Archivo de la categoría: Adolescencia

Estamos viernes

El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza.

André Maurois

Desde niño simpre aparenté mayor edad, no solamente nací con abundante cabello sino también debido a mis dimensiones, mis pies sobresalían de la cuna de maternidad.

Durante la primaria a muy temprana edad ya no me permitían subirme a los juegos de Chapultepec, porque la edad máxima era de 12 años, me faltaban aún varios años para llegar a esa edad.

En las canchas de fútbol me pedían un comprobante de que no era mayor, tenía que mostrar mi carnet del IMSS mientras que entre los adversarios había jugadores con barba y bigote de corta estatura.

Una de mis pasiones ha sido el billar, comencé a asistir regularmente a los 13 años, Prácticamente entré a todos los locales que estaban sobre avenida Ermita antes de los 15 años.

A partir de los quince pude entrar libremente en los bares y las cantinas, aunque ya había entrado antes para rescatar a mis tíos o mi padre. Pero fue al finalizar el curso de TOEFL de inglés (también a edad límite) fuimos a celebrar a un bar, también en Ermita que tenía un tranvía como decoración, jamás tuve problemas para entrar.

Un poco después fui a la carnicería del mercado de la colonia escuadrón 201 a comprar con el marchante de mi mamá, apodado el “barbas de chivo” iba con mi primo José Carlos, a quien le llevo apenas 8 años, y el marchante pensó que era mi hijo, después de que mi primo me llamara por mi nombre me dijo: “estos hijos ya no respetan a nadie”.

Ya entrado en la mayoría de edad no tuve ningún incidente hasta que fui al cine a ver “Sexo, pudor y lágrimas”, me sorprendió que nos pidieran identificaciones, yo tenía 28 años pero ella parecía menor de edad aunque tuviera 24.

Aproximadamente5 años depués que me aficionés a un juego de cartas coleccionables: Mitos y Leyendas, algunas veces iba a comprar cartas a un local cerca del metro portales, frente a donde hay varias cerrajerías. Un niño se me acercó y me preguntó ¿A poco juega don? Esa fue la primera vez que me llamaron así.

En un concierto en lo que fue el cine Tlalpan, fue un concierto para la prevención del SIDA, habían quitado la mitad de las butacas del cine, ese días llegué temprano y me senté en una de las butacas pero cuando comenzó el concierto, me acerqué al escenario, me sorprendió que nadie más lo hiciera.. Los organizadores intentaron animar a los demás diciendo: “no les da pena, el don tiene más actitud que ustedes”. En ese mismo concierto lanzaron camisetas, alcancé a tomar una del grupo que seguía religiosamente “Black Violettes” uno de los asistentes se me acercó y me dijo: “pero usted para qué la quiere don” Y en otro concierto, ahora de Cibo Matto alguien dijo respecto a mí, me gustaría llegar a esad edad y poder bailar con esa actitud.

Ahora con la pandemia, al ir al Superama, después de que me dieran alcohol para limpiar mis manos y me tomaran la temperatura, la mujer que estaba en la entrada me dice: “pero no dejamos entrar a personas de la tercera edad, ¿qué edad tiene?” cuando lo contesté que 49 me espetó un “no te creo”, tuve que mostrar mi crecencial de elector.

Así es esto.

Logros y reconocimientos

Necesitas límites mentales. Necesitas no esperar. Necesitas no esperar nada de los demás Necesitas no traficar con tu dolor. Necesitas orgullo y soledad. Necesitas orden. Necesitas poesía.

Alejandra Pizarnik

Hay muchas enseñanzas que adquirimos sin pensar, sin reflexionar. Y vivimos con ellas sin darnos cuenta del impacto que tienen en nuestra persona. A mi alrededor veía como el señalamiento de defectos era la forma de corregir, de buscar el buen comportamiento. Y así lo comencé a vivir, a que las fallas y los defectos ocuparan un espacio fundamental.

