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para la piel sensible

Préndanme fuego, mi carne quemada, mi carne quemada,es menos frágil…

Mundo de quimeras – Soda Stereo

Durante mi infancia me di cuenta de que, a pesar de ser hermanos, teníamos la piel —en especial la sensibilidad de la misma— muy diferente, cuando mi hermana sufría un golpe, un rasguño o incluso una picadura de mosquito su piel se ponía morada y la apariencia de cualquier herida era escandalosa.

Por mi parte parecía como si mi piel fuera de bestia de carga, cicatrizaba rápidamente, mantenía su color y resistía los más fuertes embates. La herrería de reja de casa no era suficiente para vencer mis rodillas, apenas quedaban rastros de los juegos de fútbol en la lija, el pedazo de piel de casi un metro de largo volvió a salir al poco tiempo.

Quizá por eso existía la idea de que podía aguantar lo que fuera, que mi rudo exterior era una especie de coraza que me podía proteger de todo, no estaba a la vista que mi interior constrastaba mucho con el interior, mi corazón y alma eran sensibles, anhelaba ser protegido, valorado y amado; y temía al abandono.

Pasaron muchas cosas que me lastimaron, como las burlas de los demás por tener miedo, la indiferencia ante mis palabras, las mentiras y las traiciones. Parecía que mis amigos esperaban ansiosos mis fallos para hacer un chiste al respecto. Muchas veces esperé un apoyo que no llegaba.

En el ámbito amoroso esos eventos duelen más, ser tachado de puto por negarme a copular, de ser la novia de la relación por la sensibilidad o de poco hombre por la ausencia de algunas caracterísiticas machistas.

De todo eso los insultos subyacentes eran los menos importantes, el acto de que las personas de las que esperaba algo, a las que quería/repetaba/amaba respondieran con ese tipo de frases era lo que me dolía. Ahora entiendo que es fundamental la propia interpretación pero:

Eso pudo haber sido la causa por la que me esmeré en ser por completo autosuficiente, en aprender todo lo que pude y en prestar atención a lo circundante, además de convertirme en una especie de fortaleza andante. No solamente con una coraza indestructible en el exterior sino con un alma lejana que ponía distancia con todo, un centinela en la azotea que vigilaba todo lo circundante y un mente hiperanalítica que se la pasaba sobreanalizando lo que los demás decían.

No vale la pena, además ahora ni mi pies es muy resistente, nunca es tarde para bajar la guardia y dejar que todo lo bueno y malo pase, es parte de la vida y el aprendizaje.

 

abrazos

¿Qué hago afuera del Edén? ¿Quién armó este inmenso palomar?

El Ángel – Real de Catorce

Ayer hubiera sido el cumpleaños de mi padre, me hubiera gustado abrazarlo y mucho más recibir su abrazo. Luego de un tiempo y mucha distancia hay algunas cosas que entiendo mejor, otras que quisiera preguntar y muchas otras que solamente quisiera escuchar, él disfrutaba las charlas luego de una fiesta mientras el amanecer se asomaba afuera, las historias solían ser las mismas pero algunas veces en los matices se colaba información que me decía cómo estaba y algunas veces era yo quien le contaba alguna novedad, y entonces sentía que las madrugadas era el tiempo propicio para dejar circular el cariño por medio de las palabras.

Y también hubiera querido ser abrazado por su padre, mi abuelo, tobol —como yo le decía de niño— sentir su infinita paciencia al ayudarme a hacer algo, sentir su cariño desparramado cuando me contaba historias de años pasados y adivinar entre líneas lo que sentía actualmente. Esperar pequeños milagros como cuando me compartió un poema que había escrito, cuando me aceptó las invitaciones al cine o a comer; mirar sus ojos iluminados al hablar de cine.

Mi tía Luisita quería mucho a mi padre, él decía que siempre que estaba en casa se respiraba paz y tranquilidad, añoro las veces que me acercaba a ella y me inclinaba para que me persignara y su señal de la cruz me protegiera. Extraño la magia y amor que le ponía a la comida, no importa que mi mal entendimiento de ese amor a través de la comida me haya conducido a la obesidad, era una de sus formas más puras de mostrar amor.

No escucho más los consejos de mi tío Luis, aún me acaricia el corazón su fe en convertirme en un campeón de boxeo o lucha y retirarme tras la lucha de campeonato, hubiera querido recibir más sus enseñanzas respecto a la vida, a cómo la afrontaba como una lucha, a cómo defenderse y cómo atacar, o como tratar a la vida como una dama para que ella nos trate igual.

