Archivos Mensuales: febrero 2014

Mi cielo

Creo que sí mirásemos siempre al cielo acabaríamos por tener alas.

Gustave Flaubert

Cuando era niño me gustaba mirar el cielo, encontraba muy interesante cómo las nubes bailaban formando figuras caprichosas a las que me empeñaba entender, ya desde entonces andaba interpretando los signos que el universo me mostraba, como si sospechara que algo importante estuviera escondido.

Solía sentarme en el coche de mi papá, un Ford 200 que durante mucho tiempo fue de color verde botella, me sentaba en el cofre y me recargaba en el parabrisas. Y ahí me quedaba mirando el cielo, olvidándome del mundo, de las preocupaciones que me ocuparon demasiado tiempo en la vida. Al mirar su vastedad me llegaba una sensación de que algo más grande existía.

Un día sentí un miedo extraño, me imaginaba que todo cambiaría de dirección y el cielo se convertiría en un vacío enorme en el que todos caeríamos, solamente nos quedaba aferrarlos a algo que nos salvara de caer, claro que eso no ayudaba demasiado porque nos condenaba a vivir aferrados y con miedo. Algo sorprendentemente parecido a la codependencia y ansiedad. Cada vez soportaba menos tiempo quedarme viendo a las alturas.

Y dejé de mirar el cielo, las preocupaciones me rodearon y comencé a vivir al pendiente de muchas otras cosas, como si la vida girara en torno a la tierra, ensimismado y prisionero de alguna forma, atado a la idea de aferrarse a algo para evitar caer. ¿Y si soltarse y caer en realidad fuera volar?

Ahora que vivo en una ciudad con edificios más altos que me han invitado a mirar al cielo de nuevo creo que la claridad regresa poco a poco, y me descubro mirando al cielo con mayor frecuencia y tranquilidad. Espero que eso sea el indicio de un cambio.

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Cubilete (tres en uno)

Aprended a limitar vuestras ambiciones; es un funesto delirio suspirar por lo que no se puede tener.

Píndaro

En la cantina se han jugado los dados desde antes de que se permitiera la entrada de mujeres (ni los niños ni los uniformados pueden entrar aún), muchos de los juegos de dados llevan un nombre femenino y no me refiero a nombre de mujer.

AMBICIOSA 

Se juega con 3 dados, el objetivo del juego es juntar 5000 puntos de la siguiente manera. Los ases y los reyes tienen puntos positivos, y uno puede tirar hasta que no haga puntos o decida plantarse, si se planta se le anotan los puntos obtenidos, si tira sin hacer puntos no se le anota punto alguno. Así están los puntajes

As (A): 100 puntos
Rey (K): 50 puntos

3 Ases (A): 3000 puntos
3 Reyes (K): 1500 puntos

3 dieces (10) -1500 puntos
3 nueves (9) -3000 puntos

Si uno tiene un puntaje negativo se anota inmediatamente. Si después del tiro tocas los dados, tienes que tirar de nuevo.

¿Qué nos enseña este juego?

Primero a mediar entre la ambición y el realismo, ¿qué pasa cuando se nos presenta la oportunidad de arriesgar lo que llevamos ganado a cambio de una posible ganancia? Parecería, por el nombre, que se centra en torno a la ambición, pero también hay se ejercita la confianza, ¿quién sigue tirando después de sacar 3 ases?

El juego se puede terminar en un turno, esto lo vi suceder cuando jugaba con mi familia paterna, se juntaban a jugar más de una docena, cuando alguien tiraba todos lo presionaba, salaban y cebaban, se necesitaba de gran determinación para ganar.

¿Cuándo parar? Igual que con el alcohol.

¿Cómo se juega después de un puntaje negativo? Igual que siempre, no hay que dejar que las adversidades nos distraigan de la meta.

¿Cuál es la mejor manera de ganar? Estar en contacto íntimo con los dados.

Aunque digan la verdad, los mentirosos no son creídos.

