Archivo del Autor: Brujo Postergado

Logros y reconocimientos

Necesitas límites mentales. Necesitas no esperar. Necesitas no esperar nada de los demás Necesitas no traficar con tu dolor. Necesitas orgullo y soledad. Necesitas orden. Necesitas poesía.

Alejandra Pizarnik

Hay muchas enseñanzas que adquirimos sin pensar, sin reflexionar. Y vivimos con ellas sin darnos cuenta del impacto que tienen en nuestra persona. A mi alrededor veía como el señalamiento de defectos era la forma de corregir, de buscar el buen comportamiento. Y así lo comencé a vivir, a que las fallas y los defectos ocuparan un espacio fundamental.

Me acostumbré a dar por descontados los logros, a no considerarlos dignos de un reconocimiento o felicitación, así no solamente no me los proporcionaba pero me negaba a recibirlos de otras personas. Y hubo muchas cosas que hice que me parecen dignas de felicitación, nunca es tarde para ver por uno mismo.

La primera vez que fui a la tienda fue a los dos años, a comprar crema. Para poder salir de casa tuve que aprenderme la dirección y el teléfono de casa por si pasaba algo. Yo me sentía feliz aún si no recuerdo ninguna felicitación por eso, hubiera sido bienvenida una palmada en la espalda.

A los tres años aprendí a jugar brisca, incluyendo contar los puntos mientra pasaba las cartas rápidamente (como lo hacía mi abuelo), quizá el premio recibido fue que pude jugar con los mayores, en particular con mi tío Vicente. La confianza de mi abuelo en respaldarme y afirmar que yo sabía jugar, aún ante la incredulidad de mi tío, fue mi recompensa.

A los cuatro años ansiaba jugar dominó, mi familia lo jugaba cada semana y yo me la pasaba observando ansioso de jugarlo. Mi padre me compró un dominó de plástico azul y tuve que demostrarle que sabía jugar, Demostré mi conocimiento desde el primer juego, mi premio fue el permiso de jugar con los adultos, aún, me hubiera gustado una palabra de aprobación de parte de mi padre.

Al cumplir los seis años, durante el primer año de escuela, me aprendí las capitales de los estados de mi país. En casa de mis abuelos me la pasaba detrás de mis tíos Ricardo y Miguel preguntándoles las capitales, lo que obtuve fue una evasión constante. En ese año en la escuela también aprendí a ganar dinero, vendía las fichas de depósito del banco a mis compañeros, que las codiciaban por el papel calca.

En cuarto de primaria, con la maestra Maricarmen (4 de mis maestras de primaria se llamaban así) fui elegido para un bailable azteca, una representaciòn de una pelea seguida de un baile y un sacrificio. Me aprendí el baile primitivo y por única vez fui el centro de algo relacionado al baile, creo que el hecho de que mi vestuario fuera un taparrabos me ganó más burlas que elogios.

En quinto de primaria mi maestra se llamaba Blanca, los alumnos la conocíamos por su apodo “Amanda Miguel” debido a su cabello rizado, era común encontrarla sobre el eje tres oriente, casi esquina con avenida Taxqueña, solíamos darle un aventón a la primaria. Ese año estuve en la escolta que recibió la bandera, claro que el único comentario al respecto fue ¿por qué no fuiste el abanderado?

Ya entonces ayudaba al negocio familiar (la confección de ropa) a tender, acomodar, llevar la mercancía. También iba a pagar la tarjeta de Liverpool de mi madre a la tienda del centro. Al año siguiente mi madre, por motivos de salud, tuvo que quedarse en casa de mi abuela. Yo me encargué de las compras y medio la administración y limpieza de la casa. Tomaba el camión 97 en Santana para ir al entonces Gigante de la viga. Regresaban con montones de bolsas, afortunadamente en ese entonces eran resistentes. En ese tiempo pasé con creces el primer examen de ingreso a la secundaria.

El segundo año de secundaria, después de actualizarme en inglés, de educar mi oído y gracias a que era dibujo técnico pude completar una boleta de puros dieces. Entonces se extinguía la infancia y entraba tempestuosa la adolescencia quisiera felicitar mi yo de entonces, darle una palmada en la espalda y decirle que me siento orgulloso.

Paseo por la memoria

La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a este artificio logramos sobrellevar el pasado.

Gabriel García Márquez

Hay numerosos detalles en el día que detonan imágenes lejanas en el tiempo pero cercanas al corazón. Mi devenir cotidiano se llena de ellos.

