de Napoleón en el estacionamiento de la tienda del ISSSTE, tardé más de un año en reponerlos, solamente iba armado de un poco de detergente para los casos extremos, cuando me preguntaban: ¿a poco ves? siempre contestaba que no, pero que usaba la fuerza a la manera del único Jedi que estudió en la abierta. Esta es una verdad a medias ya que, si bien era cierto que no veía, la verdad es que lo de los midiclorians es una mamada. Cuando finalmente conseguí reemplazo para los limpiadores, debido a una inadecuada instalación solamente limpiaban hasta la mitad, bromeábamos diciendo que eran de avión. Muchos años después, de regreso de un viaje a Acapulco —ahora en Napoclon— con mi compadre, el Chacalón y Dida —Julio, Carlos y Alejandro— llovía en la carretera, el volante parecía para nevero, las luces tenían un corto y los limpiadores funcionaban intermitentemente, al menos uno venía muy nervioso —con cualquier charquito se ahogan—. En ese mismo coche, en otro día lluvioso choqué con un camión de redilas que huyó por tener la culpa, le tuve que cambiar la puerta, justo el día que le pusieron la lámina comenzaron las lluvias, entonces como no tenía ninguna capa parecía que estaba toda oxidada, tan mal estaba que los mendigos o los que limpian los parabrisas en las calles me rehuían. Además el copiloto sufría en temporada de lluvias, quizá porque le faltaba algo de lámina al piso.

Justo en una visita para el puerto de Acapulco me tocó lluvia, muy lejana a los infortunados y recientes acontecimientos, pero suficiente para mantener todas las calles con algunos centímetros, aproveché para experimentar y andar descalzo durante todo ese día, ahora no sufría con la temperatura del piso, claro que la contra era la cantidad de basura que iba en el agua. Una tormenta inusitada ocurrió en Oaxtepec, fue la primera vez que me enamoré, fue tan fuerte el deseo de quedarme ahí que estuvimos varados en la terminal de autobuses como 5 horas.

Cuando fui a ver el monólogo “Yo soy Walt Whitman” al centro cultural la Pirámide que está en San Pedro de los Pinos había una lluvia que casi impidió que llegáramos —iba con Natalia— al espectáculo, íbamos con mucho tiempo y llegamos con diez minutos de sombra, apenas para ver un poco de la exposición, desafortunadamente solamente hubo otro asistente esa noche, pero la interpretación fue soberbia y los aplausos abundantes, agradecí profundamente que su interpretación hubiera sido de esa calidad a pesar del poco público, creo que fue una lección.

Una noche que iba de Bordo al retorno recibí una lluvia que me dejó tan empapado que ninguno de los peseros quería subirme, tuve que caminar sobre Acoxpa hasta el periférico y tomar el trolebús iba vacío y me senté en el último asiento , en poco tiempo había un charco que recorría todo el pasillo. Porque no me gusta cargar paraguas por si llueve, es una de las frases que repito con frecuencia, de hecho pensaba que en caso de secuestro o de que alguien quisiera robar mi identidad esa podría ser usada para descubrirme, ahora que es pública será eliminada como opción. El mayor problema de la lluvia es la lentitud del metro.

En Londres aprendí a cargar el paraguas aunque   Por estos lares la ciudad está mucho más preparada para las lluvias, con canales en las orillas de las calles para que fluya libremente. también los autos tienen protecciones especiales en las ventanas; ya me tocó una de las peores inundaciones en São Paulo y también el tráfico se pone imposible.

Disfruto mucho estar bajo la lluvia, lo vivo como una experiencia purificadora aunque sea ácida, algunas personas nunca entendieron es parte de mí, ese considerar el agua como un elemento pacificador, yo sigo recolectando agua de lluvia del día se San Juan, aunque no he probado su efectividad en el hemisferio sur.

Chuva

batallas matinales

Vieja ciudad de hierro de cemento y de gente sin descanso si algún día tu historia tiene algún remanso dejarías de ser ciudad.

Rockdrigo

La semana pasada tuve que llegar mucho más temprano de lo acostumbrado al trabajo, algo a lo que ya no estaba acostumbrado, recordé todas las vicisitudes que acompañan esta práctica y los resultados de este enfrentamiento cotidiano con enemigos apenas amenazadores pero peligrosamente constantes.

