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De colores

De colores, de colores se visten los campos en la primavera.

Canción popular mexicana.

Mi capacidad para distinguir colores ha disminuido recientemente. Esta es una clara desventaja en la culinaria mexicana porque me asaltan muchas preguntas.

Comenzando con el desayuno: ¿Tamal verde o rojo? eso no es suficiente para saber cuál es más picoso, o más salado, o cuál tiene más carne, ni siquiera si alguno es más propenso a convertirse en guajolota. Si lo acompañara con café no tendría problema alguno pero si elijo el té entonces sí llega la decisión, si negro, verde, blanco o rojo; aquí incluso se trata de la misma planta en todos los casos. Mi corazón se divide entre el English Breakfast y el Prícipe de Gales (qué mamón).

Si se me ocurriera almorzar unos chilaquiles también tendría que elegir entre verdes o rojos, en enchiladas igual (las suizas no tienen que ver con los colores de la bandera). Incluso los podría acompañar de queso azul y tomar un jugo verde para que resbale.

La comida podría ser con arroz blanco, o rojo, o verde. Para acompañar el mole tendría que ser rojo, pero ahora sería mole negro, verde, amarillo; acompañado de tortillas que pudieran ser de maíz blanco o azul. De postre podría pedir zapote negro o blanco. O una gelatina roja, verde o amarilla. Los respados sí son de sabor sin importar si son más artificiales.

Para no dejar fuera mi estadía en el estado hay tacos de chorizo rojo o verde, con salsa verde o roja, y un mundet rojo (o blanco). Más tarde unas uvas rojas o verdes para botanear y de inmediato se desprende el vino tinto, blanco o rosado.

Mientras no digan tomates verdes todo está bien.

 

 

 

 

primero es lo primero

Desayunar como rey, comer como príncipe y cenar como mendigo

Refrán

Mi comida preferida es el desayuno. Aún si generalmente no se tiene suficiente tiempo para disfrutarlo.

Durante la infancia nos daban chocolate, un pan de dulce y generalmente una torta. Mis padres tomaban café con leche, mi papá una cucharada copeteada de café y 2 de azúcar; mi mamá pedía las cucharadas ralitas. Los fines de semana había algunas veces huevo, generalmente con jamón o con salchicha, (extraordinariamente con frijoles), algunas veces hot cakes. Ahí vi a mi padre haciendo malabares para hacer el desayuno completo con 1 huevo y una cucharada de frijoles. También fueron mis primeras incursiones en la cocina. Me aventuré a incluir el queso amarillo en el huevo, para hacerle el desayuno a mi hermana y decirle que eran unos huevos a la benedict (yo entonces ni idea tenía de lo que eran).

Algunas veces, especialmente durante el verano iba a desayunar con mi tía Luisita y ella me preparaba un chocolate de tablilla y después lo enfriaba amorosamente vacíandolo entre dos jarros para que lo pudiera tomar (nunca he podido tomar líquidos a altas temperaturas, a diferencia de mi padre que le gustaba que el recipiente estuviera a punto de derretirse), y lo acompañaba de un bolillo recién comprado en la panadería la Esperanza relleno de frijoles de la olla, era un desayuno de sabor celestial.

Durante mi infancia algunas veces mi mamá nos llevaba muy temprano a Chapultepec, y como consideraba que las tortas que solamente tenían la mitad con relleno que vendían ahí como un desayuno adecuado, esperábamos hasta regresar y pasábamos al Burguer Boy que estaba cerca de Taxqueña y Miramontes. A pesar de tener a mi disposición la unefante, la brontodoble y la dinotriple siempre pedía los hot cakes, jamás he pedido hamburguesas para el desayuno.

Cuando viajábamos a San Juan de los Lagos, donde teníamos dos opciones para desayunar, un restaurante donde el servicio era más lento que la burocracia, mi abuela Chuchita solía decir que pidiéramos de una vez para el día siguiente, en ese lugar me abstenía de pedir hot cakes porque demoraban una eternidad, simpre pedía huevos revueltos. La otra opción era ir al mercado donde todos pedían leche caliente (algunos para hacer café) pero yo me escabullía para beber leche bronca, generalmente acompañada de algún pan de dulce.

