Archivo de la categoría: Adolescencia

primero es lo primero

Desayunar como rey, comer como príncipe y cenar como mendigo

Refrán

Mi comida preferida es el desayuno. Aún si generalmente no se tiene suficiente tiempo para disfrutarlo.

Durante la infancia nos daban chocolate, un pan de dulce y generalmente una torta. Mis padres tomaban café con leche, mi papá una cucharada copeteada de café y 2 de azúcar; mi mamá pedía las cucharadas ralitas. Los fines de semana había algunas veces huevo, generalmente con jamón o con salchicha, (extraordinariamente con frijoles), algunas veces hot cakes. Ahí vi a mi padre haciendo malabares para hacer el desayuno completo con 1 huevo y una cucharada de frijoles. También fueron mis primeras incursiones en la cocina. Me aventuré a incluir el queso amarillo en el huevo, para hacerle el desayuno a mi hermana y decirle que eran unos huevos a la benedict (yo entonces ni idea tenía de lo que eran).

Algunas veces, especialmente durante el verano iba a desayunar con mi tía Luisita y ella me preparaba un chocolate de tablilla y después lo enfriaba amorosamente vacíandolo entre dos jarros para que lo pudiera tomar (nunca he podido tomar líquidos a altas temperaturas, a diferencia de mi padre que le gustaba que el recipiente estuviera a punto de derretirse), y lo acompañaba de un bolillo recién comprado en la panadería la Esperanza relleno de frijoles de la olla, era un desayuno de sabor celestial.

Durante mi infancia algunas veces mi mamá nos llevaba muy temprano a Chapultepec, y como consideraba que las tortas que solamente tenían la mitad con relleno que vendían ahí como un desayuno adecuado, esperábamos hasta regresar y pasábamos al Burguer Boy que estaba cerca de Taxqueña y Miramontes. A pesar de tener a mi disposición la unefante, la brontodoble y la dinotriple siempre pedía los hot cakes, jamás he pedido hamburguesas para el desayuno.

Cuando viajábamos a San Juan de los Lagos, donde teníamos dos opciones para desayunar, un restaurante donde el servicio era más lento que la burocracia, mi abuela Chuchita solía decir que pidiéramos de una vez para el día siguiente, en ese lugar me abstenía de pedir hot cakes porque demoraban una eternidad, simpre pedía huevos revueltos. La otra opción era ir al mercado donde todos pedían leche caliente (algunos para hacer café) pero yo me escabullía para beber leche bronca, generalmente acompañada de algún pan de dulce.

Durante la alcoholescencia aparecieron diferentes necesidades nutricionales, además de antioxidantes necesitábamos alimentos con elementos anticruda. El primer lugar fue el mercado de la 201 donde íbamos por barbacoa y pancita. Algunas veces íbamos a las gorditas que estaban justo afuera, aunque generalmente pedía un huarache con huevo. Ya en el retorno comprábamos quesadillas de sesos en las carnitas de la esquina (era lo más barato) y cuando había abundancia íbamos por unos tlacoyos de masa azul y unos esquimos.

En la oficina, antes de que la palabra godín fuera asignada y sobreutilizada, los viernes solían ser los días en los que pedíamos el desayuno, yo solía elegir el “cotorro” que eran tacos de huevo cubiertos de salsa de frijol, algo así como las enfrijoladas veracruzanas de algunos restaurantes. Otro platillo obligado eran los chilaquiles, regularmente después de un jueves social. Mucho tiempo mi desayuno fue un vaso de papaya picada (sin albur) y un jugo de zanahoria, ya incluso tenía mi marchante. En un viaje de trabajo probé en el desayuno un huevo con fresas salteadas, fue una grata sorpresa que no he repetido hasta entonces.

Cuando vivía cerca del metro Portales, algunas veces iba al mercado a desayunar barbacoa, sentado justo enfrente de una pintura de ovejas con un letrero que dice que el señor es nuestro pastor, o la comer una torta de pierna horneada acompañada de un jugo mitad zanahoria mitad naranja del puesto de frutas de enfrente.