Al recordarlos a la distancia puedo ver más claramente que aquel cariño que prodigaban también les hacía falta. Que ese amor indirecto que se les escapaba era una seña inequívoca de que necesitaban el mismo amor de vuelta, Lo sé porque me siento igual, porque creo que cuando aquí escribo plasmo un poco del cariño que necesito recibir.

Lo bueno es que aún quedan personas para abrazar.

 

San Felipe de Jesús, perdóname

Odiar el alma es no poder perdonarse ni por existir ni por ser uno mismo

Bernanos

Aunque ya había reparado en la importancia de perdonarse a sí mismo, no había atravesado por la experiencia completa.

Este sentimiento se gestó temprano en la niñez, cometí una atrocidad a muy temprana edad, tuve un descuido que ya he contado aquí. Ese incidente me dejó una idea de que había hecho algo mal y que jamás se iba a borrar.

Una de las cosas que me afectaba mucho de niño era ser acusado injustamente, no sabía cómo responder a esos señalamientos, me dejaban mudo, jamás conseguí defenderme. Recuerdo una vez que estaba jugando fútbol en el retorno, cuando aún no existían los piracantos, entonces recibí una falta que me hizo tropezar y caer entre el cemento, un pedazo con piedras de río y el pasto del jardín; justo en ese momento estaba mi padre enfrente que me gritó a manera de regaño “ya te dije que no jugaras en el pasto”, además del dolor del golpe esa acusación no solamente me hizo sentir mal  también provocó la burla de los que estaban jugando, no atiné a hacer otra cosa que quedarme callado.

Desde muy niño estuve preocupado por mi madre, sus sufrimientos de madre adolescente, sus miedos e inseguridad despertaron en mí un instinto protector desde temprana edad, obedecía sus mandatos e intentaba manejar sus neurosis, o lo más difícil era transitar la vida de la manera en que ella quería que fuera transitada por eso cuando ella me acusaba que no la quería o no me esforzaba o —lo más gacho— que no me importaba sentía

Este sentimpiento solamente se manifiesta cuando la acusación viene de alguien que me importa, porque alguna vez fui acusado por el maestro del temas selectos de matemáticas de haber copiado ¡ja! o los compañeros que me acusaban de indigente por llevar camisas idénticas en días consecutivos o de homosexual porque me detenía el cabello con donitas color pastel.

Y qué decir del amor, como cuando en un ataque de celos te acusan de que no les importas porque otra persona se sienta junto a ti, y sin importar las explicaciones siempre terminaba cargando con la culpa, o peor aún siendo acusado de estar “pensando en otra persona” era castigado impunemente y —como Sansón— perdiendo el cabello en contra de mi voluntad.

Y creo que jamás tuve una respuesta para esa sensación porque pensaba que me lo merecía, aunque no fuera cierto, quizá por eso todo este tiempo que he cargado con esa culpa me la pasé cargando muchas otras culpas que no me correspondían, culpas que no encontraba la manera de purgar salvo con penitencia, por eso no me había sentido merecedor a nada y había pasado muchas veces sufriendo en silencio sin poder compartir lo que sentía ocultando mi necesidad de ayuda, quizá por eso buscaba anestesiar esas sensaciones por comida, por eso castigaba mi cuerpo sin brindarle cuidados que pensaba inmerecidos. Por eso transitaba ese camino del autoabandono que tando me recuerda a mi padre y mi abuelo, alejados de los doctores, con enfermedades sin atender durante mucho tiempo.

Por eso puedo reconocer ese dolor, por eso pensaba que podía entender y ayudar a los otros, que lo que daba era porque era empático con el otro, quizá ayudando para evitar mirar hacia mi propia miseria. Y eso sí me da miedo, pensar que quizá todo lo que he hecho no ha significado más que mi ruta de escape, mi evasión, mi desesperado intento por liberarme de la culpa que como roedor desgastaba mi alma. No sé si ese sea el caso, no importa si todo mi mundo es falso porque necesito perdonarme por todo lo que me he hecho, necesito sentir que sí merezco ese perdón, que no voy a vivir condenado por siempre.

Me perdono.

