Archivo del Autor: Brujo Postergado

LPSH II (usté aguante)

Algunos pensamos que lo que nos hace más fuertes es aguantar, pero otras veces es dejarlo estar.

Hermann Hesse

Por alguna razón se piensa que la resistencia es una cualidad necesaria para masculinidad, al menos mi padre lo consideraba muy importante y se aseguró de entrenarme para ese aspecto de manera extrema.

Mi padre jugó mucho tiempo en un equipo llamado el Santos, formado por los hermnaos de mi mamá, primos y amigos cercanos. Cuando yo pasé a formar parte del equipo infantil, el Ultra, con un uniforme color rosa mexicano, creo que el orgullo familiar estaba en juego. Tuve un entrenamiento personal: yo me paraba derecho y firme y él chutaba el balón con fuerza hacia mí, yo tenía que resistir sin chistar los golpes. Hasta que hubo uno que se desvió un poco del objetivo y terminó impactanto en mis testículos, terminé tirado en el suelo llorando silenciosamente, sin dejar que saliera ningún sonido de queja, estoy seguro que en ese momento vi un gesto que evidenciaba que se había equivocado, quizá un poco de arrepentimiento, pero únicamente hubo silencio.

Unos par de años después, ya estaba en la primaria, me tocó recibir la lección de tronar cohetes, que básicamente consistía en tronar uno mientras lo sostenía, el truco era soltarlo justo cuando explotara que era un tiempo incierto, fue una lección bastante fácil, lo que me permitió comprar y usar pirotecnia sin supervisión, que en poco tiempo me llevaría a probar el primer cigarro.

Entiendo las lecciones rápidamente, y apliqué la resistencia en múltiples aspectos de la vida. El primero fue el sueño, siempre fue el último niño en dormir, en todas las fiestas familiares terminaba sentado junto a una bocina escuchando las canciones de la Sonora Santanera, en particular los años nuevos, jamás dormía, pasaba toda la noche despierte y todavía regresaba para ver el desfile de las rosas, mientras toda mi familia dormía.

También cuando jugaba fútbol americano, mis oponentes se agolpaban para intentar tirarme o al menos detenerme pero no lo conseguían, podía aguantar indefinidamente la fuerza del equipo contrario.

En una fiesta en Delicias 57 casi todos los integrantes se agolparon a hacerme “bolita”, aprovechando que hacía un movimiento dramático hincándome y poniendo mi espalda sobre el piso. Conseguí levantarme aguantando el peso de todos.

Mi resistencia era aún mayor en otras áreas, en la central de abastos iba con mi bolsa de costal cargando 40 kilos de víveres, o con los cigarros, fumando hasta 4 al mismo tiempo. Y de verdad probé mi resistencia bebiendo alcohol como si fuera agua.

Viví mucho tiempo con la idea de que yo podía aguantar más que cualquier otra persona, pero eso vivía tomando responsabilidades y evitando ser ayudado por alguien. Eso me alejó de alguna forma del mundo.

Fue mucho tiempo aguantando en tantos frentes.

Lecciones para ser hombre I

Ningún mexicano mea solo.

Dicho arrabalero

Una de las primeras lecciones que recibí respecto a la hombría fue el uso del órgano sexual para la micción. Los pasos para orinar de pie, me costó muchísimo trabajo, mi puntería era mucho peor que en el baloncesto -y eso es mucho decir- me frustraba mucho el salpicadero que hacía. No entendí lo que pasaba sino hasta mucho tiempo después, la razón.

El día que nací comenzó soleado, pero hubo viento y lluvia hacia el final, la temperatura bajó lo suficiente para que m padre considerara que yo podría tener frío. Me acercó hacia el calentador, me deshidraté y al parecer no podía orinar, el cirujano terminó haciendo una incisión en la uretra, lo provocó que el flujo de la orina fuera desigual.

Ya para cuando me enteré había aprendido a manejar elñ flujo usando el prepucio. Pero mucho tiempo después tuve que aprender nuevamente después de la circuncisión.

Tuve mucho accidentes y dificultades con esta circunstancia, desde una enuresis infantil hasta el tiempo en el que bebía copiosamente. Siempre que llegaba a un lugar localizaba el baño y procuraba tener tiempo y orinar con cuidado, que conforme la noche avanzaba se hacía más difícil.

