Archivos Mensuales: diciembre 2018

Cambio de año

Reflexiona sobre tus bendiciones presentes, de las que todo hombre posee muchas; no sobre tus pasadas penas, de las que todos tienen algunas.

 Charles Dickens

Algo acaba y comienza cada que cierro los ojos.

Las vivencias de los años terminados en 8 se parecen entre sí, pero cada una ha reservado algo diferente. Han sido muy influyentes, de alguna manera me fueron forjando

El primero de esos años la vivía enfermo, tanto que llegué al quirófano para que me retiraran unas amígdalas que estaban tan infectadas que no tenían salvación, que me orillaron a probar todos los remedios existentes, a que mis glúteos se acostumbraran a la penicilina.  También me hicieron huir del sol, de la lluvia, de la agitación, para evitar enfermedades. La operación fue hacia fin de año para no perder clases, no pude probar la cena navideña ni de año nuevo. Me dejó un antojo permanente de pastel de carne, ensalada de manzana y sopa de codito fría pero una cierta aversión a la nieve de limón (que servía para la cicatrización). Los años posteriores mi salud fue inquebrantable.


La siguiente década fue un punto de quiebre, el truene del primer gran amor, después del cual busqué religiosamente olvidar al estilo Jalisco, pero las bebidas no me hicieron llorar ni olvidar, fue un vivir de noche enfrentando aventuras con poca visibilidad, estar tentando a la suerte. Cualquier temor parecía absurdo, una idea fija de inmortalidad (aún no se prueba lo contrario) me hizo tomar todos los riesgos y salir victorioso con una etiqueta legendaria como premio. Lleno de cicatrices.

Poco antes de que terminara el milenio en un año lleno de películas significativas, se disolvía la relación más larga que he tenido a la fecha. Cambié mi forma de ser, terminé de escribir mi tesis en un día. Me titulé e hice circo maorma y teatro. Pero todo terminó.

Ya en este milenio fue mi divorcio, seguido de una relaciòn breve y tormentosa, Terminé el año cansado y con pocas esperanzas al futuro. En ese momento había recuperado algo de forma física, estaba en el mejor estado en mucho tiempo pero fui igualmente rechazado, eso se quedó en alguna parte de mi corazón.

Este año fue diferente, las penas del corazón fueron el año pasado. Fue un año de caminar lento, de hacer cosas diferentes, de cumplir sueños y de expresarme más. De comenzar cambiar de pensamiento, dejar atrás los miedos. Me siento afortunado y agradecido por todo lo vivido, he recibido más apoyo de lo que hubiera imaginado.

Les deseo lo mejor para el tiempo venidero.


Fiestas decembrinas

Yo me atraco de jamón y el envidioso sufre la indigestión

Refrán

Cuando era muy niño durante esta temporada siempre me preguntaba lo que serían las “cembrinas” porque escuchaba “fiestas de cembrinas” por todos lados. Nunca me animé a preguntar, lo entendí poco tiempo después cuando aprendí a leer. Recuerdo mucho aquella primera visita al mercado de la 201 en época navideña, en pagar con un billete nuevo y azul y recibir mucho cambio —esto antes de que naciera mi hermana y durante plena crisis petrolera— ese día encontré una moneda en el piso —una de veinte centavos de cobre— como para coronar un día de suerte.

Las posadas las disfruté hasta la adolescencia, de niño me concentraba en mantener la vela prendida durante la procesión, el ponche era una bebida demasiado caliente para mi gusto, debido a mi estatura y a que en esa época todas las piñatas eran de barro, nunca me tocaba pegarle a la piñata, solamente me dedicaba a recoger cacahuates, jícamas y cañas. El tiempo pasó y las posadas a las que iba fueron otras donde las piñatas ahora contenían Dalton 14 para satisfacer al público fumante, sin embargo una de las cosas que cambió sin que logre ubicar el tiempo exacto fue lo que se cantaba lo que se solía cantar “Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes pierdes el camino, dale, dale dale, no pierdas el tino mide la distancia que hay en el camino”  en algún momento la segunda estrofa pasó a decir “Ya le diste uno, ya le diste dos, ya le diste tres y tu tiempo se acabó”, yo creo que eso se debió al cambio a las piñatas de cartón.