Durante la alcoholescencia aparecieron diferentes necesidades nutricionales, además de antioxidantes necesitábamos alimentos con elementos anticruda. El primer lugar fue el mercado de la 201 donde íbamos por barbacoa y pancita. Algunas veces íbamos a las gorditas que estaban justo afuera, aunque generalmente pedía un huarache con huevo. Ya en el retorno comprábamos quesadillas de sesos en las carnitas de la esquina (era lo más barato) y cuando había abundancia íbamos por unos tlacoyos de masa azul y unos esquimos.

En la oficina, antes de que la palabra godín fuera asignada y sobreutilizada, los viernes solían ser los días en los que pedíamos el desayuno, yo solía elegir el “cotorro” que eran tacos de huevo cubiertos de salsa de frijol, algo así como las enfrijoladas veracruzanas de algunos restaurantes. Otro platillo obligado eran los chilaquiles, regularmente después de un jueves social. Mucho tiempo mi desayuno fue un vaso de papaya picada (sin albur) y un jugo de zanahoria, ya incluso tenía mi marchante. En un viaje de trabajo probé en el desayuno un huevo con fresas salteadas, fue una grata sorpresa que no he repetido hasta entonces.

Cuando vivía cerca del metro Portales, algunas veces iba al mercado a desayunar barbacoa, sentado justo enfrente de una pintura de ovejas con un letrero que dice que el señor es nuestro pastor, o la comer una torta de pierna horneada acompañada de un jugo mitad zanahoria mitad naranja del puesto de frutas de enfrente.

Cuando comencé mi mudanza a Brasil viví casi seis meses en hoteles donde había desayuno buffete de desayuno, y cuando me establecí comencé a buscar lugares que tenían esta modalidad. O incluso una combinación de desayuno y lunch (brunch por la contracción de breakfas lunch), de los viajes a Londres me quedé con una afición por el té English Breakfast, la ventaja de que el té también combina con la tarde.

Ojalá hubiera más tiempo para desayunar.

 

 

 

 

 

 

Explosiones

La ira es una locura de corta duración.

Horacio

Teníamos una fiesta, fuimos invitados a los quince años de Carmen. En esta ocasión no éramos colados, —como había sucedido en la fiesta de Ingrid, donde Abigail nos regaló sus boletos porque no pudo asistir— ahora hasta la familia nos conocía, teníamos invitación, boletos y toda la cosa.

Éramos más de los que caben en un automóvil, aunque en mi coche ya había llevado hasta veintitrés personas, ahora íbamos vestidos demasiado formales como para viajar en la cajuela o el toldo. Nos fuimos a la base de las peseros Peni-San Lázaro a La Virgen y le ofrecimos a una combi quinientos pesos por persona —los camiones ruta 100 costaban 300 pesos y el viaje más corto en pesero 350— era más de lo que ganaría en un viaje, pero menos que nos cobraría un taxi por llevarnos a todos.

Llegamos relativamente temprano al salón que estaba en prolongación División del Norte —jamás íbamos a misa— nos sentamos con Mónica, Abi y su hermana Nadia, era un poco extraño verlas emperifolladas para la ocasión, La primera con su vestido de color brillante y esponjado. Nadia llevaba un vestido corto con los hombros al descubierto, ella que apenas el año anterior iba en la primaria pero que sus catorce años eran suficientes para llenar con creces el vestido, Aby usaba unos pupilentes de color verde. Todas se esmeraron en su arreglo, incluso Carmen, la quinceañera, tenía nuevo peinado y maquillaje que ocultaba que aún usaba sus frenos. También sus hermanas lucían festivas, era como si fueran otras personas, diferentes de las que convivíamos cotidianamente.

Entonces todavía se podía fumar, iba armado con un par de cajetillas, una para compatir con mis amigos que pecaban de gorrones y otra que guardaba exclusivamente para mí. Acaparamos la botella de la mesa y cuando podíamos nos servíamos en otro lado. Como iba sin pareja me dediqué a beber y reflexionar. Generalmente lo único que compartía con mis amigos, eran estas búsquedas frenéticas en busca de fiestas y alcohol gratis, discusiones bizantinas sobre hazañas y retos adolescentes. El más grande bebedor, la mayor velocidad, las peleas. En mi mente circulaba la idea de que no quería estar ahí.

