Archivos Mensuales: diciembre 2013

feliz instante nuevo

Siempre a punto de partir / siempre esperando el desenlace.

Enrique Molina

A pesar de tener cierta obsesión por las fechas y los números ya vana varios lustros en los que pienso que no tenemos que esperar hasta el final del año para agradecer algo, para cambiar de rumbo o para arriesgarse.

Si bien no es necesario esperar a la fecha eso no quiere decir que tampoco puedo hacer na excepción y tomar el último día del año para hacerlo, algunas veces cuando goy gracias a las personas diciéndoles lo que siento y ellas me dicen que no es necesario les contesto que creo que es sano expresar ese sentimiento, que no es una deuda o mucho menos es para no guardarnos esa palabra amable que le corresponde a la otra persona.

Siempre he recibido mucho más de lo que merezco, este año he sido feliz viendo a mi sobrino/ahijado Santiago crecer, a pesar de que lo he tenido lejos alcanzo a ver la felicidad en su rostro, su risa libre de preocupación y eso me alegra doblemente porque hace un reflejo de mi hermana y cuñado, a quienes veo sonrientes. Veo a mi madre encantada con su nieto, igual de ocupada que siempre espero que encuentre muchas formas más de disfrutar su tiempo libre. Creo que he estado más al pendiente de los miembros de mi familia, todo a nivel virtual, pero más contento que preocupado, alegrándome más por las noticias recibidas.

Los amigos han ocupado una parte estelar este año, no solamente lo comencé con visita para darle la bienvenida a este año que se muere, también logré festejar mi cumpleaños en una fiesta con gran asistencia, logré pasear por la ciudad y convivir con ellos. También fue un año con algunas complicaciones que me obligaron a pedir su ayuda, la respuesta que recibí fue elocuente y abrumadora, demostrándome un gran cariño y preocupación que hizo creecer el ya abundante amor que les tengo.

Y también este año me ha dado muchas segundas oportunidades que no pensaba merecer. Incluso mandó una musa para inspirarme.

fiestas familiares sin toda la familia

Pronto ocho, pronto nueve

Frase semi-popular

Un día en casa de mi bisabuela —yo tenía 3 años— estaba mi abuelo jugando brisca con mi tío Vicente, yo prefería estar ahí que jugar con los demás niños. Mi tío le preguntó a mi abuelo la razón de mi insistente mirada, mi abuelo le dijo que yo quería jugar —tenía razón— mi tío preguntó sorprendido si en verdad sabía jugar, mi abuelo lo retó a que jugara conmigo, le gané 2 de 3 juegos, pero mucho más importante que las victorias era el hecho de sentirme respaldado de tal manera por mi abuelo, creo que a raíz de ese incidente la confianza en mis capacidades se ha mantenido por todos estos años.

Durante un festival de la primaria mi abuelo fue a ver el espectáculo montado para los padres, cuando lo fui a saludar me abrazo y me dijo al oído que si no quería saludarlo de beso enfrente de mis compañeros para que no se burlaran que no lo hiciera, luego de ese comentario decidí que siempre lo saludaría de beso, no me importaban los demás y ese gesto me hizo quererlo aún más.

Me gustaba mucho visitarlo en su taller, mientras estaba montando los zapatos —era zapatero— me platicaba mientras trabajaba, de la vez que volvió al distrito federal y recorrió su periferia, de las aventuras con sus amigos en Chapultepec cuando tenían un coche que aún se arrancaba con crank —la manivela cuyo nombre oficial era crankshaft— o cuando apenas le alcanzaba para ir a comer donde servían en platos de peltre fijos con un clavo a la mesa y la cuchara estaba amarrada para que no se la llevaran.

Siempre estaba ahí por si necesitaba algo, se las ingeniaba para hacer cualquier reparación, sabía nuestros gustos, nos llamaba con sigilo a la cocina para ofrecernos algún manjar. Cuando gané mi ajedrez en la un torneo él hizo un tablero de piel para que lo usara, o cuando consiguió una horma de zapato con mi número me hizo los mejores zapatos que tuve, o los flotadores para entrenar con la cámara de una llanta de triciclo.

Le gustaba mucho el cine y ese gusto lo compartía con nosotros, recuerdo una ocasión en la que nos llevaba en su Impala al cine Ariel, rebasando coches para llegar a tiempo a la función, él era un fan de Peter Lorre, pero mucho más fan de  Yvonne De Carlo, fue tan aficionado al cine que tomó un curso de Radio, Cine y Televisión —todo lo que había hasta entonces— por eso le regalé una enciclopedia del cine.

