a pincel

Si ya tu chava no te pela ponle a tus zapatos suela.

La primera calle de la Soledad – Jaime López

Ya los antiguos egipcios utilizaban un tipo de calzado para proteger los pies en contra de las inclemencias del tiempo, aunque a mi nunca me ha gustado usarlo, reconozco que tiene sus ventajas —los golpes contra los muebles duelen mucho más estando descalzo— además mi salud de niño era frágil, cualquier incursión en un suelo frío terminaba por dejarme una viaje al doctor para que revisara mis anginas y me mandara antibióticos. Durante toda mi primaria tenía que usar calzado con  suela de piel natural de lo contrario las plantas de los pies terminaban rojas comenzaban a cuartearse. La única excepción era cuando me tocaba deportes —los viernes generalmente— ese día podía usar tenis —Panam que era los que se conseguían en Aurrera— a cambio de los blasito que usaba inclusive para jugar fútbol en la calle, casi siempre de estilo bostoniano.

Con la entrada en la secundaria y la alcoholescencia esto cambió y pasé a usar los tenis casi todos los días, sin sufrir esa irritación pero apareció otro problema, el mal olor que acarreaba la vergüenza de recibir el clásico: “te apestan las patas” que, debido al tamaño, combinaba perfectamente con el calzas del patorce y medio. Algunas veces el usar tenis de astronauta hacía que el volumen pareciera mayor, otras veces en tiempos difíciles los tenis a los que se le cambiaba el triangulito —kaepa— fueron usados hasta que al pisar un chicle podía adivinar el sabor del chicle.

Hice una par de peregrinaciones de Salamanca a San Juan de los Lagos, aproximadamente 180 kilómetros, en la primera ocasión intenté usar tenis infructuosamente y terminé con unas botas de estilo militar y en otra ocasión unos zapatos de suela de goma que resultaron ser muy efectivos. La primera tuve algunas ampollas pero la segunda vez me torcí el tobillo un poco antes de llegar a León y tuve que ir renqueando todo el camino.

Desde los 6 años hasta los 13 jugué semiregularmente fútbol y tenía que usar el calzado apropiado, comprado a las afueras del deportivo Santa Cruz Meyehualco, si de por sí era difícil para mí atar las agujetas, en esta ocasión se tenía que dar toda la vuelta por la suela incluso. En el caso de la alberca, a pesar de las recomendaciones de usar cualquier tipo de chanclas yo prefería andar descalzo, incluso cuando corríamos alrededor de la alberca veinte vueltas a manera de calentamiento. Una animadversión particular de las que tienen un plástico que se tiene que sostener entre los dedos de los pies. Y ahora están de súper moda por estos lares —y supuestamente por el mundo— las havaianas.

Llegó el momento que en lugar de buscar un modelo en particular de zapato lo que hacía, en lugar de preguntar si tenían determinado modelo en mi número preguntaba ¿cuáles zapatos tienen en mi número? y escogía entre las opciones existentes, eso se vio compensado posteriormente cuando mi abuelo consiguió unas hormas de mi número mi mundo cambió, porque no solamente me tenía un gran cariño, también era un hábil zapatero, entonces tuve a mi disposición zapatos completamente personalizados.

Tuve por ejemplo unos zapatos verdes de exactamente el mismo tono que mi chamarra, también unos zapatos bicolor, y otros tonos no tan comunes, justo a mi medida, de los que me sentía orgulloso, tuve unos en particular muy queridos unos zapatos de ante azul como la canción de Elvis, los zapatos más cómodos que he tenido, los usé muchísimas veces, algunas de ellas en combinación con una camisa azul con verde —esa camisa terminó deshaciéndose del uso— cometí el grave error de jugar fútbol con ellos un día en la cancha conocida por el Hueso Skate, terminé no solamente medio lastimado del tobillo sino perjudicando mis amados zapatos. Por cierto los últimos zapatos que hizo mi abuelo —también eran azules— fueron para mí.

Tuve unas botas con casquillo de metal, a mi compadre le tocó una cariñosa patada en la espinilla mientras tomábamos un jugo en Uruguay —Uruguay y Bolívar en el centro—, él me acompañó algunas veces a comprar tenis al tianguis de las torres —periférico y el eje — ahí alguna vez conseguí unos tenis que me quedaban ligeramente más grande pero eran muy  cómodos, los robó el “Quick” —un vecino que alguna vez bebió perfume a falta de otra bebida alcohólica— mientras los dejé secando.

Creo que mis pies han caminado mucho, los debo tratar mejor.

 

 

 

 

 

 

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el noviembre 6, 2014 en Abuelo, Adolescencia, Biografía, Infancia y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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