Refrescos para chabacanitos

a unos ponche y a los tristes coca cola

La Tertulia – Chava Flores

El pasado domingo cumplió un año mi sobrino y ahijado Santiago, y recordé los refrescos de la infancia. Poco después de cumplir los dos años comencé a visitar la tienda que estaba en la misma acera donde vivía, la señora que atendía sonreía al ver a un niño llegar gritando “Doña Vitorita, mi chaparrita”, fue el primer  refresco que probé, coincidentemente fue el primer refresco sin gas en México, los sabores eran mandarina, piña y uva; los sabores estaban alejados del sabor de la fruta representada, quizá el de uva parecía un poco a los jugos de uva que vendían en botellas de cristal opaco de color verde y muchos se negaban a tomar el de piña por las burlas -de piña para la niña- pero era muy común encontrarlas en las fiestas infantiles. La siguiente bebida fue el sidral mundet que era común que te lo dieran si estabas enfermo, sirviéndolo además al tiempo, tenía de competencia a la manzanita sol que tenía más gas, el sidral aga —y haga de cuenta que es sidra—, también había peñafiel y fanta de manzana pero tenían una calidad inferior.

También en la infancia era clásico tomar Sangría Señorial, única en sabor, siempre en envase de 355 mililitros,  había otras alternativas como la sangría de peñafiel pero no eran difíciles de conseguir porque antes tenías que llevar el envase del refresco que querías comprar, algunas tiendas lo cambiaban pero en general tenías que tener tus envases o pagar importe, el importe siempre lo pagabas en las fiestas, generalmente compraban en proporción 4 a 1 refresco de cola y tehuacán porque era evidente que tomaban cuba libre, algunas veces compraban una caja para los niños  o los que no tomaban alcohol o refresco de cola.

Pascual boing hacía dos tipos de refrescos, con gas y sin gas; los primeros tenían la figura de un pariente del pato Donald con un sabor artificial típico, pero los que no tenían gas rifaban, era un envase transparente que tenía letras verdes si el refresco tenía pulpa como los de guayaba o mango y azul si no tenía como el de uva o naranja. El que más me gustaba era el de guayaba, algunas generalmente en los tacos de canasta o los de bistec con papas. Además de su sabor se le debe un reconocimiento por la huelga que siguió a la crisis causada por López Portillo, que empezó porque la compañía se negó a darles aumento o pagarles utilidades, fue una huelga sufrida que sufrió ataques de granaderos e invasión de esquiroles, que terminó en el 84 cuando les otorgaron la posesión de las instalaciones pero negándoles cualquier crédito hasta que el STUNAM le prestó una lana y la compañía terminó como una cooperativa.

En los puestos modestos de tortas se podía encontrar el refresco trébol, mi favorito era el de sabor mandarina. que a pesar de ser artificial tenía un sabor agradable, porque otros no fueron tan afortunados, como cuando probé la primera mirinda —la clásica de naranja— tenía un gusto viscoso que dejaba la saliva amarilla. Uno de los refrescos emblemáticos de naranja era el orange crush en su botella apropiada para usarla de güiro que me parece que le ganaba la competencia al orange mundet que tenía más gas y su botella tenía círculos más opacos en la parte inferior de la botella. Pero mundet también tenía el refresco rojo, favorito de mi tío Mundo cuando íbamos a una tepachería. Y como nunca fui fan de la fanta no tengo opinión al respecto.

El 7up tiene el primer lugar en su lista de bebidas lima limón, principalmente porque patrocinaba los close captions de mi serie favorita, la competencia era el teem de pepsi que tenía esos comerciales donde un vaquero pedía papas fritas y un náufrago pedía galletas saladas, y del sprite de coca cola que tenía un sabor decente. Pero mi bebida favorita de sabor cítrico fue el mountain dew, que duró muy poco tiempo a la venta. En el caso del squirt era utilizado primordialmente para acompañar alguna bebida alcohólica como el tequila, lo mismo que la bebidas de cola o el tehuacán, antes de que sacaran los pepsilindros tomábamos pedíamos refrescos en bolsa y les agregábamos richardson. Pero la mejor combinación era el vodka con del valle de toronja.

Quisiera hacer una mención especial al algunos refrescos no tan famosos como el trisoda de jamaica, el jarrito de tamarindo, el titán de piña y la lulú de grosella. Las Yoli, los barrilitos, también el ginger ale que había en Seagrams o Canada Dry. Por cierto ya México es el mayor consumidor de refrescos.

