Canas pero no de ganas

Para pedir barbón y para pagar lampiño

Refrán popular

La preocupación por el los capilares de mi cuerpo no apareció temprano en mi vida, si bien no me gustaba ir a cortarme el cabello frecuentemente obedecía sin chistar, generalmente en la peluquería que había en los baños públicos —Escorial— a una calle de la casa de mi abuela, donde los barberos hacían el mismo chiste, raya a la derecha para hombre, a la izquierda para mujer y raya en medio tú sabrás.

En algún momento comenzó a salirme un tímido bigote como suelen pintar a los indios lampiño justo para que mis compañeros me apodaran Madaleno —el mada, madalaifas y diversas variantes— miembro de aquel dueto cómico Régulo y Madaleno. Tardé al menos un par de años más en comenzar a usar un rastrillo para rasurarme, al principio de plástico, salvo un par de ocasiones usé el rastrillo de mi padre que aún tenía las navajas que venían en papel y tenían filo de ambos lados —como dato cultural así se les dice a los bisexuales por estos lados guillete— tampoco era cotidiano mi rasurada.

Cuando iba a sacar mi cartilla decidí no cortarme el cabello en todo el año, para la foto tuve que usar gel, limón, pasadores y fijador para que consiguiera parecer corto. Así asistí a todas las filas y trámites con el cabello demasiado largo para los estándares del ejército mexicano pero nunca tuvieron oportunidad de reclamar hasta que fui a recoger la cartilla —el último trámite— cuando llegué a preguntar por mi delegación al campo militar número uno me dijeron que me iban a tener que cortar el cabello a lo que respondí que si era necesario lo haría en donde me tocara, cuando me dieron mi cartilla quisieron que pasara a que me trasquilaran pero les dije que había prometido mi cabello a la otra delegación, en un descuido salí huyendo, intentaron impedir que usara la entrada de vehículos como salida pero logré escapar con todo mi cabello. Dejé de tener largo el cabello después de un desafortunado incidente. Jamás lo dejé crecer tanto de nuevo. Y comencé a peinarlo del lado izquierdo, del mismo lado que queda mi corazón.

Poco antes de la huelga de la UNAM me dejé la barba de candado, y duré mucho tiempo con el mismo look, algunas veces menos prolijo el cabello más o menos largo encaneciendo a cada paso —una herencia familiar, mi primera cana me salió a los 12 años—  hasta que mucho tiempo después comencé a hacer cambios.

Porque siempre me pareció que el corte de cabello era una especie de mutilación simbólica del cuerpo, a veces era una reacción para evitar cortarse uno mismo, un acto simbólico para desencadenar un cambio, una especie de detonante, que acelerara un cambio. El tiempo me ha enseñado que cada instante las cosas pueden cambiar totalmente, que hay infinidad de catalizadores. Y que los cambios pueden ser felices. Como en aquel momento en que usé el producto creamechas de L’Oreal para poner colores diferentes en el cabello.

Repecto al cambio de corte, color y el accidente durante la rasurada todos estos han sido acontecimientos felices. Extrañamente felices.

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Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el mayo 22, 2014 en Adolescencia, Biografía, Infancia y etiquetado en , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. me da mucho gusto tu cambio! y mas gusto por la historia tan bien narrada…..

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