Archivos Mensuales: noviembre 2014

el teatro de la vida

 La vida es como el teatro, unos pocos son actores y la mayoría son espectadores que juzgan y critican a los que viven.

Hector Tassinari

Primer acto:

Durante uno de los días del amanecer de los funestos noventas, estaba dormido en la biblioteca del Colegio de México, cuando amablemente el cuidador me fue a decir que estaba prohibido dormir, así que me despabilé y fui a buscar otro lugar más alejado para dormir, fui donde había libros por acomodar, donde hay trabajo la gente no se acerca demasiado, y encontré una foto de la alfabetización de adultos. Y por primera vez tuve presente el tema, y casi inmediatamente se volvió a presentar.
Caminando por la calle de República de Argentina, entre vendedores de elotes asados, hot-dogs baratos y discos piratas vi a una señora, vendiendo chicles y haciendo su tarea (unas planas de las vocales), por un momento sospeché que le estaba haciendo la tarea a su hija, así que le pregunté. Orgullosa me contestó que algunas veces su nieta le ayuda con su tarea.
Tiempo después mi abuela se dedicó a terminar su primaria, ayudada por mi abuelo que se quedó en el segundo grado, admiro su determinación pero no la forma en que empezó a tratar a mi abuelo después obtener su diploma.
Y se siguió con la secundaria.

Segundo acto:

Asistí un par de veces a una peregrinación de Salamanca a San Juan de los Lagos, son aproximadamente 240 kilómetros, que mi familia recorre en 6 días, mi familia materna le guarda particular devoción a esta virgen que, según dicen, no fía. Son muy malos pagadores, pero al parecer en la fe es en lo único que sí cumplen, el único problema es que a veces prometen por alguien más, ofrecen llevarte si te salvas, y tienes que cumplir o te castiga.
El camino comienza caminando al lado de la carretera, luego sobre las vías, y de nuevo sobre carretera hasta llegar a la mitad. Después se atraviesa el Cerro de las Cruces y se rodea el Cerro de la Mesa, todo de acuerdo al terreno, en algunos lugares (sobre todo al principio) te venden agua adicionada con minerales (tierra) y no tienes más remedio que comprarla o té de Cuachalalate, muy bueno para la gastritis pero sabe horrible, en especial cuando es tu único desayuno. Pero ya cerca de San Juan te regalan comida, agua, naranjas, té de canela; todo esto lo hacen personas que están agradecidas de los milagros recibidos.
El trayecto de Irapuato a León, específicamente cuando se camina al lado de la autopista, la resistencia mental se pone a prueba, es la parte más pesada de todo el trayecto, porque es un camino recto, de subida, y bajo los rayos del sol, además, cuando se llega al aeropuerto, contrariamente al pensamiento natural, todavía faltan por lo menos tres horas de camino, la primer vez que lo recorrí me desesperé y me detuve, ya no quería seguir caminando, no le encontraba sentido (qué sentido tiene para un peregrinación para un apóstata), y no era tanto el cansancio físico como el mental. Y me senté con la desesperación rodeándome, cuando se acercó un viejo de bastón a pedirme agua. Al ver los pasos minúsculos que daba, y el gran esfuerzo que hacía para caminar y todo el trayecto que le faltaba, me sentí avergonzado, le di agua, me callé y seguí caminando.
Ya en la iglesia,  fui a ver con respeto los ex-votos.

Tercer acto:

Acompañé a mi padre a comprar la base de una máquina de coser, la base era de doña Jose, que era la única costurera que conocí capaz de igualar las velocidades de over de mi abuela.
Ella trabajó 30 años en la zaga, y cuando pudo compró una máquina para trabajar además desde casa, siempre terminaba los trabajos a tiempo, esa era una cualidad sumamente apreciada en el medio, con todo lo que ahorraba y con el infonávit de su empleo pudo comprarse una casa en la colonia Valle del Sur.
Después me enteré de la razón por la que estaba vendiendo la base de la máquina, ella estuvo enferma unos meses, hospitalizada en la clínica de los venados, estando hospitalizada su hija aprovechó para obligarla a darle su herencia con anticipación, además de empeñar su máquina de coser, y olvidar el refrendo. Así que, cuando la fui a ver, ella estaba vendiendo lo que le quedaba de sus cosas, iba a rentar un cuarto en algún punto del cerro de la estrella e iba a volver a trabajar en algún lugar de Vallejo, iba a comenzar de nuevo, casi desde cero.
Yo me sentía como el malo de la película aprovechando la situación desafortunada, aunque no tan manchado como su  hija, o mejor dicho la hija de la chingada que tiene como hija. No hice nada por ella pero sí aproveché doblemente la situación.