Me acostumbré a dar por descontados los logros, a no considerarlos dignos de un reconocimiento o felicitación, así no solamente no me los proporcionaba pero me negaba a recibirlos de otras personas. Y hubo muchas cosas que hice que me parecen dignas de felicitación, nunca es tarde para ver por uno mismo.

La primera vez que fui a la tienda fue a los dos años, a comprar crema. Para poder salir de casa tuve que aprenderme la dirección y el teléfono de casa por si pasaba algo. Yo me sentía feliz aún si no recuerdo ninguna felicitación por eso, hubiera sido bienvenida una palmada en la espalda.

A los tres años aprendí a jugar brisca, incluyendo contar los puntos mientra pasaba las cartas rápidamente (como lo hacía mi abuelo), quizá el premio recibido fue que pude jugar con los mayores, en particular con mi tío Vicente. La confianza de mi abuelo en respaldarme y afirmar que yo sabía jugar, aún ante la incredulidad de mi tío, fue mi recompensa.

A los cuatro años ansiaba jugar dominó, mi familia lo jugaba cada semana y yo me la pasaba observando ansioso de jugarlo. Mi padre me compró un dominó de plástico azul y tuve que demostrarle que sabía jugar, Demostré mi conocimiento desde el primer juego, mi premio fue el permiso de jugar con los adultos, aún, me hubiera gustado una palabra de aprobación de parte de mi padre.

Al cumplir los seis años, durante el primer año de escuela, me aprendí las capitales de los estados de mi país. En casa de mis abuelos me la pasaba detrás de mis tíos Ricardo y Miguel preguntándoles las capitales, lo que obtuve fue una evasión constante. En ese año en la escuela también aprendí a ganar dinero, vendía las fichas de depósito del banco a mis compañeros, que las codiciaban por el papel calca.

En cuarto de primaria, con la maestra Maricarmen (4 de mis maestras de primaria se llamaban así) fui elegido para un bailable azteca, una representaciòn de una pelea seguida de un baile y un sacrificio. Me aprendí el baile primitivo y por única vez fui el centro de algo relacionado al baile, creo que el hecho de que mi vestuario fuera un taparrabos me ganó más burlas que elogios.

En quinto de primaria mi maestra se llamaba Blanca, los alumnos la conocíamos por su apodo “Amanda Miguel” debido a su cabello rizado, era común encontrarla sobre el eje tres oriente, casi esquina con avenida Taxqueña, solíamos darle un aventón a la primaria. Ese año estuve en la escolta que recibió la bandera, claro que el único comentario al respecto fue ¿por qué no fuiste el abanderado?

Ya entonces ayudaba al negocio familiar (la confección de ropa) a tender, acomodar, llevar la mercancía. También iba a pagar la tarjeta de Liverpool de mi madre a la tienda del centro. Al año siguiente mi madre, por motivos de salud, tuvo que quedarse en casa de mi abuela. Yo me encargué de las compras y medio la administración y limpieza de la casa. Tomaba el camión 97 en Santana para ir al entonces Gigante de la viga. Regresaban con montones de bolsas, afortunadamente en ese entonces eran resistentes. En ese tiempo pasé con creces el primer examen de ingreso a la secundaria.

El segundo año de secundaria, después de actualizarme en inglés, de educar mi oído y gracias a que era dibujo técnico pude completar una boleta de puros dieces. Entonces se extinguía la infancia y entraba tempestuosa la adolescencia quisiera felicitar mi yo de entonces, darle una palmada en la espalda y decirle que me siento orgulloso.

LPSH II (usté aguante)

Algunos pensamos que lo que nos hace más fuertes es aguantar, pero otras veces es dejarlo estar.

Hermann Hesse

Por alguna razón se piensa que la resistencia es una cualidad necesaria para masculinidad, al menos mi padre lo consideraba muy importante y se aseguró de entrenarme para ese aspecto de manera extrema.