A pesar de haber sido tan generoso no aceptaba fácilmente algún regalo, tuve la fortuna de que me aceptara un para de veces invitaciones a comer o desayunar en festejos como el día del padre. Una vez fuimos a comer mariscos allá en Patriotismo con mi tía Yolanda,  había una promoción que al final tirábamos los dados con un cubilete y recibíamos un descuento de acuerdo al número de ases que salieran.

Una navidad se sentía enfermo, cuando subí a su habitación a verlo y felicitarlo, me dió unos zapatos diciéndome que ya no tenía más pendientes, su siguiente destino fue el hospital y a pesar de que salió bien de la operación murió el treinta de diciembre, como siempre tuvo miedo de que lo enterraran vivo procuré que la decisión final fuera de cremarlo. Apenas hace poco cambiaron de lugar sus cenizas.

Pedro Zavala

asalto chido

Quien roba comete un error, pero quien se deja robar comete cien

refrán armenio

Cuando era niño, poco antes de entrar a la escuela mi padre jugaba conmigo el juego de Kim, que consistía en poner unos 20 objetos en una superficie plana —en este caso era la cama— que estaban cubiertos con algo parecido a un pañuelo, él los dejaba a la vista unos instantes y la volvía a cubrir, yo tenía que nombrar todos los objetos que había visto, yo lo disfrutaba mucho principalmente porque me sentía querido por mi padre que me contaba que el juego se usaba para entrenar a los ladrones en oriente para que al pasar junto a un comercio pudieran —sin voltear siquiera— qué era lo más valioso de la tienda y cómo lo podían robar.

Este entrenamiento resultó divertido además de útil, un día luego de la escuela —tendría nueve años—  mi tío Juan al que veía cotidianamente al regresar a casa de Chuchita —mi abuela— me pidió que fuera a la tienda a comprarle un refresco y me dijo que al final me iba a dar la oportunidad de recibir un premio. Me dijo que si podía decirle las monedas que tenía en la mano me las iba a dar así que abrió la mano, la cerró y me mostró por un instante el canto de las monedas, cuando comencé a nombrar las monedas de curso corriente asomó una mueca de incredulidad, pero cuando le nombré los cinco pesos de plata con la imagen de Hidalgo, la peseta —los 25 centavos que tenían una balanza— o los 100 pesos de plata con Morelos, pero me falló la moneda conmemorativa de las olimpiadas, creo que el resultado fue un beneficio mutuo: mi tío no tuvo que darme sus monedas pero yo obtuve un distante respeto.

La familia siempre te intenta aconsejar para que no te pase ningún accidente, te dan consejos para cuidarte, para hacer bien las cosas, tantos se dan a diestra y siniestra sin pensar de verdad si aplican, pero yo los escuchaba de cualquier manera armando una lista mental de las cosas de las que tenía que tener cuidado, las situaciones que debía identificar y los cursos de acción a tomar. Así aprendí a ponerme  almeja, hacer ojo chícharo, ponerme víbora, estar al tiro, picar la piedra, ponerme buzo caperuzo, ponerse agujeta, ponerse atento —al estilo Caló— vigilante pues.

En algunas ocasiones mis pertenencias cambiaron de dueño principalmente por dejarlas sin vigilar, como un suéter que dejé para apartar mi asiento en un salón de clases de la Facultad de Ciencias de mi añorada universidad, también unos tenis muy cómodos que se llevó un amigo del Quick —personaje local— e incluso un teléfono y una hielera en Playa del Carmen cuando me quedé dormido en la playa. Pero el pasado domingo perdí un blasón al ser despojado de mi teléfono en plena Praça da Sé. Me sentí invadido por una sensación de vergüenza como si todas las lecciones que me dio mi ciudad hubieran sido en vano, como si hubiera defraudado y dejara de ser su hijo predilecto.

Había vigilancia apenas a algunos pasos de ahí para poner la denuncia, y luego tuve que lidiar con la falta de sistema para bloquear el número, cambiar mis contraseñas, soltar un lamento por las fotos perdidas. Y hacer una reflexión respecto a la cantidad de dependencias del celular que tengo, creo que fue parte de la expiación de mi culpa.

