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primeros años

Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones.

Marcel Proust

La noche previa a mi nacimiento, mi madre jugaba dominó con mi padre, mi abuelo y mis tíos. Su embarazo plagado de antojos de mango manila y hamburguesas llegaba a su fin. Los tres gustos mencionados los heredé.

Los primeros años viví en la casa de mis abuelos en un cuarto al fondo, dormía al lado izquierdo de la cama de mis padres y enfrente había un ropero de colores verde pistache y beige (o hueso), cuando se apagaban las luces me imaginaba vívidamente que había dos caballeros (uno blanco y uno negro) custodiando el ropero. Me daba miedo pero nunca dije nada al respecto.

El primer sueño que recuerdo fue en caminar descalzo en el patio y estar rodeado de protozooarios que flotaban en el aire todo bajo una luz clara de madrugada. Nunca volví a soñar lo mismo.

De mi primer cumpleaños hay una grabación en película de 8mm donde es evidente que hablaba demasiado, me la pasé atosigando a los niños que estaban a mi lado antes de apagar las velitas y cortar el pastel en forma de cancha de fútbol con todo y jugadores que mi mamá había encargado especialmente suponiendo que heredaría ese gusto de todos mís tíos y mi papá (no sucedió).

Me gustaba la aventura, a los dos años me dejaban ir a la cremería por queso, estaba en la misma cuadra y vigilaban mi trayecto pero yo me sentía libre y daba la vuelta corriendo. También iba a la tienda al lado de la papelería del Chere y gritaba “Doña Vitorita, mi chaparrita”. La de mandarina era mi favorita.

Acompañaba a mi mamá a la panadería, no estaba tan surtida como la Esperanza. Comprabamos un bolillos y pan dulce. Cuando había feria de regreso pasábamos y nos subíamos a las tasas. Siempre pude aguantar las vueltas, me gustaba el vértigo.

Me compraban cuentos de Walt Disney, En particular los de Rico McPato y los chicos malos. No sabía leer así que le preguntaba a mi mamá lo que decían. Así aprendí a leer, como de bulto. No por sílabas como acostumbraban.

La semana santa del 75 fue cuando viví las guerras de agua, todo con mi papá y sus hermanos, no me importó que me fuera a enfermar y recibir inyecciones, quedé empapado en el patio, feliz.

Solía acompañar a mi mamá en sus viajes, cotidianamente íbamos a Cuernavaca, saliendo de la terminal del sur, comíamos una torta y un boing de lata. O íbamos a Tacuba, nos íbamos en metro, como recién había sido el accidente en la estación viaducto, los asientos todavía estaban acolchonados y algunas personas aún fumaban en los vagones.

 

 

 

acumulación

Nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas

Henry Miller

Estoy a una semana de mudarme de país, regreso a vivir en México, por circunstancias el viernes de la semana pasada me enteré que no iba tener mudanza, es decir, lo único que me iba a llevar es lo que cupiera en mis maletas.

La cantidad de cosas que uno puede acumular a lo largo de apenas cuatro años puede llegar a ser exagerada, pero las cosas indispensables no son tantas. Esta semana tuve la tarea de decidir lo que me llevo y lo que no, además de acomodarlo en las maletas, gracias a la visita de mi madre serán 5 maletas y mucho mejor acomodadas.

Además de cancelar servicios, tarjetas, cerrar los pendientes —no es que sea muy fácil darse una vuelta para hacer las cosas— ya me tocará declarar impuestos remotamente (nada de gracia) y espero que no se me pase nada. Por lo pronto también tendré que desmembrar mi computadora y trasladar apenas su cerebro y corazón para ser transplantadas en otro cuerpo al llegar al destino.

Aún me falta establecerme, aún no sé si tengo electricidad, los demás servicios menos, claro que conociéndome no tardaré en tener lo básico: una computadora, un refrigerador y una cama —en ese orden— finalmente es otro comienzo.

Por ahí dicen que sólo se es poseedor de aquello de lo cual uno puede desprenderse; de lo contrario no se es poseedor, sino poseído.

llevar al baile

Ritmo. Signos que siempre son clave. Imágenes fugaces. Titubeante como una música de sombras redimidas.

Halfdan Rasmussen

Nací lleno de muchas contradicciones, pero una de ellas ha sido el baile, la actitud de mis familias materna y paterna es completamente diferente, mientras que mi familia paterna, llevo parte de ambas.