Cuando comencé mi mudanza a Brasil viví casi seis meses en hoteles donde había desayuno buffete de desayuno, y cuando me establecí comencé a buscar lugares que tenían esta modalidad. O incluso una combinación de desayuno y lunch (brunch por la contracción de breakfas lunch), de los viajes a Londres me quedé con una afición por el té English Breakfast, la ventaja de que el té también combina con la tarde.

Ojalá hubiera más tiempo para desayunar.

 

 

 

 

 

 

Taxqueña

Nunca escribas sobre un lugar hasta que estés lejos de él.

Ernest Hemingway

La calzada de Taxqueña nace donde está el sindicato de músicos y muere en la avenida Tláhuac a un lado del ex convento de san Juan evangelista. Fue partícipe de múltiples vivencias.

Recién mudado a la CTM nada más había dos caminos para llegar, uno pasaba por el puente del toro (en avenida Tláhuac) y otro al lado del centro antirrábico, que se enconbraba en la esquina de Taxqueña con escuela naval militar. En esa calle, casi con Apaches era donde iba a las tortillas.

Esa calzada fue testigo de mi único paseo en bicicleta con mi padre, en aquella rodada 26. Cuando iba en quinto de primaria e iba con mi padre, en el el cruce con el eje 3 ote. solíamos cncontrarnos con mi maestra Blanca (le apodaban Amanda Miguel por su abundante cabello) entonces durante todo ese curso casi siempre llegué al mismo tiempo que la maestra.

Ese era el paso obligado cuando íbamos al cerro de la estrella. Había un balneario con alberca cerca de avenida Tláhuac, solía ir con Paco y en el camino había una mueblería con un altar al Santo, que estaba coronado con una máscara.

La terminal de la línea dos era el metro más cercano, durante la hora pica a veces tardaba 45 minutos en llegar, quizá ahora sea peor. Algunas veces era en pesero algunas otras en carro.

Un día, regresando de una fiesta se ponchó una llanta de mi coche (evento usual) y nos tardamos un poco más en cambiarla, del otro lado de la acera donde está la vocacional. justo enfrente de unos edificios. Nos tocó presenciar un drama familiar mientras cambiábamos la llanta.

Fuimos a muchas fiestas alrededor, desde los XV años de Érica donde me la pasé bailando solo, y subiéndome en las sillas con Bon Jovi de fondo, después hubo una donde el slam era lo que predominaba, tenía botas con caquillo de metal y mi chamarra con metal para golpear. Incluso hubo una fiesta donde la celebración consistió en cantar mientras alguien tocaba el piano!!!

Ahí había un Burger Boy que visitábamos de niños en general al regresar de Chapultepec, depués un café donde hubo algunas pláticas, casi al final había una pizzería, después del parque donde llegaban los trolebuses.

Hace tiempo que no la recorro, quizá no reconozca muchas cosas.

 

Explosiones

La ira es una locura de corta duración.

Horacio

Teníamos una fiesta, fuimos invitados a los quince años de Carmen. En esta ocasión no éramos colados, —como había sucedido en la fiesta de Ingrid, donde Abigail nos regaló sus boletos porque no pudo asistir— ahora hasta la familia nos conocía, teníamos invitación, boletos y toda la cosa.

Éramos más de los que caben en un automóvil, aunque en mi coche ya había llevado hasta veintitrés personas, ahora íbamos vestidos demasiado formales como para viajar en la cajuela o el toldo. Nos fuimos a la base de las peseros Peni-San Lázaro a La Virgen y le ofrecimos a una combi quinientos pesos por persona —los camiones ruta 100 costaban 300 pesos y el viaje más corto en pesero 350— era más de lo que ganaría en un viaje, pero menos que nos cobraría un taxi por llevarnos a todos.