Al cambiar las pilas de un control remoto, recordé cómo ha cambiado la vida en ese aspecto. Antes únicamente había pilas Eveready, Rayovac y Águila Negra, se usaban para los radios y las grabadoras, las pilas AA no eran tan abundantes, muchas grabadoras usaban las pilas C, y cuando un aparato requería mayor poder se usaban las de 9V, que eran cuadradas y las usábamos par darnos toques en la lengua. Varios estudiantes de secundaria que llevaban el taller de electricidad compraban aquellas pilas grandes y cuadradas para sus tareas. Mucho tiempo después, cuando necesitaba levantarme temprano usaba 6 despertadores y compraba pilas similares a la imitación de las de casco de cobre.

La última vez que fui a las luchas, al mirar los anuncios de Bardahl que portaban las anunciadoras de los rounds recordé los anuncios del carrazo que daba el sabio consejo de “no sólo de gasolina y aceite vive el coche” y sacaban diferentes autos que como el bautizo de un auto bebé que se llamaba Renolio, del que el carrazo era el padrino; depués un bautizo pero ahora era Voshito al que le acaba de salir su primera bujía; la Sorburban que era una religiosa de convento que se quejaba de estar cansada de cargar con tanta madrecita; un mercedo clásico que tenía reuma hasta en los pistones; Mustanguia que andaba cansada y Taxilio que le decía Carnalazo en lugar de Carrazo.

Los juegos han cambiado mucho, ya no hay fulminantes de papel que usábamos para ponerlos en las clásicas pistolas de vaquero para simular el disparo o en los cohetes con punta metálica que lanzábamos y que explotaban al tocar tierra. Los soldaditos de plástico verde llenos de rebaba lo suficientemente baratos como para formar un ejército, donde todos se perdían en el anonimato. Había cuchillos de plástico y espadas de madera para jugar a gerras medioevales o algo más moderno jugando a combate. Trompo, yoyo, canicas, balero, tacón, todos juegos clásicos, o incluso los deportes.

En el recreo, comprábamos paletas de hielo de 50 centavos, en la tienda una relledona de un peso, o ya con dinero una bonafina de 3.50 porque había tres tamaños de bonafina, todas con el mismo sabor ácido. Podíamos comprar catsupapas, o un chocolate postre, o un krish krash, tal vez un pipucho, Bebíamos orange crush o en los puestos de comida orange mundet, y en los puestos de tortas el infaltable trébol de mandariana. Algo más lácteo podría ser un chamito (saludos compadre). Íbamos a la tienda y pedíamos un chiquitín en lugar de pedir un danonino (sí, el doble sentido). Además de las pastisetas la Suandy tenía un pastel que venía con azúcar para espolvorearlo.

Todo cambia y sigue cambiando, hay que aprovechar porque algunas cosas no regresan.

Contingencia

Si buscamos el bien de nuestros semejantes encontraremos el nuestro.

Platón

Parte de mi vida académica me dediqué a estudiar las contingencias, el riesgo, los imprevistos y en especial el valor monetario que pueden representar esos posibles escenarios. Una actividad interesante matemáticamente pero algo deshumanizada.

Principalmente cuando se trataba de los seguros de vida, el cálculo de las posibilidades de morir, que aplicaban a uno mismo. También los tantos hechos curiosos como que es más probable morir en el baño de la casa que en un avión. o que si manejas el número de accidentes severos en los que estarás es uno. Algunas cosas son útiles y otras no tanto, pero siempre es bueno poder ver las cosas con perspectiva.

Recuerdo los días de la influenza, con una siglas difíciles de recordar incluso para nuestra flamante maestra, presidente del SNTE, estuve trabajando desde casa varios día, se pospuso el estreno de la película Wolverine, tiempo después hizo su entrada triunfal en el auditorio nacional, pero Ben Stiller se negó a venir por miedo al contagio.

Ahora ante este brote virulento lo que he visto predominar entre las personas, en especial en las redes, es una reacción poco reflexiva, en el puente de febrero me enteré de que no dejaban regresar a una directora a la escula a menos que pasara por cuarentena, ahora que amenzan con quemar un hospital si acepta infectados.