La primer batalla que tengo que ganar cada mañana es la de despertarme a tiempo, no importa en realidad la hora que sea, generalmente tengo que hacer un esfuerzo por despertarme, pero siempre he necesitado ayuda porque mi sueño no se interrumpe fácilmente, puede haber una fiesta al lado y yo no despertar, antes lo único que conseguía despertarme era el sonido del teléfono, por esto tuve que recurrir al servicio de despertador de telmex, después usaba 6 despertadores cuyas alarmas tenían diferencia de algunos minutos, eso me funcionó hasta que me casé, Valeria no podía dormir con el click de todos los despertadores y no le hacia ninguna gracia la cantidad de pilas de tan mala cantidad que usaba —similar de las rocket— así que los reemplazó por un despertador rojo de gran potencia en su sonido, yo me tenía que levantar antes que ella así que dormía del lado de donde estaba el despertador y siempre me levantaba con el pie izquierdo —a la fecha lo sigo haciendo—, ahora solamente necesito 3 alarmas del celular y 2 despertadores, uno de ellos genera el ruido suficiente para despertarme, aunque ahora casi siempre logro despertarme un poco antes de que suene.

Pero el despertarse es apenas la primera parte, yo jamás me he levantado inmediatamente después de despertarme, durante ese tiempo me cuesta trabajo comenzar a carburar, algunas veces me quedo reflexionando, algunas otras recordando e intentando explicar los sueños que tuve. Otras veces simplemente acumulando fuerzas para levantarme.

El baño no lo considero una batalla, al contrario es una preparación o ritual para seguir con el día, ahí consigo despertar completamente, es el momento en el que me encuentro en mayor calma, cuando la respiración se equilibra y a cada respiración las energías se acumulan.

Desayunar resulta complicado, es muy difícil que me quede tiempo para algo más que algo que se pueda tomar de un trago como un yogur para beber, Durante mucho tiempo desayuné un vaso de papaya y un jugo de zanahoria que mi marchante ya me tenía preparado. Otro gran favorito era el licuado de mamey —la fruta que nació para ser licuada— las guajolotas o el atole en ocasiones contadísimas.

Pero el principal villano es el tráfico. Siempre hay un obstáculo que es el más difícil, por ejemplo mis primeros tres años de primaria, vivía a solamente unas cuadras pero a mi papá le gustaba llevarme, algunas veces era complicado atravesar la calzada Ermita Iztapalapa —aún ahora con todo y puente es difícil— esa fue la época en la que viví más cerca de la escuela. Siempre que hablo al respecto me acuerdo de mi amiga Martha, que vivía en Santa Úrsula, caminaba a su primaria y secundaria, y para la Prepa 5 y para CU tomaba el mismo pesero —solamente cambiaba la dirección— una combi de la ruta 29. Recuerdo mucho mis viajes a CU, cuando iba en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales, me esforzaba en llegar a clase de 7, muchas veces tomando el primer camión (ruta 79) que salía frente a la UAM Xochimilco y que me dejaba en el metro CU, o cazando al San Lorenzo Tezonco – Cerro del Judío (ruta 64) que solamente lo podía tomar hasta las 6:30 porque después pasa llenísimo, su gracia decayó cuando cerraron el cruce de Tlalpan a la altura de Xotepingo. La alternativa era una combi que también iba de la UAM Xochimilco hacia CU (ruta 95) que, cuando todos íbamos a CU iba directo ahorrándonos mucho tiempo. Cuando llegaba a ir en coche, la parte difícil era División del Norte con Miguel Ángel de Quevedo, había un carril para dar vuelta, pero si lo elegías podías quedar bloqueado si alguien iba a dar vuelta en U. Me divertía tomar esa decisión y lo hacía a manera de apuesta, creo que terminé a mano.