Llegamos relativamente temprano al salón que estaba en prolongación División del Norte —jamás íbamos a misa— nos sentamos con Mónica, Abi y su hermana Nadia, era un poco extraño verlas emperifolladas para la ocasión, La primera con su vestido de color brillante y esponjado. Nadia llevaba un vestido corto con los hombros al descubierto, ella que apenas el año anterior iba en la primaria pero que sus catorce años eran suficientes para llenar con creces el vestido, Aby usaba unos pupilentes de color verde. Todas se esmeraron en su arreglo, incluso Carmen, la quinceañera, tenía nuevo peinado y maquillaje que ocultaba que aún usaba sus frenos. También sus hermanas lucían festivas, era como si fueran otras personas, diferentes de las que convivíamos cotidianamente.

Entonces todavía se podía fumar, iba armado con un par de cajetillas, una para compatir con mis amigos que pecaban de gorrones y otra que guardaba exclusivamente para mí. Acaparamos la botella de la mesa y cuando podíamos nos servíamos en otro lado. Como iba sin pareja me dediqué a beber y reflexionar. Generalmente lo único que compartía con mis amigos, eran estas búsquedas frenéticas en busca de fiestas y alcohol gratis, discusiones bizantinas sobre hazañas y retos adolescentes. El más grande bebedor, la mayor velocidad, las peleas. En mi mente circulaba la idea de que no quería estar ahí.

Al terminar el festejo nos unimos sigilosamente al cortejo familiar y terminamos en casa de la quinceañera departiendo con el padrino de la festejada, la plática giraba en torno a las defensivas en el fútbol americano, con opiniones polarizadas por el ron. Todo esto comenzaba a desesperarme, me sentía completamente sumergido en una trampa a la que caminé voluntariamente. La discusión subió de tono y los ademanes comenzaron a aparecer para darle fuerza a los argumentos porque las palabras arrastradas y balbuceantes eran insuficientes. Uno de esos manoteos terminó por golpear un vaso y derramar su contenido sobre mi pantalón, justo en la entrepierna.

Quizá fue mi forma intempestiva de ponerme en pie o la furia que brotaba de mis ojos, tal vez el canto de los pájaros que se escuchaba o la luz que comenzaba a colarse entre las ventanas, lo cierto es que fuimos invitados amablemente a abandonar la casa con la frase “muchachos, ya pasan peseros”.

Salimos, cada quien a su rumbo, algunos fueron a buscar pesero a la calzada de Tlalpan, Chucho y yo nos regresamos caminando. Sobre la calzada de las Bombas había unos arbolitos recién plantados, fui quebrando todos a mi paso, descargando una explosión de ira que a la distancia entiendo que llevaba acumulada mucho tiempo. Solamente uno de esos árboles se resistió a mi fuerza, quedó apenas doblado. Aún existe, está cerca del la entrada del hospital de traumatología y fue testigo de una de mis explosiones.

Posteriormente me encargué de mitigar mi ecocidio plantano el doble de árboles, y dejé mi enojos encerrados de nuevo, hasta que encontraron otro momento para salir.

Del vinil al cd en una noche

La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido.

Leonard Bernstein

El CD es una invención ochentera pero fue hasta casi finalizar la década cuando consideré por primera vez comprar un CD. Entonces el costo era 4 veces mayor, un disco de vinil de larga duración costaba 15000 viejos pesos, mientras que el mismo disco en CD era de 60000. El disco era el Music for the Masses the Depeche Mode.

Luego de años sin comprar, o siquiera considerar su compra el siguiente acercamiento fue en el años 90, justo después de que Paco y Felipe fueran de vacaciones a Los Angeles —Paco fue el único en regresar— y uno de los souvenirs que trajo fue un disco de The Eagles —justo el que pensaron el Hotel California— además de contarnos la popularidad de Los Simpsons que estaba a punto de invadir México también relató lo baratos que resultaban los discos compactos, ese lo encontró en la basura. Pero nadie tenía aparato para tocarlo.