Quizá por eso tomé esos retos escatológicos como la competencia de quién orinaba en el lugar más público. Lo gané con la Glorieta de los Insurgentes cerca de las cuatro de la tarde. También el ira a una casa donde surgían los casos de la vida real para salpicar sus paredes.

Han sido incontables los distintos lugares para regar las plantas, mear, hacer pipí, echar una firma, cambiarle el agua a las aceitunas, etc.

de tránsito en el tránsito

El tráfico fluía inacabable como una procesionaria

Charles Bukowski

Los lunes suelo salir más tempranos rumbo al trabajo, para evitar el tráfico, al salir vi un par de personas caminando, con gruesas chamarras y con la cadencia que indicaba que ese era su camino cotidiano. Casi al llegar al trabajo vi una mujer con una chamarra negra con adornado esquimal en la gorra tomando un camión justo frente a la fuente de petróleos y recordé mis trayectos. Me puse a pensar al respecto.

Cuando comencé a ir a la primaria, la escuela estaba apenas a una media docena de cuadras, a medio camino entre las casas de mis abuelos paternos y maternos. Era muy fácil caminar, pero mi papá solía llevarnos en su Ford 200 del año del 62, uno podría pensar que en esos tiempos no había tráfico, pero algunas veces se dificultaba cruzar Ermita por la calle de Trojes. En una ocasión un auto aceleró para no dejarnos pasar y chocó. El claxon se quedó trabado y mi papá tuvo que desarmarlo para lograr un poco de silencio.

Cuando me cambié a la CTM no había un transporte directo, únicamente un pesero que daba mil vueltas para llegar a Taxqueña. Tomábamos una de dos salidas, o por el Puente del Toro y avenida Tláhuac, La otra salida era por el antirrábico que estaba en Taxqueña y Escuela Naval Militar, fue hasta varios años después donde la Ruta 100 se abrió paso (que inauguró López Portillo cruzando en un camión frente a la casa de mis abuelos) durante algún tiempo fue gratis, cuando no pasábamos a casa de abuela Chuchita mi tío Mundo nos llevaba a casa.

Para la secundaria no había una ruta directa (era necesario tomar 3 camiones) Acoxpa, Miramontes, Santa Ana. Casi nunca fue necesario, algunas veces mi mamá iba por mí acompañada de Felipe y de su mascota “la chiquita” para que se diera vuelta por los campos de fùtbol. En el trayecto matinal era común darle aventón a los alumnos de la prepa 5.

Para la preparatoria ya tenía permiso de conducir y auto, llevaba a mi hermna a la secundaria y luego llegaba a la escuela bastante temprano. Fueron las primeras experiencias con el tráfico, midiendo el tiempo y los trayectos, entonces era muy diferente no había eventos catastróficos que te retrasaran más de media hora.

En la universidad todo cambió, fui un asiduo usuario de la ruta 100. La ruta más rápida para llegar a Ciudad Universitaria era tomar la ruta 64, lo abordaba en Santa Ana y me dejaba en Copilco. pero lo tenía que tomar antes de las 6:30 de lo contrario no hacía parada porque iba lleno. La otra opción era tomar el camión que me dejaba enfrente de la UAM Xochimilco de ahí tomaba el ruta 72 que me dejaba en el metro CU. También podía ir a Taxqueña y tomar el ruta 1 que entraba a Ciudad Universitaria, o el ruta 32 que iba por las calles de Santa Úrsula llegando también al metro CU. Entonces lo más valioso que llevaba en la cartera era mi abono de transporte y la credencial de la biblioteca central.

Después estuve vagando en diferentes rumbos, algunas veces sin un horario estricto, como en la terminal de Pantaco o dando clases por el casco de Santo Tomás, donde llegaba en metro y cuando se me hacía tarde me salía más caro tomar un taxi que me descontaran la hora. Hasta que el área alrededor de la fuente de petróleos se convirtió en mi lugar habitual de trabajo. Al principio era todo una odisea, eran 22 kilómetros que duraba más de una hora, algunas veces se acercaba a las dos, me tardaba como 40 minutos en llegar a la terminal Taxqueña y tener acceso al metro y entonces un trayecto ligeramente controlado. Algunas veces con el ánimo de acelerar el trayecto me bajaba en Tacubaya e intentaba tomar un taxi, no me iba muy bien compitiendo con otras personas por tomar un taxi. Así que hacia un transbordo y me bajaba en el metro Auditorio, si los peseros no tenían mucha fila tomaba uno y me bajaba en monte Elbruz, pero casi siempre terminaba caminando.