Desenlace

Hay una lección escondida detrás de este teatro, y no es dejar de meterme en lugares extraños sino que en nunca es tarde para empezar, ya sea hacer un cambio, iniciar un viaje, realizar un plan, que la dificultad de la empresa no nos detenga, eso es miedo.

lista de agradecimientos

Mientras el río corra, los montes hagan sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria del beneficio recibido en la mente del hombre agradecido.

– Virgilio

En portugués, muchos de lso correos que recibo terminan con “grato” seguido del nombre le la persona que lo envía, este es un recordatorio diario de un asunto pendiente que tengo: el agradecer todas las bendiciones recibidas en mi vida.

Gracias a mi familia por todo lo que recibí de ellos durante mi niñez, por la educación que me dieron, la alimentación que me proporcionaron, las veladas, las enseñanzas, sus pláticas, sus abrazos, sus regalos, las risas y sus muestras de amor.

Gracias a mis amigos por haberme aceptado como soy, por escuchar largamente las peroratas sin sentido, por acompañarme en este camino de la vida, por decirme lo que piensan, por verme en la lona y ayudarme a levantarme —o burlarse que para eso también están mis amigos— por la risa compartida, por las aventuras juntos, los juegos, las confidencias.

Agradezco profundamente el haber sido amado con lo difícil que soy, lo complicado que eso puede resultar.

Es maravilloso el universo en el que me ha tocado vivir. Las cosas que he visto, la música que he escuchado, los paisajes, las letras, la naturaleza.

Agradezco la oportunidad de comenzar otro camino

Cada día

 

 

libros, caminos y días

Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública puede medirse la cultura de un pueblo.

John Steinbeck

#Dicen que el califa Omar mandó quemar la biblioteca de Alejandría bajo el argumento: si contiene los mismo que el Corán es redundante y si no contiene lo mismo es impía.

La única biblioteca que usé hasta antes de entrar a la preparatoria fue la de casa, que contenía el tesoro del saber. un diccionario de historia Porrúa y la Quillet, y uno que otro libro que mi padre me compró en la feria del libro, confieso que le entré mucho antes a los cigarros que a los libros, pero en algún momento me dio una sed insaciable de enterarme muchas cosas —me pueden llamar chismoso—

Las bibliotecas resultan un paraíso gratuito al alcance de cualquier persona aunque yo tenía mi chamarra equipada con un compartimento secreto que usaba para obtener donaciones no tan voluntarias de las librerías siempre es mejor cuando un libro es leído muchas veces por diferentes presonas. Cuando inauguraron la alameda del sur, para tener acceso al préstamo teníamos que registrarnos y firmar cada visita hasta acumular cinco firmas, en el caso de la de Xochimilco se necesitaba un comprobante de domicilio, nunca hice el trámite para la de Balderas que es la única que siempre estaba llena. La última vez que fui a esa biblioteca estaba en la carrera aún con Pau-Pau y Chela, al final del día recibí una rosa de regalo. La biblioteca del Colegio de México era muy seria y fue en la única que me llamaron la atención.

Aunque me tocó la inauguración del Amoxcalli —la biblioteca de la Facultad de Ciencias— y solía usar mucho, en especial cuando tenía 2 credenciales que permitían el préstamo ¡y por más tiempo!. Pero mi corazón quedó encantado cuando tuve mi credencial de la Biblioteca Central, cada semana caminaba hasta la Biblioteca, devolvía los libros que había sacado, buscaba en el catálogo aún físico y recorría los pasillos que ya eran más que familiares, buscando, digamos, PQ2619.A65 caminaba a la parada frente al comedor y tomaba la ruta 64 —Cerro del Judío a San Lorenzo Tezonco— y regresaba leyendo de pie porque el camión siempre iba lleno en el trayecto que yo lo tomaba. Lo único que necesitaba para ser feliz era mi abono de transporte y mi credencial de la biblioteca central.

Un amigo que conocí en el CCH —no porque yo estudiara ahí— siempre me recriminaba que yo trataba a los libros como pañuelo de papel —kleenex para los cuates— que no les tenía la reverencia suficiente, que nada más les extraía la información y los desechaba, con él solía tener pláticas todos los días, nos regresábamos de CU y vivía a unas tres cuadras de casa, y como siempre solía dar un aventón pues el trayecto era más largo. Él clamaba que no necesitaba leer más, y estaba vendiendo todos sus libros, tenía algunas ediciones impresionantes, algunos libros en húngaro y bastantes en alemán. Siempre que hablábamos acerca de la situación del país me acusaba de que dejaba deprimido. Pero yo creo que eso se debía a la forma de percibir el mundo, él pensaba que no todos deberían tener acceso a los libros, que eran objetos que solamente los elegidos podían tener, una idea contraria a tener esperanza en las personas, en su capacidad de cambio.

Las bibliotecas, incluida la megabliblioteca, no son recintos frecuentados, no entiendo por qué los que no alcanzan el lugar buscado en los recintos educativos no abarrotan las bibliotecas en busca de una educación por su cuenta, creo que no están convencidos del poder de transformación que tiene el conocimiento, también creo que la educación es, en su mayor parte, responsabilidad de los interesados que yo esperaría que fuéramos nosotros mismos los que lucháramos por obtenerla por cualquier medio.

