Archivos Mensuales: enero 2019

Peregrinar

El buen vino, resucita al peregrino.

Refrán

Mi familia es devota de la virgen de San Juan de los Lagos, solían hacer una peregrinación de Salamanca a San Juan de los Lagos los últimos días de enero. Principalmente porque diciembre era el mes con más trabajo, el primer mes era el menos ocupado y todavía sobraba algo de las ganancias decembrinas. Yo caminé el trayecto en un par de ocasiones, la primera a los once años, cuando faltar un par de semanas a la escuela era irrelevante, la segunda a los 17 cuando fue la contingencia ambiental por un mes.

Llegábamos a Salamanca con la familia, y hacíamos el firme propósito de salir temprano al día siguiente para no caminar bajo el sol. Pero mis tíos Juan y Jesús sacaban sus guitarras y comenzaban con la bohemia, con todo tipo de música, hasta algunos tangos para que el trago deslizara con mayor facilidad.

Nunca es fácil comenzar con un trayecto bajo el sol y menos con la cruda encima, por eso el letrero que anunciaba que la distancia a recorrer eran 17 kilómetros sonaba a burla. Caminábamos al lado de la carretera en el sentido contrario al de los automóviles, por seguridad. Al llegar a Irapuato nos acomodábamos a dormir en un techo al lado del estadio.

El camino a Silao es un pedazo de carretera y luego tomamos el sendero junto a la vía del tren, o caminando sobre los durmientes. Generalmente caminan sobre las vías los que tienen el paso muy corto (de la distancia entre durmientes) o los que , como yo, nos vale madre el terreno. Basta un zapato adecuado, porque una mala elección puede causar que quedes lleno de ampollas. Era común decir que cada ampolla representaba un pecado que se expiaba durante el camino.

La primera vez en Silao, todos teníamos demasiada hambre y no había muchas opciones para comer, todavía no se encendía el anafre así que en una ocurrencia brillante de mi tío Raúl rodeó un bolillo con una tortilla. Aún en ese entonces la naturaleza chilanga salía a flote.

El camino de Silao hacia León es pesado, al menos psicológicamente, la carretera no tiene curvas, únicamente pendientes. Lo peor de todo es que cuando ves el aeropuerto piensas que estás cerca, pero aún faltan tres horas de camino, al menos.

En esa parte del camino comienzan los que reparten café, té de canela, naranjas y hasta comidas completas. Porque antes de ese punto los precios de la comida son muy elevados y hasta el agua la cobran cara, incluso si tiene tierra.

En esa parte, la primera vez que fui cometí el error de tomar un atajo, de pedir aventón y no caminar ese trayecto, aún bajo la advertencia de que la virgen era muy estricta con el cumplimiento de las mandas. En mi segundo viaje tuve un tropezón que lastimó mi tobillo, se hinchó tanto que tuve que cortar mi pantalón. Y caminar casi renguendo todo el camino restante (justo lo que no había caminado la primera vez), sané milagrosamente al llegar a León.

Siempre nos deteníamos ahí una noche, nos quedábamos en un hotel, para bañarnos, dormir en una cama e ir a la feria. No importaba el cansansio, nunca dejábamos ir esa oportunidad.

La segunda parte del trayecto comenzaba con un plato de frijoles en unos puestos que se encontraban en un lugar llamado la i griega, porque era la unión de dos carreteras, después de eso nos adentrábamos en la poca espesura del paisaje.

Llegábamos todavía de noche al Cerro de las Cruces y esperábamos a que clareara el día para poder bajar por los intrincados caminos de piedra, pasábamos al lado del Cerro de la Mesa cerca de un arroyo frío donde había algunos puestos de comida, mis tíos pedían leche caliente, atole o café. Yo era el único que buscaba algo frío. el probela con los esquimos era que si volteabas el vaso no se caían, era más difícil beberlos.

Al incorporanos de nuevo a la carretera el trayecto estaba lleno de peregrinos,el paso por la Puerta del Llano era entre ríos de gente, y la gente que repartía comida y daba ayuda a los peregrinos también era abundante, el auténtico espíritu religioso estaba en el aire.