Mi padre jugó mucho tiempo en un equipo llamado el Santos, formado por los hermnaos de mi mamá, primos y amigos cercanos. Cuando yo pasé a formar parte del equipo infantil, el Ultra, con un uniforme color rosa mexicano, creo que el orgullo familiar estaba en juego. Tuve un entrenamiento personal: yo me paraba derecho y firme y él chutaba el balón con fuerza hacia mí, yo tenía que resistir sin chistar los golpes. Hasta que hubo uno que se desvió un poco del objetivo y terminó impactanto en mis testículos, terminé tirado en el suelo llorando silenciosamente, sin dejar que saliera ningún sonido de queja, estoy seguro que en ese momento vi un gesto que evidenciaba que se había equivocado, quizá un poco de arrepentimiento, pero únicamente hubo silencio.

Unos par de años después, ya estaba en la primaria, me tocó recibir la lección de tronar cohetes, que básicamente consistía en tronar uno mientras lo sostenía, el truco era soltarlo justo cuando explotara que era un tiempo incierto, fue una lección bastante fácil, lo que me permitió comprar y usar pirotecnia sin supervisión, que en poco tiempo me llevaría a probar el primer cigarro.

Entiendo las lecciones rápidamente, y apliqué la resistencia en múltiples aspectos de la vida. El primero fue el sueño, siempre fue el último niño en dormir, en todas las fiestas familiares terminaba sentado junto a una bocina escuchando las canciones de la Sonora Santanera, en particular los años nuevos, jamás dormía, pasaba toda la noche despierte y todavía regresaba para ver el desfile de las rosas, mientras toda mi familia dormía.

También cuando jugaba fútbol americano, mis oponentes se agolpaban para intentar tirarme o al menos detenerme pero no lo conseguían, podía aguantar indefinidamente la fuerza del equipo contrario.

En una fiesta en Delicias 57 casi todos los integrantes se agolparon a hacerme “bolita”, aprovechando que hacía un movimiento dramático hincándome y poniendo mi espalda sobre el piso. Conseguí levantarme aguantando el peso de todos.

Mi resistencia era aún mayor en otras áreas, en la central de abastos iba con mi bolsa de costal cargando 40 kilos de víveres, o con los cigarros, fumando hasta 4 al mismo tiempo. Y de verdad probé mi resistencia bebiendo alcohol como si fuera agua.

Viví mucho tiempo con la idea de que yo podía aguantar más que cualquier otra persona, pero eso vivía tomando responsabilidades y evitando ser ayudado por alguien. Eso me alejó de alguna forma del mundo.

Fue mucho tiempo aguantando en tantos frentes.

Lecciones para ser hombre I

Ningún mexicano mea solo.

Dicho arrabalero

Una de las primeras lecciones que recibí respecto a la hombría fue el uso del órgano sexual para la micción. Los pasos para orinar de pie, me costó muchísimo trabajo, mi puntería era mucho peor que en el baloncesto -y eso es mucho decir- me frustraba mucho el salpicadero que hacía. No entendí lo que pasaba sino hasta mucho tiempo después, la razón.

El día que nací comenzó soleado, pero hubo viento y lluvia hacia el final, la temperatura bajó lo suficiente para que m padre considerara que yo podría tener frío. Me acercó hacia el calentador, me deshidraté y al parecer no podía orinar, el cirujano terminó haciendo una incisión en la uretra, lo provocó que el flujo de la orina fuera desigual.

Ya para cuando me enteré había aprendido a manejar elñ flujo usando el prepucio. Pero mucho tiempo después tuve que aprender nuevamente después de la circuncisión.

Tuve mucho accidentes y dificultades con esta circunstancia, desde una enuresis infantil hasta el tiempo en el que bebía copiosamente. Siempre que llegaba a un lugar localizaba el baño y procuraba tener tiempo y orinar con cuidado, que conforme la noche avanzaba se hacía más difícil.