MarcoTulio Cicerón

Mentirosa

 Si, otro juego con nombre femenino. La mentirosa clásica sejuega con 5 dados (los de póquer), uno comienza el turno tirando sus dados sin enseñárselos a los demás, el valor es como una mano de póquer asumiendo que hay cambio de cartas, i.e., la tercia vale más que la corrida (y no estoy hablando en castizo). En pasa al jugador de la derecha: “me creerías que tengo:” y aquí nombra una mano, el siguiente jugador tiene dos opciones: creerle o no. En caso de creerle tiene que hacer lo mismo pero la mano que diga tiene que ser superior, en caso contrario se destapa la mano del primer jugador; si la mano es igual o superiora la mano nombrada, el segundo jugador pierde, en caso contrario pierde e lprimero y acumula un hijo (cualquier parecido con la vida real es mera coincidencia). Cuando alguien acumule el número de hijos acordados al principio, sale del juego, normalmente son 3, 5 o 10, dependiendo de la cantidad de jugadores. El último jugador que queda es el ganador.

La mentirosa no se gana, se va perdiendo.

Existe otra modalidad recientemente famosa por la películade Piratas del Caribe II, pero sigo prefiriendo el original, donde ya conoces todo el juego y sí tienes que mentir, el otro involucra más las probabilidades (que también adoro) pero que se aleja del espíritu original del juego, la mentira.También existe la variante del Tokio o Kiriki, que no mencionaré porque no se me da la gana.

Porque en el juego, uno va a tener que mentir. Y mentir no es mi fuerte, hay personas que me ven y saben que miento. Pero soy buenísim opara retorcer la verdad hasta darle cualquier tonalidad, además también puedo tirar preguntar sin ver mi tiro (también se puede influir en el universo).

También se necesita la habilidad de descubrir una mentira,que más de alguno ya habrá descubierto que no es fácil. El juego no enseña a mentir pero sirve de práctica.

Es imposible ganar sin que otro pierda.

Publio Siro

Chingona

El último juego que mencionaré es la chingona, algunas veces su nombre es suavizado con veracruzana, pero modificar su nombre también le quita algo al espíritu del juego.

Es para 2 jugadores (esto es en extremo conveniente) se requieren, además del cubilete con los 5 dados de póquer, 5 cigarros, cerillos, monedas, frijoles o algo para contar; los cigarros se son una mejor apuesta, aunque actualmente no se pueda fumar en las cantinas o en los bares.

Cada jugador toma un dado poniendo el as hacia arriba, y al apretarlo empiezan a girar, el que obtenga el valor más alto comienza, porque la mano es muy importante, de hecho es vital porque tiene la voz cantante, es el que va decide los tiros, el que tiene la oportunidad de ganar. La mano vale más aquí que en el dominó.

El jugador que lleva la mano comienza, y el otro jugador tratará de superarlo, porque el que empata pierde y esto es tan parecido a tantas cosas que tenemos a la mano, desde las patentes hasta el lugar de estacionamiento.

Se cuenta con 3 oportunidades pero el primero puede escoger hacer uso de menos, obligando al siguiente a superarlo en el mismo número de turnos. Se pueden escoger 2 variantes, valor de póquer o números mayores, en el primer caso se puede escoger un comodín, esto lo puede hacer en cualquier momento o puede decidir no hay comodín para dificultar el juego del adversario.

En el primer tiro se utilizan los 5 dados, y en cada tiro subsecuente, el jugador decide cuáles dados dejar en la mesa y cuáles tirar de nuevo. Pueden ser cambiados a discreción en cada tiro.

Si por ejemplo se obtienen 5 ases, con o sin comodín, es imposible superarlo (lo mismo ocurre cuando se obtienen 50 puntos), por lo que el segundo jugador ni siquiera tira, ¿cuántas veces nos quedamos impotentes frente a una situación? ¿O como si no estuviéramos jugando en nuestra propia vida?

Existe un tiro especial, la pachuca, que sucede cuando, tirando todos los dados, no se obtiene nada en valor de póquer, en ese caso el jugador que lleva la mano gana, este tiro solamente vale para el que lleva la mano ¿queda claro que la mano es importante?

