cuestan un ojo de la cara, y la yema del otro

Huevos, el mundo es tan atroz. / Huevos, en la cocina hacen falta huevos. Yo sé que a pesar de todo la lucha es desigual.

En la cocina huevos – Miguel Mateos

Desde la temprana infancia tengo la idea que es el huevo es el alimento del desayuno por antonomasia. Mi madre solía servirlo en el desayuno, la mayoría de las veces sin menor acompañamiento que el pan y el chocolate. La aparición ocasional de jamón o salchicha era una sorpresa y festín. Recuerdo mucho la vez que mi padre hizo el desayuno pero en la cocina solamente había un huevo se las arregló para hacerlo rendir, me parece agregándole algo de leche y batiéndolo durante mucho tiempo. Tres de mis dientes de leche se cayeron mientras desayunaba huevo mientras estábamos de vacaciones: 1 vez en Acapulco y las demás en Salamanca. También por eso de niño solía comer mucho el huevo tibio, que no representaba ninguna amenaza para los dientes.

Yo me postulé como voluntario para hacer el desayuno desde los siete años de edad, como quería hacer algo especial para mi hermana se me ocurrió agregar queso amarillo —entonces no era muy común, y cuando se pedía rebanado en las tiendas los pedacitos de queso terminaban pegados— y le dije que eran unos huevos a la benedict, eso porque lo había leído en una de las tiras cómicas de Charly Brown.

Durante mi primera docena de años era común que cada final de enero viajara a San Juan de los Lagos, mi familia hacía la peregrinación desde Salamanca —yo la hice en un par de ocasiones— nos hospedábamos en el hotel Rivera a un costado de la catedral pero solíamos desayudar en un restaurante de otro hotel frente a la plaza que tenía un servicio en extremo demorado, mi abuela bromeaba con que mejor pedíamos el desayuno del día siguiente para que llegara a tiempo, por eso invariablemente solicitábamos huevos, porque los hotcakes se tardaban al menos una hora más.

Mis amigos se burlaban de que yo pedía torta de huevo con queso blanco —un gusto heredado de mi padre y mi tío mundo— creo más por el queso que por el huevo, cuando comíamos tacos de guisado fuera frente al edificio Rafael en la Narvarte, en Félix Cuevas cerca de Insurgentes y al lado del Banamex o en el paseo de las facultades en CU nunca pedíamos arroz con huevo cocido, pero cuando mi madre los preparaba para alguna fiesta familiar ese era el platillo que invariablemente se acababa.

En el año 1991 sobre la avenida Ermita Iztapalapa a la altura de lo que ahora es un Sipirily se encontraba un deshuesadero donde compré todo un calabazo —es el nombre chusco de una gran invención de la ingenieria automotriz— como lo que necesitaba en realidad era el piñón y un buje. Mientras desmontaban la pieza decidí desayunar en un local que se encontraba al lado, apenas un jacal apuntalado con basura y techado con tejas de asbesto. Pero a partir de ese día comencé a pedir huevos a la mexicana en el desayuno.

Los años subsecuentes iba alternado el pedir huevos motuleños, divorciados, algún omelette, o las enfrijoladas rellenas de huevos a la mexicana, sin que ninguno de ellos tuviera una ventaja preferente sobre el otro, hasta que en mi primer viaje de trabajo a Puerto Vallarta—para instalar un sistema de servicio a clientes en una cadena de hoteles— me trajo un descubrimiento, los huevos salteados con fresa, esa combinación de dulce y salado que no a todos gusta pero que me gusta experimentar.

Dentro del ambiente laboral los viernes solían aparacer los chilaquiles con huevo estrellado, este suele no satisfacer tan fácilmente a los comensales debido a la consistencia de la yema, como siempre en gustos se rompen géneros, y cuando se rompen los huevos algunas veces se rompen las yemas. Nada como reventar la yema de un huevo estrellado con un pedacito de pan o un totopo.

Durante mis estancias en el extranjero fui sorprendido por algunas cosas, en los dinners —merenderos para los fanáticos de la televisión—de los vecinos del norte, el sabor de los huevos que sirven en el desayuno es decepcionante, se pasan de tueste con las hormonas que les inyectan. En los lanchonetes de São Paulo, Brasil hay un letrero con la advertencia de que está prohibido servir huevos con la yema aún cruda, de hecho si se revisa a detalle  la ley se establece que en los omelettes deben alcanzar la una temperatura de al menos 74° C el centro geométrico. En Londres, además de su porridge es costumbre servir en el desayuno huevo con salchicas y acompañarlos de frijoles dulces.

Y jamás llegué al grado teporocho de desayunar una polla (jerez con un par de yemas de huevo) pero sí lo hice tanto con licuados como con jugos, como dato curioso comer huevo crudo antes de beber sirve para aumentar la resistencia a la ingesta de alcohol.

No voy a considerar otros significados en frases como “me los chupas y los dejas nuevos”, “a huevo”, “te pasas de huevos”. Pero nunca está de más hacer caso al consejo:  échenle huevos, por lo menos al licuado.

 

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el mayo 12, 2016 en Biografía, Cocina y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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