En facebook me regañaron porque puse una foto de una celebración de cumpleños de hace 7 años. Las personas, además de no prestar atención y entender antes que reaccionar expresan categóricamente su sentir. Hay muchas frases enfáticas de quedarse en casa, pero creo que es lo mismo que ponerle fotos desagradables en las cajetillas de cigarros, si mucha gente no cambia en beneficio de su salud ni de él ni de los demás. ¿Qué es lo que esperamos ahora?

También está la otra parte, muchas personas viven al día (de milagro como la lotería como decía López Velarde), y se las están viendo negras (sin albur) es ahí donde la verdadera enfermedad ataca. Lo único que he podio hacer es comprar alrededor, hasta a un jardinero le encargué que hiciera un mini jardín. Los que me conocen más saben lo raro que es esto.

Y es que es el prójimo el que me preocupa, siempre he estado en una posición privilegiada y creo que justo el estar en esa posición me permite ayudar a los demás.

LPSH II (usté aguante)

Algunos pensamos que lo que nos hace más fuertes es aguantar, pero otras veces es dejarlo estar.

Hermann Hesse

Por alguna razón se piensa que la resistencia es una cualidad necesaria para masculinidad, al menos mi padre lo consideraba muy importante y se aseguró de entrenarme para ese aspecto de manera extrema.

Mi padre jugó mucho tiempo en un equipo llamado el Santos, formado por los hermnaos de mi mamá, primos y amigos cercanos. Cuando yo pasé a formar parte del equipo infantil, el Ultra, con un uniforme color rosa mexicano, creo que el orgullo familiar estaba en juego. Tuve un entrenamiento personal: yo me paraba derecho y firme y él chutaba el balón con fuerza hacia mí, yo tenía que resistir sin chistar los golpes. Hasta que hubo uno que se desvió un poco del objetivo y terminó impactanto en mis testículos, terminé tirado en el suelo llorando silenciosamente, sin dejar que saliera ningún sonido de queja, estoy seguro que en ese momento vi un gesto que evidenciaba que se había equivocado, quizá un poco de arrepentimiento, pero únicamente hubo silencio.

Unos par de años después, ya estaba en la primaria, me tocó recibir la lección de tronar cohetes, que básicamente consistía en tronar uno mientras lo sostenía, el truco era soltarlo justo cuando explotara que era un tiempo incierto, fue una lección bastante fácil, lo que me permitió comprar y usar pirotecnia sin supervisión, que en poco tiempo me llevaría a probar el primer cigarro.

Entiendo las lecciones rápidamente, y apliqué la resistencia en múltiples aspectos de la vida. El primero fue el sueño, siempre fue el último niño en dormir, en todas las fiestas familiares terminaba sentado junto a una bocina escuchando las canciones de la Sonora Santanera, en particular los años nuevos, jamás dormía, pasaba toda la noche despierte y todavía regresaba para ver el desfile de las rosas, mientras toda mi familia dormía.

También cuando jugaba fútbol americano, mis oponentes se agolpaban para intentar tirarme o al menos detenerme pero no lo conseguían, podía aguantar indefinidamente la fuerza del equipo contrario.

En una fiesta en Delicias 57 casi todos los integrantes se agolparon a hacerme “bolita”, aprovechando que hacía un movimiento dramático hincándome y poniendo mi espalda sobre el piso. Conseguí levantarme aguantando el peso de todos.

Mi resistencia era aún mayor en otras áreas, en la central de abastos iba con mi bolsa de costal cargando 40 kilos de víveres, o con los cigarros, fumando hasta 4 al mismo tiempo. Y de verdad probé mi resistencia bebiendo alcohol como si fuera agua.

Viví mucho tiempo con la idea de que yo podía aguantar más que cualquier otra persona, pero eso vivía tomando responsabilidades y evitando ser ayudado por alguien. Eso me alejó de alguna forma del mundo.

Fue mucho tiempo aguantando en tantos frentes.

Lecciones para ser hombre I

Ningún mexicano mea solo.

Dicho arrabalero

Una de las primeras lecciones que recibí respecto a la hombría fue el uso del órgano sexual para la micción. Los pasos para orinar de pie, me costó muchísimo trabajo, mi puntería era mucho peor que en el baloncesto -y eso es mucho decir- me frustraba mucho el salpicadero que hacía. No entendí lo que pasaba sino hasta mucho tiempo después, la razón.