El que gana cada turno, toma un cigarro (o la moneda de cambio acordada), y cuando se acaben se toman uno del contrario, el juego acaba cuando alguien se quede con todo.

Primero al respecto de este último juego, no recuerdo algún otro juego donde te puedan barrer sin meter las manos.

Por qué estos juegos tienen un adjetivo sobre el género femenino? La mayoría de estos juegos se practicaban desde hace mucho tiempo, cuando la entrada a mujeres estaba prohibida, y al parecer es difícil pasar tiempo en la cantina jugando sin que el pensamiento vuele hacia ellas. Pero en realidad los juegos son didácticos.

cubilete

Intensidad

La vida es el conjunto de las fuerzas que se oponen a la muerte.

André Malraux

Desde muy temprano en mi infancia di muestra de esta imprudencia, intensidad y vehemencia. Salté en la cuna hasta conseguir saltar el barandal de madera que me separaba de la libertad –todavía ni caminaba la verdad— o cuando había pelea de andaeras, me encarreraba y chocaba contra la andadera de mi prima Alejandra, o la primera vez que me dieron de beber en un vaso de cristal, lo mordí y rompí.

Cuando iba a casa de mi bisabuela prefería jugar cartas con los mayores pero algunas veces jugaba con los niños y día con mi primo Martín, estábamos luchando de juego, el intentó hacer una llave Nelson por detrás, pero con un movimiento que juzgué leve lo mandé volando hacia el frente para terminar el juego, la verdad fue sin querer. Me gustaba salir a andar en bicicleta al camellón enfrente de la casa de mis abuelos paternos, patinar en la bici de mi tío Ricardo, una vez con tan mal tino que un pedazo de piel se me atoró en la cadena de la bicicleta arrancándolo y dejando una tira de piel descubierta. Lo único que se me ocurrió fue pegarla de con diurex, como era transparente pensé que nadie se daría cuenta. Un día regresando de la tienda con 5 cocas y un sidral intenté saltar un pedazo de excremento pero resbalé y caí de lado salvando las cocas pero enterrándome la botella de sidran en el brazo, además de que muchos pequeños fragmentos cayeron en mi boca. Todo fue justo frente al teléfono público, no faltó la pregunta inteligente ¿te caíste? pero los cristales me impidieron responder.

Cuando iba a casa de Chuchita jugábamos fútbol americano en la calle —tlaqueado— tradición que comenzó las madrugadas del año nuevo. Cuando recibía el balón no conseguían derribarme, incluso todo el equipo junto, hasta una vez que un primo del Stromberg —apodo derivado de la marca de electrónicos Stromberg-Carlson— ya mayor me agarró descuidado y me azotó sobre mi lado izquierdo, no me di cuenta que tenía dislocada la clavícula hasta que tiempo después sentía un dolor casi insoportable al armar el cubo de Rubik. Pero los juegos continuaron hasta que Poncho se descalabró —término científico—

Siempre me gustó investigar el funcionamiento de las cosas, y aunque podía entenderlo a la hora de reparar como por ejemplo los eliminadores de baterías, era tan importante evitar que se necesitaran pilas que intenté reparar uno, usando el cautín de mi papá según yo muy entendido, cuando quise probar su funcionamiento la descarga me sorprendió y derrumbó. Alguna vez al reparar algo de tubería me machuqué la palma de la mano con la parte de atrás de una pinza de presión, dejándome la palma morada, que luego de un rato juzgué insalubre así que me corté la palma para dejar que drenara la sangre alterando la mismo tiempo las líneas de mi mano. En otra ocasión que una astilla de metal quedó más de una semana mi mano derecha, hice una pequeña incisión —con la misma mano— para removerla. Un día, armando una PC mi dedo quedó atrapado entre las hendiduras para colocar las tarjetas de un gabinete no tan fino, saqué el dedo llevándome un pedazo de piel justo arriba de los nudillos.