Quizá por eso tomé esos retos escatológicos como la competencia de quién orinaba en el lugar más público. Lo gané con la Glorieta de los Insurgentes cerca de las cuatro de la tarde. También el ira a una casa donde surgían los casos de la vida real para salpicar sus paredes.

Han sido incontables los distintos lugares para regar las plantas, mear, hacer pipí, echar una firma, cambiarle el agua a las aceitunas, etc.

Pirotecnia patria

¿Quién, en la noche que asusta a la rana, no miró, antes de saber del vicio, del brazo de su novia, la galana pólvora de los juegos de artificio?.
López Velarde

Septiembre, mes de la patria, de las celebraciones, de los cohetes y de la comida. Durante mi infancia siempre fue un mes gozoso, rodeado de recuerdos de inicio de clases, festivales y fiestas familiares.

Reuniones en torno al grito llenas de color, sabor y licor. Los adultos abandonaban la vigilancia de los niños, para llenarse de orgullo patrio: antojitos y tequila. Nosotros sacábamos los cohetes que habíamos comprado con los ahorros de mucho tiempo. Era una combinación pirotécnica.

Mi padre me enseñó a tronar cohetes en la mano como parte de mi formación masculina. Tenía que alejarlo de la cara, sostenerlo sin apretarlos en la punta del los dedos y soltarlo justo en el momento de la explosión. El quince de septiembre se negaba a prestarme los cerillos para encender las mechas. Él alegaba que era por mi seguridad pero yo sospechaba que los necesitaban para encender sus cigarros. Accedió a darme en cambio, un “kent” que nos duró algunos minutos. Para evitar que se apagara, tuve que darle el golpe: así comencé a fumar.

Siempre tuve alma incendiaria y bélica. Jugaba con soldaditos de plástico verde, de esos que tenían mucha rebaba alrededor. Usaba unos conos de plástico que solían tener hilo alrededor (mi familia se dedicaba a la costura), que pretendía eran aviones, los prendía y, al pasar encima del ejército de juguete, los conos soltaban pedacitos de plástico encendido que calcinaba a los soldados. También podía bombardear barquitos de papel. Cuando fallaba el plástico silbaba dejando pedazos amorfos sobre el agua. Construía cañones con partes de cohetes, buscapiés y cabezas de cerillo. Pero los mayores daños no eran los sufría el ejército sino mis manos cuando el viento cambiaba de dirección y la flama del cañón las quemaba o una bomba caía sobre el pie.

Después del grito y la cena salía a la calle con mis amigos de la cuadra y jugábamos guerritas con brujas (garbanzos cubiertos de pólvora), para lanzarlas uśabamos una especie de resorteras hechas con un pedazo de globo, pegado con cinta adhesiva transparente alrededor de un carrete de cinta vacío. . El arma podía lanzar la brujas a una velocidad decente, casi no quemaban pero sí dolían, era el gotcha de aquellos tiempos. Cuando capturábamos a un enemigo, lo encerrábamos en un agujero (estaba destinado a un poste de luz, pero duró mucho tiempo abierto), el prisionero cabía de pie y lo cubríamos con una avalancha y le arrojábamos cohetes, podría parecer cruel, pero respetábamos las porque nunca usábamos palomas con prisioneros de guerra.

La guerra no estarían completa sin la artillería: bote de chiles en vinagre (vacíos por supuesto) que intentábamos lanzar lo más lejos posible, aquí sí utilizábamos los explosivos más potentes, generalmente poníamos una mecha larga para tener tiempo de correr y ponerse a salvo. Ocasionalmente poníamos cohetes en botes de basura, bancas de cemento en el parque o sanitarios, el clásico sabotaje.