El día que nací comenzó soleado, pero hubo viento y lluvia hacia el final, la temperatura bajó lo suficiente para que m padre considerara que yo podría tener frío. Me acercó hacia el calentador, me deshidraté y al parecer no podía orinar, el cirujano terminó haciendo una incisión en la uretra, lo provocó que el flujo de la orina fuera desigual.

Ya para cuando me enteré había aprendido a manejar elñ flujo usando el prepucio. Pero mucho tiempo después tuve que aprender nuevamente después de la circuncisión.

Tuve mucho accidentes y dificultades con esta circunstancia, desde una enuresis infantil hasta el tiempo en el que bebía copiosamente. Siempre que llegaba a un lugar localizaba el baño y procuraba tener tiempo y orinar con cuidado, que conforme la noche avanzaba se hacía más difícil.

Quizá por eso tomé esos retos escatológicos como la competencia de quién orinaba en el lugar más público. Lo gané con la Glorieta de los Insurgentes cerca de las cuatro de la tarde. También el ira a una casa donde surgían los casos de la vida real para salpicar sus paredes.

Han sido incontables los distintos lugares para regar las plantas, mear, hacer pipí, echar una firma, cambiarle el agua a las aceitunas, etc.

de tránsito en el tránsito

El tráfico fluía inacabable como una procesionaria

Charles Bukowski

Los lunes suelo salir más tempranos rumbo al trabajo, para evitar el tráfico, al salir vi un par de personas caminando, con gruesas chamarras y con la cadencia que indicaba que ese era su camino cotidiano. Casi al llegar al trabajo vi una mujer con una chamarra negra con adornado esquimal en la gorra tomando un camión justo frente a la fuente de petróleos y recordé mis trayectos. Me puse a pensar al respecto.

Cuando comencé a ir a la primaria, la escuela estaba apenas a una media docena de cuadras, a medio camino entre las casas de mis abuelos paternos y maternos. Era muy fácil caminar, pero mi papá solía llevarnos en su Ford 200 del año del 62, uno podría pensar que en esos tiempos no había tráfico, pero algunas veces se dificultaba cruzar Ermita por la calle de Trojes. En una ocasión un auto aceleró para no dejarnos pasar y chocó. El claxon se quedó trabado y mi papá tuvo que desarmarlo para lograr un poco de silencio.

Cuando me cambié a la CTM no había un transporte directo, únicamente un pesero que daba mil vueltas para llegar a Taxqueña. Tomábamos una de dos salidas, o por el Puente del Toro y avenida Tláhuac, La otra salida era por el antirrábico que estaba en Taxqueña y Escuela Naval Militar, fue hasta varios años después donde la Ruta 100 se abrió paso (que inauguró López Portillo cruzando en un camión frente a la casa de mis abuelos) durante algún tiempo fue gratis, cuando no pasábamos a casa de abuela Chuchita mi tío Mundo nos llevaba a casa.

Para la secundaria no había una ruta directa (era necesario tomar 3 camiones) Acoxpa, Miramontes, Santa Ana. Casi nunca fue necesario, algunas veces mi mamá iba por mí acompañada de Felipe y de su mascota “la chiquita” para que se diera vuelta por los campos de fùtbol. En el trayecto matinal era común darle aventón a los alumnos de la prepa 5.

Para la preparatoria ya tenía permiso de conducir y auto, llevaba a mi hermna a la secundaria y luego llegaba a la escuela bastante temprano. Fueron las primeras experiencias con el tráfico, midiendo el tiempo y los trayectos, entonces era muy diferente no había eventos catastróficos que te retrasaran más de media hora.

En la universidad todo cambió, fui un asiduo usuario de la ruta 100. La ruta más rápida para llegar a Ciudad Universitaria era tomar la ruta 64, lo abordaba en Santa Ana y me dejaba en Copilco. pero lo tenía que tomar antes de las 6:30 de lo contrario no hacía parada porque iba lleno. La otra opción era tomar el camión que me dejaba enfrente de la UAM Xochimilco de ahí tomaba el ruta 72 que me dejaba en el metro CU. También podía ir a Taxqueña y tomar el ruta 1 que entraba a Ciudad Universitaria, o el ruta 32 que iba por las calles de Santa Úrsula llegando también al metro CU. Entonces lo más valioso que llevaba en la cartera era mi abono de transporte y la credencial de la biblioteca central.