Al terminar el festejo nos unimos sigilosamente al cortejo familiar y terminamos en casa de la quinceañera departiendo con el padrino de la festejada, la plática giraba en torno a las defensivas en el fútbol americano, con opiniones polarizadas por el ron. Todo esto comenzaba a desesperarme, me sentía completamente sumergido en una trampa a la que caminé voluntariamente. La discusión subió de tono y los ademanes comenzaron a aparecer para darle fuerza a los argumentos porque las palabras arrastradas y balbuceantes eran insuficientes. Uno de esos manoteos terminó por golpear un vaso y derramar su contenido sobre mi pantalón, justo en la entrepierna.

Quizá fue mi forma intempestiva de ponerme en pie o la furia que brotaba de mis ojos, tal vez el canto de los pájaros que se escuchaba o la luz que comenzaba a colarse entre las ventanas, lo cierto es que fuimos invitados amablemente a abandonar la casa con la frase “muchachos, ya pasan peseros”.

Salimos, cada quien a su rumbo, algunos fueron a buscar pesero a la calzada de Tlalpan, Chucho y yo nos regresamos caminando. Sobre la calzada de las Bombas había unos arbolitos recién plantados, fui quebrando todos a mi paso, descargando una explosión de ira que a la distancia entiendo que llevaba acumulada mucho tiempo. Solamente uno de esos árboles se resistió a mi fuerza, quedó apenas doblado. Aún existe, está cerca del la entrada del hospital de traumatología y fue testigo de una de mis explosiones.

Posteriormente me encargué de mitigar mi ecocidio plantano el doble de árboles, y dejé mi enojos encerrados de nuevo, hasta que encontraron otro momento para salir.

cocinas tecnológicas

Una cocina de sueño. Habrá muchas, muchas. En mi corazón. O en la realidad. O en el destino de un viaje. O sola, o con muchos otros, o dos a solas, en todos los lugares de mi vida habrá seguramente muchas cocinas.

Banana Yoshimoto

Hace poco me señalaron que a mi cocina le falta un horno de microondas, eso fue el detonante para recordar la evolución de muchos artilugios y aparatos. Quizá desde los más básicos, mi tía Luisita hacía la mejor salsa preperada en molcajete con su tejolote, mi mamá siempre hizo la salsa en licuadora, y desde entonces las Oster han sido las elegidas por su durabilidad y desempeño. Es uno de los electrodomésticos que más veces he comprado en las diferentes mudanzas.

Las estufas solían ser de petróleo, todavía en los 80s así tenía su estufa mi tía Lolita allá en Salamanca, su cocina era tan pequeña que comía a través de la ventana sentado afuera, los accidentes eran comunes y cuando se derramaba el petróleo la estufa se incendiaba, pero en casa de Chuchita (en la colonia escuadrón 201) ya habían cambiado a la estufa de gas y se regresaron a la de petróleo luego de una explosión de un tanque de gas en una colonia vecina (La Sector Popular). No en balde el negocio más próspero fue el de Don Panchito, una petrolería que además vendía artículos de papelería y tlapalería, que estaba en la calle de Fausto Vega (antes sur 113) y que visitaba con frecuencia para comprar plumas, pilas y cartulinas.

Una de las primeras evoluciones que noté fue la batidora, que comenzó siendo un tenedor, después había un artilugio específico de metal como con tiras formando un óval al final, incluso uno que tenía un par y usaba una manivela para moverlas, en la casa compraron un philips de color crema que tenía que sostenerse con la mano, algunas veces lo movía descuidadamente y lo presionaba contra el recipiente y las aspas se detenían. Siempre me costó trabajo lavar las aspas removibles, mi mamá la usaba mucho porque le gusta hacer pasteles, yo creo que la usé un par de veces para hacer hotcakes. No he usado una en más de un cuarto de siglo.