Pero cada acontecimiento —y más los de este tipo— viene acompañado de una lección que en esta ocasión no tiene nada que ver con la seguridad. Lo que pasó me enseñó muchas cosas de otra índole como las reflexiones al esperar en la fila para ser atendido o los primeros mensajes que mandas tras restablecer las comunicaciones.

Mano

cerca la bala

– Dices que podré esquivar las balas…
– No, Neo… te estoy diciendo que cuando sea el momento, no necesitarás esquivarlas
The Matrix

El primer incidente ocurrió aún en la infancia solíamos acampar en el jardín que estaba en la glorieta del retorno, poníamos casas de campaña y trasnochábamos sintiéndonos aventureros, hasta que una vez entraron algunas personas corriendo huyendo de sus persecutores que los perseguían a balazos lo único que pudimos hacer fue quedarnos quietos y callados. En la mañana siguiente el mayor se quedó con los casquillos. En otra ocasión cuando César iba saliendo del retorno en la noche rumbo a su casa regresó corriendo porque había una situación similar, nos escondimos en la casa de los del 26 hasta que pasara el alboroto.

Cuando llegaron las fiestas los escenarios se fueron ampliando, incursionamos en otros barrios algunas veces con resultados violentos pero con buena fortuna —no perdimos a nadie en el camino— pero la culpa casi siempre fue nuestra por ejemplo una noche estábamos tranquilamente en una fiesta de XV años en Av. Santiago cerca de la embotelladora de la Viga, Juan tenía un cartón de cerveza bajo la mesa, todo parecía en orden pero Paco tuvo la súbita necesidad de buscar a Mónica que se encontraba en una fiesta en Xalpa, insistió en que fuéramos a la otra fiesta hasta que lo consiguió llegamos muy pasada la media noche —esto quiere decir cerca de las 3 de la mañana— al llegar a la fiesta notamos las miradas hoscas de los demás, no les gustaba que un intruso tuviera sus quereres con una del barrio, como si eso no bastara apenas unos minutos después Vani se recargó descuidadamente en una mesa de cristal sobre la que descansaban botellas y vasos, no solamente fue escandaloso también mermó significantemente la cantidad de alcohol. Fui con Felipe al coche —donde olvidé mencionar que estaba el chore durmiendo— por la botella que teníamos de reserva en ese camino otro invitado se nos acercó para pedirnos un cigarro; entonces Paco llegó espetándolo, diciendo “qué te traes con mi hermano” eso bastó para desatar el infierno tuvimos que salir huyendo en Napoleón por las calles aún sin pavimentar. Siempre bromeábamos que salimos escapando de las flechas pero en verdad eran armas de fuego.

Hubo incidentes menores como un día caminando de regreso de la casa de las Starky —la vez anterior intentaron abrir la cajuela de Napoleón sin éxito por eso fuimos a pie— al pasar por la marina el guardia se sacó de onda al vernos tan noche que comenzó a gritarnos y nos amenazó cortando cartucho. O aquella fiesta donde se le juntaron los dos novios a la quinceañera y nos quedamos encerrados en la fiesta que por cierto no solamente fue la vez de mi peor borrachera después me enteré que  a esa fiesta también asistió Lol dejando claro que el mundo es un pañuelo.

Un día nuestro amigo Lalo —no Lalito Baruch sino Lalito Caifán como diría Chucho— organizó una batifiesta para su cumpleaños, allá por donde ahora está la estación Corregidora del Metrobús, abundaban los disfraces, principalmente de Batman y el Guasón —así estaba vestido Lalo— a manera del video de Prince, cuya música fue repetida a lo largo de la fiesta —si lo sabré yo que esa noche fungí como disque-jockey— pasaron tantas cosas ese día que se convirtió en referencia. En un momento de la fiesta se armó una pelea grupal y, como suele ocurrir el grupo perdedor fue por refuerzos, en este caso la banda de los vikingos. Eso nos obligó a quedarnos encerrados en la fiesta hasta que pasara el peligro, como yo era de los que siempre se quedaba hasta el otro día no me afectó pero el clima quedó tenso quizá por eso se consumió más alcohol —no es cierto éramos unos borrachotes.