Un día no muy venturoso  me detuve en la tienda de mi amigo Vani le pregunté como si él fuera un cantinero que me recomendara una bebida para el momento, y el destapó una pepsi, que desde entonces se convirtió en mi bebida preferida, hasta que salió el famoso reto de distinguir la coca de la pepsi —pan comido— y luego cambiaron el sabor ahí cambié a la coca. No está demás recordar otros refrescos de cola como Big Cola, RC Cola, Fiesta Cola, el spur cola —que era de la Canada Dry— o la famosa Mexi-Cola que tuvo una promoción en la que las corcholatas —bajo el corcho— tenían la frase  “El Ratón invita” y valían un refresco gratis.

Es mucho más fácil que un sabor te traiga un recuerdo que buscar el sabor enterrado en recuerdos.

Metajuego

Te has jugado la vida tantas veces, que posees un olor a barajas usadas.

Oliverio Girondo

El metajuego son las diferentes estrategias aplicadas que trasciendes las reglas propias del juego, es decir prestando interés a las circunstancias externas del juego como hacer uso del conocimiento del entorno o los rivales.

Tengo que confesar que siempre he jugado de esa manera, en particular en tantos juegos de dominó con mi familia, sabía que mi abuelo buscaba minimizar las pérdidas -por eso no le gustaba quedarse con la mula de seises- , o que mi tío siempre buscara ganar la iniciativa -quizá para tomar las riendas de algo-, que mi tía no resistiera la tentación de cerrar el juego -creo que parte de esa manera atrabancada de jugar y de vivir sea liberadora- o mi madre que siempre tiraba una mula cuando se presentaba la oportunidad -como librarse de un problema-. Algunas jugadas llevaban impresa la personalidad de los jugadores.

En casa de Azul hice lo mismo, ahora con jugadores profesionales, donde la gama de juegos ha sido extensa y los combates feroces, el juego de la casa por excelencia es “caras y gestos”, que fue evolucionando en dificultad, no solamente disminuyendo el tiempo sino aumentando las distracciones del equipo rival, pero ha habido de todo, juegos de cartas, de cartas coleccionables, las diferentes versiones de maratón,  pintamonos, monopoly -con la variable zombie-, stratego, risk, cranium, scrabble, jenga y podría seguir con la lista. Pero, aunque ahí haya sido el lugar en el que más a mi aire me haya sentido, la verdad es que dentro de los juegos no mostré mi verdadero yo, siento que tengo una especie de deuda.

Si lo pienso detalladamente  tal parece que no le he puesto mi corazón por completo a los juegos, quizá he introducido algo de caos -que amo- pero no estoy seguro que me haya mostrado completo, como si no fuera yo del todo. Creo que esto empezó a temprana edad:

En la primera mitad de los 70s mi papá compró una grabadora, alque que resultó novedoso en la familia, una de las primeras cintas que grabó contiene mi voz exclamando sorpresa y miedo al encontrar una araña, por esa grabación fui objeto de burlas durante mucho tiempo -yo creo que hasta la fecha.

Cuando estaba en primero de primaria, durante una clase de inglés estaba enfermo del estómago, pero la maestra se negó a dejarme salir hasta no terminar un ejercicio, con conseguí contenerme, cuando salí uno de mis compañeros fue siguiéndome al baño, cuando se asomó por encima de la puerta le ofrecí el dinero que tenía a cambio de que no le dijera a nadie. Se fué y regresó con muchos otros a observar el desastre.

Quizá por eso haya aprendido a vivir cuidándome de no mostrar mis debilidades a los demás, porque podrían ser aprovechadas para lastimarme, claro que esto es más claro dentro de los juegos donde es evidentemente útil, en cambio, en los aspectos cotidianos no esoty seguro que sea tan conveniente, puede ser que te libre por algún tiempo pero después es como vivir con una sombra. Además si los demás tienen la idea de que no tienes puntos débiles  puede ocasionar que recaigan demasiadas cosas sobre tu espalda.