Las cosas cambiarían después de una fiesta conjunta de Santiago —el Pachuco— y Jesús Fabián —el Cuquín— ambos nacidos un 21 de julio, la fiesta se organizó en una casa de madera que se encontraba en un terreno sobre Popocatépetl a unas cuadras del metro Ermita.

Como nostros organizábamos llegamos temprano, en esa ocasión no tuve que llevar mis aparatos de sonido, pero a última hora me pidieron el toca-cassettes, y tuve que regresar a casa por el él en el taxi de Chucho manejado por el Chore de hecho él vivía en el mismo terreno donde estaba la casa de la fiesta. No conseguí que mi novia me acompañara porque casi todas las mujeres que llegaron temprano se encerraron en un cuarto al fondo de la casa. Supongo para terminar de maquillarse.

Los ánimos se alegraron gracias a los tragos de ron Cabeza Negra con coca-cola, y la música proporcionada por los discos que juntamos entre todos. La fiesta podía dividirse en dos grupos: los invitados del Pachuo y los de Cuquín, que interactuábamos cordialmente.

Un poco entrada la noche, la novia de Paco —Carmen— alió para llegar tiempo después acompañada de personas desconocidas en un auto. Chucho y Paco estaban afuera cuando llegó, Paco estaba molesta y se llevó a Carmen a la fiesta jalándola del brazo, y Chucho le armó bronca, sin dejar que se bajaran del auto. Ellos se fueron, pero amenzaron con regresar con su banda, según de la Portales.

Ellos no comentaron esto hasta después de acabada la fiesta, así que cuando llegó un grupo a comenzar una lucha campal a la fiesta nos tomó por sorpresa. Llegaron golpeando y destruyendo todo, lanzando piedras y botellas. Casi todos los invitados se fueron a encerrar al cuarto donde estaban las mujeres al principio de la fiesta, yo me quedé afuera sirviendo como escudo humano —las ventajas de mi entonces inmortalidad— solamente uno de los amigos de Santiago sufrió daño al asomarse a ver cómo seguían las cosas y recibir un botellazo de una caguama. No tardaron en aparecer los disparos.

El cuarto tenía una ventana por la que todos salieron, incluso Abby pudo sortear el obstáculo a pesar de su falda entallada. Yo no hubiera cabido por ese espacio. Los demás aprovecharon para armarse y sorprender a los atacantes por la espalda, el Chore tenía un maneral de acero que de un golpe le arrancó un pedazo de oreja a un desafortunado. Además su cuñado no tuvo empacho en sacar su arma —las costumbres judiciales de México—, el desorden se expandió y las sirenas comenzaron a sonar.

Justo en ese momento llegaron por las invitadas que alegaron ignorancia respecto al sonido de la sirena. Apenas se fueron llegaron 2 ambulancias y varias patrullas, nosotros tuvimos que salir huyendo para evitar ser arrestados. Al día siguiente en el periódico salió una breve nota y al parece había alguna orden de aprehensión.

Al ir la día siguiente al recuento de los daños todas las cosas sobrantes habían desaparecido, desde las botellas del finísimo ron hasta los aparatos, entre esas cosas todos nuestros discos.

Desde entonces comencé a comprar discos compactos.

 

todos saludan, hasta la porra

te agradezco tu cumplido y sin hacer tanta bulla, te suplico que también me saludes a la tuya.

Paquita la del Barrio

De niño la recomendación invariable de mis padres era que saludara a todo mundo, muchas veces eso representaba que me llamaran por el apodo que detestaba —y en diminutivo— o me pellizcaran el cachete, me hicieran preguntas incómodas, hacer caravanas a personas que me consideraban niño maleducado. Creo que esto se debía en gran parte a mi carácter autodidacta.

Al llegar a las fiestas o salir de ellas era la misma canción, la diferencia es que al llegar todos estaban ocupados aún o era un mar de llegadas simultáneas, y al final todos andaban bien servidos, bailando o en su mundo. Eso no importaba había que anunciar la retirada, de lo contrario la calificación de maleducado era inmediata.

