El renacimiento de la ciudad

La Semana Santa es en la Ciudad de México es la gran semana de Judas.

La serpiente emplumada – D. H. Lawrence

Siempre la llamo mi amada ciudad, quizá yo sea más de ella que ella de mí, le debo muchos escritos, aún los hijos favoritos pueden ser ingratos.

La Ciudad de México es una ciudad imposible construída sobre un lago por un pueblo que los demás se negaron a recibir, quizá por eso la ciudad alberga a todos los que lo solicitan, sin importar la opinión que los que llegan tengan de ella.

Ha sido la ciudad de los palacios, la región más transparente, chinampa —una invención ingenios— en un lago escondido, la ciudad de la esperanza y ahora el mejor destino del 2016, pero para mí siempre ha sido un lugar que me ha abandonado.

A mi regreso estaba casi tan cambiada como yo, la fachada es lo menos importante pero deja traslucir algo de lo que tiene dentro, ya hace demasiado tiempo que la x que marca el ombligo de la luna va desapareciendo de la ciudad, Ixtapalapa, Taxqueña, Ixtacalco. Pronto sus rastros serán tan visibles como el tesoro de Moctezuma, el templo mayor está a la vista pero ya casi nadie va a leerle la mano a la Coyoxauhqui pero Huitzilopochtli sigue alumbrando.

Caminar sobre sus calles me llena de energía, me tranquiliza y algunas veces me llena de nostalgia, el sentir lo que ha ocurrido en las calles, muchas ligadas a mi historia, ver las cicatrices que ha dejado el tiempo, recordar por ejemplo la avioneta que quiso aterrizar en el eje central, los edificios que desaparecieron en el temblor, el paisaje de las calles antes del metro, los ejes viales y el segundo piso. Hay cambios sutiles y otros no tantos, como la desaparición del huarache azteca en Uruguay —y Bolívar, en el centro— o el Toreo de Cuatro Caminos.

A pesar de que los platillos oriundos de la Ciudad de México se pueden contar con los dedos: las quesadillas de flor de calabaza, las guajolotas y los romeros, Los lugares habituales y no tan habituales para buscar manjares: los tacos de campesinos, las quesadillas del mercado de Tepepan, los tlacoyos del mercado dominical frente el bacho 4, la barbacha de la 201, el Maquech Púrpura, pero todo cambia porque la ciudad es un ente vivo. Ya escasean los vendedores de camotes, dulce de piloncillo y ya tiene mucho que nadie pasa vendiendo chichicuilotitos.

Aún tengo una gran deuda con la ciudad, que quiero comenzara a pagar aunque sea a cuentagotas, esta pequeña entrada es el comienzo. La he recorrido tantas veces que sus calles están llenas de mi historia.

 

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el enero 21, 2016 en México y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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