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Una monedita por favor

Moneda espiritual en que se fragua todo lo que sufriste: la piragua prisionera , al azoro de tus crías, el sollozar de tus mitologíasS

SuavePatria – Ramón López Velarde

Antes de cumplir los tres años comenzaron mis viajes a la tienda y con ello el uso del dinero: monedas y billetes que han marcado diferentes etapas en mi vida, que han llenado de imágenes mi memoria. Llevaba monedas de cinco pesos, aquellas monedas grandes que tenían a Vicente Guerreo. Desde entonces me quedó la idea de que eran muy valiosas por eso las guardaba en mi alcancía. Las atesoré tanto tiempo que cuando las abandonaron la alcancía, no solamente fueron sustituidas por la moneda de Quetzalcóatl al peso ya le habían quitado tres ceros.

Poco tiempo después de mi primer mudanza, que fue apenas a un par de cuadras de la casa de mis abuelos. Durante ese tiempo era común encontrar en las calles monedas de cobre de 20 centavos con el sol saliendo sobre la pirámide y con la llamada águila gorda (que estaba en las monedas de 50 centavos con la cara de Cuauhtémoc que eran anteriores a 1970). Y yo era feliz con cada descubrimiento. Pero el mayor hallazgo fue un centavo de espiga del año de mi nacimiento. Fue mi mayor tesoro durante mucho tiempo, terminó escapando de mí. Los objetos cercanos a mi corazón terminan lejos.

Cuando entré a la primaria comencé a ganar dinero. Aprovechaba que acompañaba a mi mamá al banco para tomar fichas de depósito que luego vendía a mis compañeros, eran codiciadas porque tenían papel calca (de esas tecnologías que quedaron en el pasado), eso lo usaba para comprar y vender estampas con los logos de los equipos de la NFL, por extrañas coincidencias ese era el deporte preferido en mi salón (a diferencia de todos los demás salones que jugaban fútbol). Junté el dinero que pude y al final pude cooperar con las compras navideñas, estaba muy orgulloso de sacar mi billete azul de 50 pesos (el que tenía a Benito Juárez no el famoso ojo de gringa que tenía a Allende)

También las monedas se usaban para jugar en la calle: taparraya, tacón o cuartas. La moneda que usaba para jugar era la heptagonal de diez pesos con la imagen de Hidalgo; tenía mejor agarre y era el tamaño ideal para lanzarla con precisión. Después llegaron los videojuegos y entonces la monedas buscadas eran los pesos de Morelos. El costo de cada juego era de dos pesos, iba jugar kaboom a una farmacia enfrente de la parroquia de San Agustín de Tolentino en la Colonia Héroes de Churubusco, pero el dependiente jamás nos quería cambiar, le molestaba que su local estuviera lleno de niños, por eso teníamos que pedir cambio durante todo el trayecto de casa de mi abuela hasta la farmacia. Frente a mi escuela había otra farmacia que tenía un pinball, que costaba 5 pesos (las monedas de Quetzalcoátl) pero conseguimos robar la llave para no tener que pagar, aún con la llave jamás tomamos una moneda.

Procuro tener siempre cambio, para solventar cualquier eventualidad, quizá en parte porque siempre batallé demasiado para cambiar cuando lo necesitaba. Quizá por eso guardaba un billete de 100 de broma (era 4 veces más grande que el billete normal) y siempre preguntaba ¿tienen cambio de un billete grande? y lo sacaba. Sin importar la calidad de la broma siempre me divertía. Ese billete lo terminé perdiendo en una apuesta jugando al pókar en la azotea de un kinder con mi amigo Lalito Baruch.

Es muy común que en la revisión de los aeropuertos tenga que sacar un puñado de monedas para ponerlas en la bandeja. Ya he recibido un par de comentarios de los vigilantes (son demasiadas monedas), otros viajeros (¿es dinero mexicano?) o de algunos niños (¿es para dar bolo?).

Ahora siempre tengo monedas regadas por mi cuarto

entradas y salidas

Es el final del laberinto el que nos devuelve al punto de partida. Pero cada vez que encontramos la salida, el laberinto es otro.

Alejandro Lanúz

Hace apenas algunos días entré de nuevo a un laberinto, bajo la mirada de los volcanes más famosos de México. Comencé a caminar por un sendero desconocido, a pesar de que el destino es conocido: la salida, no es claro como los caminos que recorro me pueden llevar.

Cada camino cuenta, aún los que llegan los que topan con pared hay que recordar cuales son para no recorrerlos de nuevo. La memoria es una aliada.

Voy fijándome en cada camino, las formas de los arbustos, los objetos extraños, las huellas sutiles. Todo es parecido y diferente al mismo tiempo.

Quizá en esta ocasión el deambular no será en solitario. Las pisadas no serán homogéneas. La vida se parece un poco a un laberinto.