En la escuela el buenos días maestra era bastante más fácil, y con los compañeros no existía mayor ceremonia, las llegadas y salidas eran sin compromiso, además el horario definía perfectamente la hora de llegada y salida.

Al crecer la decisión de saludar o no deja de depender de la educación recibida en casa, me tocó ser sorprendido con los primeros saludos de beso, algo que hasta entonces solamente era visto con familiares. Creo que a partir de este momento las diferencias entre los saludos de acuerdo a las personas se hizo abismal, comencé a saludar con intención a todas las personas cercanas, pero hacia los demás las cosas resultaron variadas.

Como por ejemplo llegar al baño y encontrarte con alguien en el mingitorio, no creo que sea lo mejor estirar la mano para saludar. .En ambientes abiertos solamente saludo si las personas me ven, de lo contrario paso de largo.

Durante mi 5 minutos de fama en el taller de matemáticas, los demás me saludaban —era una celebridad— y en algunas ocasiones no conocía a la persona que me saludaba, como la vez que estaba cerca del metro CU se acercaron a saludarme y pregutar si había examen o no. Esto dificultaba tener diálogos íntimos en la facultad, porque si las paredes oyen cuando están llenas de alumnos más.

En el ambiente laboral corporativo mi actitud depende de lo ocupado que esté mi compañero de trabajo solamente saludo si no los veo ocupados, lo mismo ocurre con cuando hablan por teléfono, cuando hay juntas con personas externas además del saludo se intercambian tarjetas de presentación —tampoco mi estilo—

Al mudarme de país me di cuenta que los protocolos cambian un poco, las fórmulas siguen imperando en el entorno social. Ese actuar por fórmula siempre me ha costado trabajo, jamás podría ser recepcionista.

Donde nos veamos así nos saludamos

 

 

cuesta una lana

Asco le tengo a los pesos y más asco a los tostones, pero más asco le tengo a esa punta de …

El Charro Ponciano – Óscar Chávez

Desde los primeros años noté que el dinero era un tema de discusión vehemente por ejemplo en la época navideña al decidir lo que se gastará en ahorros. Intenté ayudar de diferentes formas pero la verdad es que el no pude contribuir monetariamente hasta que entré a la escuela.

Yo acompañaba a mi madre a muchos lugares, el banco inclusive donde había que llenar fichas de depósito que contenían un material muy apreciado por mis compañeros de la la primaria, ese era un gran negocio, sin ninguna inversión las cambiaba por algunos centavos.

Decía mi papá: “cuida los centavos que los pesos se cuidan solos” y juntando los centavos alcanzaba para comprar estampas enfrente del mercado de la colonia escuadrón 201. Cada una costaba $1.50 al revenderlas yo decía pues tengo de a dos pesos, bueno tengo de a uno cincuenta pero esas no te las garantizo, gracias a esa amenaza velada conseguía las ganancias suficientes para seguir con el negocio.

También di clases de regularización para los niños de primaria —yo tenía 14 años— y junté lo suficiente para comprarme un reloj de ajedrez, fui a dar mi adelanto para apartarlo a la casa del ajedrecista, un movimiento telúrico le dio en la madre a mi ciudad, a Tlaltelolco y a mi pago. No he comprado un reloj de ajedrez desde entonces y cuando no he evitado los adelantos  la suerte no ha sido favorable.

Pronto me vi involucrado en el negocio familiar, la fabricación y venta de ropa, fui conociendo todos los aspectos del negocio, donde en verdad brillaba era en el aprovechamiento de tela, la optimización era natural para mí aún antes de estudiar mi carrera. Era un buen negocio.

Pero ese buen negocio lo cambié para dar clases, el equivalente de sueldo en un mes con el negocio era más que todo el año dando clases, pero el dinero nunca ha sido determinante en mis elecciones en la vida. Al crecer las cosas que observaba en relación al dinero fueron gestando diferentes ideas.

