Pirotecnia patria

¿Quién, en la noche que asusta a la rana, no miró, antes de saber del vicio, del brazo de su novia, la galana pólvora de los juegos de artificio?.
López Velarde

Septiembre, mes de la patria, de las celebraciones, de los cohetes y de la comida. Durante mi infancia siempre fue un mes gozoso, rodeado de recuerdos de inicio de clases, festivales y fiestas familiares.

Reuniones en torno al grito llenas de color, sabor y licor. Los adultos abandonaban la vigilancia de los niños, para llenarse de orgullo patrio: antojitos y tequila. Nosotros sacábamos los cohetes que habíamos comprado con los ahorros de mucho tiempo. Era una combinación pirotécnica.

Mi padre me enseñó a tronar cohetes en la mano como parte de mi formación masculina. Tenía que alejarlo de la cara, sostenerlo sin apretarlos en la punta del los dedos y soltarlo justo en el momento de la explosión. El quince de septiembre se negaba a prestarme los cerillos para encender las mechas. Él alegaba que era por mi seguridad pero yo sospechaba que los necesitaban para encender sus cigarros. Accedió a darme en cambio, un “kent” que nos duró algunos minutos. Para evitar que se apagara, tuve que darle el golpe: así comencé a fumar.

Siempre tuve alma incendiaria y bélica. Jugaba con soldaditos de plástico verde, de esos que tenían mucha rebaba alrededor. Usaba unos conos de plástico que solían tener hilo alrededor (mi familia se dedicaba a la costura), que pretendía eran aviones, los prendía y, al pasar encima del ejército de juguete, los conos soltaban pedacitos de plástico encendido que calcinaba a los soldados. También podía bombardear barquitos de papel. Cuando fallaba el plástico silbaba dejando pedazos amorfos sobre el agua. Construía cañones con partes de cohetes, buscapiés y cabezas de cerillo. Pero los mayores daños no eran los sufría el ejército sino mis manos cuando el viento cambiaba de dirección y la flama del cañón las quemaba o una bomba caía sobre el pie.

Después del grito y la cena salía a la calle con mis amigos de la cuadra y jugábamos guerritas con brujas (garbanzos cubiertos de pólvora), para lanzarlas uśabamos una especie de resorteras hechas con un pedazo de globo, pegado con cinta adhesiva transparente alrededor de un carrete de cinta vacío. . El arma podía lanzar la brujas a una velocidad decente, casi no quemaban pero sí dolían, era el gotcha de aquellos tiempos. Cuando capturábamos a un enemigo, lo encerrábamos en un agujero (estaba destinado a un poste de luz, pero duró mucho tiempo abierto), el prisionero cabía de pie y lo cubríamos con una avalancha y le arrojábamos cohetes, podría parecer cruel, pero respetábamos las porque nunca usábamos palomas con prisioneros de guerra.

La guerra no estarían completa sin la artillería: bote de chiles en vinagre (vacíos por supuesto) que intentábamos lanzar lo más lejos posible, aquí sí utilizábamos los explosivos más potentes, generalmente poníamos una mecha larga para tener tiempo de correr y ponerse a salvo. Ocasionalmente poníamos cohetes en botes de basura, bancas de cemento en el parque o sanitarios, el clásico sabotaje.

Yo creo que tanto escuchar el himno nacional, escuchar los vivas a los héroes y ver los desfiles; nos despertaba esos deseos de enfrascarnos en juegos castrenses.

Acerca de Brujo Postergado

Soy un brujo postergado, que se divierte interviniendo el universo.

Publicado el febrero 25, 2019 en Adolescencia, Independencia, México. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.