Archivos Mensuales: enero 2016

Don Chucho

El que tiene tienda, que la atienda, o si no que la venda

– Refrán popular

No importa que el nombre oficial haya sido miscelánea Lupita, siempre fue la tienda de Don Chucho, cuando recién llegó mi familia al retorno era una zona despoblada, había que caminar una distancia considerable para ir a una tienda —a la piloto— o a las tortillas —los apaches y la salud— así que cuando hubo una tienda en la esquina se volvió popular inmediatamente.  La tienda era atendida diligentemente por Don Chucho, que era el padre de mis amigos Cuquín y Vani, cuyos nombres verdaderos eran Jesús Fabian —el Jesús era por su padre y Fabián en honor al cantante de Tiger

— y René Miguel. Además de tendero trabajó de repartidor en la Bimbo y tenía un taxi.

Conoció a su esposa —Maritza— durante los festejos en el ángel en el mundial de 1970, si tomamos en cuenta que el mundial terminó el 21 de junio de 1970 y que mi amigo Chucho nació justo un año después se asoma cierta vehemencia en su carácter.

Siempre que iba a la tienda tenía un buen surtido, había refrescos fríos y cuando pedías queso amarillo —algo no muy común entonces— él cortaba el papel estraza en cuadritos con el cuchillo que usaba para cortar el queso blanco y acomodaba los papeles entre las rebanadas para evitar que se pegaran.

Recuerdo una vez que llegó una joven pareja, recién salidos de la secundaria, y después de que se fueron nos aleccionó con el comportamiento de la chica, nos dijo que era muy interesada porque cuando él le ofreció algo ella eligió el producto más caro —un pay de nuez marinela—, nos aconsejaba no confiar demasiado en las mujeres. La mayoría de sus consejos eran prácticos.

Además de la prematura calvicie —que mi amigo heredó sin remedio— tenía la voz algo aflautada y una cara redonda y bonachona que una vez estuvo completamente cubierta por moretones y vendajes debido a una caída por las escaleras del metro Polanco, esto reveló su calidad mortal.

Y la semana pasada me avisaron que falleció.

El renacimiento de la ciudad

La Semana Santa es en la Ciudad de México es la gran semana de Judas.

La serpiente emplumada – D. H. Lawrence

Siempre la llamo mi amada ciudad, quizá yo sea más de ella que ella de mí, le debo muchos escritos, aún los hijos favoritos pueden ser ingratos.

La Ciudad de México es una ciudad imposible construída sobre un lago por un pueblo que los demás se negaron a recibir, quizá por eso la ciudad alberga a todos los que lo solicitan, sin importar la opinión que los que llegan tengan de ella.

Ha sido la ciudad de los palacios, la región más transparente, chinampa —una invención ingenios— en un lago escondido, la ciudad de la esperanza y ahora el mejor destino del 2016, pero para mí siempre ha sido un lugar que me ha abandonado.

A mi regreso estaba casi tan cambiada como yo, la fachada es lo menos importante pero deja traslucir algo de lo que tiene dentro, ya hace demasiado tiempo que la x que marca el ombligo de la luna va desapareciendo de la ciudad, Ixtapalapa, Taxqueña, Ixtacalco. Pronto sus rastros serán tan visibles como el tesoro de Moctezuma, el templo mayor está a la vista pero ya casi nadie va a leerle la mano a la Coyoxauhqui pero Huitzilopochtli sigue alumbrando.

Caminar sobre sus calles me llena de energía, me tranquiliza y algunas veces me llena de nostalgia, el sentir lo que ha ocurrido en las calles, muchas ligadas a mi historia, ver las cicatrices que ha dejado el tiempo, recordar por ejemplo la avioneta que quiso aterrizar en el eje central, los edificios que desaparecieron en el temblor, el paisaje de las calles antes del metro, los ejes viales y el segundo piso. Hay cambios sutiles y otros no tantos, como la desaparición del huarache azteca en Uruguay —y Bolívar, en el centro— o el Toreo de Cuatro Caminos.

A pesar de que los platillos oriundos de la Ciudad de México se pueden contar con los dedos: las quesadillas de flor de calabaza, las guajolotas y los romeros, Los lugares habituales y no tan habituales para buscar manjares: los tacos de campesinos, las quesadillas del mercado de Tepepan, los tlacoyos del mercado dominical frente el bacho 4, la barbacha de la 201, el Maquech Púrpura, pero todo cambia porque la ciudad es un ente vivo. Ya escasean los vendedores de camotes, dulce de piloncillo y ya tiene mucho que nadie pasa vendiendo chichicuilotitos.

Aún tengo una gran deuda con la ciudad, que quiero comenzara a pagar aunque sea a cuentagotas, esta pequeña entrada es el comienzo. La he recorrido tantas veces que sus calles están llenas de mi historia.

 

¿Bajas en la que sigue?