Ahora que termino otro ciclo, me siento como si tuviera que quemar muchas cosas, algo así como un

Bonzo

Carta Circular

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Alejandra Pizarnik

En los últimos días perdí mis llaves originales y solamente tengo el duplicado de una, fui a nadar con el traje de baño equivocado, rompí un plato; una sucesión de pequeños fallos, como si la realidad se hubiera desplazado apenas las justa distancia para hacerme fallar en todas las canastas. Dadas las circunstacias mejor les cuento la historia de un campeón sin corona que un día vió un caballo tirando de un carro cargado de colchones usados, y lo invadió una tristeza insoportable, como si una fuerza se empeñara en aplastar su corazón. No sabía lo que era y durante mucho tiempo fue un misterio, para develarlo examinó algunos recuerdos del pasado:

Ropavejero

Durante su niñez viajó innumerables veces en la línea 2 del metro, el trayecto de Ermita a Tacuba, acompañado a su madre, algunas veces encontraban asientos libres todavía estaban acolchonados y un afortunado día fueron a la feria, se subieron a las tazas y comieron hotcakes. Desde entonces él amó el metro y durante un tiempo pensó que los hotcakes de feria podía curar cualquier mal.

Su padre se ufanaba de él, corregía sus yerros sin celebrar sus derrotas, eso le causó cierto resentimiento que reventó en un empujón durante una fiesta familiar. Tiempo después cuando, contrario a las veces anteriores el padre estaba sobrio y el hijo con aliento alcohólico, conversaron,  se entendieron y abrazaron.

Amó a su hermana desde su nacimiento, falló en su cuidado, la perdió y la encontró muchos años después y no quiere perderla de nuevo. Ahora tienen un vínculo adicional a la hermandad.

Su abuelo le enseñó a jugar, su tía le hacía chocolate y lo enfriaba, su padrino siempre le daba la mano para cruzar la calle, su tío de apodo legendario y su esposa lo querían, no sabía por qué pero hasta la fecha siente su amor en el abrazo.

Durante la primaria tuvo maestras que lo guiaron, lo enseñaron y algunas hasta lo quisieron; y compañeros sin prejuicios con los que formó un grupo unido, aún ahora eso le parece raro.

Al comenzar los años 80’s hizo amistad con un niño que tenía un parche en el ojo -producto de un resorte inoportuno- que lo acompañaría en una búsqueda infructuosa de quesos exóticos en las tiendas de abarrotes cercanas, fueron como hermanos mucho tiempo, fue testigo del inicio de su primer amor que lo llevó  de las iniciales trazadas en el cemento fresco de Arcos de Belén -y en muchos videojuegos-; y del fin en un amargo llanto a pocos pasos de las iniciales frente al registro civil. Además jamás nadie se burló de él tantas veces, no faltó quien pensara que eran hermanos.

Algunas familias que lo trataban como un miembro más, que le ofrecieron cobijo, comida y lo admitieron en los rituales privados, compartió vacaciones y fefstejos. Además hubo una madre que lo abrazaba amorosamente, le dejaba conducir su coche, lo aceptó como yerno, pero su hija no tenía el mismo corazón.

Se sintió cobijado bajo el brazo de un dealer que le regalaba cajas de philip morris, cuya novia lo llevaba a casa mientras conversaban largamente y una prima que le regaló una pulsera tejida de colores verde y morado que él uso hasta que se deshizo. Asistió a numerosas fiestas acompañado de lo que llamaba su banda, con los que conoció la noche y dominó el alcohol, e incluso fraternizó con alguno de ellos.

Quedó preso de un amor épico donde conoció el cielo y el infierno.

La universidad fue un campo de juegos que le dejó un papel al final, llena de conciertos con abonos de transporte y una credencial de la biblioteca central. Conoció amigos que sufrieron metamorfosis y amigos que saltaron del grupo de alumnos. Durante ese tiempo tuvo un ahijado que luego subiría de categoría a compadre, aunque el trato sea de hermanos.  Experimentó su vocación, conoció la fama, y abandonó por unos años los anhelos terrenales. Terminó ese período desfilando por las calles con una antorcha en la mano, protestando por las reformas educativas.

Encontró una casa con faro, un lugar de referencia donde podía jugar y cocinar platos de origenes diversos, donde podia ir sin camisa de fuerza, donde sus palabras eran celebradas en lugar de censuradas. Y se abrieron múltiples puertas, junto con una invitada armaron una fiesta, se casaron de negro y separaron de blanco. Y otro invitados lo acogieron en el duelo y lo siguen acogiendo en su peregrinar. En sus incursiones le cuida las espaldas un joven francotirador en quien confía.

Algunas personas no quieren ser guardianes de sus tesoros, otras los reciben y algunas los encuentran tirados por ahí.

Quisiera explicar qué tiene esto que ver con el caballo pero llegó el clima otoñal a despertarme.

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