Archivos Mensuales: octubre 2017

camposanto

Porque en el lento instante del quebranto,/ cuando los seres todos se repliegan / hacia el sopor primero/ y en la pira arrogante de la forma/ se abrasan, consumidos por su muerte.

Muerte sin fin – José Gorostiza

El altar de muertos que se levanta a manera de ofrenda, repleto de flores, comida y objetos preferidos de los difuntos en un espejo de lo que llevamos dentro, de las cosas y los recuerdos que nos dejaron. De alguna forma nuestro ser tomó forma gracias a su influencia.

Recurdo a mi tía Luisita desayunando café invariablemente, acompañado de cafiaspirinas y unas doraditas, mirando tranquilamente la tele mientras fumaba sus faros, ocasionalmente le llevaba unos cheetos. Su bendición me ha protegido en innumerables ocasiones, me encomendaba con las ánimas del purgatorio.

Mi abuelo Pedro (yo le decía Tobol) siempre te llevaba a la cocina para ofrecerte manjares perticulares, apenas me aceptó un par de invitaciones a comer. Cuando era su cumpleaños solía llevarle tartaletas en lugar de pastel, le gustaban los sabores dulces, también el huitlacoche y el chocolate.

Acompañé a mi padre muchas veces a comer, íbamos al mercado a comprar tacos de moronga y longaniza con papas, otras veces a alguna cocina económica cerca de su trabajo donde lo atendían a cuerpo de rey, le daban unas milanesas gigantes (oreja de elefante) pero lo que siempre recuerdo era su difrute con las tortas de cajeta, cada que las comía nos contaba de la vez que en la primaria le robaron su rebanada de bolillo con cajeta cuando estaba a punto de darle la primer mordida.

Mi abuela Chuchita siempre estaba sonriendo, la recuerdo en una mañána fría desayunando leche caliente con pan de dulce, o pidiendo bisquets o hot cakes. Me parece que era más de desayuno, porque las veces que se quedaba en la fiesta no la vi cenar.

Mi abuelo Luis siempre comía opíparamante, le gustaba la carne, el chicharrón en salsa verde y acompañarlo de un buen tequila. Una vez en Salamanca fui con él un restaurante y terminé completamente lleno.

Mi abuela Ester solía cenar en solitario, se limpiaba la crema nivea que tenía embadurnada por la cara y se disponía a cenar un café con pan.

Mi tío Luis también era de buen comer, acompañando la birria con una cerveza bien fría, lo acompañé algunas veces por el pan donde se desvivían por atenderlo

Nuestros muertos viven en nosotros.

 

 

 

De colores

De colores, de colores se visten los campos en la primavera.

Canción popular mexicana.

Mi capacidad para distinguir colores ha disminuido recientemente. Esta es una clara desventaja en la culinaria mexicana porque me asaltan muchas preguntas.

Comenzando con el desayuno: ¿Tamal verde o rojo? eso no es suficiente para saber cuál es más picoso, o más salado, o cuál tiene más carne, ni siquiera si alguno es más propenso a convertirse en guajolota. Si lo acompañara con café no tendría problema alguno pero si elijo el té entonces sí llega la decisión, si negro, verde, blanco o rojo; aquí incluso se trata de la misma planta en todos los casos. Mi corazón se divide entre el English Breakfast y el Prícipe de Gales (qué mamón).

Si se me ocurriera almorzar unos chilaquiles también tendría que elegir entre verdes o rojos, en enchiladas igual (las suizas no tienen que ver con los colores de la bandera). Incluso los podría acompañar de queso azul y tomar un jugo verde para que resbale.

La comida podría ser con arroz blanco, o rojo, o verde. Para acompañar el mole tendría que ser rojo, pero ahora sería mole negro, verde, amarillo; acompañado de tortillas que pudieran ser de maíz blanco o azul. De postre podría pedir zapote negro o blanco. O una gelatina roja, verde o amarilla. Los respados sí son de sabor sin importar si son más artificiales.

Para no dejar fuera mi estadía en el estado hay tacos de chorizo rojo o verde, con salsa verde o roja, y un mundet rojo (o blanco). Más tarde unas uvas rojas o verdes para botanear y de inmediato se desprende el vino tinto, blanco o rosado.

Mientras no digan tomates verdes todo está bien.