Yo creo que tanto escuchar el himno nacional, escuchar los vivas a los héroes y ver los desfiles; nos despertaba esos deseos de enfrascarnos en juegos castrenses.

a los trece

..porque esa riqueza que es juventud se pierde día con día, y por tanto habría que gozarla día con día, alegre, frenéticamente, para sólo dejarle a la muerte un cuerpo enteramente gastado, vacío, sin una gota de vida por vivir….
José de la Colina

Fueron unas vacaciones familiares, era un viaje corto, tomamos el autobús en la terminal de Taxqueña. En total nueve primos, desde los seis hasta los quince años. Yo estaba emocionado por la oportunidad de estar en una alberca, de tener montón de espacio para jugar con mi primo Carlos que era apenas un año y medio mayor.

Frente a nuestra cabaña, donde nos acomodábamos lo mejor posible se hospedaba una familia con una sola hija: Laura. Tenía el cabello rojo y crespo, que parecía que nunca se deformaba; la piel lechosa y con pecas, los ojos claros e inquietos.

Mientras jugaba tenis de mesa con Carlos ella pidió unirse con una amiga, yo acepté sin pensar. Depués de un par de juegos su amiga se retiró y continuamos jugando nosotros dos contra ella, mi primo se fue luego de 3 partidos, no muy contento.

Los siguientes días los pasé junto a ella, entre la alberca, el jardín y los juegos. Tan enfrascado en ella que no sabía lo que pasaba alrededor, algunas veces me sorprendía viendo sus incipientes singularidades enfundadas en un traje de baño completo y oscuro. Entonces me preguntó por qué usaba calzones abajo del traje de baño, me pusé rojo y sentí la cara caliente, no sabía qué responder ¿Por qué nunca me dijeron eso antes? Bajé la mirada como aceptando una derrota pero ella acarició mi cabello que aún escurría agua clorada. Levanté la mirada feliz y alcancé a ver a Carlos a lo lejos.

Al regresar a la cabaña mi primo se burló de mi gritando “¡Estás enamorado!” me tomó por sorpresa, mi cachetes se encendieron aún más que con la pregunta de Laura y sentí mucha vergüenza, como si estuviera desnudo, como si hubieran descubierto mi secreto más íntimo o como si hubiera hecho algo malo. Ni siquiera podía contestar porque no podía descifrar mis sentimientos, era como un nudo de fuerzas desconocidas que tiraban para todos lados. Pero si alguien más se había dado cuenta seguramente sería cierto. La única referencia que tenía eran las películas, así decidí hacer algo al respecto.

Conseguí una pluma, arranqué un lado del cartón de una caja cereal, le escribí una carta de amor y la deslicé bajo la puerta. La mañana siguiente lo único que obtuve fue una mirada de reprobación de sus padres. Fue justo el día de nuestra partida, el autobús de regreso salía a la una de la tarde.

Se desató una tormenta tropical (¡En Morelos!) que retrasó nuestra salida por varias horas. Estoy convencido que eran mis emociones desatando las fuerzas de la naturaleza como un último intento que nos obligara a quedarnos otro día. Anhelaba tanto esa oportunidad pero escampó poco antes de caer la noche. Regresé sentado en el asiento junto a la ventana con la cara pegada al cristal frío embargado de tristeza y confusión. Mi adolescencia llegó a esa edad, de golpe.

uniformes uniformes

La tela buena, siempre que se lava, se estrena.

refrán

Como lo define la real academia el uniforme es un traje peculiar y distintivo que por establecimiento o concesión usan los militares y otros empleados o los individuos que pertenecen a un mismo cuerpo o colegio. Tiene la ventaja de ocultar las diferencias, pero la desventaja de no promover la originalidad. No es algo que me guste pero a lo largo de mi vida lo tuve que suar.

El primer encuentro con el uniforme lo tuve en la escuela, la preprimaria. Un pantalón azul marino, camisa blanca (¿a quién se le ocurre usar el color blanco en los niños?) y suéter azul marino, que en cuanto tenía la oportunidad me lo quitaba y lo anudaba a mi cintura o a la mochila o lo dejaba tirado. Y los días que había saludo a la bandera usábamos pantalón blanco y guantes. Los viernes nos tocaba deportes y podíamos llevar tenis.