Muchas veces mi padre iba a su cuarto, abría el cajón y sacaba varios billetes para hacer un préstamo que nunca regresaba, otras veces se lamentaba de oportunidades no tomadas, pero la confesión que tuvo más peso fue su deseo de ser hippie, pasarla escuchando a Creedence mientras hacía inventos o arreglaba coches.

Los ingresos han sido variables dependiendo de la actividad, como en un grupo de teatro donde no alcanzaba ni para la comida, manejando un taxi donde depende de la jornada, vendiendo en un tianguis en donde mis habilidades de vendedor son escasas. Algunas veces, al dar clases sale más caro que te descuenten una hora que tomar un taxi. Pero siempre alcanzó para comer e ir al billar, o para —como nos decíamos mi compadre Julio y yo— prestar una campanita.

Muchos de mis compañeros me recriminaron que haya roto mi promesa de nunca trabajar para la iniciativa privada, mi acercamiento me costó quedar preso de la secretaria de hacienda y condenado a presentar declaraciones al menos anuales, al comienzo tenía que hacer muchos malabares fiscales, después dejé que el outsourcing se llevara más del 60% de lo que generaba con tal de que ellos se ocuparan de las negociaciones y los cobros.

Finalmente tomé el camino más transitado.

Don Chucho

El que tiene tienda, que la atienda, o si no que la venda

– Refrán popular

No importa que el nombre oficial haya sido miscelánea Lupita, siempre fue la tienda de Don Chucho, cuando recién llegó mi familia al retorno era una zona despoblada, había que caminar una distancia considerable para ir a una tienda —a la piloto— o a las tortillas —los apaches y la salud— así que cuando hubo una tienda en la esquina se volvió popular inmediatamente.  La tienda era atendida diligentemente por Don Chucho, que era el padre de mis amigos Cuquín y Vani, cuyos nombres verdaderos eran Jesús Fabian —el Jesús era por su padre y Fabián en honor al cantante de Tiger

— y René Miguel. Además de tendero trabajó de repartidor en la Bimbo y tenía un taxi.

Conoció a su esposa —Maritza— durante los festejos en el ángel en el mundial de 1970, si tomamos en cuenta que el mundial terminó el 21 de junio de 1970 y que mi amigo Chucho nació justo un año después se asoma cierta vehemencia en su carácter.

Siempre que iba a la tienda tenía un buen surtido, había refrescos fríos y cuando pedías queso amarillo —algo no muy común entonces— él cortaba el papel estraza en cuadritos con el cuchillo que usaba para cortar el queso blanco y acomodaba los papeles entre las rebanadas para evitar que se pegaran.

Recuerdo una vez que llegó una joven pareja, recién salidos de la secundaria, y después de que se fueron nos aleccionó con el comportamiento de la chica, nos dijo que era muy interesada porque cuando él le ofreció algo ella eligió el producto más caro —un pay de nuez marinela—, nos aconsejaba no confiar demasiado en las mujeres. La mayoría de sus consejos eran prácticos.

Además de la prematura calvicie —que mi amigo heredó sin remedio— tenía la voz algo aflautada y una cara redonda y bonachona que una vez estuvo completamente cubierta por moretones y vendajes debido a una caída por las escaleras del metro Polanco, esto reveló su calidad mortal.

Y la semana pasada me avisaron que falleció.

¿Bajas en la que sigue?

Pino Suárez tu estación del metro es mi prisión

Heavy Metro – Botellita de Jerez

Mi reincorporación paulatina a la vida cotidana ha sido lenta, comezar a hacer lo que se hacía cada día ahora disminuído, con algunas restricciones, al comienzo con bastón en mano y dolor en la pierna. Uno de los más significativos momentos es el retomar la movilidad. Porque mucha de mi vida cotidiana pasa por mis traslados, el trajinar es parte de mi vida.