Y cada salida es una entrada a otro laberinto.

resurgiendo

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos
Rayuela – Julio Cortázar

as primeras cosas que llamaron mi atención poderosamente fue la calle, y esa fascinación se ha mantenido hasta ahora, a los dos años empecé a ir a la tienda por queso y crema, estaba sobre la misma acera de la casa de mis abuelos pero yo corría para darle la vuelta a la manzana y sentir que me lanzaba a la aventura, a la dueña de la tienda le parecía sumamente gracioso que llegara corriendo y gritándole “Doña Vitorita, mi chaparrita” y no es que estuviera diciéndole un cumplido era aquel refresco de tamaño infantil y sabores uva, piña y mandarina; este último era mi favorito.

De niño me enfermaba frecuentemente, siempre de las anginas, si hacía sol, si llovía, cualquier variable climática me mandaba directo al doctor. Mi padre estaba en contra de que las extirparan, así que probé todos los remedios posibles, y cuando digo todos me refiero a todos, afortunadamente en ese entonces no había tantas curas milagrosas porque de lo contrario me habría tardado mucho más en llegar a la operación, que fue en diciembre para no perder clases, en lugar de eso me perdí la cena de navidad y año nuevo. Pero no volví a enfermarme en 15 años.

Todas mis mascotas murieron trágicamente, mi tuve un pastor alemán llamado Herman que murió atropellado por un camión de la basura, después tuve otro al que nombré Darky que cayó sobre unos cables de alta tensión , tuve 2 pericos (Parménides y Tarumba) que no tenían jaula, andaban libres, pero esa libertad resultó fatal, porque uno pereció por el frío y otro en las fauces de un animal desconocido.Creo que el juguete que más me gustaba era las piezas para armar castillos, todo terminaba inconcluso cuando aparecía mi mamá exigiendo que guardara todo, sin permitirme dejar el castillo a medias para terminarlo al día siguiente. Hay un sentimiento que hay algo incompleto que se asoma de vez en cuando.

Siempre he sido exagerado y me he lanzado en empresas bizarras y gestas no siempre heroicas, cuando, me la pasaba anotado y aprendiéndome las placas, las características de los vehículos y sus conductores para poder ayudar en el combate con el crimen, mi ilusión duró hasta que descubrí que se podían cambiar las placas.

Para la Navidad del 78 junté todo el dinero posible, vendiendo estampas, con juegos de dinero, haciendo mandados comprar algo para cada uno de los asistentes a la fiesta, que era básicamente la familia, fui a comprarlos y aproveché para ir a la papelería para comprar papel y moños desde entonces me di cuenta de que jamás podría envolver algún regalo decentemente., fue la única vez que envolví un regalo para mí, era un balón de fútbol americano y era evidente lo que había bajo la penosa envoltura.

La primera vez que fumé fue el 15 de Septiembre de 1980, y fue porque no querían prestarnos ni cerillos ni encendedor para prender los cohetes y mejor nos dieron un cigarro.

Cuando iba en quinto de primaria mi papá me llevó por primera vez a la feria del libro en el pasaje Zócalo – Pino Suárez, jamás había visto tantos libros juntos, quedé fascinado por la variedad existente, y entonces me dijo que podía comprar cualquiera. Emocionado revisé mucho y escogí uno de matemática discreta, eventualmente llegué a una parte donde necesitaba ayuda para entender algunas cosas, mi maestra de la primaria no pudo ayudarme, ni mi vecino que ya iba a la universidad, bueno el caso es que nadie de mis conocidos podía ayudarme. A partir de entonces traté de saciar mi curiosidad en solitario.

Antes de tener edad para manejar tuve un Chevrolet 51 destartalado, no se podía cerrar y algunas veces había que bajarse para destrabar las velocidades, pero mi papá me dejaba su coche (un mustang 75 fastback amarillo huevo) para estacionarlo así que fui a sacar mi primer permiso para conducir recién cumplidos los 15 años, primero intenté ir a la delegación Iztacalco pero la estaban remodelando así que fui a la Venustiano Carranza, llevaba 5 mil pesos para la mordida, y como no tenían cambio me dejaron el permiso por 3 años cuando solamente lo daban por 6 meses. Por cierto me detuvieron justo el día que vencía, cuando cumplía 18 años y esto sirvió de pretexto para librarme de la multa.

Fui chambelán de mi prima, me tocó bailar un vals y un tango con final trágico (pistola de salva y toda la cosa) usé unos calcetines amarillos el día de la fiesta.

Alguna vez estuvimos planeando un viaje a California donde vivían los padrinos de mi mamá, y un poco antes del viaje mi abuela se enfermó y la operaron del corazón, el viaje se canceló, yo lo vi como una señal. Después al leer Rayuela pensaba que mi vida iba a ser parecida al personaje de Traveler (que a pesar de su nombre no ha viajado mucho), hasta los 28 años solamente había viajado dentro de un radio de 6 o 7 horas en coche de la Ciudad de México. Pero las cosas cambiaron.