Pareciera que siempre ando buscando accidentes —como mi amiga Azul— pero creo que sea descuido, por ejemplo solía —suelo— tomar las latas por el costado y la parte superior usando la fricción, muchas veces terminaba el contenido regado en el piso —muchas veces chocolate en polvo— o poner los recipientes justo en el borde del mueble y tirarlos para cacharlos con la otra mano. O detener los vasos con la boca para hacer algo con las otras manos, lanzar los platos para que den vuelta en el aire.

Pareciera que necesitara sentir que puedo caminar muy cerca del desastre quizá porque tengo que hacerlo.

San Felipe de Jesús, perdóname

Odiar el alma es no poder perdonarse ni por existir ni por ser uno mismo

Bernanos

Aunque ya había reparado en la importancia de perdonarse a sí mismo, no había atravesado por la experiencia completa.

Este sentimiento se gestó temprano en la niñez, cometí una atrocidad a muy temprana edad, tuve un descuido que ya he contado aquí. Ese incidente me dejó una idea de que había hecho algo mal y que jamás se iba a borrar.

Una de las cosas que me afectaba mucho de niño era ser acusado injustamente, no sabía cómo responder a esos señalamientos, me dejaban mudo, jamás conseguí defenderme. Recuerdo una vez que estaba jugando fútbol en el retorno, cuando aún no existían los piracantos, entonces recibí una falta que me hizo tropezar y caer entre el cemento, un pedazo con piedras de río y el pasto del jardín; justo en ese momento estaba mi padre enfrente que me gritó a manera de regaño “ya te dije que no jugaras en el pasto”, además del dolor del golpe esa acusación no solamente me hizo sentir mal  también provocó la burla de los que estaban jugando, no atiné a hacer otra cosa que quedarme callado.

Desde muy niño estuve preocupado por mi madre, sus sufrimientos de madre adolescente, sus miedos e inseguridad despertaron en mí un instinto protector desde temprana edad, obedecía sus mandatos e intentaba manejar sus neurosis, o lo más difícil era transitar la vida de la manera en que ella quería que fuera transitada por eso cuando ella me acusaba que no la quería o no me esforzaba o —lo más gacho— que no me importaba sentía

Este sentimpiento solamente se manifiesta cuando la acusación viene de alguien que me importa, porque alguna vez fui acusado por el maestro del temas selectos de matemáticas de haber copiado ¡ja! o los compañeros que me acusaban de indigente por llevar camisas idénticas en días consecutivos o de homosexual porque me detenía el cabello con donitas color pastel.

Y qué decir del amor, como cuando en un ataque de celos te acusan de que no les importas porque otra persona se sienta junto a ti, y sin importar las explicaciones siempre terminaba cargando con la culpa, o peor aún siendo acusado de estar “pensando en otra persona” era castigado impunemente y —como Sansón— perdiendo el cabello en contra de mi voluntad.

Y creo que jamás tuve una respuesta para esa sensación porque pensaba que me lo merecía, aunque no fuera cierto, quizá por eso todo este tiempo que he cargado con esa culpa me la pasé cargando muchas otras culpas que no me correspondían, culpas que no encontraba la manera de purgar salvo con penitencia, por eso no me había sentido merecedor a nada y había pasado muchas veces sufriendo en silencio sin poder compartir lo que sentía ocultando mi necesidad de ayuda, quizá por eso buscaba anestesiar esas sensaciones por comida, por eso castigaba mi cuerpo sin brindarle cuidados que pensaba inmerecidos. Por eso transitaba ese camino del autoabandono que tando me recuerda a mi padre y mi abuelo, alejados de los doctores, con enfermedades sin atender durante mucho tiempo.

Por eso puedo reconocer ese dolor, por eso pensaba que podía entender y ayudar a los otros, que lo que daba era porque era empático con el otro, quizá ayudando para evitar mirar hacia mi propia miseria. Y eso sí me da miedo, pensar que quizá todo lo que he hecho no ha significado más que mi ruta de escape, mi evasión, mi desesperado intento por liberarme de la culpa que como roedor desgastaba mi alma. No sé si ese sea el caso, no importa si todo mi mundo es falso porque necesito perdonarme por todo lo que me he hecho, necesito sentir que sí merezco ese perdón, que no voy a vivir condenado por siempre.

Me perdono.