Después estuve vagando en diferentes rumbos, algunas veces sin un horario estricto, como en la terminal de Pantaco o dando clases por el casco de Santo Tomás, donde llegaba en metro y cuando se me hacía tarde me salía más caro tomar un taxi que me descontaran la hora. Hasta que el área alrededor de la fuente de petróleos se convirtió en mi lugar habitual de trabajo. Al principio era todo una odisea, eran 22 kilómetros que duraba más de una hora, algunas veces se acercaba a las dos, me tardaba como 40 minutos en llegar a la terminal Taxqueña y tener acceso al metro y entonces un trayecto ligeramente controlado. Algunas veces con el ánimo de acelerar el trayecto me bajaba en Tacubaya e intentaba tomar un taxi, no me iba muy bien compitiendo con otras personas por tomar un taxi. Así que hacia un transbordo y me bajaba en el metro Auditorio, si los peseros no tenían mucha fila tomaba uno y me bajaba en monte Elbruz, pero casi siempre terminaba caminando.

Cuando emprendía el regreso me fijaba en los rostros de los demás pasajeros, en especial en el metro. Las caras estaban repletas de cansancio, gastadas de una rutina que no parecía tener fin. Era muy difícil encontrar una sonrisa a esas horas en los vagones repletos.

Así me fui acercando paulatinamente, primero cerca del metro Portales, después en la colonia Narvarte, con tanto impulso que terminé en Brasil y terminé en Toluca.

Una monedita por favor

Moneda espiritual en que se fragua todo lo que sufriste: la piragua prisionera , al azoro de tus crías, el sollozar de tus mitologíasS

SuavePatria – Ramón López Velarde

Antes de cumplir los tres años comenzaron mis viajes a la tienda y con ello el uso del dinero: monedas y billetes que han marcado diferentes etapas en mi vida, que han llenado de imágenes mi memoria. Llevaba monedas de cinco pesos, aquellas monedas grandes que tenían a Vicente Guerreo. Desde entonces me quedó la idea de que eran muy valiosas por eso las guardaba en mi alcancía. Las atesoré tanto tiempo que cuando las abandonaron la alcancía, no solamente fueron sustituidas por la moneda de Quetzalcóatl al peso ya le habían quitado tres ceros.

Poco tiempo después de mi primer mudanza, que fue apenas a un par de cuadras de la casa de mis abuelos. Durante ese tiempo era común encontrar en las calles monedas de cobre de 20 centavos con el sol saliendo sobre la pirámide y con la llamada águila gorda (que estaba en las monedas de 50 centavos con la cara de Cuauhtémoc que eran anteriores a 1970). Y yo era feliz con cada descubrimiento. Pero el mayor hallazgo fue un centavo de espiga del año de mi nacimiento. Fue mi mayor tesoro durante mucho tiempo, terminó escapando de mí. Los objetos cercanos a mi corazón terminan lejos.

Cuando entré a la primaria comencé a ganar dinero. Aprovechaba que acompañaba a mi mamá al banco para tomar fichas de depósito que luego vendía a mis compañeros, eran codiciadas porque tenían papel calca (de esas tecnologías que quedaron en el pasado), eso lo usaba para comprar y vender estampas con los logos de los equipos de la NFL, por extrañas coincidencias ese era el deporte preferido en mi salón (a diferencia de todos los demás salones que jugaban fútbol). Junté el dinero que pude y al final pude cooperar con las compras navideñas, estaba muy orgulloso de sacar mi billete azul de 50 pesos (el que tenía a Benito Juárez no el famoso ojo de gringa que tenía a Allende)

También las monedas se usaban para jugar en la calle: taparraya, tacón o cuartas. La moneda que usaba para jugar era la heptagonal de diez pesos con la imagen de Hidalgo; tenía mejor agarre y era el tamaño ideal para lanzarla con precisión. Después llegaron los videojuegos y entonces la monedas buscadas eran los pesos de Morelos. El costo de cada juego era de dos pesos, iba jugar kaboom a una farmacia enfrente de la parroquia de San Agustín de Tolentino en la Colonia Héroes de Churubusco, pero el dependiente jamás nos quería cambiar, le molestaba que su local estuviera lleno de niños, por eso teníamos que pedir cambio durante todo el trayecto de casa de mi abuela hasta la farmacia. Frente a mi escuela había otra farmacia que tenía un pinball, que costaba 5 pesos (las monedas de Quetzalcoátl) pero conseguimos robar la llave para no tener que pagar, aún con la llave jamás tomamos una moneda.