Mi madre ganó un concurso de baile junto con su hermano Juan, en Acapuco durante su juventud, cada que llegaba a casa de mi abuela veía a mi tío Juan estaba trabajando mientras escuchaba y bailaba música de la Sonora Matancera, mis abuelos Chuchita y Luis eran afectos a bailar danzón, y durante mi niñez vi muchas fiestas transcurrir al ritmo de la internacional Sonora Santanera, con mucho baile y varios gritos de “voy polla” para motivar el baile. Mi tío Luis siempre me decía que esa era la clave para conquistar a las muchachas, quisiera aclarar que el significado de muchachas podría ser muy variado, en algún viaje a Acapulco nos prometió “vamos con unas muchachas” me parece que solían ser muchachas en su juventud.

Durante mi juventud en las fiestas de mi primo Carlos con las que comenzábamos las fiestas de diciembre, participé algunas veces en las líneas de baile con mis primos y amigos, solamente lo pude hacer muy al principio, luego ellos se convirtieron en unas lumbreras para el baile, la distancia creció mucha, no es mi mayor virtud, siempre he sentido que de alguna manera eso fue una decepción para mi madre, que algunas veces me pedía bailar con ella pero como nunca le faltó con quien bailar no fui necesario, tampoco bailé con mi hermana. Aunque fui chambelán de mi prima Ale, pero mi aprendizaje formal comenzó un poco antes, en los XV años de Sandra Sheila, donde Marcela (QEDP) me enseñó lo básico y siempre estuvo dispuesta a bailar conmigo.

Porque sí disfruto el baile, a pesar de no ser lo más rítmico que pudiera, porque además de las fiestas de XV años cuando tenía alrededor de esa edad, también estaban los bailes que se organizaban en la Carmen Serdán, donde Paquis ya tenía el estilo, después fueron todas las fiestas fresonas donde predominaba el pop, yo solía bailar solo, algunas veces subiéndome a las sillas y saltando, y durante la época del slam usaba mis botas con casquillo metálico y mi chamarra desgarrada. También durante mi tiempo en la facultad, como éramos solamente dos hombres en el grupo de amigos pues nos tocaba bailar más como cuando había grupos de merengue en el auditorio. A tiempos más recientes, bailes de año nuevo en la calle, lances en el día del maestro al ritmo de youtube, lecciones de forrô o samba carnavalesca.

Pero parece que las el amor no viene junto con una pareja de baile, por alguna razón no han querido bailar conmigo, confieso que eso me ha lastimado particularmente, como si un aspecto mío fuera rechazado. Como si mi ritmo no fuera suficiente —demasiado asincrónico— quizá esta falta de empatía sea un signo.

Será que no le hice caso a mi tío y nunca lo usé como medio de conquista, bueno algunas veces pero en ninguna relación significativa, apenas de cercanía vecinal, coincidencias de moda o de dimensión. Total nunca es tarde.

 

 

 

 

In

 

 

de compras por el tiempo

El que tiene tienda que la atienda, si no que la venda

Refrán popular

Desde pequeño acompañaba regularmente a mi mamá a hacer las compras, la mayoría era en el mercado de la 201 pero algunas veces íbamos a una tienda del Departamento del Distrito Federal allá por av. Del Taller, no había tanta variedad como hay ahora, no existían envases de tetrapak, los únicos jugos que vendían eran del valle, en recipientes de vidrio de casi 800 ml. Solamente había de uva y de manzana, había leche Carnation Clavel que requería agua pero era la única que duraba mucho tiempo, comprábamos frijoles al minuto, que eran deshidratados y venían en caja, recién hechos no eran tan malos pero no había manera de recalentar el sobrante quedaba una especie de plasta que se deshacía con un poco de fuerza. Solamente aquí vendían carnes frías , porque en las tiendas solamente vendían jamón, queso blanco y queso de puerco, bueno algunas tenían queso supremo. El pan para hamburguesas no tenía ajonjolí y le llamaban va-llenas, desde entonces había medias noches, latas de choco-milk, harina de trigo, solamente había aceite de cártamo.