En el trayecto final se unían algunas personas más, ese último caminar que culminaba con la entrada a la iglesia te iba llenando de un sentimiento de satisfacción como si una proeza se terminara, y de alguna forma era así.

Coyoacán

Las apariencias engañan tanto
que en Coyoacán se quita el arete
porque ya todos lo fusilaron
-caricaturas del mequetrefe-.

El Mequetrefe – Jaime López

El fin de semana acudí a una invitación de mi prima para verla bailar en un espectáculo en el Foro Cultural Coyoacanense “Hugo Argüelles”. Bastó un poco de tiempo en ese lugar para que me inundaran recuerdos de vivencias en esos derroteros.

Como la exposición de café en el museo de las culturas populares, donde probé todos los cafés que expusieron, resultando gratamente sorprendido con el de Brasil y decepcionado del sabor del café cubano. También llevé a mi abuelo a un espectáculo de radio donde tocaban los jingles antiguos (“burbujita burbujita, de la sal de uvas Picot”, “siga los tres movimientos de fab”) o la frase “apague la luz y escuche” en voz de Arturo de Córdova o Velia Vegar en la radionovela “Dispara Margot dispara” antes de que fuera un podcast. También fui a una exposición de lucha libre, llena de máscaras y radiografías. A unos pasos había una tienda que vendía cigarros príncipes, cuando los fumaba los compraba en esa tienda o en la estación de trenes, sí en Buenavista, Buenavista, Buenavista.

En las aventuras de alcoholesencia solíamos llevar a las personas a conocer el callejón del aguacate, contar la leyenda y mientras se aventuraban alguien llegaba por el otro lado a asustarlos. Otras veces nos quedábamos bebiendo en el coche en la calle Encantada (así se llama). Comprábamos un Richardson y un par de pepsis en bolsa. Cerca de ahí, sobre la calle Francisco Sosa está el parque Santa Catarina y detrás el teatro del mismo nombre. Ahí vi un gran obra: Enemigo de Clase de Nigel Williams con un súper elenco: Eduardo Palomo, Bruno Bichir, Darío T. Pie, Roberto Sosa y Simón Guevara, incluso me entrevistaron justo antes de la función.

Los bares, cantinas y demás también eran destino, aunque no tan frecuente. La cantina la Guadalupana era un lugar seguro para muchos compañeros de prepa, alguna vez tuve una plática intensa donde derramé el vaso de whisky yo creo como una protesta del subconsciente. Ya en este milenio la bipo se convirtió en un lugar de celebración, aún si no tenía mucho que celebrar. Hay una infinidad de cafés , el más famoso, aunque no el mejor, es el jarocho.  Donde tuve una plática respecto a las olimpiadas de Grecia que desembocó en mi matrimonio.

También fueron mis rumbos bibliográficos, estaba la librería el Parnaso, y a una distancia corta la Gandhi y el Sótano. Cuando iba en la preparatoria, mientras desayunaba en la cafetería  del Sótano encontré al maestro del taller de cuento, que además era hermano de un compañero (Alejandro) y que saltaría a la fama como escritor con su novela “En busca de Klingsor”. Bastante tiempo después, ahora en la cafetería de la Gandhi:  director de Tesis y maestría Arturo Gochicoa, en la cafetería debatiendo y jugando ajedrez; acordamos librar un partida pero a la fecha eso no ha ocurrido. 

También los restaurantes que dan al Jardín Centenario tienen recuerdos: mis alumnos me invitaron a comer a Los Danzantes luego de terminar un curso particularmente laborioso. El entrevero es un lugar donde me gusta comer carne y tomar vino. En el hijo del cuervo recuerdo aquella salida con Pimpo, Nancy y demás amigas pertenecientes al Grupo Reforma  (El Norte, el Mural, el Reforma), esa vez sí aplicaba lo de bendito entre las mujeres.  Donde se gestó mi visita a Guadalajara en semana santa.

Además están los 15 de septiembre