Archivos Mensuales: junio 2018

la calor

Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren al llegar al infierno regresan por su cobija.

Pedro Páramo – Juan Rulfo

A pesas de haber nacido en un día caluroso, siempre he prefererido el frío, en especial en la noche, únicamente las bajas temperaturas me permiten dormir plácidamente. Quizá el origen desde mi nacimiento, donde mi padre, al ver el fuerte viento decidió acercarme la calefacción para que no me fuera a enfriar.

Cuando aún vivía en casa de mis abuelos, durante una semana santa el calor fue tan intenso que aprovechamos el sábado de gloria para lanzarnos agua (padre y tíos incluídos), al menos hubo un día para refrescarnos.

En mayo del 82, saliendo de la escuela, mi hermana y yo acompañamos a mi madre al centro sofocados por el calor. Fue la única vez que me quité mi camisa escolar y me quedé en camiseta durante toda la primaria. Fuimos a comer a un Kentucky Fried Chicken (mucho antes de que fueran KFC únicamente) y lo único que se me antojaba comer era la ensalada de col.

La semana santa de 1990 hice un viaje a Acapulco, ya de por sí tiene una temperatura elevada, ahora con casa llena se pone peor. Durante el día la cerveza era la opción, en la tarde comprábamos un vaso de hielo para las bebidas. Las noches dormía en un piso de cerámica, ni siquiera eso era suficiente para dormir.

En mi paso por la universidad, tenía un pantalón con ventilación estratégica justo abajo de los glúteos, y una chamarra de mezclilla con más hoyos que tela. Y el mes de mayo antes del mundial de Francia, recibí mi primer cheque por parte de la univesidad, me la pasaba jugando FIFA 98 (el que tenía como soundtrack la rola de Blur). Solía decir que el día en que se apagara el sol (unos 4500 millones de años) me iba a dar mucho gusto.

Ya en este milenio el calentamiento global dejó estragos, no únicamente en las fiestas de niños (por los globos) sino en en la ciudad, algunas veces me tocó cooperar en el trabajo para comprar un garrafón de agua, en el mismo trabajo donde el lunes llevaba mi computadora y regresaba con ella el viernes, porque no me proporcionaban máquina y nunca me han gustado las portátiles. Ya después disfrutaba del aire acondicionado y únicamente sufría al comer en bajo el periférico en un paso subterráneo peatonal.

Pero al mudarme a Brasil por fin entendi aquella canción de Roberto Carlos que decía: más calida eres que veinte diciembres que treinta eneros en el mismo verano. Mi último verano en Sao Paulo las temperaturas en la calle llegaron a los 39 y aún después de la medianoche el termómetro seguía arriba de treinta. Era imposible dormir. Mi gran amigo y coloega Rodrigo me llevo a buscar un aire acondicionado portátil que para ese tiempo estaban prácticamente agotados (paradójicamente se vendieron como pan caliente) pero encontramos uno de marca dudosa en una tienda allá por la Marginal Tietê. Lo usé una noche muy contento y al día siguiente la temperatura bajó a 23°. El calor no es lo mío (no creo que lo llegue a ser) pero ya resisto mucho más sin quejarme.