Incluso ahora, mi frecuencia de lectura ha menguado tanto que debería estar leyendo en lugar de rezongar al respecto.

libro

a pincel

Si ya tu chava no te pela ponle a tus zapatos suela.

La primera calle de la Soledad – Jaime López

Ya los antiguos egipcios utilizaban un tipo de calzado para proteger los pies en contra de las inclemencias del tiempo, aunque a mi nunca me ha gustado usarlo, reconozco que tiene sus ventajas —los golpes contra los muebles duelen mucho más estando descalzo— además mi salud de niño era frágil, cualquier incursión en un suelo frío terminaba por dejarme una viaje al doctor para que revisara mis anginas y me mandara antibióticos. Durante toda mi primaria tenía que usar calzado con  suela de piel natural de lo contrario las plantas de los pies terminaban rojas comenzaban a cuartearse. La única excepción era cuando me tocaba deportes —los viernes generalmente— ese día podía usar tenis —Panam que era los que se conseguían en Aurrera— a cambio de los blasito que usaba inclusive para jugar fútbol en la calle, casi siempre de estilo bostoniano.

Con la entrada en la secundaria y la alcoholescencia esto cambió y pasé a usar los tenis casi todos los días, sin sufrir esa irritación pero apareció otro problema, el mal olor que acarreaba la vergüenza de recibir el clásico: “te apestan las patas” que, debido al tamaño, combinaba perfectamente con el calzas del patorce y medio. Algunas veces el usar tenis de astronauta hacía que el volumen pareciera mayor, otras veces en tiempos difíciles los tenis a los que se le cambiaba el triangulito —kaepa— fueron usados hasta que al pisar un chicle podía adivinar el sabor del chicle.

Hice una par de peregrinaciones de Salamanca a San Juan de los Lagos, aproximadamente 180 kilómetros, en la primera ocasión intenté usar tenis infructuosamente y terminé con unas botas de estilo militar y en otra ocasión unos zapatos de suela de goma que resultaron ser muy efectivos. La primera tuve algunas ampollas pero la segunda vez me torcí el tobillo un poco antes de llegar a León y tuve que ir renqueando todo el camino.

Desde los 6 años hasta los 13 jugué semiregularmente fútbol y tenía que usar el calzado apropiado, comprado a las afueras del deportivo Santa Cruz Meyehualco, si de por sí era difícil para mí atar las agujetas, en esta ocasión se tenía que dar toda la vuelta por la suela incluso. En el caso de la alberca, a pesar de las recomendaciones de usar cualquier tipo de chanclas yo prefería andar descalzo, incluso cuando corríamos alrededor de la alberca veinte vueltas a manera de calentamiento. Una animadversión particular de las que tienen un plástico que se tiene que sostener entre los dedos de los pies. Y ahora están de súper moda por estos lares —y supuestamente por el mundo— las havaianas.

Llegó el momento que en lugar de buscar un modelo en particular de zapato lo que hacía, en lugar de preguntar si tenían determinado modelo en mi número preguntaba ¿cuáles zapatos tienen en mi número? y escogía entre las opciones existentes, eso se vio compensado posteriormente cuando mi abuelo consiguió unas hormas de mi número mi mundo cambió, porque no solamente me tenía un gran cariño, también era un hábil zapatero, entonces tuve a mi disposición zapatos completamente personalizados.

Tuve por ejemplo unos zapatos verdes de exactamente el mismo tono que mi chamarra, también unos zapatos bicolor, y otros tonos no tan comunes, justo a mi medida, de los que me sentía orgulloso, tuve unos en particular muy queridos unos zapatos de ante azul como la canción de Elvis, los zapatos más cómodos que he tenido, los usé muchísimas veces, algunas de ellas en combinación con una camisa azul con verde —esa camisa terminó deshaciéndose del uso— cometí el grave error de jugar fútbol con ellos un día en la cancha conocida por el Hueso Skate, terminé no solamente medio lastimado del tobillo sino perjudicando mis amados zapatos. Por cierto los últimos zapatos que hizo mi abuelo —también eran azules— fueron para mí.

Tuve unas botas con casquillo de metal, a mi compadre le tocó una cariñosa patada en la espinilla mientras tomábamos un jugo en Uruguay —Uruguay y Bolívar en el centro—, él me acompañó algunas veces a comprar tenis al tianguis de las torres —periférico y el eje — ahí alguna vez conseguí unos tenis que me quedaban ligeramente más grande pero eran muy  cómodos, los robó el “Quick” —un vecino que alguna vez bebió perfume a falta de otra bebida alcohólica— mientras los dejé secando.

Creo que mis pies han caminado mucho, los debo tratar mejor.