Siempre quise tener unos tenis Converse rosas pero nunca encontré de mi número, tenía unos azul turquesa y unos lila, los usaba mezclados y cuando alguien me decía algo al respecto siempre contestaba lo mismo “y en mi casa tengo un par igual”.

Tuve un carro Maverik 75 que se llamaba Napoleón, lo bautizaron con vodka y se subieron toda clase de personas, desde monjas y rectores, mujeres livianas y jóvenes etílicos, hasta 23 personas al mismo tiempo, rara vez era lavado, cuando ponían el encendedor pisaba el acelerador, con él me jugué la vida muchas veces fue el caballo perfecto que todo héroe debe tener. Pero todo se acaba, tuve otros coches (varios de ellos Maverik) pero jamás fue igual.

En mi cartera cargaba una poesía (Poderoso Caballero es Don Dinero) y me servía para que los demás pudieran medir mi estado alcohólico, también cargaba con billete de cien de juguete que estaba de una tamaño del triple del normal y lo sacaba diciendo ¿no tienes cambio de un billete grande?, tenía una moneda de un centavo (era de mi año) que la tenía por si necesitaba echar un volado para decidir algo realmente importante. Ya no tengo ninguna de estas cosas.

Mis cines favoritos eran el Latino y el Manacar, en este último fui a ver el estreno de la primera película de Batman con Tim Burton, fui con mis compañeros de la prepa, todos hacían cómics con ellos mismos como personajes. Y me parece que siempre he estado en grupos a los cuales no pertenezco, alguna vez estuve dando serenata y todos los demás usaban capa (pertenecían a la rondalla), también estuve en un bar con varios periodistas del Mural en Guadalajara, o en el grupo de ajedrez de la Benito Juárez.

Ha habido 2 ocasiones que han cambiado mi manera de percibir el mundo radicalmente, la primera fue cuando usé lentes por primera vez, yo aprendía a leer los letreros lejanos, las rutas de los camiones y taxis borrosos; cuando vi nítidamente lo que me estaba perdiendo fue todo un sobresalto. La otra fue cuando fui al otorrinolaringólogo, uno muy bueno pero caro en las calles de Ejército Nacional y Musset, me lavaron el oído y toda la cerilla que obstruía el canal auditivo salió, no podía creer todo el colorido de los sonidos que escuchaba, cuando se caía una moneda, o lo que estaban hablando en el otro lado del cuarto. Claro que la consulta me costó todo el dinero que llevaba y tenía poca gasolina, solamente tenía un boleto del metro, así que tenía 2 opciones, irme por el periférico y arriesgarme a quedarme varado en un lugar incómodo, o irme por el centro por donde seguramente se acabaría la gasolina pero sería más fácil empujar el coche para orillarlo cuando se acabara. Cerré los vidrios, prendí el radio y me arriesgué, la cantidad de gasolina fue justa, se acabó y con el último impulso quedó estacionado.

Cuando fui a hacer mi solicitud para el examen para la UNAM me encontré con algunas personas en la fila, estuvimos contando chistes un rato y, cuando llegó la hora de las presentaciones, resultó que el primero se llamaba Pedro e iba estudiar Ciencias de la Comunicación, el segundo se llamaba igual e iba a estudiar lo mismo. Por eso entré a estudiar Ciencias de la Comunicación. Me cambié luego de 2 años, primero intenté con lo que puse como segunda opción en mi examen de admisión Letras Clásicas, pero cuando fui a mi entrevista el coordinador de la carrera me dijo que no querían más gente, que no escogiera esa carrera, en la maestría en matemáticas tomé una materia de Teoría de Grupos, a pesar de que el álgebra siempre me ha aburrido un poco, el primer día me di cuenta que me faltaba un poco para entenderla así que revisé el plan de estudio y me di cuenta de que me faltaban 3 cursos, pero en una semana me puse al corriente.

Un día estaba en la calle de Acoxpa, esperando el camión 79 de la extinta Ruta 100, en esas épocas solamente compraba un abono de transporte compartía partiéndolo a la mitad y completando la otra parte con cartón dibujado, mi comida solían ser una pepsi y unos cacahuates japoneses. Se acercó un campesino y me preguntó que cómo llegaba a Tláhuac. Le dí el dinero que había estado atesorando para comprar una torta y lo escolté a la glorieta de vaqueritos y lo encaminé. Siempre he tenido presente el sufrimiento ajeno, pero se hace lo que se puede.

Cuando llegaba a un restaurante donde te ofrecían solamente limonada y naranjada, generalmente pedía ambas. Algunas veces uno puede negarse a escoger. Siempre puede uno negarse a escoger pero las elecciones son las que nos van formando (y no hablo de política).