Procuro tener siempre cambio, para solventar cualquier eventualidad, quizá en parte porque siempre batallé demasiado para cambiar cuando lo necesitaba. Quizá por eso guardaba un billete de 100 de broma (era 4 veces más grande que el billete normal) y siempre preguntaba ¿tienen cambio de un billete grande? y lo sacaba. Sin importar la calidad de la broma siempre me divertía. Ese billete lo terminé perdiendo en una apuesta jugando al pókar en la azotea de un kinder con mi amigo Lalito Baruch.

Es muy común que en la revisión de los aeropuertos tenga que sacar un puñado de monedas para ponerlas en la bandeja. Ya he recibido un par de comentarios de los vigilantes (son demasiadas monedas), otros viajeros (¿es dinero mexicano?) o de algunos niños (¿es para dar bolo?).

Ahora siempre tengo monedas regadas por mi cuarto

entradas y salidas

Es el final del laberinto el que nos devuelve al punto de partida. Pero cada vez que encontramos la salida, el laberinto es otro.

Alejandro Lanúz

Hace apenas algunos días entré de nuevo a un laberinto, bajo la mirada de los volcanes más famosos de México. Comencé a caminar por un sendero desconocido, a pesar de que el destino es conocido: la salida, no es claro como los caminos que recorro me pueden llevar.

Cada camino cuenta, aún los que llegan los que topan con pared hay que recordar cuales son para no recorrerlos de nuevo. La memoria es una aliada.

Voy fijándome en cada camino, las formas de los arbustos, los objetos extraños, las huellas sutiles. Todo es parecido y diferente al mismo tiempo.

Quizá en esta ocasión el deambular no será en solitario. Las pisadas no serán homogéneas. La vida se parece un poco a un laberinto.

Y cada salida es una entrada a otro laberinto.

disyuntivas

No es el amor quien muere, Somos nosotros mismos

Luis Cernuda

Basta una plática alrededor de un metro, de una colonia para desbocar los recuerdos, para hacer un viaje galopante al pasado, con el corazòn punzante y los ojos entrecerrados.

Parece que en cada relación había un camino, casi siempre me tocaba recorrerlo, de ida y de venida (cuando había coincidencia). Casi siempre tan embriagado, en estas ocasiones de amor, que no percibía sus acciones.

Yo actuaba exagerada y apasionadamente. Regalaba objetos extravagantes, escribía cartas llenas de fuego y poesía, aunque ilegibles. Pero eso no siempre bastaba para iluminar su mirada.

Era como una apuesta, donde ponía todas mis canicas sin importar mis probabilidades de ganar. Tampoco importaba que fuera un mal jugador de canicas. Lo veía como una gesta medieval.

Y como en todo, a veces se pierde y a veces se gana. Unas veces termina en retirada, existen victorias pírricas o pérdida total (y sin seguro).

Quizá es hora de dejar de emprender una campaña donde no existe interés.

Tal vez todo este fluir de conciencia castrense, amoroso y épico sea por ver tantas series.

resurgiendo

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos
Rayuela – Julio Cortázar

as primeras cosas que llamaron mi atención poderosamente fue la calle, y esa fascinación se ha mantenido hasta ahora, a los dos años empecé a ir a la tienda por queso y crema, estaba sobre la misma acera de la casa de mis abuelos pero yo corría para darle la vuelta a la manzana y sentir que me lanzaba a la aventura, a la dueña de la tienda le parecía sumamente gracioso que llegara corriendo y gritándole “Doña Vitorita, mi chaparrita” y no es que estuviera diciéndole un cumplido era aquel refresco de tamaño infantil y sabores uva, piña y mandarina; este último era mi favorito.

De niño me enfermaba frecuentemente, siempre de las anginas, si hacía sol, si llovía, cualquier variable climática me mandaba directo al doctor. Mi padre estaba en contra de que las extirparan, así que probé todos los remedios posibles, y cuando digo todos me refiero a todos, afortunadamente en ese entonces no había tantas curas milagrosas porque de lo contrario me habría tardado mucho más en llegar a la operación, que fue en diciembre para no perder clases, en lugar de eso me perdí la cena de navidad y año nuevo. Pero no volví a enfermarme en 15 años.