Los primeros abrelatas que conocí eran una pieza plana de metal que tenía un destapador de un lado y una cuña trianguilar para hacer un orificio triangular en las latas, este lo usábamos para abrir las latas de leche clavel, que entonces era la única leche que se podía conservar fuera del refrigerador (antes del tetra pak). Cuando era un infante de menos de un año la leche clavel que vendían en las tiendas CONASUPO estaba racionada, solamente le venían una cierta cantidad por persona, así que mi mamá le pedía ayuda a su familia para que fueran a comprar más. Pero el abrelatas clásico era el que tenía una especie de tijera donde un estremo era una pieza casi rectangular que estaba doblada y tenía en un extremo un destapador y otra pieza era un cilindro delgado, ambas se unían y había una manivela para abrir las latas, era una tarea que casi siempre me tocaba a mí en casa, ya tenía much práctica para abrirlas rápidamente aún cuando el abrelatas estuviera oxidado. Solía ir a tomar café a casa de Claudia, siempre tenía café de Coatepec, y una vez también me invitó a comer, claro que para ella eso significaba abrir unas latas, yo me ofrecí a abrir las latas pero ella tenía un abrelatas eléctrico, creo que una parte de mí se sientió cuando los obreros eran reemplazados por máquinas. No me esperaba que tiempo después al estar viviendo en Sao Paulo regresaría a la tecnología más básica para abrir las latas.

Fue mucho tiempo sin siquiera tener un horno de microondas, aún con el auge de las palomitas de maíz. después al mudarme comencé a usarlo más, básicamente palomitas, calentar agua para té y recalentar comida o tortillas, también para hacer sincronizadas o cualquier platillo que necesitara queso derretido, cuando me mudé a Brasil el horno estaba incluído pero ahora que regresé a Mëxico ya tengo casi un año y no he comprado ninguno aún.

También recuero cuando en casa compraron una freídora, así las croquetas de atún fueron más frecuentes, o la pica lica que fue una moda de un tiempo, el extractor de jugos Turmix que era de uso rudo, a pesar de que se tenía que limpiar constantemente era de uso rudo, fue una de las pocas cosas que decidí llevarme a Brasil. Para ilustrar basta contar que durante mucho tiempo desayuné papaya picada y jugo de zanahoria, mi marchante ya los tenía preparados y tenía un extractor enorme que terminó descompuesto y que reemplazó por el mencionado, y hasta la fecha lo usa. Pero hay muchas cosas que fueron o que aún me son desconocidas que van siendo como descubrimientos, como los sartenes de teflón, o los trastes para dejar descansadas las cucharas que se usan para cocinar.

Me parece que la cocina siempre estará presente de alguna forma en nuestras vidas.

 

 

que siga la tradición

No existe ningún recuerdo por intenso que sea que no se apague …

Pedro Páramo – Juan Rulfo

Hoy vine únicamente a celebrar, a dar gracias por la bestia salvaje que nace y muere cada día en mí. A regocijarme con la visión de la que fue dotado mi corazón, con el motor inagotable que llena el tinaco sin fondo de mi azotea. La magia que fluye de mis manos cuando los dorsos no están impedidos con cruces negras y rojas. A reconocer lo poco frecuente que resultan nacimientos como el mío. La música y los colores han sido fenomenales, la familia y los amigos han creado un círculo de luz a mi alrededor y hasta he sido amado.

Jamás he estado solo, siempre cargo todos mis recuerdos, también siempre he tenido más noches que días. Algunos números corren por mis venas y la energía que emano podría secar cualquier oceáno. Todavía me faltan innumerables regalos para darme.

Me felicito.

la memoria de los virus

Fuiste al doctor por una receta, y te recetó una moraleja.

La almohada eléctrica – Jaime López

La definición de virus es poco clara una entidad que sobrevive usando otras entidades para replicarse, eso resulta que no sean autosustentables, a pesar de que el cuerpo está equipado para combatirlo, apenas dejándolo descansar, tomando líquidos e incluyendo limón, cebolla y miel en la dieta. El problema de los últimos tiempos es tener ese tiempo para descansar.

Ahora que regreso luego de algunos años mi cuerpo resulta patio de juegos para unos virus que me desconocieron, aprovecharon una debilidad para atacar —¿dónde he visto esto?— y dejar una serie de manifestanciones menores.

Quizá la más molesta sea el dolor de garganta. cuando pasar saliva comienza a doler no quieres ni hablar —mucho menos tener sustos que te trasladen algo a la garganta— las palabras comienzan a agolparse en la garganta y quedan muchos pendientes por decir.

La sensibilidad al dolor aumenta y puedes percibir todos esos Dolores que en general pasas por algo, desde los dedos de los pies hasta los de las manos, el cuello, la espalda, las piernas. La acumulación de tantas cosas, los golpes recibidos, los tropiezos con innumerables piedras.

