Archivos Mensuales: noviembre 2016

El juego del bolillo

Yo me crié en esta ciudad, mi poesía nació entre el cerro y el río, tomó la voz de la lluvia, y al igual que la madera, se empapa en sí en los bosques.

Pablo Neruda

Cuando iba en la escuela primaria, al salir casi siempre iba a casa de mi abuela Chuchita, donde me cambiaba de ropa, pero no de zapatos, porque los tenis me quemaban los pies, bueno cualquier plantilla que fuera sintética. Y salía a jugar.

La ruptura de una escoba era una molestia para los adultos, pero era la oportunidad de jugar para los niños. Tomábamos la escoba rota, el pedazo más pequeño —las escobas jamás se rompen justo a la mitad—lo afilábamos de ambos lados y terminaba como un bicolor muy gastado, pero de buen tamaño, el otro pedazo serviría como utensilio diverso, a manera de bat, de regla, de lanzador.

Casi siempre lo jugábamos en la banqueta, y escogíamos un cuadro donde se suponía va un árbol o una planta y colocábamos al bolillo en una esquina formando un triángulo, otras veces jugábamos en el camellón y hacíamos un surco en la cierra o colocábamos el bolillo encima del surco formando un signo más.

Colocábamos el pedazo restante abajo del bolillo y lo lanzábamos lo más lejos posible, el rival (o equipo contrario cuando éramos muchos) intentaban agarrarlo al vuelo para hacer un out, si no lo atrapaban desde el lugar donde había caído lo lanzaban al lugar de partida, si quedaba a una distancia menor a la longitud del “bat” también era out, en caso contrario el jugador pasaba a batear para obtener puntos.

Pare eso colocaba al bolillo en el piso, golpeaba una de sus puntas haciéndolo saltar y girar, ese momento era aprovechado para golpearlo y llegarlo lo más lejos posible. Los contrarios podían intentar bloquer el tiro, a riesgo de perder algún ojo, Al final se contaban los pasos desde el donde llegó el bolillo hasta la base.

Era nuestra forma de reciclar.

 

La muerte se asoma.

Hay de mi,Llorona,Llorona/Llorona de cal y tierra…. /La cal de tus blancas manos,Llorona /La tierra de cuando muera…

Canción popular mexicana

Durante mi niñez y adolescencia veía los altares de muertos familiares ajenos, a kilómetros de distancia de mi corazón. Los nombres escritos en las calaveras no resonaban en mi cabeza, apenas familiares que me conocieron en los primeros años de nacido. Acaso mi tío Vicente (era el hermano mayor de mi abuela paterna), con él jugue brisca cuando tenía 3 años, y después veía que lo inyectaban periódicamente durante su agonía. No me entristeció su muerte y mi edad me aseguró no asistir a ningún rito funerario.

La única vez que salí a pedir calaverita fue a los cuatro años, mi abuelo me ayudó a transformar una calabaza en una portavela con la que iba alumbrando el camino, no recibí ningún dulce, únicamente terminé con una moneda de veinte centavos. Mi abuelo también me acompañaba cuando había rosarios en casa, yo me negaba a rezar, me quedaba en el pasillo y él me acompañaba, platicaba conmigo apenas susurrando.

Fue hasta que tenía la verdadera mayoría de edad, veintiún años, cuando recibí un curso intensivo funerario. La muerte entró a mi vida por el lado izquierdo, mostrando lo versátil e implacable que era; dejando claro lo irrevocable de sus designios, como un árbitro funesto que expulsaba sin  necesidad de reglas.

Primero fue mi tía Luisita, un jueves al levantarse le pidió a mi tía Delia que llamara a mi mamá, su sentencia premonitoria no fue tomada en serio, al menos al principio: “llámale a Mela porque me voy a morir”. Unos minutos después de que llegó mi madre ella abandonó este mundo con una sonrisa de paz, estoy seguro que fue una decisión. Yo la amaba muchísimo, fue una parte importante de mi niñez. Siempre le dije toda la verdad y jamás me juzgó. Estaba dolido pero sabía que mi madre lo estaba aún más, había perdido a la persona que más la quiso, la que le otorgó cuidados y amor sin límite. Me dediqué a consolarla durante los nueve días rituales.

El siguiente jueves, luego de que acabaron los rosarios me avisaron que había muerto Abigail: la mejor amiga de mi novia y novia de mi mejor amigo. Al parecer un error en la dosis de cortisona segó su vida unos días antes de cumplir 18. Corrimos a la funeraria que estaba en la colonia doctores, pero al llegar ya la habían cremado sus cenizas están en la iglesia que queda cerca de la UAM Xochimilco. También ahí fueron los rosarios.

De nuevo el jueves siguiente había una noticia funesta. Adriana, la hermana del Chore murió en la Cruz Roja. Ella tenía un novio que militaba en la filas judiciales, que era propietario del departamento donde vivía su familia. Justo después de comunicarle que quería terminar con él porque había conocido alguien más sucedió la tragedia: dos disparos al vientre fueron declarados, oficialmente, como suicidio. Cuando llegó su novio compungido al velorio llevaba su prueba de parafina que demostraba que no había disparado. La Güera (como le decían a la mamá) lloraba a gritos sobre el ataúd pidiendo que no se la llevaran, mi amigo Héctor intentó saltar del balcón un par de veces con la imagen de las uñas de su hermana fija en su memoria.

A pesar de ser abanicado por la hoz de la muerte, los más afectardos fueron personas cercanas. Mi duelo fue consolarlos, buscar palabras que diluyeran un poco su dolor mientras el mío iba formando una costra. Desde entonces se han ido muchos dejándome heridas que nadie ha tocado.