Todas mis mascotas murieron trágicamente, mi tuve un pastor alemán llamado Herman que murió atropellado por un camión de la basura, después tuve otro al que nombré Darky que cayó sobre unos cables de alta tensión , tuve 2 pericos (Parménides y Tarumba) que no tenían jaula, andaban libres, pero esa libertad resultó fatal, porque uno pereció por el frío y otro en las fauces de un animal desconocido.Creo que el juguete que más me gustaba era las piezas para armar castillos, todo terminaba inconcluso cuando aparecía mi mamá exigiendo que guardara todo, sin permitirme dejar el castillo a medias para terminarlo al día siguiente. Hay un sentimiento que hay algo incompleto que se asoma de vez en cuando.

Siempre he sido exagerado y me he lanzado en empresas bizarras y gestas no siempre heroicas, cuando, me la pasaba anotado y aprendiéndome las placas, las características de los vehículos y sus conductores para poder ayudar en el combate con el crimen, mi ilusión duró hasta que descubrí que se podían cambiar las placas.

Para la Navidad del 78 junté todo el dinero posible, vendiendo estampas, con juegos de dinero, haciendo mandados comprar algo para cada uno de los asistentes a la fiesta, que era básicamente la familia, fui a comprarlos y aproveché para ir a la papelería para comprar papel y moños desde entonces me di cuenta de que jamás podría envolver algún regalo decentemente., fue la única vez que envolví un regalo para mí, era un balón de fútbol americano y era evidente lo que había bajo la penosa envoltura.

La primera vez que fumé fue el 15 de Septiembre de 1980, y fue porque no querían prestarnos ni cerillos ni encendedor para prender los cohetes y mejor nos dieron un cigarro.

Cuando iba en quinto de primaria mi papá me llevó por primera vez a la feria del libro en el pasaje Zócalo – Pino Suárez, jamás había visto tantos libros juntos, quedé fascinado por la variedad existente, y entonces me dijo que podía comprar cualquiera. Emocionado revisé mucho y escogí uno de matemática discreta, eventualmente llegué a una parte donde necesitaba ayuda para entender algunas cosas, mi maestra de la primaria no pudo ayudarme, ni mi vecino que ya iba a la universidad, bueno el caso es que nadie de mis conocidos podía ayudarme. A partir de entonces traté de saciar mi curiosidad en solitario.

Antes de tener edad para manejar tuve un Chevrolet 51 destartalado, no se podía cerrar y algunas veces había que bajarse para destrabar las velocidades, pero mi papá me dejaba su coche (un mustang 75 fastback amarillo huevo) para estacionarlo así que fui a sacar mi primer permiso para conducir recién cumplidos los 15 años, primero intenté ir a la delegación Iztacalco pero la estaban remodelando así que fui a la Venustiano Carranza, llevaba 5 mil pesos para la mordida, y como no tenían cambio me dejaron el permiso por 3 años cuando solamente lo daban por 6 meses. Por cierto me detuvieron justo el día que vencía, cuando cumplía 18 años y esto sirvió de pretexto para librarme de la multa.

Fui chambelán de mi prima, me tocó bailar un vals y un tango con final trágico (pistola de salva y toda la cosa) usé unos calcetines amarillos el día de la fiesta.

Alguna vez estuvimos planeando un viaje a California donde vivían los padrinos de mi mamá, y un poco antes del viaje mi abuela se enfermó y la operaron del corazón, el viaje se canceló, yo lo vi como una señal. Después al leer Rayuela pensaba que mi vida iba a ser parecida al personaje de Traveler (que a pesar de su nombre no ha viajado mucho), hasta los 28 años solamente había viajado dentro de un radio de 6 o 7 horas en coche de la Ciudad de México. Pero las cosas cambiaron.

Siempre quise tener unos tenis Converse rosas pero nunca encontré de mi número, tenía unos azul turquesa y unos lila, los usaba mezclados y cuando alguien me decía algo al respecto siempre contestaba lo mismo “y en mi casa tengo un par igual”.

Tuve un carro Maverik 75 que se llamaba Napoleón, lo bautizaron con vodka y se subieron toda clase de personas, desde monjas y rectores, mujeres livianas y jóvenes etílicos, hasta 23 personas al mismo tiempo, rara vez era lavado, cuando ponían el encendedor pisaba el acelerador, con él me jugué la vida muchas veces fue el caballo perfecto que todo héroe debe tener. Pero todo se acaba, tuve otros coches (varios de ellos Maverik) pero jamás fue igual.