Necesito la música, aunque he pasado períodos de sequía siempre vuelvo, necesito escuchar y descubrir. De pequeño veía que los adultos siempre se quejaban de la nueva música, se negaban a escucharla realmente. Desde entonces me dije que no quería ser así, y no solamente con la música, cuando te quedas estático aferrado al pasado comienzas a morir.

La cosa de la que más me arrepiento es cuando recibí una llamada donde me preguntaron: “¿está Conchita?” y no respondí “No, estoy con Tarzán” yo sé que jamás se me presentará esa oportunidad de nuevo.

Pirotecnia patria

¿Quién, en la noche que asusta a la rana, no miró, antes de saber del vicio, del brazo de su novia, la galana pólvora de los juegos de artificio?.
López Velarde

Septiembre, mes de la patria, de las celebraciones, de los cohetes y de la comida. Durante mi infancia siempre fue un mes gozoso, rodeado de recuerdos de inicio de clases, festivales y fiestas familiares.

Reuniones en torno al grito llenas de color, sabor y licor. Los adultos abandonaban la vigilancia de los niños, para llenarse de orgullo patrio: antojitos y tequila. Nosotros sacábamos los cohetes que habíamos comprado con los ahorros de mucho tiempo. Era una combinación pirotécnica.

Mi padre me enseñó a tronar cohetes en la mano como parte de mi formación masculina. Tenía que alejarlo de la cara, sostenerlo sin apretarlos en la punta del los dedos y soltarlo justo en el momento de la explosión. El quince de septiembre se negaba a prestarme los cerillos para encender las mechas. Él alegaba que era por mi seguridad pero yo sospechaba que los necesitaban para encender sus cigarros. Accedió a darme en cambio, un “kent” que nos duró algunos minutos. Para evitar que se apagara, tuve que darle el golpe: así comencé a fumar.

Siempre tuve alma incendiaria y bélica. Jugaba con soldaditos de plástico verde, de esos que tenían mucha rebaba alrededor. Usaba unos conos de plástico que solían tener hilo alrededor (mi familia se dedicaba a la costura), que pretendía eran aviones, los prendía y, al pasar encima del ejército de juguete, los conos soltaban pedacitos de plástico encendido que calcinaba a los soldados. También podía bombardear barquitos de papel. Cuando fallaba el plástico silbaba dejando pedazos amorfos sobre el agua. Construía cañones con partes de cohetes, buscapiés y cabezas de cerillo. Pero los mayores daños no eran los sufría el ejército sino mis manos cuando el viento cambiaba de dirección y la flama del cañón las quemaba o una bomba caía sobre el pie.

Después del grito y la cena salía a la calle con mis amigos de la cuadra y jugábamos guerritas con brujas (garbanzos cubiertos de pólvora), para lanzarlas uśabamos una especie de resorteras hechas con un pedazo de globo, pegado con cinta adhesiva transparente alrededor de un carrete de cinta vacío. . El arma podía lanzar la brujas a una velocidad decente, casi no quemaban pero sí dolían, era el gotcha de aquellos tiempos. Cuando capturábamos a un enemigo, lo encerrábamos en un agujero (estaba destinado a un poste de luz, pero duró mucho tiempo abierto), el prisionero cabía de pie y lo cubríamos con una avalancha y le arrojábamos cohetes, podría parecer cruel, pero respetábamos las porque nunca usábamos palomas con prisioneros de guerra.

La guerra no estarían completa sin la artillería: bote de chiles en vinagre (vacíos por supuesto) que intentábamos lanzar lo más lejos posible, aquí sí utilizábamos los explosivos más potentes, generalmente poníamos una mecha larga para tener tiempo de correr y ponerse a salvo. Ocasionalmente poníamos cohetes en botes de basura, bancas de cemento en el parque o sanitarios, el clásico sabotaje.

Yo creo que tanto escuchar el himno nacional, escuchar los vivas a los héroes y ver los desfiles; nos despertaba esos deseos de enfrascarnos en juegos castrenses.

a los trece

..porque esa riqueza que es juventud se pierde día con día, y por tanto habría que gozarla día con día, alegre, frenéticamente, para sólo dejarle a la muerte un cuerpo enteramente gastado, vacío, sin una gota de vida por vivir….
José de la Colina

Fueron unas vacaciones familiares, era un viaje corto, tomamos el autobús en la terminal de Taxqueña. En total nueve primos, desde los seis hasta los quince años. Yo estaba emocionado por la oportunidad de estar en una alberca, de tener montón de espacio para jugar con mi primo Carlos que era apenas un año y medio mayor.

