asalto chido

Quien roba comete un error, pero quien se deja robar comete cien

refrán armenio

Cuando era niño, poco antes de entrar a la escuela mi padre jugaba conmigo el juego de Kim, que consistía en poner unos 20 objetos en una superficie plana —en este caso era la cama— que estaban cubiertos con algo parecido a un pañuelo, él los dejaba a la vista unos instantes y la volvía a cubrir, yo tenía que nombrar todos los objetos que había visto, yo lo disfrutaba mucho principalmente porque me sentía querido por mi padre que me contaba que el juego se usaba para entrenar a los ladrones en oriente para que al pasar junto a un comercio pudieran —sin voltear siquiera— qué era lo más valioso de la tienda y cómo lo podían robar.

Este entrenamiento resultó divertido además de útil, un día luego de la escuela —tendría nueve años—  mi tío Juan al que veía cotidianamente al regresar a casa de Chuchita —mi abuela— me pidió que fuera a la tienda a comprarle un refresco y me dijo que al final me iba a dar la oportunidad de recibir un premio. Me dijo que si podía decirle las monedas que tenía en la mano me las iba a dar así que abrió la mano, la cerró y me mostró por un instante el canto de las monedas, cuando comencé a nombrar las monedas de curso corriente asomó una mueca de incredulidad, pero cuando le nombré los cinco pesos de plata con la imagen de Hidalgo, la peseta —los 25 centavos que tenían una balanza— o los 100 pesos de plata con Morelos, pero me falló la moneda conmemorativa de las olimpiadas, creo que el resultado fue un beneficio mutuo: mi tío no tuvo que darme sus monedas pero yo obtuve un distante respeto.

La familia siempre te intenta aconsejar para que no te pase ningún accidente, te dan consejos para cuidarte, para hacer bien las cosas, tantos se dan a diestra y siniestra sin pensar de verdad si aplican, pero yo los escuchaba de cualquier manera armando una lista mental de las cosas de las que tenía que tener cuidado, las situaciones que debía identificar y los cursos de acción a tomar. Así aprendí a ponerme  almeja, hacer ojo chícharo, ponerme víbora, estar al tiro, picar la piedra, ponerme buzo caperuzo, ponerse agujeta, ponerse atento —al estilo Caló— vigilante pues.

En algunas ocasiones mis pertenencias cambiaron de dueño principalmente por dejarlas sin vigilar, como un suéter que dejé para apartar mi asiento en un salón de clases de la Facultad de Ciencias de mi añorada universidad, también unos tenis muy cómodos que se llevó un amigo del Quick —personaje local— e incluso un teléfono y una hielera en Playa del Carmen cuando me quedé dormido en la playa. Pero el pasado domingo perdí un blasón al ser despojado de mi teléfono en plena Praça da Sé. Me sentí invadido por una sensación de vergüenza como si todas las lecciones que me dio mi ciudad hubieran sido en vano, como si hubiera defraudado y dejara de ser su hijo predilecto.

Había vigilancia apenas a algunos pasos de ahí para poner la denuncia, y luego tuve que lidiar con la falta de sistema para bloquear el número, cambiar mis contraseñas, soltar un lamento por las fotos perdidas. Y hacer una reflexión respecto a la cantidad de dependencias del celular que tengo, creo que fue parte de la expiación de mi culpa.

Pero cada acontecimiento —y más los de este tipo— viene acompañado de una lección que en esta ocasión no tiene nada que ver con la seguridad. Lo que pasó me enseñó muchas cosas de otra índole como las reflexiones al esperar en la fila para ser atendido o los primeros mensajes que mandas tras restablecer las comunicaciones.

Mano

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el diciembre 19, 2013 en Biografía, Brasil, Educación y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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