Cuando emprendía el regreso me fijaba en los rostros de los demás pasajeros, en especial en el metro. Las caras estaban repletas de cansancio, gastadas de una rutina que no parecía tener fin. Era muy difícil encontrar una sonrisa a esas horas en los vagones repletos.

Así me fui acercando paulatinamente, primero cerca del metro Portales, después en la colonia Narvarte, con tanto impulso que terminé en Brasil y terminé en Toluca.

Una monedita por favor

Moneda espiritual en que se fragua todo lo que sufriste: la piragua prisionera , al azoro de tus crías, el sollozar de tus mitologíasS

SuavePatria – Ramón López Velarde

Antes de cumplir los tres años comenzaron mis viajes a la tienda y con ello el uso del dinero: monedas y billetes que han marcado diferentes etapas en mi vida, que han llenado de imágenes mi memoria. Llevaba monedas de cinco pesos, aquellas monedas grandes que tenían a Vicente Guerreo. Desde entonces me quedó la idea de que eran muy valiosas por eso las guardaba en mi alcancía. Las atesoré tanto tiempo que cuando las abandonaron la alcancía, no solamente fueron sustituidas por la moneda de Quetzalcóatl al peso ya le habían quitado tres ceros.

Poco tiempo después de mi primer mudanza, que fue apenas a un par de cuadras de la casa de mis abuelos. Durante ese tiempo era común encontrar en las calles monedas de cobre de 20 centavos con el sol saliendo sobre la pirámide y con la llamada águila gorda (que estaba en las monedas de 50 centavos con la cara de Cuauhtémoc que eran anteriores a 1970). Y yo era feliz con cada descubrimiento. Pero el mayor hallazgo fue un centavo de espiga del año de mi nacimiento. Fue mi mayor tesoro durante mucho tiempo, terminó escapando de mí. Los objetos cercanos a mi corazón terminan lejos.

Cuando entré a la primaria comencé a ganar dinero. Aprovechaba que acompañaba a mi mamá al banco para tomar fichas de depósito que luego vendía a mis compañeros, eran codiciadas porque tenían papel calca (de esas tecnologías que quedaron en el pasado), eso lo usaba para comprar y vender estampas con los logos de los equipos de la NFL, por extrañas coincidencias ese era el deporte preferido en mi salón (a diferencia de todos los demás salones que jugaban fútbol). Junté el dinero que pude y al final pude cooperar con las compras navideñas, estaba muy orgulloso de sacar mi billete azul de 50 pesos (el que tenía a Benito Juárez no el famoso ojo de gringa que tenía a Allende)

También las monedas se usaban para jugar en la calle: taparraya, tacón o cuartas. La moneda que usaba para jugar era la heptagonal de diez pesos con la imagen de Hidalgo; tenía mejor agarre y era el tamaño ideal para lanzarla con precisión. Después llegaron los videojuegos y entonces la monedas buscadas eran los pesos de Morelos. El costo de cada juego era de dos pesos, iba jugar kaboom a una farmacia enfrente de la parroquia de San Agustín de Tolentino en la Colonia Héroes de Churubusco, pero el dependiente jamás nos quería cambiar, le molestaba que su local estuviera lleno de niños, por eso teníamos que pedir cambio durante todo el trayecto de casa de mi abuela hasta la farmacia. Frente a mi escuela había otra farmacia que tenía un pinball, que costaba 5 pesos (las monedas de Quetzalcoátl) pero conseguimos robar la llave para no tener que pagar, aún con la llave jamás tomamos una moneda.

Procuro tener siempre cambio, para solventar cualquier eventualidad, quizá en parte porque siempre batallé demasiado para cambiar cuando lo necesitaba. Quizá por eso guardaba un billete de 100 de broma (era 4 veces más grande que el billete normal) y siempre preguntaba ¿tienen cambio de un billete grande? y lo sacaba. Sin importar la calidad de la broma siempre me divertía. Ese billete lo terminé perdiendo en una apuesta jugando al pókar en la azotea de un kinder con mi amigo Lalito Baruch.