Viajar en transporte público implica llegar a un destino diferente de tus compañeros de viaje, algunas veces ellos se interponen en el camino de salida, otras veces tú en el suyo, cuando los peseros eran automóbiles genéricos, sedanes de cuatro puertas, con un cordel de tendedero en el asiento trasero, al llegar al destino tenían que pedir al que se encontraba al lado de la puerta permiso y todos a su derecha bajaban para dejarlo salir, muy civilizado aunque tardado, pero eso tiene mucho tiempo que terminó, primero en las combis —ichi ban o cualquiera que sea el nombre de moda— es evidente que el diseño automotriz no consideró mis dimensiones, el trayecto del metro Observatorio a la fuente de petróleos es demasiado tortuosa, entre encoger las piernas, agarrarme para evitar arrastrar o aplastar a los que se sientan a mi lado quedo exhausto, este ya lo evitaba antes. El microbús tiene un buen asiento, que el el que queda al final del pasillo, los demás apenas sirven para acomodar una de mis piernas en diagonal, hacer doble fila en el pasillo central resulta mucho menos fácil de lo que los ayudantes del chofer claman.

Algunos choferes de la extinta ruta 100 aún manejan los pocos camiones que aún circulan, son más amplios pero eso permite que el amontonamiento de gente sea aún mayor, recuerdo una vez que fui al centro con Paco —pa’ mi primo, lo que sea mejor— y llegamos a la terminal de Taxqueña —así con X como debe de ser— entonces la puerta que daba al paradero estaba abierta, ahora hay que subir en las escaleras y pasar por un puente y descender en el pasillo donde están formados los peseros, cada pasillo tiene una letra, pero en ese entonces era un desmadre y tomamos un camión y quedamos atrapados justo en el centro, yo todo el trayecto venía pensando ¿cómo le vamos a hacer para bajar? en aquellos años ese camión recorría varios recovecos, al final solamente nos pasamos una parada y nos bajamos en la Carmen (Serdán).

Mi transporte favorito es el trolebús, no invaden carriles, la velocidad es más o menos constante y la neurosis del conductor es mucho menor, antes se enojaban cuando subíamos 5 personas y pagábamos juntos, como el pasaje costaba 60 centavos y nunca había cambio —no se depositaban sino tenía una cajita de madera con orificios del tamaño de las monedas— generalmente recibían el pago de 1 peso. Pero siendo 5 el total eran 3, esa pérdida de dos les sacaba una mueca, as eso le sumamos que un día de lluvia torrencial, donde ni los peseros, ni los taxis, ni los camiones me hacían la parada para que no empapara su transporte, un trolebús sí me permitió subir, ganándose mi cariño por los siglos de los siglos. Mi aventajada edad me permitió viajar en tranvía, que podría ser mucho más parecido al tren ligero que no lo he ocupado mucho, siempre lleno y sospecho que la ilusión que viajaba en tranvía ya no se anima a viajar en tren ligero.

La afluencia de personas que transita en el metro es descomunal, he corrido con la fortuna de vivir cerca algunas veces de la línea 3 y la 2, lo que me permitió usar de enlace la línea 9, por mucho la más eficiente, como transbordo en Chabacano puedo irme a la puerta contraria del vagón y salir al llegar al transbordo, así evitar quedar atrapado. Ahí la llevo

visión periférica

El todo es más que la suma de sus partes

Aristóteles

Durante el tiempo previo a la confirmación de necesidad de anteojos mi vision del mundo era desenfocada, puntillista, caótica; algo parecido a lo que se ve a través de un vidrio en una tarde lluviosa, mi trabajo siempre fue armar esa especie de rompecabezas en la mente para saber lo que estaba frente a mí. Eso me dejó algunos vicios y virtudes que han influído en la vida cotidiana.

No asistí al kinder —jardín de niños— entonces aprendí a leer de corridor con los cuentos de los chicos malos contra rico mac pato, me fijaba en el número 176 que debía ser el número de preso de alguno de ellos, fue como empezar con la lectura rápida desde el comienzo, lo que facilitó la lectura —con excepción de las ediciones de Sepan Cuántos o alguna otra en 2 columnas— desde entonces ha sido fácil escudriñar un texto en busca de la información relevante.