Frente a nuestra cabaña, donde nos acomodábamos lo mejor posible se hospedaba una familia con una sola hija: Laura. Tenía el cabello rojo y crespo, que parecía que nunca se deformaba; la piel lechosa y con pecas, los ojos claros e inquietos.

Mientras jugaba tenis de mesa con Carlos ella pidió unirse con una amiga, yo acepté sin pensar. Depués de un par de juegos su amiga se retiró y continuamos jugando nosotros dos contra ella, mi primo se fue luego de 3 partidos, no muy contento.

Los siguientes días los pasé junto a ella, entre la alberca, el jardín y los juegos. Tan enfrascado en ella que no sabía lo que pasaba alrededor, algunas veces me sorprendía viendo sus incipientes singularidades enfundadas en un traje de baño completo y oscuro. Entonces me preguntó por qué usaba calzones abajo del traje de baño, me pusé rojo y sentí la cara caliente, no sabía qué responder ¿Por qué nunca me dijeron eso antes? Bajé la mirada como aceptando una derrota pero ella acarició mi cabello que aún escurría agua clorada. Levanté la mirada feliz y alcancé a ver a Carlos a lo lejos.

Al regresar a la cabaña mi primo se burló de mi gritando “¡Estás enamorado!” me tomó por sorpresa, mi cachetes se encendieron aún más que con la pregunta de Laura y sentí mucha vergüenza, como si estuviera desnudo, como si hubieran descubierto mi secreto más íntimo o como si hubiera hecho algo malo. Ni siquiera podía contestar porque no podía descifrar mis sentimientos, era como un nudo de fuerzas desconocidas que tiraban para todos lados. Pero si alguien más se había dado cuenta seguramente sería cierto. La única referencia que tenía eran las películas, así decidí hacer algo al respecto.

Conseguí una pluma, arranqué un lado del cartón de una caja cereal, le escribí una carta de amor y la deslicé bajo la puerta. La mañana siguiente lo único que obtuve fue una mirada de reprobación de sus padres. Fue justo el día de nuestra partida, el autobús de regreso salía a la una de la tarde.

Se desató una tormenta tropical (¡En Morelos!) que retrasó nuestra salida por varias horas. Estoy convencido que eran mis emociones desatando las fuerzas de la naturaleza como un último intento que nos obligara a quedarnos otro día. Anhelaba tanto esa oportunidad pero escampó poco antes de caer la noche. Regresé sentado en el asiento junto a la ventana con la cara pegada al cristal frío embargado de tristeza y confusión. Mi adolescencia llegó a esa edad, de golpe.

Peregrinar

El buen vino, resucita al peregrino.

Refrán

Mi familia es devota de la virgen de San Juan de los Lagos, solían hacer una peregrinación de Salamanca a San Juan de los Lagos los últimos días de enero. Principalmente porque diciembre era el mes con más trabajo, el primer mes era el menos ocupado y todavía sobraba algo de las ganancias decembrinas. Yo caminé el trayecto en un par de ocasiones, la primera a los once años, cuando faltar un par de semanas a la escuela era irrelevante, la segunda a los 17 cuando fue la contingencia ambiental por un mes.

Llegábamos a Salamanca con la familia, y hacíamos el firme propósito de salir temprano al día siguiente para no caminar bajo el sol. Pero mis tíos Juan y Jesús sacaban sus guitarras y comenzaban con la bohemia, con todo tipo de música, hasta algunos tangos para que el trago deslizara con mayor facilidad.

Nunca es fácil comenzar con un trayecto bajo el sol y menos con la cruda encima, por eso el letrero que anunciaba que la distancia a recorrer eran 17 kilómetros sonaba a burla. Caminábamos al lado de la carretera en el sentido contrario al de los automóviles, por seguridad. Al llegar a Irapuato nos acomodábamos a dormir en un techo al lado del estadio.

El camino a Silao es un pedazo de carretera y luego tomamos el sendero junto a la vía del tren, o caminando sobre los durmientes. Generalmente caminan sobre las vías los que tienen el paso muy corto (de la distancia entre durmientes) o los que , como yo, nos vale madre el terreno. Basta un zapato adecuado, porque una mala elección puede causar que quedes lleno de ampollas. Era común decir que cada ampolla representaba un pecado que se expiaba durante el camino.

La primera vez en Silao, todos teníamos demasiada hambre y no había muchas opciones para comer, todavía no se encendía el anafre así que en una ocurrencia brillante de mi tío Raúl rodeó un bolillo con una tortilla. Aún en ese entonces la naturaleza chilanga salía a flote.

El camino de Silao hacia León es pesado, al menos psicológicamente, la carretera no tiene curvas, únicamente pendientes. Lo peor de todo es que cuando ves el aeropuerto piensas que estás cerca, pero aún faltan tres horas de camino, al menos.

En esa parte del camino comienzan los que reparten café, té de canela, naranjas y hasta comidas completas. Porque antes de ese punto los precios de la comida son muy elevados y hasta el agua la cobran cara, incluso si tiene tierra.