También es difícil respirar, lo que dificulta comer, dormer y conversar, es necesario cargar papel o improvisar algo para mantener la nariz limpia. cargar una botella para mantenerse hidratado. Buscar líquidos cítricos sin azúcar, intentar reestablecer el lugar de trabajo con los dotes disminuídos.

Algunas veces con suerte se recibe una palmada en la espalda, una canción, un saludo o buenos deseos. otras veces indiferencia o una puñalada trapera —una referencia al autor de inicio— pero la mejoría depende solamente de uno, de nadie más.

Lo mejor es que la enfermedad te permite reflexionar.

 

 

llevar al baile

Ritmo. Signos que siempre son clave. Imágenes fugaces. Titubeante como una música de sombras redimidas.

Halfdan Rasmussen

Nací lleno de muchas contradicciones, pero una de ellas ha sido el baile, la actitud de mis familias materna y paterna es completamente diferente, mientras que mi familia paterna, llevo parte de ambas.

Mi madre ganó un concurso de baile junto con su hermano Juan, en Acapuco durante su juventud, cada que llegaba a casa de mi abuela veía a mi tío Juan estaba trabajando mientras escuchaba y bailaba música de la Sonora Matancera, mis abuelos Chuchita y Luis eran afectos a bailar danzón, y durante mi niñez vi muchas fiestas transcurrir al ritmo de la internacional Sonora Santanera, con mucho baile y varios gritos de “voy polla” para motivar el baile. Mi tío Luis siempre me decía que esa era la clave para conquistar a las muchachas, quisiera aclarar que el significado de muchachas podría ser muy variado, en algún viaje a Acapulco nos prometió “vamos con unas muchachas” me parece que solían ser muchachas en su juventud.

Durante mi juventud en las fiestas de mi primo Carlos con las que comenzábamos las fiestas de diciembre, participé algunas veces en las líneas de baile con mis primos y amigos, solamente lo pude hacer muy al principio, luego ellos se convirtieron en unas lumbreras para el baile, la distancia creció mucha, no es mi mayor virtud, siempre he sentido que de alguna manera eso fue una decepción para mi madre, que algunas veces me pedía bailar con ella pero como nunca le faltó con quien bailar no fui necesario, tampoco bailé con mi hermana. Aunque fui chambelán de mi prima Ale, pero mi aprendizaje formal comenzó un poco antes, en los XV años de Sandra Sheila, donde Marcela (QEDP) me enseñó lo básico y siempre estuvo dispuesta a bailar conmigo.

Porque sí disfruto el baile, a pesar de no ser lo más rítmico que pudiera, porque además de las fiestas de XV años cuando tenía alrededor de esa edad, también estaban los bailes que se organizaban en la Carmen Serdán, donde Paquis ya tenía el estilo, después fueron todas las fiestas fresonas donde predominaba el pop, yo solía bailar solo, algunas veces subiéndome a las sillas y saltando, y durante la época del slam usaba mis botas con casquillo metálico y mi chamarra desgarrada. También durante mi tiempo en la facultad, como éramos solamente dos hombres en el grupo de amigos pues nos tocaba bailar más como cuando había grupos de merengue en el auditorio. A tiempos más recientes, bailes de año nuevo en la calle, lances en el día del maestro al ritmo de youtube, lecciones de forrô o samba carnavalesca.

Pero parece que las el amor no viene junto con una pareja de baile, por alguna razón no han querido bailar conmigo, confieso que eso me ha lastimado particularmente, como si un aspecto mío fuera rechazado. Como si mi ritmo no fuera suficiente —demasiado asincrónico— quizá esta falta de empatía sea un signo.

Será que no le hice caso a mi tío y nunca lo usé como medio de conquista, bueno algunas veces pero en ninguna relación significativa, apenas de cercanía vecinal, coincidencias de moda o de dimensión. Total nunca es tarde.

 

 

 

 

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Cazadores de talentos

Muchos creen que tener talento es una suerte; nadie que la suerte pueda ser cuestión de tener talento.

Jacinto Benavente

Una de las monedas usadas en la antigüedad y famosa por su coincidencia con los tiempos de Jesucristo, además de haberse usado como moneda de cambio, era la cantidad de plata equivalente al peso del agua necesaria para llenar un ánfora: unos 34 kilos, eso sí que era una anforita.