Ya en el trabajo el principal reto era llegar al metro Taxqueña, que me podía llevara hasta 40 minutos, la otra alternativa era tomar todo el eje 3 hasta Mixhuca cuyo tiempo era muy variable. Ya dentro del metro la siguiente decisión la tenía que tomar en Tacubaya: o me seguía hasta Auditorio o me bajaba y arriesgaba a tomar un camión o intentar conseguir un taxi —esa labor era difícil porque la competencia era dura y los taxistas primero elegían a las mujeres— esa decisión a veces me llevaba más tiempo pero siempre me ha gustado esa incertidumbre. el tomar rutas diferentes. Cuando me cambié cerca del metro Portales, se redujo una de las variables, y se alargaron mis horas de sueño. Y cuando me mudé a un par de cuadras del eje central las opciones se ampliaron, pero más para el regreso que para la ida. así que generalmente tomaba un pesero a Cuauhtémoc y de ahí tomaba la línea 3.

Ahora que estoy viviendo en São Paulo las cosas no son muy diferentes, ahora mi transporte matinal es el 576M-10 (Vila Clara – Terminal Pinheiros) solamente que la frecuencia es menor y ahora debido a las obras de la nueva línea del metro hay 2 avenidas que es difícil atravesar, la Ibirapuera y Santo Amaro, aunque vivo mucho más cerca sigo con las mismas batallas todos los días, y sigo ganando.

Por eso cuando estoy de vacaciones aprovecho para levantarme temprano y salir, ahora sin prisa para caminar por los mismos lugares a un ritmo diferente y contemplar bajo otra óptica la prisa cotidiana a la que nos sometemos, gracias a ello entiendo que las batallas son, en realidad, conmigo mismo. Que el enemigo no es el tráfico, el despertador o el tiempo; esas son las circunstancias que tenemos y que nosotros elegimos nuestra manera de abordarlas.

el nombre es lo de menos

de todos modos, Juan te llamas

refrán mexicano

Comparto mi nombre con tres de mis familiares en línea directa ascendente, i.e. padre, abuelo y bisabuelo. Y, con excepción de mi bisabuelo, tenían el apodo de Pícoro, Mi tía Josefina —hermana de mi abuelo— le decía Pícoro. Muchos piensan que el origen de este apodo era el famoso anunciador de box Antonio Padilla “Picoro” pero este no lleva acento. La verdad es que a los Pedros también se les dice Pericos y mi abuelo no conseguía decirlo apropiadamente, por eso mi tía Josefina —su hermana mayor— comenzó a llamarlo de esa manera.

El número de personas que llamaba así a mi abuela era muy limitado, pero a mi padre casi todos se referían a él con ese apodo, no es de extrañarse que yo lo heredara, pero como necesitaba ser diferenciado usaban algún diminutivo y terminaban llamándome Picorito o Picorín, que quizá hasta los 4 o 5 años resulta aceptable pero con más años y un tamaño mayor resultaba un tanto ridículo.

Creo que lo que más me molestaba es no tener ninguna injerencia al respecto, los adultos tenían la última palabra y mi opinión al respecto se desvanecía, no era muy diferente que la tía que te da un pellizco en los cachetes; en mi alcoholescencia creció el deseo de ‘diferenciarme como individuo de tener una identidad, además de la música, el peinado y la ropa necesitaba de dejar de compartir mi apelativo.

No fue una tarea fácil, pero en la fiesta de XV años de mi prima Alejandra en la cual yo fungía como chambelán, además de usar unos calcetines de color sobresaliente me dediqué a informarle a toda la familia y amigos que ya no quería que me llamaran de esa manera, hubo resistencia de casi todo mundo, la mayoría diciendo que así me habían conocido y me seguirían diciendo de esa manera. Aclaro que el anuncio lo hice a tiempo antes de que el alcohol mermara la memoria . Tuve muchas discusiones al respecto pero todos fueron anunciados que a partir de ese día ya no respondería por ese nombre.

Abordar la misma cuestión con los amigos era un asunto más difícil, porque lo usaban a manera de burla, fingían equivocarse, me parece que entre ellos seguían llamándome de esa manera. Tuve que recurrir a las amenzas físicas para lograr algún resultado. En una ocasión estaba con Felipe e iba a llamar por teléfono, como estaba más cerca me dijo que él marcaba, como nadie me reconocía tuve que mendionar mi antiguo apodo para que se acordaran, pero Felipe había marcado otro número solamente para escucharme decirlo, no puedo negar que fue ingenioso. Así tuve que lidiar con eso durante mucho tiempo, aún ahora sigue apareciendo. Quizá por eso acepté numerosos apodos con el único requisito de que fueran diferentes.