Otra tienda un frecuentada era el Gigante, mucho antes de que fuera Soriana, que está en Calzada de la Viga, muy cerca del eje 8, en esa tienda había un local de videojuegos —Chispas, sin albur—, ahí vendían jugo de caña, estaba enfrente de una gasolinera y tenía una entrada por Ermita casi frente a la clínica 15 del IMSS. por ahí era difícil atravesar por causa del trolebús. Cuando mi madre estuvo delicada y viviendo en casa de Chuchita, seguía haciendo las compras en ese lugar, tenía que tomar un camión de la ruta 100 de la ruta 37 (sic) que iba de Santa Ana a la Viga y regresar cargando bolsas de plástico no tan frágiles como las de Soriana. Otras tiendas Gigante frecuentadas eran la de miramontes donde había un zapamundi y también había juegos a los que llevé algunas veces a mis primos Juan de Dios y Mariana, fui ahí donde hice mis compras la primera vez que cociné la cena de navidad, mi mamá estaba triste por la muerte de su mascota y yo me lancé a las dos de la tarde a ver qué encontraba para la cena; cuando esaba en la fila de la carnicería la mujer que estaba adelante le reclamaba al carnicer con aires de superioridad el tamaño de la pieza — ella pensaba que su estatus le bastaría para resolver el problema de las existencias durante esta temporada— al irse a reclamar al gerente el carnicero me ofreció la pierna de cerdo desdeñada por la señora: esa fue la base para la cena. La otra tienda también en Miramontes, pero es la esquina con Acoxpa, donde en estaba el Sanborns donde hay mucho movimiento de ambiente, ahí acompañaba a Raúl en sus encuentros y alguna vez el conductor de un Grand Marquis intentó contratar “mis servicios”.

En las contraesquinas de esa tienda había un Sardinero —que cambió a una bodega aurrerá—al lado del Barón Rojo y del otro lado estaba un Aurrerá —convertido después en Walmart— el que más frecuenté fue el que se construyó sobre un antiguo tianguis de automóviles en donde Miramontes se bifurca en el eje 1 OTE y el eje 2 OTE. Frente a ese walmart se encontraba la tienda del ISSSTE que tenía un estacionamiento subterráneo donde me robaron los limpiaparabrisas de Napoleón el día que fui de madrugada —habrían las 24 horas— a comprar un jugo de naranja y una botella de Terenka. Duré más de una año sin limpiaparabrisas.

En avenida Universidad, entre Miguel Ángel de Quevedo y Copilco existía otra tienda que se ufanaba de tener de todo —de Todo tiene de todo— a la que llegué a ir de niño un par de veces, tenía los pasillos muy estrechos y mucho más productos de baño que las otras tiendas.  Había un Sumesa sobre avenida centenario al lado de Río Churubusco en la entrada de Coyoacán, menos surtido que la vinata de enfrente. De casa de Azul solíamos ir al Superama, de avenida Politécnico, cuando me cambié a la Quemada podía ir a pie al Superama de Luz Saviñón. Tenía pocas cosas, algunas distintas pero más caras.

Ahora por estos lares hay Pão de Açúcar, Emporium, Extra, Sonda. Pero voy al más cercano.

 

 

 

 

 

¿Qué le pasa a Lupita?

La Guadalupana bajo al Tepeyac

La Basílica de Guadalupe está edificada sobre el cerro donde se apareció por primera vez el 9 de diciembre de 1531 —se celebra el 12 porque ese día fueron milagros— el pueblo de México es guadalupano, no en balde es un día festivo religioso que es oficial en un estado laico —eso se notó cuando la estación del metro cambió de nombre de Basílica a 18 de Marzo—. La basílica recibe más de veinte millones  visitantes al año, un poco menos de la mitad son alrededor del 12 de diciembre —alrededor de 7 millones van ese día— las limosnas registradas son aproximadamente de 24 millones al año lo que nos deja un promedio de 1.2 pesos de limosna, es un reflejo de la economía de sus fieles son, en su mayoría, de escasos recursos que hacen un gran esfuerzo por ir ese día y el comercio alrededor no les hace la vida más fácil.

El lugar está lleno de historia, desde las capillas de los Indios y del Cerrito, el cementerio donde se encuentran los restos de Xavier Villaurrutia, Gabriel Mancera, Ernesto Elorduy y José María Velasco, pero también está ligada a la farándula porque la construcción de la nueva basílica recibió fondos del dinero recaudado de una telenovela —me parece que Ana del aire—, se han celebrado algunas bodas famos ahí —la última que recuerdo de Jaime Camil—. también bautizos —la hija de Angélica Vale— y desconozco dónde se encuentran las cenizas de Rocio Dúrcal o los restos de Tintán pero están dentro del complejo del Tepeyac.