Basta mirar alrededor para darse cuenta de los talentos de las demás personas, gracias a mi fortuna tengo personas muy cercanas con muchos talentos, comenzando por mi familia donde mi madre cuenta con un excepcional talento para bailar, relacionarse con la personas y encontrar formas de solucionar las cosas, a mi padre le encantaba innovar en cosas como carros, cámaras, sonido —lástima que dedicara tanto tiempo a un empleo que no lo llenaba—y mi hermana atrae la fortuna con gran facilidad —creo que ella no alcanza a darse cuenta de eso— además de la familia nuclear recuerdo mucho la habilidad de mi abuela en la costura o de mi abuelo al hacer los zapatos, mi sobrina Monse acaba de ser campeona nacional de Judo allá en Chiapas —cobijada con una excelente labor de sus padres— pero eso no se detiene en la familia.

Esto se extiende en muchas direcciones, tengo amigos que sobresalen en las artes plásticas, en la música (gracias Alan por el palomazo en mi cumpleaños), o en la decoración de sus casas, el acomodo estilo tetris de muebles y objetos, o en la corrección de textos, el armado de libros, los detalles de las manualidades, la facilidad para el baile la organización y la coreografía, la aguda percepción del otro, la soltura en el trabajo, la dedicación, las habilidades deportivas, el diseño, la publicidad, la locución. Ser una inspiración de los demás.

Pero la gente talentosa de la que estoy rodeado, algunas veces no perciben esos talentos en ellos mismos y se centran en sus defectos, en sus carencias, en lo que los otros esperan, quizá dejando de lado el desarrollo de los mismos. Algunos tienen metas completamente ajenas a sus talentos otros los tienen vinculados con cada aspecto de su vida.

Yo creo que mi talento es darme cuenta de las cosas. Así como hay gente que caza talentos para usarlos en su beneficio espero que yo pueda ayudarlos a usarlos en su beneficio.

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Mensajes flotando

Entre tú y la imagen de ti que a mí llega hay un espacio al cabo del cual eres sólo una memoria..

Jorge Cuesta

Hace aproximadamente un año fue encontrada en el mar báltico por un pescador alemán una botella que contenía un mensaje que lanzó Richard Platz desde Dinamarca en 1913, pudieron decifrar el remitente y hallar a su nieta Angela —que vivía en Berlín—a la que se le entregó el mensaje, unos cien años después.

Han cambiado mucho los tiempos, es difícil, imaginar ahora cifrar un mensaje, ponerlo en una botella sellada y lanzarlo al mar, dejar que flote durante años esperando que encuentre algún destinatario, más si es una mensaje de auxilio en el que se concentran las esperanzas de rescate o supervivencia. Es como poner todos los huevos en una canasta en este caso nuestras palabras en una botella de cristal.

Los mensajes han pasado por los anuncios del periódico, las últimas páginas de las revistas, los trípticos repartidos, las hojas de papel con una foto pegadas desesperadamente en todos los sitios público, incluso brincando al mundo virtual primero en forma de mensajes en los tableros de anuncios, (BBS), gopher, telnet, y luego la WWW, miles de páginas personales en el mar cibernético buscando destinatarios, canales en el IRC, tópicos de fórums, o los precursores del bloggeo como livejournal (deadjournal anyone?), después otros como hi5, facebook twitter, tumblr, y podríamos seguir nombrando.

Algunas cosas cambian con esta nueva tecnología, ahora que se puede usar la destinatario, algunos prefieren seguir lanzando mensajes anónimos, en algunos casos porque así no gastan balas para cazar amores, pero algunas personas no tienen destinatarios definidos, se encuentran en busca de que una respuesta les diga que no están solos. Que ese sentimiento que les agolpa la garganta puede ser compartido, que los pensamientos vergonzosos no son exclusivos, que las preferencias son matices y que la sangre puede hacer eco en un corazón.

Tal vez por eso suelo contestar tantos llamados, porque sé que muchas veces la apatía se apodera de las personas, cualquier molestia es pretexto para no tender una mano, algunos dicen que en casos extremos el egoísmo es saludable, otros nunca han mirado afuera de su ego. Además cada puente que se tiende es un aprendizaje, es un grano de arena en la balanza del universo, es una voz más que fue escuchada. Siento que al escuchar ese llamado uno no puede quedarse impávido.

Quizá también esto que escribo es un mensaje en una botella.