Es muy común que en la revisión de los aeropuertos tenga que sacar un puñado de monedas para ponerlas en la bandeja. Ya he recibido un par de comentarios de los vigilantes (son demasiadas monedas), otros viajeros (¿es dinero mexicano?) o de algunos niños (¿es para dar bolo?).

Ahora siempre tengo monedas regadas por mi cuarto

entradas y salidas

Es el final del laberinto el que nos devuelve al punto de partida. Pero cada vez que encontramos la salida, el laberinto es otro.

Alejandro Lanúz

Hace apenas algunos días entré de nuevo a un laberinto, bajo la mirada de los volcanes más famosos de México. Comencé a caminar por un sendero desconocido, a pesar de que el destino es conocido: la salida, no es claro como los caminos que recorro me pueden llevar.

Cada camino cuenta, aún los que llegan los que topan con pared hay que recordar cuales son para no recorrerlos de nuevo. La memoria es una aliada.

Voy fijándome en cada camino, las formas de los arbustos, los objetos extraños, las huellas sutiles. Todo es parecido y diferente al mismo tiempo.

Quizá en esta ocasión el deambular no será en solitario. Las pisadas no serán homogéneas. La vida se parece un poco a un laberinto.

Y cada salida es una entrada a otro laberinto.

disyuntivas

No es el amor quien muere, Somos nosotros mismos

Luis Cernuda

Basta una plática alrededor de un metro, de una colonia para desbocar los recuerdos, para hacer un viaje galopante al pasado, con el corazòn punzante y los ojos entrecerrados.

Parece que en cada relación había un camino, casi siempre me tocaba recorrerlo, de ida y de venida (cuando había coincidencia). Casi siempre tan embriagado, en estas ocasiones de amor, que no percibía sus acciones.

Yo actuaba exagerada y apasionadamente. Regalaba objetos extravagantes, escribía cartas llenas de fuego y poesía, aunque ilegibles. Pero eso no siempre bastaba para iluminar su mirada.

Era como una apuesta, donde ponía todas mis canicas sin importar mis probabilidades de ganar. Tampoco importaba que fuera un mal jugador de canicas. Lo veía como una gesta medieval.

Y como en todo, a veces se pierde y a veces se gana. Unas veces termina en retirada, existen victorias pírricas o pérdida total (y sin seguro).

Quizá es hora de dejar de emprender una campaña donde no existe interés.

Tal vez todo este fluir de conciencia castrense, amoroso y épico sea por ver tantas series.

resurgiendo

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos
Rayuela – Julio Cortázar

as primeras cosas que llamaron mi atención poderosamente fue la calle, y esa fascinación se ha mantenido hasta ahora, a los dos años empecé a ir a la tienda por queso y crema, estaba sobre la misma acera de la casa de mis abuelos pero yo corría para darle la vuelta a la manzana y sentir que me lanzaba a la aventura, a la dueña de la tienda le parecía sumamente gracioso que llegara corriendo y gritándole “Doña Vitorita, mi chaparrita” y no es que estuviera diciéndole un cumplido era aquel refresco de tamaño infantil y sabores uva, piña y mandarina; este último era mi favorito.

De niño me enfermaba frecuentemente, siempre de las anginas, si hacía sol, si llovía, cualquier variable climática me mandaba directo al doctor. Mi padre estaba en contra de que las extirparan, así que probé todos los remedios posibles, y cuando digo todos me refiero a todos, afortunadamente en ese entonces no había tantas curas milagrosas porque de lo contrario me habría tardado mucho más en llegar a la operación, que fue en diciembre para no perder clases, en lugar de eso me perdí la cena de navidad y año nuevo. Pero no volví a enfermarme en 15 años.

Todas mis mascotas murieron trágicamente, mi tuve un pastor alemán llamado Herman que murió atropellado por un camión de la basura, después tuve otro al que nombré Darky que cayó sobre unos cables de alta tensión , tuve 2 pericos (Parménides y Tarumba) que no tenían jaula, andaban libres, pero esa libertad resultó fatal, porque uno pereció por el frío y otro en las fauces de un animal desconocido.Creo que el juguete que más me gustaba era las piezas para armar castillos, todo terminaba inconcluso cuando aparecía mi mamá exigiendo que guardara todo, sin permitirme dejar el castillo a medias para terminarlo al día siguiente. Hay un sentimiento que hay algo incompleto que se asoma de vez en cuando.