A mis abuelos les gustaba ir a la Basílica a dar las gracias, cuando los acompañab me gustaba dar la vuelta, ver tanta gente y pasar a los caldos Zenón, porque a la Lupita se le celebra con comida mexicana. Mi abuela siempre sonreía, le encantaba estar entre la multitud, en las fiestas, a pesar de sus múltiples operaciones ‒entre el corazón, las arterias y los ojos, además de tratamientos experimentales y algunos otros remedios naturistas‒ y de que es más devota de la Virgen de San Juan de Los Lagos —decían que Lupita hacía los milagros de fiado pero a la de San Juan tenías que pagarle puntualmente— creo que se le daba muy bien los santuarios.

Yo fui a algunas peregrinaciones, unas de parte del trabajo de mi padre —saliendo de la glorieta de Peralvillo— y otra a la que se unió mi primo José Carlos saliendo de la Colonia del Valle, en cada ocasión recorriendo la calzada de los Misterios. Recuerdo que a medio camino había un edificio de aspecto tétrico con un letrero 666 en lo alto —el anuncio de una pomada diabólica— era un trayecto corto, lleno de personas.

Casi la mitad de sus fieles afirma haber recibido algún favor, pero parece que es más le cumple más a las mujeres, siempre me resulta interesante leer las peticiones y oraciones, algunas personas van a agradecer por lo recibido, otras a pedir por salud, otras tienen una petición especial, en algunas de nota la desesperación y la confusión, mi padre iba a jurar por un año, era su única manera de abstenerse del alcohol, bueno hasta Rosa Salvaje le pedía cada mañana.

Solía salir de vacaciones un día o dos antes de esta fecha generalmente hacia algún destino cercano todo el camino encontraba los peregrinos en dirección opuesta, hay numerosass peregrinaciones organizadas hacia la basílica de ciclistas, taxis pirata, sillas de ruedas. Es de los pocos compromisos a los que no se falta y que los mexicanos se agolpan en torno a una celebración e imagen. Que parece que los derechos de esta imagen fueron cedidos hace como 10 años a María Teresa Herrera Fedyk para su comercialización.

De alguna manera me parece que lo que pasa en la plaza mariana estos días es un reflejo del pueblo mexicano.

 

mi tío Lobo

Nunca es largo el camino que conduce a la casa de un amigo

— Juvenal

Mi tío Carlos es hermano de mi mamá y, por lo que he alcanzado a ver, el consentido de mi abuela y era el mejor amigo de mi padre, fueron amigos, compañeros de equipo e incluso compadres antes de que se casara con mi mamá;  él se describe como el mejor vendedor del mundo, posee una gran suerte —el número de veces que ha tenido las 7 fichas del mismo número en el dominó son demasiadas para atribuirlas a la casualidad— a lo largo del tiempo compartió varias aventuras con mi papá, algunas que escuché entre conversaciones que tenían al calor de las copas.

Se veían regularmente en las fiestas en casa de Chuchita, donde yo me quedaba al lado de una bocina escuchando las canciones de la Sonora Santanera mientras ellos brindaban y bailaban, solía visitarnos regularmente, yo me encargaba de las provisiones y de servir, conseguir hielos o traer más refrescos, cuando tenía dinero compraba una solera para ofrecérsela a mi tío—bacardí es su bebida de batalla— y cuando lo hacía mi padre exclamaba ¡no sé por qué te quiere tanto! también solía llevarlo de regreso. La verdad es que pocas veces podía ver a mi padre explayarse como con mi tío, siempre lo veía animado.

Existen algunas anécdotas que describen algo de su carácter, alguna vez se quedó frente a otro auto en la calle de Silos, el otro conductor se negaba a moverse —como aquella leyenda virreinal donde dos carrozas se encuentran en una calle angosta— entonces el otro conductor lo retó a ver quién se quitaba primero, mi tío dice que cuando despertó ya no había coche estorbando. Para la fiesta de XV años de mi prima Alejandra, fue a comprar el melate y luego buscó a los representantes de la Santanera para conseguirlos para la fiesta, en esa búsqueda me parece que tenía apartado a Óscar de León. Algunas veces lo vi riendo mucho cuando pasaban a la pantera rosa en la televisión, sus ocurrencias le divertían muchísimo.