Otro ámbito es el deportivo, mi papá jugaba fútbol con mis tíos, el nombre del equipo era el Santos, en honor al rey Pelé. Y como querían que sus vástagos tuvieran la mismas costumbres había un equipo juvenil llamada Cosmos y al final, el equipon infantil llamado Ultra. Nuestro uniforme era de color rosa mexicano:

Al entrar en la secundaria dejé atrás el uniforme escolar y únicamente en los deportes me veía obligado a usar o una playera roja o una azul. En paralelo fui a hacer pruebas a otro equipo donde jugaba el hijo de un amigo del trabajo de mi papá: el Necaxa. Nuestro primer uniforme era verde con un León dibujado al frente, entonces los árbitros solían decirnos los panzas verdes (el mote del equipo del León) en especial un árbitro de escada estatura al que todos llamábamos el ampayita. fue hasta la siguiente temporada donde conseguimos el uniforme de franjas rojas y blancas, entonces nos confundían con el Guadalajara. Con el equipo mis vecinos del retorno (el Zaragoza) el uniforme era como el de Holanda en el mundial del 74, naranja con negro.

En la universidad, en mis clases de alemán cantamos villancicos:

O lasset uns anbeten, o lasset uns anbeten,
o lasset uns anbeten den König, den Herrn

Además de aprendernos la letra tuvimos que ponernos de acuerdo en un vestuario más o menos uniforme para la presentación, la única solución fue una combinación de blanco y negro.

Casi podría decir que en el trabajo no necesité de uniforme, aunque existe un código de vestuarios y en ocasiones específicas la corbata y el saco son necesarios. Estando en Sao Paulo hubo un torneo de fútbol (deporte nacional) y me animé a participar, fue mi último uniforme futbolero que usé, como mi equipo logró el campeonato, aunque mi contribución fue mínima, marcó el momento del retiro.

 

la calor

Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren al llegar al infierno regresan por su cobija.

Pedro Páramo – Juan Rulfo

A pesas de haber nacido en un día caluroso, siempre he prefererido el frío, en especial en la noche, únicamente las bajas temperaturas me permiten dormir plácidamente. Quizá el origen desde mi nacimiento, donde mi padre, al ver el fuerte viento decidió acercarme la calefacción para que no me fuera a enfriar.

Cuando aún vivía en casa de mis abuelos, durante una semana santa el calor fue tan intenso que aprovechamos el sábado de gloria para lanzarnos agua (padre y tíos incluídos), al menos hubo un día para refrescarnos.

En mayo del 82, saliendo de la escuela, mi hermana y yo acompañamos a mi madre al centro sofocados por el calor. Fue la única vez que me quité mi camisa escolar y me quedé en camiseta durante toda la primaria. Fuimos a comer a un Kentucky Fried Chicken (mucho antes de que fueran KFC únicamente) y lo único que se me antojaba comer era la ensalada de col.

La semana santa de 1990 hice un viaje a Acapulco, ya de por sí tiene una temperatura elevada, ahora con casa llena se pone peor. Durante el día la cerveza era la opción, en la tarde comprábamos un vaso de hielo para las bebidas. Las noches dormía en un piso de cerámica, ni siquiera eso era suficiente para dormir.

En mi paso por la universidad, tenía un pantalón con ventilación estratégica justo abajo de los glúteos, y una chamarra de mezclilla con más hoyos que tela. Y el mes de mayo antes del mundial de Francia, recibí mi primer cheque por parte de la univesidad, me la pasaba jugando FIFA 98 (el que tenía como soundtrack la rola de Blur). Solía decir que el día en que se apagara el sol (unos 4500 millones de años) me iba a dar mucho gusto.