Siempre he sido exagerado y me he lanzado en empresas bizarras y gestas no siempre heroicas, cuando, me la pasaba anotado y aprendiéndome las placas, las características de los vehículos y sus conductores para poder ayudar en el combate con el crimen, mi ilusión duró hasta que descubrí que se podían cambiar las placas.

Para la Navidad del 78 junté todo el dinero posible, vendiendo estampas, con juegos de dinero, haciendo mandados comprar algo para cada uno de los asistentes a la fiesta, que era básicamente la familia, fui a comprarlos y aproveché para ir a la papelería para comprar papel y moños desde entonces me di cuenta de que jamás podría envolver algún regalo decentemente., fue la única vez que envolví un regalo para mí, era un balón de fútbol americano y era evidente lo que había bajo la penosa envoltura.

La primera vez que fumé fue el 15 de Septiembre de 1980, y fue porque no querían prestarnos ni cerillos ni encendedor para prender los cohetes y mejor nos dieron un cigarro.

Cuando iba en quinto de primaria mi papá me llevó por primera vez a la feria del libro en el pasaje Zócalo – Pino Suárez, jamás había visto tantos libros juntos, quedé fascinado por la variedad existente, y entonces me dijo que podía comprar cualquiera. Emocionado revisé mucho y escogí uno de matemática discreta, eventualmente llegué a una parte donde necesitaba ayuda para entender algunas cosas, mi maestra de la primaria no pudo ayudarme, ni mi vecino que ya iba a la universidad, bueno el caso es que nadie de mis conocidos podía ayudarme. A partir de entonces traté de saciar mi curiosidad en solitario.

Antes de tener edad para manejar tuve un Chevrolet 51 destartalado, no se podía cerrar y algunas veces había que bajarse para destrabar las velocidades, pero mi papá me dejaba su coche (un mustang 75 fastback amarillo huevo) para estacionarlo así que fui a sacar mi primer permiso para conducir recién cumplidos los 15 años, primero intenté ir a la delegación Iztacalco pero la estaban remodelando así que fui a la Venustiano Carranza, llevaba 5 mil pesos para la mordida, y como no tenían cambio me dejaron el permiso por 3 años cuando solamente lo daban por 6 meses. Por cierto me detuvieron justo el día que vencía, cuando cumplía 18 años y esto sirvió de pretexto para librarme de la multa.

Fui chambelán de mi prima, me tocó bailar un vals y un tango con final trágico (pistola de salva y toda la cosa) usé unos calcetines amarillos el día de la fiesta.

Alguna vez estuvimos planeando un viaje a California donde vivían los padrinos de mi mamá, y un poco antes del viaje mi abuela se enfermó y la operaron del corazón, el viaje se canceló, yo lo vi como una señal. Después al leer Rayuela pensaba que mi vida iba a ser parecida al personaje de Traveler (que a pesar de su nombre no ha viajado mucho), hasta los 28 años solamente había viajado dentro de un radio de 6 o 7 horas en coche de la Ciudad de México. Pero las cosas cambiaron.

Siempre quise tener unos tenis Converse rosas pero nunca encontré de mi número, tenía unos azul turquesa y unos lila, los usaba mezclados y cuando alguien me decía algo al respecto siempre contestaba lo mismo “y en mi casa tengo un par igual”.

Tuve un carro Maverik 75 que se llamaba Napoleón, lo bautizaron con vodka y se subieron toda clase de personas, desde monjas y rectores, mujeres livianas y jóvenes etílicos, hasta 23 personas al mismo tiempo, rara vez era lavado, cuando ponían el encendedor pisaba el acelerador, con él me jugué la vida muchas veces fue el caballo perfecto que todo héroe debe tener. Pero todo se acaba, tuve otros coches (varios de ellos Maverik) pero jamás fue igual.

