camposanto

Porque en el lento instante del quebranto,/ cuando los seres todos se repliegan / hacia el sopor primero/ y en la pira arrogante de la forma/ se abrasan, consumidos por su muerte.

Muerte sin fin – José Gorostiza

El altar de muertos que se levanta a manera de ofrenda, repleto de flores, comida y objetos preferidos de los difuntos en un espejo de lo que llevamos dentro, de las cosas y los recuerdos que nos dejaron. De alguna forma nuestro ser tomó forma gracias a su influencia.

Recurdo a mi tía Luisita desayunando café invariablemente, acompañado de cafiaspirinas y unas doraditas, mirando tranquilamente la tele mientras fumaba sus faros, ocasionalmente le llevaba unos cheetos. Su bendición me ha protegido en innumerables ocasiones, me encomendaba con las ánimas del purgatorio.

Mi abuelo Pedro (yo le decía Tobol) siempre te llevaba a la cocina para ofrecerte manjares perticulares, apenas me aceptó un par de invitaciones a comer. Cuando era su cumpleaños solía llevarle tartaletas en lugar de pastel, le gustaban los sabores dulces, también el huitlacoche y el chocolate.

Acompañé a mi padre muchas veces a comer, íbamos al mercado a comprar tacos de moronga y longaniza con papas, otras veces a alguna cocina económica cerca de su trabajo donde lo atendían a cuerpo de rey, le daban unas milanesas gigantes (oreja de elefante) pero lo que siempre recuerdo era su difrute con las tortas de cajeta, cada que las comía nos contaba de la vez que en la primaria le robaron su rebanada de bolillo con cajeta cuando estaba a punto de darle la primer mordida.

Mi abuela Chuchita siempre estaba sonriendo, la recuerdo en una mañána fría desayunando leche caliente con pan de dulce, o pidiendo bisquets o hot cakes. Me parece que era más de desayuno, porque las veces que se quedaba en la fiesta no la vi cenar.

Mi abuelo Luis siempre comía opíparamante, le gustaba la carne, el chicharrón en salsa verde y acompañarlo de un buen tequila. Una vez en Salamanca fui con él un restaurante y terminé completamente lleno.

Mi abuela Ester solía cenar en solitario, se limpiaba la crema nivea que tenía embadurnada por la cara y se disponía a cenar un café con pan.

Mi tío Luis también era de buen comer, acompañando la birria con una cerveza bien fría, lo acompañé algunas veces por el pan donde se desvivían por atenderlo

Nuestros muertos viven en nosotros.

 

 

 

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el octubre 27, 2017 en Abuela, Abuelo, Magia, padre, tía, Tío. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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