Ya en este milenio el calentamiento global dejó estragos, no únicamente en las fiestas de niños (por los globos) sino en en la ciudad, algunas veces me tocó cooperar en el trabajo para comprar un garrafón de agua, en el mismo trabajo donde el lunes llevaba mi computadora y regresaba con ella el viernes, porque no me proporcionaban máquina y nunca me han gustado las portátiles. Ya después disfrutaba del aire acondicionado y únicamente sufría al comer en bajo el periférico en un paso subterráneo peatonal.

Pero al mudarme a Brasil por fin entendi aquella canción de Roberto Carlos que decía: más calida eres que veinte diciembres que treinta eneros en el mismo verano. Mi último verano en Sao Paulo las temperaturas en la calle llegaron a los 39 y aún después de la medianoche el termómetro seguía arriba de treinta. Era imposible dormir. Mi gran amigo y coloega Rodrigo me llevo a buscar un aire acondicionado portátil que para ese tiempo estaban prácticamente agotados (paradójicamente se vendieron como pan caliente) pero encontramos uno de marca dudosa en una tienda allá por la Marginal Tietê. Lo usé una noche muy contento y al día siguiente la temperatura bajó a 23°. El calor no es lo mío (no creo que lo llegue a ser) pero ya resisto mucho más sin quejarme.

 

 

 

cambio de planes

El pájaro tiene su nido, la araña su tela, el hombre la amistad.

William Blake

Un 14 de febrero de la época precelular, mia amigos organizaron una excursión a ¡bailar!, algo sin precedente. Una docena de personas: 6 damas y 6 caballeros, bueno menos caballeros porque al menos yo era un patán (algunas personas dicen que lo sigo siendo). Todos emperifollados, yo llevaba zapatos de vestir y no eran XV años. Algunas vestido y tacones, otros camisa de manga larga.

Chucho llevaba a las mujeres en su fairmont, y en Napoleón íbamos los demás. En cada semáforo hacíamos la broma de echarnos bronca mutuamente; hasta que en un semáforo intervino una patrulla y prendió su sirena para perseguir a los sospechos, obviamente nosotros.

Gracias a mi habilidad en el volante, la potencia de Napoleón y mi conocimiento de Iztapalapa conseguimos burlar la persecusión. Pero nos encontramos en un barrio lejando y sin comunicación con el otro coche. Después de deambular usamos la lógica y nos dirigimos a un lugar pùblico, concurrido, al que se nos se nos pudiera ocurrir ir a ambos. La vinaterìa la cueva, por donde terminaba la viga entre campesinos y caporales, una de las tantas paradas obligadas. Cuando llegamos ya habían comenzado la carrera.

Quizá ya era demasiado tarde o los astros habían dictado otra cosa: cambiaron los planes.

Nos dirigimos hacia el Cerro de la Estrella, nos estacionamos fuera del cementerio y saltamos la reja, el contingente se fue extendiendo, cada grupo caminaba a su paso. Después de un grito estridente vimos regresar a la vanguardia corriendo, huyendo dc un fantasma que resultó ser una veladora que permanecía encendida. Así que continuamos el camino, ya algunos del brazo, seguramente por el miedo. Llegamos hasta la entrada de la zona arqueológica y escalamos, con algo de esfuerzo, afortunadamente teníamos suficiente vodka para hidratarnos.

Ya embriagados del ambiente prehispánico y de los suministros comprados en la cuevita, cada quien tomó de su vaso y tomó camino, yo me quedé contemplando el horizonte con Atilio (Juan Manuel) mientras cantábamos “Amor de Cabaret” de la Sonora Santanera y discutíamos de nada, así trasncurrió parte de la noche. El descenso fue accidentado, hubo varios resbalones y mis zapatos causaron baja. Durante el regreso vimos un cartel que anunciaba la zona arqueológica, respetuosamente lo dejamos en su lugar porque ninguno de nosotros hubiera sido capaz de cometer una ofensa federal.