En mi cartera cargaba una poesía (Poderoso Caballero es Don Dinero) y me servía para que los demás pudieran medir mi estado alcohólico, también cargaba con billete de cien de juguete que estaba de una tamaño del triple del normal y lo sacaba diciendo ¿no tienes cambio de un billete grande?, tenía una moneda de un centavo (era de mi año) que la tenía por si necesitaba echar un volado para decidir algo realmente importante. Ya no tengo ninguna de estas cosas.

Mis cines favoritos eran el Latino y el Manacar, en este último fui a ver el estreno de la primera película de Batman con Tim Burton, fui con mis compañeros de la prepa, todos hacían cómics con ellos mismos como personajes. Y me parece que siempre he estado en grupos a los cuales no pertenezco, alguna vez estuve dando serenata y todos los demás usaban capa (pertenecían a la rondalla), también estuve en un bar con varios periodistas del Mural en Guadalajara, o en el grupo de ajedrez de la Benito Juárez.

Ha habido 2 ocasiones que han cambiado mi manera de percibir el mundo radicalmente, la primera fue cuando usé lentes por primera vez, yo aprendía a leer los letreros lejanos, las rutas de los camiones y taxis borrosos; cuando vi nítidamente lo que me estaba perdiendo fue todo un sobresalto. La otra fue cuando fui al otorrinolaringólogo, uno muy bueno pero caro en las calles de Ejército Nacional y Musset, me lavaron el oído y toda la cerilla que obstruía el canal auditivo salió, no podía creer todo el colorido de los sonidos que escuchaba, cuando se caía una moneda, o lo que estaban hablando en el otro lado del cuarto. Claro que la consulta me costó todo el dinero que llevaba y tenía poca gasolina, solamente tenía un boleto del metro, así que tenía 2 opciones, irme por el periférico y arriesgarme a quedarme varado en un lugar incómodo, o irme por el centro por donde seguramente se acabaría la gasolina pero sería más fácil empujar el coche para orillarlo cuando se acabara. Cerré los vidrios, prendí el radio y me arriesgué, la cantidad de gasolina fue justa, se acabó y con el último impulso quedó estacionado.

Cuando fui a hacer mi solicitud para el examen para la UNAM me encontré con algunas personas en la fila, estuvimos contando chistes un rato y, cuando llegó la hora de las presentaciones, resultó que el primero se llamaba Pedro e iba estudiar Ciencias de la Comunicación, el segundo se llamaba igual e iba a estudiar lo mismo. Por eso entré a estudiar Ciencias de la Comunicación. Me cambié luego de 2 años, primero intenté con lo que puse como segunda opción en mi examen de admisión Letras Clásicas, pero cuando fui a mi entrevista el coordinador de la carrera me dijo que no querían más gente, que no escogiera esa carrera, en la maestría en matemáticas tomé una materia de Teoría de Grupos, a pesar de que el álgebra siempre me ha aburrido un poco, el primer día me di cuenta que me faltaba un poco para entenderla así que revisé el plan de estudio y me di cuenta de que me faltaban 3 cursos, pero en una semana me puse al corriente.

Un día estaba en la calle de Acoxpa, esperando el camión 79 de la extinta Ruta 100, en esas épocas solamente compraba un abono de transporte compartía partiéndolo a la mitad y completando la otra parte con cartón dibujado, mi comida solían ser una pepsi y unos cacahuates japoneses. Se acercó un campesino y me preguntó que cómo llegaba a Tláhuac. Le dí el dinero que había estado atesorando para comprar una torta y lo escolté a la glorieta de vaqueritos y lo encaminé. Siempre he tenido presente el sufrimiento ajeno, pero se hace lo que se puede.

Cuando llegaba a un restaurante donde te ofrecían solamente limonada y naranjada, generalmente pedía ambas. Algunas veces uno puede negarse a escoger. Siempre puede uno negarse a escoger pero las elecciones son las que nos van formando (y no hablo de política).

Necesito la música, aunque he pasado períodos de sequía siempre vuelvo, necesito escuchar y descubrir. De pequeño veía que los adultos siempre se quejaban de la nueva música, se negaban a escucharla realmente. Desde entonces me dije que no quería ser así, y no solamente con la música, cuando te quedas estático aferrado al pasado comienzas a morir.

La cosa de la que más me arrepiento es cuando recibí una llamada donde me preguntaron: “¿está Conchita?” y no respondí “No, estoy con Tarzán” yo sé que jamás se me presentará esa oportunidad de nuevo.