La escena típica de navidad es el pavo —un guajolote al horno– aunque eso no era tan frecuente en la familia, generalmente había bacalao —a la vizcaína casi la única forma en que lo comemos— ese le gustaba a mi mamá en particular para después hacer tortas de bacalao, también había romeritos o pierna al horno generalmente acompañada de ensaldas o bien de manzana o de zanahoria rallada con piña. —este último plato es el que solíamos comer mi tío Mundo y yo— en año nuevo, como diciembre es la época más ocupada del comercio en un principio iban a comprar o pozole o birria en el mercado de Garibaldi. Cuando había pierna o spaghetti de fin de año ese servía para el recalentado viendo los tazones.

Después de la cena de fin de año, siempre salía a la calle, de niño a jugar —fútbol americano generalmente— y en la alcoholescencia a dejar un rastro de botellas en la calle, entre música pláticas y bromas, y algunas visitas para dar el abrazo —se usaba de pretexto— pero siempre terminábamos en la calle.

La anticipación que impedía dormir el día de reyes se fue disolviendo con el tiempo, pero el antojo de rosca con chocolate y el alboroto cuando cada quien  cortaba un pedazo y adivinar a quién le tocaba el niño nunca menguo. El ritual durante mucho tiempo fue hasta en la oficina, ahora en otro país es una de las cosas que extraño.

Supongo que todos tenemos recuerdos semejantes.

momentos

Nada de lo que fue vuelve a ser, y las cosas y los hombres y los niños no son lo que fueron un día.

Ernesto Sábato

Le di una mordida a mi sope, y un sabor nuevo me sorprendió. Nunca había probado ese tipo de frijol, al menos no en un sope. Mi primer pensamiento fue ya era otra época, que el mundo había cambiado, que quizá no volvería a probar los sopes que conocí. Pero casi inmediatamente me di cuenta de la trampa. El universo siempre está cambiando.

Ya he tenido que hacer varias actualizaciones en mi mente para adoptar estos cambios. Por ejemplo, hace tiempo me costó mucho trabajo conseguir el libro de “Mira los Arlequines” de Vladimir Nabokov. Durante mucho tiempo llevaba esa traba internamente hasta que hace poco hice una visita a la libería Gandhi, donde si bien no lo encontré me dio la pauta para pedirlo por Amazon y ya lo tengo en mis manos. La película los 120 días de Sodoma estaba prohibida y era prácticamente imposible conseguirla; se podía ver en algunas funciones de Ciudad Universitaria o en el Juglar en el ciclo de cine gay. Ahora el Blu-ray cuesta 100 pesos y lo entregan al día siguiente.

El tiempo de las estufas de petróleo era otro, tiene muchísmos años que no es usado el petróleo para desinfectar una herida en mi piel. Ya no veo a mi abuela agitando el frasco del combustible para mejorar su funcionamiento, algunas tan fuerte que causaba un pequeño incendio en la cocina. También recuerdo la cocina de mi tía Lolita allá en Salamanca, una habitación triangular, tan pequeña que tenía que comer sentado afuera de la cocina y tomando los alimentos a través de la ventana.

También en este mundo está ausente mi tía Luisita, el sabor de sus guisos, aún a la fecha me sorprende lo bien que me sabía su ensalada, como cortaba la lechuga en tiras finitas y la condimentaba apenas con vinagre o limón y sal (quizá aceite), pero todo en las justa medida. Siempre me encomendaba a las ánimas del purgatorio, su protección aún me sigue acompañando.

En este mundo los nuevos pesos ya están tan gastados que no alcanzan para nada, ya no se utilizan aquellas monedas heptagonales de diez pesos con la cara de Hidalgo. Servían para todos los juegos de calle, taparraya, tacón, cuartas. En el tiempo en que los billetes de Juárez eran de cincuenta y los de Morelos de veinte. Y en época de posadas el canto era “mide la distancia que hay en el camino” en lugar de “ya le diste uno, ya le diste dos…”

Ya no hay del valle de toronja, el mejor refresco para combinar con vodka. Las relledonas, con su empaque individual, el chocolate krish krash, el refresco team, tantos sabores que quedaron en el pasado.

Pero todos esos cambios son sutiles y están en movimiento, cada instante son movimientos apenas perceptibles. Siempre ha sido así, siempre será de esa forma. Algunas veces no son tan sutiles, puede que un meteorito extinga una especie, una erupción destruya un poblado. También los temblores nos siguen moviendo después de que ocurren.

Quizá por eso es importale prestarle atención a lo que ocurre en este momento. En cada respiro, en cada imagen, cada sonido. Porque se van