Al final resultó mejor cambiar el plan.

 

 

 

 

 

historias de tunantes

Aquí no es mesón, sigan adelante, yo no puedo abrir, no sea algún tunante.

canto popular para pedir posada

Poco antes de comenzar mi educación primaria, organicé una expedición al Sears de Plaza Universidad para extraer un juguete para cada miembro de la banda participante (éramos 6). Era un plan lo suficientemente elaborado como para no ser descubierto, cada miembro ejecutaría 3 diferentes roles uno por cada juguete sustraido. Tiempo después, en Gigante (ahora Soriana) fuimos sorprendidos debido a un plan más burdo.

Frente a mi escuela primaria había una farmacia que tenía una máquina de pinball a la que nos habíamos aficionado. Debido a un descuido de la persona que le daba mantenimiento conseguimos las llaves para abrirlo. Jamás tomábamos dinero únicamente nos poníamos créditos para jugar. Hacia el final de cursos del sexto año nos escapamos de la escuela para ir a jugar. Fuimos acusados de hacer llorar a nuestra maestra, debido a su preocupación ante nuestra desaparición.

Tuve una excursión con los dos compañeros más rudos de la secundaria (musicalmente hablando) para conseguir un disco de Iron Maiden (Piece of mind) en el Sanborns que está en la esquina de Acoxpa y Miramontes ─refugio sureño de los encuentros de ambiente─ después de la compra vi sus caras de regocijo, se sentían trasgresores, como dueños de un secreto importante, con un vínculo especial que los ayudaba a navegar la adolescencia tan desprovista de refugio. Yo únicamente los acompañaba.

Durante la preparatoria, mientras le daba lecciones de manejo a Atilio (Juan Manuel) en estacionamiento al lado del campo de fútbol americano de los Cherokees, al ver una patrulla a lo lejos Atilio aceleró como huyendo de la ley, a media calle nos cambiamos de lugar y los patrulleros nos alcanzaron. Nos obligaron a poner las manos sobre el toldo, nos revisaron buscando armas y vieron que tenía la cajuela llena de revistas de las revistas lágrimas risas y amor. Decepcionados por la falta de oportunidades de mordida nos despidieron con la frase “muchacho, no hagan cosas buenas que parezcan malas”.

El los 80s nos invitaron ─ éramos colados para ser sinceros─   a una posada en una calle escondida de San Ángel. Nos recibió un perro pastor alemán con el que congeniamos inmediatamente. Cuando llegó la anfitriona, al vernos jugar con su amada mascota nos tuvo buena fé, nos permitió estar en la cocina y nos encomendó la tarea de poner las piñatas y manejar el cordel que las mantenía a salvo. No tuvimos necesidad de arrojarnos por los premios de la piñata porque los sustrajimos antes de que comenzaran los cantos para romper la piñata.

Se me había hecho tarde para ir al concierto de Cecilia Toussaint en el Blanquita (principios de los 90’s) llegué apresurado a la taquilla sorprendido de tan poca gente formada y compré los boletos, cuando di media vuelta para dirigirme a la fila de la entrada me di cuenta que había ignorado olímpicamente la fila para los boletos. Para entrar al recito era una fila de ida y vuelta, casi pasando la entrada me encontré al primo de mi primo (Pepe) que era uno de mis pocos conocidos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.  Total que, después de llegar tarde en menos de cinco minutos ya estaba dentro.

Una fiesta agendada en un edifico sobre Xola, apenas pasando Tlalpan, fue suspendida debido a las protestas vecinales. La sede fue cambiada para casa de Lenina, donde comencé como DJ, labor que dejé en manos de Agustín, me lancé a la pista de baile a robar un sombrero y luego salí a defender a un infeliz que estaba siendo vapuleado por mis amigos: Felipe, Cuquín, Vani, Chéster, Paquis (hasta con patadas voladoras). Terminé llevándolo a su casa.