Organizamos un cumpleaños conjunto para Santiago y Chucho el Popocatépetl a una cuadra de Tlalpan, en la casa de madera del terreno donde vivía el Chore.  Hubo un incidente que pasó inadvertido cuando Carmen —entonces novia de Paco— llegó acompañada de sus amigos —ya saben cómo son los celos— el caso es que Chucho tuvo un altercado y algunos golpes fueron intercambiados, ellos amenazaron con ir por sus amigos pero no nos avisaron, entonces en plena fiesta llegó una banda de la mortales y se armó una pelea épica, la mayoría de mis amigos se escondieron en un cuarto, un incauto que se asomó recibió un botellazo. Yo me quedé afuera para servir como escudo humano a mi novia, hubo balas pero eso no hizo que abandonara la posición, uno de los contrincantes perdió un pedazo de oreja en manos de —coincidentemente— el Chore que lo golpeó con un maneral de acero inoxidable, hubo 2 ambulancias y numerosas patrullas, se perdieron muchas cosas —mi discos por ejemplo— y algunos e convirtieron en fugitivos oficiales, pero sobrevivimos.

Pero no en todas ocasiones estuvo involucrada la negligencia de mis amigos, el transporte que más usé fue el micro de la ruta “Peni-San Lázaro lleva lugares”  una noche entre La Virgen —la calle— y Tepetlapa escuché una discusión entre los últimos asientos —yo iba sentado en medio— vi que los demás empezaron a cambiar de asiento, pero yo ni siquiera volteé la discusión escaló tanto que llegó a las balas, salí de nuevo ileso.

Incluso cerca del trabajo, durante una visita del director de sistema a nivel de Mercados Emergentes estaba en México durante el regreso de la comida un ladrón huyendo pasó al lado nuestro y nos tuvimos que esconder detrás de un coche, también en Lomas de Chapultepec hace aire.

Pero la más importante el origen de esta característica repelente de balas creo que ya la he contado, referido o mencionado en múltiples ocasiones. Y seguramente lo haré en otra ocasión.

las peticiones de su majestad

y a veces cuando viajo extraño esta ciudad
y a veces grita el tiempo pidiendo libertad

a veces – Pedro y las tortugas

Comencé a leer la saga de Alvin Maker a petición de mi amiga Azul —my very blue life— esta no es la primera petición literaria ni de otra índole, el último libro que compartimos fue el 11/22/63 de Stephen King Sul también se incorporó al ejercicio. Esta parte de compartir lecturas no ha sido constante en mi vida.

Cuando tomaba un curso de redacción en el palacio de minería me tocó discutir la lecturas de algunos clásicos mexicanos como “Los de Abajo”, “Pedro Páramo”, “Al Filo del Agua” siempre me ha parecido interesante conocer las opiniones de los demás y ahora en la interpretación de un libro mucho más porque es como el ejecutante de una obra, es lo más cercano al arte que se puede estar sin entrar.

Durante las épocas de pocos recursos mi credencial de la biblioteca central con un catálogo variado para darme un tórrido y literario festín —aún sin policromías de delfín— pero esas lecturas no dejaban de ser ejercicios solitarios ávidos de tener un eco en el vacío.

Por eso el día que conocí a Azul —no a Tristán ni Alecia— fue memorable, fue una reunión de un grupo de IRC llamado Jessica un grupo que organizaba competencias lúdicas similares al juego del maratón, fue en ese tiempo que comenzaba a bajar los primeros mp3 —que duraban horas— por eso se llamaban canales amigos y la propaganda era “juega mientras bajas música o baja música mientras juegas. Se organizó no virtual en el Sanborns del Hospital General, pasó por el círculo 33 y terminó en casa de Azul.

En un punto nos enfrascamos en una discusión que se vinculaba con la historia de la literatura, y era evidente como la pasión por el tema saltaba, como algunas afirmaciones provocaban en la otra persona un salto de felicidad, Borges, Baudelaire, Poe, Stendhal, Rimbaud, Valéry y hasta el mismísimo Dostoyevsky brincando de gusto. Fue un hallazgo feliz del que estuve a punto de rehuir de él.

Afortunadamente su morada se convirtió en un faro que me ha servido como punto de referencia a lo largo de los últimos años. Ella ha escuchado mis discursos crípticos sin chistar entendiendo que la importancia del mensaje puede estar en cualquier parte. También gracias a ella entiendo la distancia que existe entre lo que consigo acomodar en palabras con algo que se asemeje a la literatura, aunque eso no quiere decir que las entradas se interrumpan, pero que estoy pensando en esmerarme en alguna entrada con cierta frecuencia.

Y aún tengo fotos de ese día

Azul