En la boda de mi hermana mi tío se me acerco para platicarme algo: cuando mi papá estaba en el hospital agonizando lo mandó llamar porque quería hablar con él a solas, le pidió a mi mamá que saliera para poder despedirse de mi tío en forma privada, el contenido de esa conversación es íntimo y personal pero mi tío dejó asomar algunas cosas —que agradezco con el alma— y que no mencionaré porque las guardo para mí, pero esas palabras son como la luz que emitían en sus pláticas nocturnas al calor de las copas, en sus reacciones ante la música en sus risas, creo que siempre lo vi muy contento con mi tío.

Quizá esta sea solamente una forma muy humilde de agradecimiento.

Gracias tío.

Carlos

abrazos

¿Qué hago afuera del Edén? ¿Quién armó este inmenso palomar?

El Ángel – Real de Catorce

Ayer hubiera sido el cumpleaños de mi padre, me hubiera gustado abrazarlo y mucho más recibir su abrazo. Luego de un tiempo y mucha distancia hay algunas cosas que entiendo mejor, otras que quisiera preguntar y muchas otras que solamente quisiera escuchar, él disfrutaba las charlas luego de una fiesta mientras el amanecer se asomaba afuera, las historias solían ser las mismas pero algunas veces en los matices se colaba información que me decía cómo estaba y algunas veces era yo quien le contaba alguna novedad, y entonces sentía que las madrugadas era el tiempo propicio para dejar circular el cariño por medio de las palabras.

Y también hubiera querido ser abrazado por su padre, mi abuelo, tobol —como yo le decía de niño— sentir su infinita paciencia al ayudarme a hacer algo, sentir su cariño desparramado cuando me contaba historias de años pasados y adivinar entre líneas lo que sentía actualmente. Esperar pequeños milagros como cuando me compartió un poema que había escrito, cuando me aceptó las invitaciones al cine o a comer; mirar sus ojos iluminados al hablar de cine.

Mi tía Luisita quería mucho a mi padre, él decía que siempre que estaba en casa se respiraba paz y tranquilidad, añoro las veces que me acercaba a ella y me inclinaba para que me persignara y su señal de la cruz me protegiera. Extraño la magia y amor que le ponía a la comida, no importa que mi mal entendimiento de ese amor a través de la comida me haya conducido a la obesidad, era una de sus formas más puras de mostrar amor.

No escucho más los consejos de mi tío Luis, aún me acaricia el corazón su fe en convertirme en un campeón de boxeo o lucha y retirarme tras la lucha de campeonato, hubiera querido recibir más sus enseñanzas respecto a la vida, a cómo la afrontaba como una lucha, a cómo defenderse y cómo atacar, o como tratar a la vida como una dama para que ella nos trate igual.

Al recordarlos a la distancia puedo ver más claramente que aquel cariño que prodigaban también les hacía falta. Que ese amor indirecto que se les escapaba era una seña inequívoca de que necesitaban el mismo amor de vuelta, Lo sé porque me siento igual, porque creo que cuando aquí escribo plasmo un poco del cariño que necesito recibir.

Lo bueno es que aún quedan personas para abrazar.

 

Carta a Miranda

Yo pronuncio tu nombre, en esta noche oscura, y tu nombre me suena más lejano que nunca.

Federico García Lorca

Miranda, amada hija inexistente:

Creo que hay cosas que solamente tú entenderías, tal vez esto sea porque la probabilidad de tu existencia va menguando cada momento, pero lo que siento en mi corazón es que ha sido mi amor tan grande que te ha mantenido fuera de este mundo. Porque quisiera que en caso de que existieras darte lo mejor que tengo.

No hubiera querido que te sintieras abandonada, que pensaras que te ignoro, que no te hubiera cuidado, alentado y abrazado incondicionalmente. Porque aún no puedo hacerlo conmigo. Porque esas carencias que tengo no quisiera que las padecieras, que quisiera que estuvieras completamente segura de que eres amada por completo y por quien eres, sin sentir que tienes que hacer algo para llamar la atención, que mereces todas las bendiciones del mundo y que no cargas culpa alguna.