En esa parte, la primera vez que fui cometí el error de tomar un atajo, de pedir aventón y no caminar ese trayecto, aún bajo la advertencia de que la virgen era muy estricta con el cumplimiento de las mandas. En mi segundo viaje tuve un tropezón que lastimó mi tobillo, se hinchó tanto que tuve que cortar mi pantalón. Y caminar casi renguendo todo el camino restante (justo lo que no había caminado la primera vez), sané milagrosamente al llegar a León.

Siempre nos deteníamos ahí una noche, nos quedábamos en un hotel, para bañarnos, dormir en una cama e ir a la feria. No importaba el cansansio, nunca dejábamos ir esa oportunidad.

La segunda parte del trayecto comenzaba con un plato de frijoles en unos puestos que se encontraban en un lugar llamado la i griega, porque era la unión de dos carreteras, después de eso nos adentrábamos en la poca espesura del paisaje.

Llegábamos todavía de noche al Cerro de las Cruces y esperábamos a que clareara el día para poder bajar por los intrincados caminos de piedra, pasábamos al lado del Cerro de la Mesa cerca de un arroyo frío donde había algunos puestos de comida, mis tíos pedían leche caliente, atole o café. Yo era el único que buscaba algo frío. el probela con los esquimos era que si volteabas el vaso no se caían, era más difícil beberlos.

Al incorporanos de nuevo a la carretera el trayecto estaba lleno de peregrinos,el paso por la Puerta del Llano era entre ríos de gente, y la gente que repartía comida y daba ayuda a los peregrinos también era abundante, el auténtico espíritu religioso estaba en el aire.

En el trayecto final se unían algunas personas más, ese último caminar que culminaba con la entrada a la iglesia te iba llenando de un sentimiento de satisfacción como si una proeza se terminara, y de alguna forma era así.

Coyoacán

Las apariencias engañan tanto
que en Coyoacán se quita el arete
porque ya todos lo fusilaron
-caricaturas del mequetrefe-.

El Mequetrefe – Jaime López

El fin de semana acudí a una invitación de mi prima para verla bailar en un espectáculo en el Foro Cultural Coyoacanense “Hugo Argüelles”. Bastó un poco de tiempo en ese lugar para que me inundaran recuerdos de vivencias en esos derroteros.

Como la exposición de café en el museo de las culturas populares, donde probé todos los cafés que expusieron, resultando gratamente sorprendido con el de Brasil y decepcionado del sabor del café cubano. También llevé a mi abuelo a un espectáculo de radio donde tocaban los jingles antiguos (“burbujita burbujita, de la sal de uvas Picot”, “siga los tres movimientos de fab”) o la frase “apague la luz y escuche” en voz de Arturo de Córdova o Velia Vegar en la radionovela “Dispara Margot dispara” antes de que fuera un podcast. También fui a una exposición de lucha libre, llena de máscaras y radiografías. A unos pasos había una tienda que vendía cigarros príncipes, cuando los fumaba los compraba en esa tienda o en la estación de trenes, sí en Buenavista, Buenavista, Buenavista.

En las aventuras de alcoholesencia solíamos llevar a las personas a conocer el callejón del aguacate, contar la leyenda y mientras se aventuraban alguien llegaba por el otro lado a asustarlos. Otras veces nos quedábamos bebiendo en el coche en la calle Encantada (así se llama). Comprábamos un Richardson y un par de pepsis en bolsa. Cerca de ahí, sobre la calle Francisco Sosa está el parque Santa Catarina y detrás el teatro del mismo nombre. Ahí vi un gran obra: Enemigo de Clase de Nigel Williams con un súper elenco: Eduardo Palomo, Bruno Bichir, Darío T. Pie, Roberto Sosa y Simón Guevara, incluso me entrevistaron justo antes de la función.

Los bares, cantinas y demás también eran destino, aunque no tan frecuente. La cantina la Guadalupana era un lugar seguro para muchos compañeros de prepa, alguna vez tuve una plática intensa donde derramé el vaso de whisky yo creo como una protesta del subconsciente. Ya en este milenio la bipo se convirtió en un lugar de celebración, aún si no tenía mucho que celebrar. Hay una infinidad de cafés , el más famoso, aunque no el mejor, es el jarocho.  Donde tuve una plática respecto a las olimpiadas de Grecia que desembocó en mi matrimonio.

También fueron mis rumbos bibliográficos, estaba la librería el Parnaso, y a una distancia corta la Gandhi y el Sótano. Cuando iba en la preparatoria, mientras desayunaba en la cafetería  del Sótano encontré al maestro del taller de cuento, que además era hermano de un compañero (Alejandro) y que saltaría a la fama como escritor con su novela “En busca de Klingsor”. Bastante tiempo después, ahora en la cafetería de la Gandhi:  director de Tesis y maestría Arturo Gochicoa, en la cafetería debatiendo y jugando ajedrez; acordamos librar un partida pero a la fecha eso no ha ocurrido. 