Pero estoy seguro de si uno no puede elegir su nombre al menos debería decidir a los apelativos que responderá.

¿a poco muy muy?

Más fácil es escribir contra la soberbia que vencerla.

Francisco de Quevedo

Apenas unos días atrás un amigo apuntaba que él consideraba que mis mayores pecados —capitales— eran la gula y la soberbia.  La primera es más que evidente, pero me quedé reflexionando acerca de la segunda. No es la primera vez que me señalan algo semejante, así que merece una reflexión.

Si nos centramos en la definición primaria de soberbia: altivez y apetito desordenado  de ser preferido por otros. Parece que contiene 2 partes, una de ellas es la posición por encima de los demás y el deseo de ser preferido por aquellos sobre los que se eleva, por lo que hay una paradoja embutida en ese concepto.

Mis primeros recuerdos están llenos de contradicciones, porque si bien recibí mucha atención y cariño, soy el primer nieto de mi familia paterna y el mi madre es la única mujer entre sus hermanos. También había diferentes expectativas en cuanto a mi persona por parte de todos.  Desde muy temprana edad comencé a sentirme inadecuado, creo que principalmente por no poder entender a los demás, muchas no encontraba relación entres sus actos y sus palabras.

Recuerdo que cuando intentaba hablar de algo con mi abuela paterna ella solamente se quedaba mirándome y me decía que seguramente era un marcianito —sin contestarme otra cosa— o mi tío Mundo que a pesar de su evidente cariño la mayoría de sus palabras eran para corregirme —después me di cuenta de que eso ha hecho con todos sus sobrinos pero entonces dejó una marca que sigo cargando— y me parece que mucho se debe a la manera de expresar el cariño. Entre el machismo de uno de mis abuelos y la orfandad del otro sus demostraciones de afecto eran muy parcas. Pero creo es evidente que la persona que más influencia ha tenido en mi vida ha sido mi madre a quien quiero muchísimo pero algunas veces no consigo comunicárselo y otras fallan los canales de comunicación.

Cuando yo nací ella tenía apenas 18 años y tenía un temperamento volátil muchas de sus regaños o apapachos no dependían de mi conducta sino de humor, pero no sabía que eso pasaba entonces adquirí una compulsión por actuar en busca de su aprobación. Yo veía que ella se la pasaba ayudando a los demás —quizá su forma de ejercer su carrera de trabajo social— acompañaba a las personas al hospital y se quedaba si era necesario, iba a rezar rosarios o ayudaba a preparar comida para las fiestas, ayudaba con los trámites a las demás personas, iba a inyectar o hacía reparaciones de ropa, Quizá esas conductas sean originadas por querer llamar su atención.

Llevo en mi interior una sensación de que si hay algo que no puedo hacer es un fallo en mi persona. me cuesta muchísimo trabajo pedir ayuda, me parece que es porque es por un miedo a ser rechazado justo en ese momento de vulnerabilidad, es mi manera de protegerme contra ese dolor; y aquí es evidente esa contradicción, al no buscar ayuda en esos momentos de necesidad también me he privado de recibir apoyo de las personas que quiero. Aquí quisiera mencionar a mi tía Hortencia, a quien quiero mucho aunque apenas hable con ella, pero siempre que la saludo le doy un abrazo en el que puedo sentir ese cariño así directo y sin escalas, quizá si me expongo más recibiría más de esas demostraciones.

La palabra también tiene otras acepciones como alto, fuerte o excesivo en las cosas inanimadas. Y con seguridad puedo entrar en la categoría de excesivo, además de las otras 2. Tampoco quiero pecar de falsa modestia, una de las veces que fui acusado de soberbio fue cuando le dije a una dama que ella que le estaba otorganod el privilegio de mi presencia, alguna otra persona me reclamaba mi forma de hablar como pontificando, pero nunca ha sido con un aire de superioridad, siempre he intentado tratar de iguales a las personas —también esto ha sido criticado— sin tener ningún prejuicio al respecto.

Y como dijera Mauricio Garcés: Ahí les dejo mi reputación para que la hagan pedazos.