Me tocó ver a mi padre matarse lentamente, abusando de su cuerpo, perdiéndose, viviendo inconforme, malhumorado. De ninguna manera quisiera hacerte pasar por algo así, el que me vieras transitando por esos pasajes oscuros en los que me he perdido, también despreciando mi vida, ya voy en otra dirección pero aún es incierta.

Lo que quiero decir es que necesito primero cuidar bien de mí para poderte dar algo. Que estoy trabajando para estar mejor, para sanar tantas heridas para construir una persona completa y presentarme como pedazos unidos apenas con lápiz adhesivo.

Yo quisiera que pudieras escuchar mi verdadera voz, que mis palabras pudieran expresar lo que pasa por mi mente, que pudieras verme a los ojos y supieras lo que siento, que te enorgullecieran mis acciones, mi trabajo cotidiano, que lo que te he escrito ha sido una manera de mantenerme vivo, de mostrarte lo que he sido para que entiendas el camino que he seguido, quizá para que entendieras un poco más quien soy.

Hoy te hablo porque necesitaba hablarte.

Pedro

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San Felipe de Jesús, perdóname

Odiar el alma es no poder perdonarse ni por existir ni por ser uno mismo

Bernanos

Aunque ya había reparado en la importancia de perdonarse a sí mismo, no había atravesado por la experiencia completa.

Este sentimiento se gestó temprano en la niñez, cometí una atrocidad a muy temprana edad, tuve un descuido que ya he contado aquí. Ese incidente me dejó una idea de que había hecho algo mal y que jamás se iba a borrar.

Una de las cosas que me afectaba mucho de niño era ser acusado injustamente, no sabía cómo responder a esos señalamientos, me dejaban mudo, jamás conseguí defenderme. Recuerdo una vez que estaba jugando fútbol en el retorno, cuando aún no existían los piracantos, entonces recibí una falta que me hizo tropezar y caer entre el cemento, un pedazo con piedras de río y el pasto del jardín; justo en ese momento estaba mi padre enfrente que me gritó a manera de regaño “ya te dije que no jugaras en el pasto”, además del dolor del golpe esa acusación no solamente me hizo sentir mal  también provocó la burla de los que estaban jugando, no atiné a hacer otra cosa que quedarme callado.

Desde muy niño estuve preocupado por mi madre, sus sufrimientos de madre adolescente, sus miedos e inseguridad despertaron en mí un instinto protector desde temprana edad, obedecía sus mandatos e intentaba manejar sus neurosis, o lo más difícil era transitar la vida de la manera en que ella quería que fuera transitada por eso cuando ella me acusaba que no la quería o no me esforzaba o —lo más gacho— que no me importaba sentía

Este sentimpiento solamente se manifiesta cuando la acusación viene de alguien que me importa, porque alguna vez fui acusado por el maestro del temas selectos de matemáticas de haber copiado ¡ja! o los compañeros que me acusaban de indigente por llevar camisas idénticas en días consecutivos o de homosexual porque me detenía el cabello con donitas color pastel.

Y qué decir del amor, como cuando en un ataque de celos te acusan de que no les importas porque otra persona se sienta junto a ti, y sin importar las explicaciones siempre terminaba cargando con la culpa, o peor aún siendo acusado de estar “pensando en otra persona” era castigado impunemente y —como Sansón— perdiendo el cabello en contra de mi voluntad.

Y creo que jamás tuve una respuesta para esa sensación porque pensaba que me lo merecía, aunque no fuera cierto, quizá por eso todo este tiempo que he cargado con esa culpa me la pasé cargando muchas otras culpas que no me correspondían, culpas que no encontraba la manera de purgar salvo con penitencia, por eso no me había sentido merecedor a nada y había pasado muchas veces sufriendo en silencio sin poder compartir lo que sentía ocultando mi necesidad de ayuda, quizá por eso buscaba anestesiar esas sensaciones por comida, por eso castigaba mi cuerpo sin brindarle cuidados que pensaba inmerecidos. Por eso transitaba ese camino del autoabandono que tando me recuerda a mi padre y mi abuelo, alejados de los doctores, con enfermedades sin atender durante mucho tiempo.