También los restaurantes que dan al Jardín Centenario tienen recuerdos: mis alumnos me invitaron a comer a Los Danzantes luego de terminar un curso particularmente laborioso. El entrevero es un lugar donde me gusta comer carne y tomar vino. En el hijo del cuervo recuerdo aquella salida con Pimpo, Nancy y demás amigas pertenecientes al Grupo Reforma  (El Norte, el Mural, el Reforma), esa vez sí aplicaba lo de bendito entre las mujeres.  Donde se gestó mi visita a Guadalajara en semana santa.

Además están los 15 de septiembre

Cambio de año

Reflexiona sobre tus bendiciones presentes, de las que todo hombre posee muchas; no sobre tus pasadas penas, de las que todos tienen algunas.

 Charles Dickens

Algo acaba y comienza cada que cierro los ojos.

Las vivencias de los años terminados en 8 se parecen entre sí, pero cada una ha reservado algo diferente. Han sido muy influyentes, de alguna manera me fueron forjando

El primero de esos años la vivía enfermo, tanto que llegué al quirófano para que me retiraran unas amígdalas que estaban tan infectadas que no tenían salvación, que me orillaron a probar todos los remedios existentes, a que mis glúteos se acostumbraran a la penicilina.  También me hicieron huir del sol, de la lluvia, de la agitación, para evitar enfermedades. La operación fue hacia fin de año para no perder clases, no pude probar la cena navideña ni de año nuevo. Me dejó un antojo permanente de pastel de carne, ensalada de manzana y sopa de codito fría pero una cierta aversión a la nieve de limón (que servía para la cicatrización). Los años posteriores mi salud fue inquebrantable.


La siguiente década fue un punto de quiebre, el truene del primer gran amor, después del cual busqué religiosamente olvidar al estilo Jalisco, pero las bebidas no me hicieron llorar ni olvidar, fue un vivir de noche enfrentando aventuras con poca visibilidad, estar tentando a la suerte. Cualquier temor parecía absurdo, una idea fija de inmortalidad (aún no se prueba lo contrario) me hizo tomar todos los riesgos y salir victorioso con una etiqueta legendaria como premio. Lleno de cicatrices.

Poco antes de que terminara el milenio en un año lleno de películas significativas, se disolvía la relación más larga que he tenido a la fecha. Cambié mi forma de ser, terminé de escribir mi tesis en un día. Me titulé e hice circo maorma y teatro. Pero todo terminó.

Ya en este milenio fue mi divorcio, seguido de una relaciòn breve y tormentosa, Terminé el año cansado y con pocas esperanzas al futuro. En ese momento había recuperado algo de forma física, estaba en el mejor estado en mucho tiempo pero fui igualmente rechazado, eso se quedó en alguna parte de mi corazón.

Este año fue diferente, las penas del corazón fueron el año pasado. Fue un año de caminar lento, de hacer cosas diferentes, de cumplir sueños y de expresarme más. De comenzar cambiar de pensamiento, dejar atrás los miedos. Me siento afortunado y agradecido por todo lo vivido, he recibido más apoyo de lo que hubiera imaginado.

Les deseo lo mejor para el tiempo venidero.


Fiestas decembrinas

Yo me atraco de jamón y el envidioso sufre la indigestión

Refrán

Cuando era muy niño durante esta temporada siempre me preguntaba lo que serían las “cembrinas” porque escuchaba “fiestas de cembrinas” por todos lados. Nunca me animé a preguntar, lo entendí poco tiempo después cuando aprendí a leer. Recuerdo mucho aquella primera visita al mercado de la 201 en época navideña, en pagar con un billete nuevo y azul y recibir mucho cambio —esto antes de que naciera mi hermana y durante plena crisis petrolera— ese día encontré una moneda en el piso —una de veinte centavos de cobre— como para coronar un día de suerte.

Las posadas las disfruté hasta la adolescencia, de niño me concentraba en mantener la vela prendida durante la procesión, el ponche era una bebida demasiado caliente para mi gusto, debido a mi estatura y a que en esa época todas las piñatas eran de barro, nunca me tocaba pegarle a la piñata, solamente me dedicaba a recoger cacahuates, jícamas y cañas. El tiempo pasó y las posadas a las que iba fueron otras donde las piñatas ahora contenían Dalton 14 para satisfacer al público fumante, sin embargo una de las cosas que cambió sin que logre ubicar el tiempo exacto fue lo que se cantaba lo que se solía cantar “Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes pierdes el camino, dale, dale dale, no pierdas el tino mide la distancia que hay en el camino”  en algún momento la segunda estrofa pasó a decir “Ya le diste uno, ya le diste dos, ya le diste tres y tu tiempo se acabó”, yo creo que eso se debió al cambio a las piñatas de cartón.