 

 

 

de compras por el tiempo

El que tiene tienda que la atienda, si no que la venda

Refrán popular

Desde pequeño acompañaba regularmente a mi mamá a hacer las compras, la mayoría era en el mercado de la 201 pero algunas veces íbamos a una tienda del Departamento del Distrito Federal allá por av. Del Taller, no había tanta variedad como hay ahora, no existían envases de tetrapak, los únicos jugos que vendían eran del valle, en recipientes de vidrio de casi 800 ml. Solamente había de uva y de manzana, había leche Carnation Clavel que requería agua pero era la única que duraba mucho tiempo, comprábamos frijoles al minuto, que eran deshidratados y venían en caja, recién hechos no eran tan malos pero no había manera de recalentar el sobrante quedaba una especie de plasta que se deshacía con un poco de fuerza. Solamente aquí vendían carnes frías , porque en las tiendas solamente vendían jamón, queso blanco y queso de puerco, bueno algunas tenían queso supremo. El pan para hamburguesas no tenía ajonjolí y le llamaban va-llenas, desde entonces había medias noches, latas de choco-milk, harina de trigo, solamente había aceite de cártamo.

Otra tienda un frecuentada era el Gigante, mucho antes de que fuera Soriana, que está en Calzada de la Viga, muy cerca del eje 8, en esa tienda había un local de videojuegos —Chispas, sin albur—, ahí vendían jugo de caña, estaba enfrente de una gasolinera y tenía una entrada por Ermita casi frente a la clínica 15 del IMSS. por ahí era difícil atravesar por causa del trolebús. Cuando mi madre estuvo delicada y viviendo en casa de Chuchita, seguía haciendo las compras en ese lugar, tenía que tomar un camión de la ruta 100 de la ruta 37 (sic) que iba de Santa Ana a la Viga y regresar cargando bolsas de plástico no tan frágiles como las de Soriana. Otras tiendas Gigante frecuentadas eran la de miramontes donde había un zapamundi y también había juegos a los que llevé algunas veces a mis primos Juan de Dios y Mariana, fui ahí donde hice mis compras la primera vez que cociné la cena de navidad, mi mamá estaba triste por la muerte de su mascota y yo me lancé a las dos de la tarde a ver qué encontraba para la cena; cuando esaba en la fila de la carnicería la mujer que estaba adelante le reclamaba al carnicer con aires de superioridad el tamaño de la pieza — ella pensaba que su estatus le bastaría para resolver el problema de las existencias durante esta temporada— al irse a reclamar al gerente el carnicero me ofreció la pierna de cerdo desdeñada por la señora: esa fue la base para la cena. La otra tienda también en Miramontes, pero es la esquina con Acoxpa, donde en estaba el Sanborns donde hay mucho movimiento de ambiente, ahí acompañaba a Raúl en sus encuentros y alguna vez el conductor de un Grand Marquis intentó contratar “mis servicios”.

En las contraesquinas de esa tienda había un Sardinero —que cambió a una bodega aurrerá—al lado del Barón Rojo y del otro lado estaba un Aurrerá —convertido después en Walmart— el que más frecuenté fue el que se construyó sobre un antiguo tianguis de automóviles en donde Miramontes se bifurca en el eje 1 OTE y el eje 2 OTE. Frente a ese walmart se encontraba la tienda del ISSSTE que tenía un estacionamiento subterráneo donde me robaron los limpiaparabrisas de Napoleón el día que fui de madrugada —habrían las 24 horas— a comprar un jugo de naranja y una botella de Terenka. Duré más de una año sin limpiaparabrisas.

En avenida Universidad, entre Miguel Ángel de Quevedo y Copilco existía otra tienda que se ufanaba de tener de todo —de Todo tiene de todo— a la que llegué a ir de niño un par de veces, tenía los pasillos muy estrechos y mucho más productos de baño que las otras tiendas.  Había un Sumesa sobre avenida centenario al lado de Río Churubusco en la entrada de Coyoacán, menos surtido que la vinata de enfrente. De casa de Azul solíamos ir al Superama, de avenida Politécnico, cuando me cambié a la Quemada podía ir a pie al Superama de Luz Saviñón. Tenía pocas cosas, algunas distintas pero más caras.

Ahora por estos lares hay Pão de Açúcar, Emporium, Extra, Sonda. Pero voy al más cercano.

 

 

 

 

 

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