Archivos Mensuales: julio 2020

Científicamente probado

Probamos por medio de la lógica, pero descubrimos por medio de la intuición.

Herni Poincaré

Tengo una imaginación galopante y un alma rebelde. Siempre que escucho que algo tiene que ser de cierta manera encuentro diversas alternativas. Siempre estoy sopesando posibilidades. Creo que esa es la razón por la que me sentí una tranquilidad de espíritu cuando me adentré en las matemáticas. Había encontrado una certeza.

Dentro de las ciencias existentes, solamente en dos existen pruebas absolutas: en las matemáticas y en la lógica. Los teoremas se demuestran, y esas demostraciones seguirán siendo válidas. Como la famosa suma de enteros: 1 + 2 + 3 + …. + n = (n*(n+1))/2 que no importa para cuál n sea, el resultado siempre es válido. Y no es que se pruebe número por número por número sino que se usa inducción matemática. Pero la razón detrás de que existan estas demostraciones en ambas ciencias es un carácter completamente abstracto, su objeto de estudio son conceptos e ideas inventados por el hombre.

Es por eso que en las otras ciencias hay conceptos que van cambiando desde la idea de que todo giraba en torno a la tierra. O esa idea que al parecer ha vuelto de que la tierra es plana. Eratóstenes calculó la circunferencia de la tierra hace como dos mil doscientos años y los terraplanistas fundan su asociación a mitad del siglo XX.

Mi paso por la carrera de actuaría me acercó a la estadística, revisando cómo elegir muestras, diseñar experimentos y probar hipótesis. Una lección importante es que se pueden cometer dos clases de error: aceptar una hipótesis falsa o rechazar una verdadera, i.e., creer una mentira o dudar de una verdad. Una referencia al mito de Casandra.

Siempre que veo discusiones, comerciales, anuncios donde se utiliza la palabra científicamente comprobado una señal de duda se enciende. No solamente me pregunto la forma en que lo intentaron probar sino los resultados que obtuvieron. Durante mi afortunado paso por la universidad tuve la oportunidad de conversar con compañeros de diferentes facultades para preguntarles acerca de cómo procedían en la aplicación del método científico. Yo estaba interesado en sus resultados, en estudiar los comportamientos erráticos o no esperados, para investigar esos datos y darles una explicación. Que dicho sea de paso lo pude hacer en Física y Astronomía. Pero me dijeron que cuando un experimento no le salía lo tiraban y volvían a comenzar, ¡sin anotar los resultados! Fue una decepción.

Por eso cada que veo anuncios con “nuevos ingredientes” como el agua micelar o el ácido hialurónico, recuerdo el disulfuro de selenio que anunciaba Selsun Azul a finales de los 80s porque a principios todavía era famoso el comercial donde salía el Tata presumiendo que él no tenía caspa, ni pelo. O la melamina de ponderosa que tanto anunciaba K2. Pero seguro ya quedó en el olvido el ácido de frutas para las cremas, las piretrinas para los insecticidas o la vitamina PP que se añadía al gel para peinarse.

Quizá por eso sea tan escéptico ante los resultado con los que bombardean los noticieros respecto a la situación actual. Porque he visto desde las ridículas explicaciones de alimentos que mantan al virus debido a su pH (algunos fuera de la escala) o el número de muertes por COVID porque por medio de una corta feria ponen como causa de muerte el virus y así el gobierno para la cremación. En un lugar donde existe semejante corrupción es más difícil cuadrar las cifras.

Cantando bajo la lluvia

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de somnolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Federico García Lorca

Han sido días lluviosos y, debido a la contingencia, he trabajado con una ventana frente a mí. He podido ver el cielo cambiar, el viento rugir y la lluvia caer. Algunas veces la combinación es tal que tengo que mantener las ventanas cerradas y ahogarme en un calor que me impide dormir.

Pero la lluvia evoca muchos recuerdos, el olor después de mucho tiempo bajo la lluvia, la sensación de la ropa empapada sobre la piel, el ruido errático, la estática alrededor.

De niño estar bajo la lluvia me garantizaba una dosis de penicilina para aliviar mis anginas (tanto que después iba la gamaglobulina añadida), después de que amigdalectomía me pude dar ciertos lujos, como el de acostarme bajo un poste de luz, cubrir la luz con las manos y jugar a la guerra de las galaxias.

Ya en la secundaria recuerdo casi al final de cursos regresar a casa bajo una lluvia pertinaza. Salir al finalizar la tarde por pan y luchar por mantener la bolsa de papel seca. Jugar fútbol bajo la lluvia en el campo Santa Ana 1.

Algunas veces las lluvias torrenciales inundaban el taller del la parte de atrás de la casa y era necesario salir, y empaparse para destapar la coladera y barrer el agua. Me robaron los limpiaparabrisas en el estacionamiento de la tienda del ISSSTE que está en el cruce de Tepetlapa y Escuela Naval Militar. Duré casi un año sin limpiaparabrisas, únicamente con una bolsita de detergente roma para las emergencias; siempre que me decían: “¡No manches! ¿a poco ves?” siempre les contestaba que no -era verdad- pero que usaba la fuerza para manejar.

En la universidad cuando amanecía lloviendo era cuando llegaba temprano, animado y despierto a la clase de siete. Algunas veces el transporte se dificultaba, un día tormentoso cerca del estadio azteca buscaba algún transporte que me llevara, pero nadie quería que empapara su pesero y mucho menos su taxi: tuve que caminar hasta Cafetales para tomar el trolebús -desde siempre mi trasporte favorito- al subir, estaba vacío me fui a sentar en el último asiento dejando el piso lleno de agua.

Mis rumbos laborales fueron por el poniente, y cuando la lluvia arreciaba el regreso no era fácil, en ciertas ocasiones que decidía caminar al metro Auditorio algunas veces no conseguía llegar seco. Otras veces el tráfico se tornaba imposible.

Después de un viaje a Acapulco, de regreso con mi compadre y los hermanos Miranda, la lluvia nos acompañó por el camino, El auto tenía un cortocircuito que ocasionaba que cada cierto tiempo se apagaran las luces y dejara de funcionar el limpiaparabrisas, mi compadre y algún hermano venían nerviosos, pero yo ya sabía cómo manejar sin ver.

Durante mi estancia en Sao Paulo, donde las lluvias son frecuentes, me vi envuelto en muchos aguaceros violentos pero nunca muy duraderos, una vez en la ciudad de Paulinía durante un festival musical me tocó tanta lluvia que terminé enfermo, pero embriagado de música.

Al referir este útimo episodio, donde fui abandonado de último minuto, no solmente me dejó sin compañía sino sin cámara por lo que no tengo casi ningún testimonio de esa experiencia. Me doy cuenta de que no he tenido la oporturnidad de bailar bajo la lluvia con nadie, quizá sea algo que tenga que vivir solo.