En mi cartera cargaba una poesía (Poderoso Caballero es Don Dinero) y me servía para que los demás pudieran medir mi estado alcohólico, también cargaba con billete de cien de juguete que estaba de una tamaño del triple del normal y lo sacaba diciendo ¿no tienes cambio de un billete grande?, tenía una moneda de un centavo (era de mi año) que la tenía por si necesitaba echar un volado para decidir algo realmente importante. Ya no tengo ninguna de estas cosas.

Mis cines favoritos eran el Latino y el Manacar, en este último fui a ver el estreno de la primera película de Batman con Tim Burton, fui con mis compañeros de la prepa, todos hacían cómics con ellos mismos como personajes. Y me parece que siempre he estado en grupos a los cuales no pertenezco, alguna vez estuve dando serenata y todos los demás usaban capa (pertenecían a la rondalla), también estuve en un bar con varios periodistas del Mural en Guadalajara, o en el grupo de ajedrez de la Benito Juárez.

Ha habido 2 ocasiones que han cambiado mi manera de percibir el mundo radicalmente, la primera fue cuando usé lentes por primera vez, yo aprendía a leer los letreros lejanos, las rutas de los camiones y taxis borrosos; cuando vi nítidamente lo que me estaba perdiendo fue todo un sobresalto. La otra fue cuando fui al otorrinolaringólogo, uno muy bueno pero caro en las calles de Ejército Nacional y Musset, me lavaron el oído y toda la cerilla que obstruía el canal auditivo salió, no podía creer todo el colorido de los sonidos que escuchaba, cuando se caía una moneda, o lo que estaban hablando en el otro lado del cuarto. Claro que la consulta me costó todo el dinero que llevaba y tenía poca gasolina, solamente tenía un boleto del metro, así que tenía 2 opciones, irme por el periférico y arriesgarme a quedarme varado en un lugar incómodo, o irme por el centro por donde seguramente se acabaría la gasolina pero sería más fácil empujar el coche para orillarlo cuando se acabara. Cerré los vidrios, prendí el radio y me arriesgué, la cantidad de gasolina fue justa, se acabó y con el último impulso quedó estacionado.

Cuando fui a hacer mi solicitud para el examen para la UNAM me encontré con algunas personas en la fila, estuvimos contando chistes un rato y, cuando llegó la hora de las presentaciones, resultó que el primero se llamaba Pedro e iba estudiar Ciencias de la Comunicación, el segundo se llamaba igual e iba a estudiar lo mismo. Por eso entré a estudiar Ciencias de la Comunicación. Me cambié luego de 2 años, primero intenté con lo que puse como segunda opción en mi examen de admisión Letras Clásicas, pero cuando fui a mi entrevista el coordinador de la carrera me dijo que no querían más gente, que no escogiera esa carrera, en la maestría en matemáticas tomé una materia de Teoría de Grupos, a pesar de que el álgebra siempre me ha aburrido un poco, el primer día me di cuenta que me faltaba un poco para entenderla así que revisé el plan de estudio y me di cuenta de que me faltaban 3 cursos, pero en una semana me puse al corriente.

Un día estaba en la calle de Acoxpa, esperando el camión 79 de la extinta Ruta 100, en esas épocas solamente compraba un abono de transporte compartía partiéndolo a la mitad y completando la otra parte con cartón dibujado, mi comida solían ser una pepsi y unos cacahuates japoneses. Se acercó un campesino y me preguntó que cómo llegaba a Tláhuac. Le dí el dinero que había estado atesorando para comprar una torta y lo escolté a la glorieta de vaqueritos y lo encaminé. Siempre he tenido presente el sufrimiento ajeno, pero se hace lo que se puede.

Cuando llegaba a un restaurante donde te ofrecían solamente limonada y naranjada, generalmente pedía ambas. Algunas veces uno puede negarse a escoger. Siempre puede uno negarse a escoger pero las elecciones son las que nos van formando (y no hablo de política).

Necesito la música, aunque he pasado períodos de sequía siempre vuelvo, necesito escuchar y descubrir. De pequeño veía que los adultos siempre se quejaban de la nueva música, se negaban a escucharla realmente. Desde entonces me dije que no quería ser así, y no solamente con la música, cuando te quedas estático aferrado al pasado comienzas a morir.