Por eso puedo reconocer ese dolor, por eso pensaba que podía entender y ayudar a los otros, que lo que daba era porque era empático con el otro, quizá ayudando para evitar mirar hacia mi propia miseria. Y eso sí me da miedo, pensar que quizá todo lo que he hecho no ha significado más que mi ruta de escape, mi evasión, mi desesperado intento por liberarme de la culpa que como roedor desgastaba mi alma. No sé si ese sea el caso, no importa si todo mi mundo es falso porque necesito perdonarme por todo lo que me he hecho, necesito sentir que sí merezco ese perdón, que no voy a vivir condenado por siempre.

Me perdono.

¿a poco muy muy?

Más fácil es escribir contra la soberbia que vencerla.

Francisco de Quevedo

Apenas unos días atrás un amigo apuntaba que él consideraba que mis mayores pecados —capitales— eran la gula y la soberbia.  La primera es más que evidente, pero me quedé reflexionando acerca de la segunda. No es la primera vez que me señalan algo semejante, así que merece una reflexión.

Si nos centramos en la definición primaria de soberbia: altivez y apetito desordenado  de ser preferido por otros. Parece que contiene 2 partes, una de ellas es la posición por encima de los demás y el deseo de ser preferido por aquellos sobre los que se eleva, por lo que hay una paradoja embutida en ese concepto.

Mis primeros recuerdos están llenos de contradicciones, porque si bien recibí mucha atención y cariño, soy el primer nieto de mi familia paterna y el mi madre es la única mujer entre sus hermanos. También había diferentes expectativas en cuanto a mi persona por parte de todos.  Desde muy temprana edad comencé a sentirme inadecuado, creo que principalmente por no poder entender a los demás, muchas no encontraba relación entres sus actos y sus palabras.

Recuerdo que cuando intentaba hablar de algo con mi abuela paterna ella solamente se quedaba mirándome y me decía que seguramente era un marcianito —sin contestarme otra cosa— o mi tío Mundo que a pesar de su evidente cariño la mayoría de sus palabras eran para corregirme —después me di cuenta de que eso ha hecho con todos sus sobrinos pero entonces dejó una marca que sigo cargando— y me parece que mucho se debe a la manera de expresar el cariño. Entre el machismo de uno de mis abuelos y la orfandad del otro sus demostraciones de afecto eran muy parcas. Pero creo es evidente que la persona que más influencia ha tenido en mi vida ha sido mi madre a quien quiero muchísimo pero algunas veces no consigo comunicárselo y otras fallan los canales de comunicación.

Cuando yo nací ella tenía apenas 18 años y tenía un temperamento volátil muchas de sus regaños o apapachos no dependían de mi conducta sino de humor, pero no sabía que eso pasaba entonces adquirí una compulsión por actuar en busca de su aprobación. Yo veía que ella se la pasaba ayudando a los demás —quizá su forma de ejercer su carrera de trabajo social— acompañaba a las personas al hospital y se quedaba si era necesario, iba a rezar rosarios o ayudaba a preparar comida para las fiestas, ayudaba con los trámites a las demás personas, iba a inyectar o hacía reparaciones de ropa, Quizá esas conductas sean originadas por querer llamar su atención.

Llevo en mi interior una sensación de que si hay algo que no puedo hacer es un fallo en mi persona. me cuesta muchísimo trabajo pedir ayuda, me parece que es porque es por un miedo a ser rechazado justo en ese momento de vulnerabilidad, es mi manera de protegerme contra ese dolor; y aquí es evidente esa contradicción, al no buscar ayuda en esos momentos de necesidad también me he privado de recibir apoyo de las personas que quiero. Aquí quisiera mencionar a mi tía Hortencia, a quien quiero mucho aunque apenas hable con ella, pero siempre que la saludo le doy un abrazo en el que puedo sentir ese cariño así directo y sin escalas, quizá si me expongo más recibiría más de esas demostraciones.

La palabra también tiene otras acepciones como alto, fuerte o excesivo en las cosas inanimadas. Y con seguridad puedo entrar en la categoría de excesivo, además de las otras 2. Tampoco quiero pecar de falsa modestia, una de las veces que fui acusado de soberbio fue cuando le dije a una dama que ella que le estaba otorganod el privilegio de mi presencia, alguna otra persona me reclamaba mi forma de hablar como pontificando, pero nunca ha sido con un aire de superioridad, siempre he intentado tratar de iguales a las personas —también esto ha sido criticado— sin tener ningún prejuicio al respecto.

Y como dijera Mauricio Garcés: Ahí les dejo mi reputación para que la hagan pedazos.

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