Al esperar en la parada del camion era necesario escudriñar con más detalle el horizonte, los gestos de los automovilistas, su forma de manejar, el tiempo necesario para hacer parada y que se detuviera, y bueno en la espera hasta si venía lleno o no, eso era muy últil cuando los peseros eran coches regulares y tenías que compartir el asiento trasero con 3 personas más.

Cuando visitaba la calle de Donceles, donde había muchísimos libros sin orden alguno me servía mucho para detectar libros de mi interés con un golpe de vista, claro que sirve para cualquier tipo de compras, claro que es mucho más fácil buscar detergente en los pasillos que libros en el piso. Me fue particularmente útil en el mercado de San Telmo, del que rescaté una joya.

Quizá mi fortuna respecto a los incidentes “me libré por un pelito” sean gracias a esta habilidad, la vista puesta en todos lados me permite reaccionar expeditamente —en todos los estados— a las sorpresas. Quzá como la pantalla se circunscriba a un plano no recciono de la misma manera en los videojuegos. —ja—

Es útil a la hora de depurar código, hacer búsquedas, encontrar errores. Se ve afectada con los errores ortográficos y las “ingeniosas” formas nuevas de escribir en las redes sociales.

En la esquina de Vértiz con Concepción Beistegui hay un OXXO. La primera vez que pasé por ahí luego de mi regreso me di cuenta inmediatamente, hay cosas que salta en mi campo periférico, como la falta de chocoroles en un seven eleven sobre tlalpan.

Cuando pones un punto negro sobre una servilleta blanca y miras el punto, llegas a olvidarte no solamente desde la servilleta sino del mundo, quizá esa constante búsqueda del exterior para que fijemos la atención nos esté privando de un universo más rico.

La habilidad apenas me alcanzó para sacar 61 en este test.

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Tesoros perdidos

Nunca se desprende uno de lo que le pertenece, aunque lo tire o lo regale.

Goethe

Las cosas no son eternas, aunque la ley de la conservación de la materia pueda interpretarse de muchas maneras, pero hay objetos que llevan imbuidas cualidades que nos hacen darle un valor mayor,

Durante mi primera mudanza se perdió mi juguete favorito —era de un extraño color amarillo— después de la segunda necesité algún tipo de transporte para ir a la escuela o visitar la familia.

Otra ocasión terminaron en la basura numerosas pertennecias de papel, como revistas “Tiempo Libre”, o las carteleras de la UNAM,  todos los exámenes/tareas que califiqué y que nadie recogió, el periódico informativo del club de ajedrez de la delegación Benito Juárez, mis cuadernos de “apuntes” que en realidad contenían garabatos —sería demasiado pretencioso llamarlos dibujos—, ideas, frases y laberintos, también los exámenes que había hecho, las copias de libros y artículos,solamente me quedé con 4 libros en copias —la era antes del PDF—

  • La mano en la trampa, Beatriz Guido
  • Les fleurs du mal, Charles Baudelaire
  • Ergodic Theory and Information, Patrick Billingsley
  • Foundations of Probabiliy, Alfred Rényi

También quedó en el camino mi colección de latas de pepsi, 2 de mis tres computadoras, los pósters que me regalaron mis alumnos de Cinemex, de películas como Women on Top o Taxi 2, y un sinnúmero de chácharas´.

Una de ellas ocurrió en solamente un día, gracias a la ayuda de mis amigos y de mi decisión de tirar indiscriminadamante casi todo lo existente, en una especie de renovación y limpieza. La parte difícil fueron las cajas de libros, desde entonces aprendí la lección que las cajas grandes llenas de libros, pesan muchísimo.

Mi cambio de país necesitó un detallado inventario para sortear un par de aduanas burocráticas pero con una empresa de por medio casi todo con ayuda de maestro del tetris mientras yo ya me encontraba en Brasil

Ahora hay mudanza en puerta.

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