La cosa de la que más me arrepiento es cuando recibí una llamada donde me preguntaron: “¿está Conchita?” y no respondí “No, estoy con Tarzán” yo sé que jamás se me presentará esa oportunidad de nuevo.

Pirotecnia patria

¿Quién, en la noche que asusta a la rana, no miró, antes de saber del vicio, del brazo de su novia, la galana pólvora de los juegos de artificio?.
López Velarde

Septiembre, mes de la patria, de las celebraciones, de los cohetes y de la comida. Durante mi infancia siempre fue un mes gozoso, rodeado de recuerdos de inicio de clases, festivales y fiestas familiares.

Reuniones en torno al grito llenas de color, sabor y licor. Los adultos abandonaban la vigilancia de los niños, para llenarse de orgullo patrio: antojitos y tequila. Nosotros sacábamos los cohetes que habíamos comprado con los ahorros de mucho tiempo. Era una combinación pirotécnica.

Mi padre me enseñó a tronar cohetes en la mano como parte de mi formación masculina. Tenía que alejarlo de la cara, sostenerlo sin apretarlos en la punta del los dedos y soltarlo justo en el momento de la explosión. El quince de septiembre se negaba a prestarme los cerillos para encender las mechas. Él alegaba que era por mi seguridad pero yo sospechaba que los necesitaban para encender sus cigarros. Accedió a darme en cambio, un “kent” que nos duró algunos minutos. Para evitar que se apagara, tuve que darle el golpe: así comencé a fumar.

Siempre tuve alma incendiaria y bélica. Jugaba con soldaditos de plástico verde, de esos que tenían mucha rebaba alrededor. Usaba unos conos de plástico que solían tener hilo alrededor (mi familia se dedicaba a la costura), que pretendía eran aviones, los prendía y, al pasar encima del ejército de juguete, los conos soltaban pedacitos de plástico encendido que calcinaba a los soldados. También podía bombardear barquitos de papel. Cuando fallaba el plástico silbaba dejando pedazos amorfos sobre el agua. Construía cañones con partes de cohetes, buscapiés y cabezas de cerillo. Pero los mayores daños no eran los sufría el ejército sino mis manos cuando el viento cambiaba de dirección y la flama del cañón las quemaba o una bomba caía sobre el pie.

Después del grito y la cena salía a la calle con mis amigos de la cuadra y jugábamos guerritas con brujas (garbanzos cubiertos de pólvora), para lanzarlas uśabamos una especie de resorteras hechas con un pedazo de globo, pegado con cinta adhesiva transparente alrededor de un carrete de cinta vacío. . El arma podía lanzar la brujas a una velocidad decente, casi no quemaban pero sí dolían, era el gotcha de aquellos tiempos. Cuando capturábamos a un enemigo, lo encerrábamos en un agujero (estaba destinado a un poste de luz, pero duró mucho tiempo abierto), el prisionero cabía de pie y lo cubríamos con una avalancha y le arrojábamos cohetes, podría parecer cruel, pero respetábamos las porque nunca usábamos palomas con prisioneros de guerra.

La guerra no estarían completa sin la artillería: bote de chiles en vinagre (vacíos por supuesto) que intentábamos lanzar lo más lejos posible, aquí sí utilizábamos los explosivos más potentes, generalmente poníamos una mecha larga para tener tiempo de correr y ponerse a salvo. Ocasionalmente poníamos cohetes en botes de basura, bancas de cemento en el parque o sanitarios, el clásico sabotaje.

Yo creo que tanto escuchar el himno nacional, escuchar los vivas a los héroes y ver los desfiles; nos despertaba esos deseos de enfrascarnos en juegos castrenses.

a los trece

..porque esa riqueza que es juventud se pierde día con día, y por tanto habría que gozarla día con día, alegre, frenéticamente, para sólo dejarle a la muerte un cuerpo enteramente gastado, vacío, sin una gota de vida por vivir….
José de la Colina

Fueron unas vacaciones familiares, era un viaje corto, tomamos el autobús en la terminal de Taxqueña. En total nueve primos, desde los seis hasta los quince años. Yo estaba emocionado por la oportunidad de estar en una alberca, de tener montón de espacio para jugar con mi primo Carlos que era apenas un año y medio mayor.