Pino Suárez tu estación del metro es mi prisión

Heavy Metro – Botellita de Jerez

Mi reincorporación paulatina a la vida cotidana ha sido lenta, comezar a hacer lo que se hacía cada día ahora disminuído, con algunas restricciones, al comienzo con bastón en mano y dolor en la pierna. Uno de los más significativos momentos es el retomar la movilidad. Porque mucha de mi vida cotidiana pasa por mis traslados, el trajinar es parte de mi vida.

Viajar en transporte público implica llegar a un destino diferente de tus compañeros de viaje, algunas veces ellos se interponen en el camino de salida, otras veces tú en el suyo, cuando los peseros eran automóbiles genéricos, sedanes de cuatro puertas, con un cordel de tendedero en el asiento trasero, al llegar al destino tenían que pedir al que se encontraba al lado de la puerta permiso y todos a su derecha bajaban para dejarlo salir, muy civilizado aunque tardado, pero eso tiene mucho tiempo que terminó, primero en las combis —ichi ban o cualquiera que sea el nombre de moda— es evidente que el diseño automotriz no consideró mis dimensiones, el trayecto del metro Observatorio a la fuente de petróleos es demasiado tortuosa, entre encoger las piernas, agarrarme para evitar arrastrar o aplastar a los que se sientan a mi lado quedo exhausto, este ya lo evitaba antes. El microbús tiene un buen asiento, que el el que queda al final del pasillo, los demás apenas sirven para acomodar una de mis piernas en diagonal, hacer doble fila en el pasillo central resulta mucho menos fácil de lo que los ayudantes del chofer claman.

Algunos choferes de la extinta ruta 100 aún manejan los pocos camiones que aún circulan, son más amplios pero eso permite que el amontonamiento de gente sea aún mayor, recuerdo una vez que fui al centro con Paco —pa’ mi primo, lo que sea mejor— y llegamos a la terminal de Taxqueña —así con X como debe de ser— entonces la puerta que daba al paradero estaba abierta, ahora hay que subir en las escaleras y pasar por un puente y descender en el pasillo donde están formados los peseros, cada pasillo tiene una letra, pero en ese entonces era un desmadre y tomamos un camión y quedamos atrapados justo en el centro, yo todo el trayecto venía pensando ¿cómo le vamos a hacer para bajar? en aquellos años ese camión recorría varios recovecos, al final solamente nos pasamos una parada y nos bajamos en la Carmen (Serdán).

Mi transporte favorito es el trolebús, no invaden carriles, la velocidad es más o menos constante y la neurosis del conductor es mucho menor, antes se enojaban cuando subíamos 5 personas y pagábamos juntos, como el pasaje costaba 60 centavos y nunca había cambio —no se depositaban sino tenía una cajita de madera con orificios del tamaño de las monedas— generalmente recibían el pago de 1 peso. Pero siendo 5 el total eran 3, esa pérdida de dos les sacaba una mueca, as eso le sumamos que un día de lluvia torrencial, donde ni los peseros, ni los taxis, ni los camiones me hacían la parada para que no empapara su transporte, un trolebús sí me permitió subir, ganándose mi cariño por los siglos de los siglos. Mi aventajada edad me permitió viajar en tranvía, que podría ser mucho más parecido al tren ligero que no lo he ocupado mucho, siempre lleno y sospecho que la ilusión que viajaba en tranvía ya no se anima a viajar en tren ligero.

La afluencia de personas que transita en el metro es descomunal, he corrido con la fortuna de vivir cerca algunas veces de la línea 3 y la 2, lo que me permitió usar de enlace la línea 9, por mucho la más eficiente, como transbordo en Chabacano puedo irme a la puerta contraria del vagón y salir al llegar al transbordo, así evitar quedar atrapado. Ahí la llevo

El cinturón de Orión

De las historias pasadas ya no me aturde saber
Un millón de años luz – Soda Estéreo

Alnitak, Alnilam y Mintaka (Melchor, Gaspar y Baltasar pa’ los cuates):

Yo no creo que haya actos buenos o malos por eso no puedo hablar de mi comportamiento en esos términos, yo sé que mis acciones pueden ser drásticas, erráticas y contradictorias; apenas puedo alegar que son bien intencionadas, estoy seguro que muchas no fueron en mi beneficio y algunas específicas completamente en mi perjuicio. No voy a alegar ignorancia, nunca lo he hecho.

Creo que todos tienen más juguetes de los necesarios o menos de los indispensables. Yo pertenezco al primer grupo, y quizá muchos a mi alrededor están esa situación, probablemente yo tenga que ver con eso. Quizá mi ahijado esté particularmente consentido, ojalá también el amor le sea evidente y pueda acompañarlo en su crecimiento.

Demasiadas palabras para decir que no pido ningún juguete, o alguna cosa material para el caso. Pero si quisiera algunos regalos.

Saber cuándo respirar profundamente, despejar un poco la azotea y una palmada en el corazón.

Eso es todo.

wp-1452053165693.png