La escena típica de navidad es el pavo —un guajolote al horno– aunque eso no era tan frecuente en la familia, generalmente había bacalao —a la vizcaína casi la única forma en que lo comemos— ese le gustaba a mi mamá en particular para después hacer tortas de bacalao, también había romeritos o pierna al horno generalmente acompañada de ensaldas o bien de manzana o de zanahoria rallada con piña. —este último plato es el que solíamos comer mi tío Mundo y yo— en año nuevo, como diciembre es la época más ocupada del comercio en un principio iban a comprar o pozole o birria en el mercado de Garibaldi. Cuando había pierna o spaghetti de fin de año ese servía para el recalentado viendo los tazones.

Después de la cena de fin de año, siempre salía a la calle, de niño a jugar —fútbol americano generalmente— y en la alcoholescencia a dejar un rastro de botellas en la calle, entre música pláticas y bromas, y algunas visitas para dar el abrazo —se usaba de pretexto— pero siempre terminábamos en la calle.

La anticipación que impedía dormir el día de reyes se fue disolviendo con el tiempo, pero el antojo de rosca con chocolate y el alboroto cuando cada quien  cortaba un pedazo y adivinar a quién le tocaba el niño nunca menguo. El ritual durante mucho tiempo fue hasta en la oficina, ahora en otro país es una de las cosas que extraño.

Supongo que todos tenemos recuerdos semejantes.

momentos

Nada de lo que fue vuelve a ser, y las cosas y los hombres y los niños no son lo que fueron un día.

Ernesto Sábato

Le di una mordida a mi sope, y un sabor nuevo me sorprendió. Nunca había probado ese tipo de frijol, al menos no en un sope. Mi primer pensamiento fue ya era otra época, que el mundo había cambiado, que quizá no volvería a probar los sopes que conocí. Pero casi inmediatamente me di cuenta de la trampa. El universo siempre está cambiando.

Ya he tenido que hacer varias actualizaciones en mi mente para adoptar estos cambios. Por ejemplo, hace tiempo me costó mucho trabajo conseguir el libro de “Mira los Arlequines” de Vladimir Nabokov. Durante mucho tiempo llevaba esa traba internamente hasta que hace poco hice una visita a la libería Gandhi, donde si bien no lo encontré me dio la pauta para pedirlo por Amazon y ya lo tengo en mis manos. La película los 120 días de Sodoma estaba prohibida y era prácticamente imposible conseguirla; se podía ver en algunas funciones de Ciudad Universitaria o en el Juglar en el ciclo de cine gay. Ahora el Blu-ray cuesta 100 pesos y lo entregan al día siguiente.

El tiempo de las estufas de petróleo era otro, tiene muchísmos años que no es usado el petróleo para desinfectar una herida en mi piel. Ya no veo a mi abuela agitando el frasco del combustible para mejorar su funcionamiento, algunas tan fuerte que causaba un pequeño incendio en la cocina. También recuerdo la cocina de mi tía Lolita allá en Salamanca, una habitación triangular, tan pequeña que tenía que comer sentado afuera de la cocina y tomando los alimentos a través de la ventana.

También en este mundo está ausente mi tía Luisita, el sabor de sus guisos, aún a la fecha me sorprende lo bien que me sabía su ensalada, como cortaba la lechuga en tiras finitas y la condimentaba apenas con vinagre o limón y sal (quizá aceite), pero todo en las justa medida. Siempre me encomendaba a las ánimas del purgatorio, su protección aún me sigue acompañando.

En este mundo los nuevos pesos ya están tan gastados que no alcanzan para nada, ya no se utilizan aquellas monedas heptagonales de diez pesos con la cara de Hidalgo. Servían para todos los juegos de calle, taparraya, tacón, cuartas. En el tiempo en que los billetes de Juárez eran de cincuenta y los de Morelos de veinte. Y en época de posadas el canto era “mide la distancia que hay en el camino” en lugar de “ya le diste uno, ya le diste dos…”

Ya no hay del valle de toronja, el mejor refresco para combinar con vodka. Las relledonas, con su empaque individual, el chocolate krish krash, el refresco team, tantos sabores que quedaron en el pasado.

Pero todos esos cambios son sutiles y están en movimiento, cada instante son movimientos apenas perceptibles. Siempre ha sido así, siempre será de esa forma. Algunas veces no son tan sutiles, puede que un meteorito extinga una especie, una erupción destruya un poblado. También los temblores nos siguen moviendo después de que ocurren.

Quizá por eso es importale prestarle atención a lo que ocurre en este momento. En cada respiro, en cada imagen, cada sonido. Porque se van