Frente a nuestra cabaña, donde nos acomodábamos lo mejor posible se hospedaba una familia con una sola hija: Laura. Tenía el cabello rojo y crespo, que parecía que nunca se deformaba; la piel lechosa y con pecas, los ojos claros e inquietos.

Mientras jugaba tenis de mesa con Carlos ella pidió unirse con una amiga, yo acepté sin pensar. Depués de un par de juegos su amiga se retiró y continuamos jugando nosotros dos contra ella, mi primo se fue luego de 3 partidos, no muy contento.

Los siguientes días los pasé junto a ella, entre la alberca, el jardín y los juegos. Tan enfrascado en ella que no sabía lo que pasaba alrededor, algunas veces me sorprendía viendo sus incipientes singularidades enfundadas en un traje de baño completo y oscuro. Entonces me preguntó por qué usaba calzones abajo del traje de baño, me pusé rojo y sentí la cara caliente, no sabía qué responder ¿Por qué nunca me dijeron eso antes? Bajé la mirada como aceptando una derrota pero ella acarició mi cabello que aún escurría agua clorada. Levanté la mirada feliz y alcancé a ver a Carlos a lo lejos.

Al regresar a la cabaña mi primo se burló de mi gritando “¡Estás enamorado!” me tomó por sorpresa, mi cachetes se encendieron aún más que con la pregunta de Laura y sentí mucha vergüenza, como si estuviera desnudo, como si hubieran descubierto mi secreto más íntimo o como si hubiera hecho algo malo. Ni siquiera podía contestar porque no podía descifrar mis sentimientos, era como un nudo de fuerzas desconocidas que tiraban para todos lados. Pero si alguien más se había dado cuenta seguramente sería cierto. La única referencia que tenía eran las películas, así decidí hacer algo al respecto.

Conseguí una pluma, arranqué un lado del cartón de una caja cereal, le escribí una carta de amor y la deslicé bajo la puerta. La mañana siguiente lo único que obtuve fue una mirada de reprobación de sus padres. Fue justo el día de nuestra partida, el autobús de regreso salía a la una de la tarde.

Se desató una tormenta tropical (¡En Morelos!) que retrasó nuestra salida por varias horas. Estoy convencido que eran mis emociones desatando las fuerzas de la naturaleza como un último intento que nos obligara a quedarnos otro día. Anhelaba tanto esa oportunidad pero escampó poco antes de caer la noche. Regresé sentado en el asiento junto a la ventana con la cara pegada al cristal frío embargado de tristeza y confusión. Mi adolescencia llegó a esa edad, de golpe.

agradecimientos

Gracias quiero dar al divino
Laberinto de los efectos y de las causas
Por la diversidad de las criaturas
Que forman este singular universo.

Borges

s

Nací en una nación oscura, forjada desde el cielo. En una ciudad imposible donde las pirámides flotaban sobre el lago, donde las montañas resguardaban la imagen de tu escudo. Era un refugio para esa tribu nómada que carecía de hogar. Y llegó a ser un imperio.

Crecí amando los sabores de las flores y las plantas. Todo cubierto por maíz dorado y bañado en salsas de frutos picantes. De platillos donde la parte estelar jamás es la carne, o la proteína como dicen los sacrílegos. Cada fiesta tiene un platillo a su lado y algunas veces el año es una espera.

Doy gracias por la cultura que he abrevado gratis. Por la tinta negra y la roja, por el cero, por la astronomía y la astrología del país, por la magia y lo surrealista. Por el barroco exuberante, los escorzos virreinales, el sonido trece, la danza regional. Por la fiesta de la muerte.

Por clima en el asfalto, los sismos recurrentes como recordatorios, el tráfico desafiante, la calle de Tacuba. Por tener la Catedral, el Sagrario, el Templo Mayor y el Palacio Nacional posando para una foto, La Ciudad Universitaria que llevo en el corazón.

Me enamoré de una piel de tierra, con los ojos llenos de resplandecientes leyendas mazahuas y otomís. con las manos llenas de barro. Siempre efìmero. Mi corazón ha resistido los vendavales más cruentos y sigue sediento.

Y estuve lejos, no dejé de añorar el alma que dejé al partir. Crecí paralelamente con apenas una visión lejana de las semillas que germinaban en mi ausencia. Hasta que regresé.