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camposanto

Porque en el lento instante del quebranto,/ cuando los seres todos se repliegan / hacia el sopor primero/ y en la pira arrogante de la forma/ se abrasan, consumidos por su muerte.

Muerte sin fin – José Gorostiza

El altar de muertos que se levanta a manera de ofrenda, repleto de flores, comida y objetos preferidos de los difuntos en un espejo de lo que llevamos dentro, de las cosas y los recuerdos que nos dejaron. De alguna forma nuestro ser tomó forma gracias a su influencia.

Recurdo a mi tía Luisita desayunando café invariablemente, acompañado de cafiaspirinas y unas doraditas, mirando tranquilamente la tele mientras fumaba sus faros, ocasionalmente le llevaba unos cheetos. Su bendición me ha protegido en innumerables ocasiones, me encomendaba con las ánimas del purgatorio.

Mi abuelo Pedro (yo le decía Tobol) siempre te llevaba a la cocina para ofrecerte manjares perticulares, apenas me aceptó un par de invitaciones a comer. Cuando era su cumpleaños solía llevarle tartaletas en lugar de pastel, le gustaban los sabores dulces, también el huitlacoche y el chocolate.

Acompañé a mi padre muchas veces a comer, íbamos al mercado a comprar tacos de moronga y longaniza con papas, otras veces a alguna cocina económica cerca de su trabajo donde lo atendían a cuerpo de rey, le daban unas milanesas gigantes (oreja de elefante) pero lo que siempre recuerdo era su difrute con las tortas de cajeta, cada que las comía nos contaba de la vez que en la primaria le robaron su rebanada de bolillo con cajeta cuando estaba a punto de darle la primer mordida.

Mi abuela Chuchita siempre estaba sonriendo, la recuerdo en una mañána fría desayunando leche caliente con pan de dulce, o pidiendo bisquets o hot cakes. Me parece que era más de desayuno, porque las veces que se quedaba en la fiesta no la vi cenar.

Mi abuelo Luis siempre comía opíparamante, le gustaba la carne, el chicharrón en salsa verde y acompañarlo de un buen tequila. Una vez en Salamanca fui con él un restaurante y terminé completamente lleno.

Mi abuela Ester solía cenar en solitario, se limpiaba la crema nivea que tenía embadurnada por la cara y se disponía a cenar un café con pan.

Mi tío Luis también era de buen comer, acompañando la birria con una cerveza bien fría, lo acompañé algunas veces por el pan donde se desvivían por atenderlo

Nuestros muertos viven en nosotros.

 

 

 

primeros años

Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones.

Marcel Proust

La noche previa a mi nacimiento, mi madre jugaba dominó con mi padre, mi abuelo y mis tíos. Su embarazo plagado de antojos de mango manila y hamburguesas llegaba a su fin. Los tres gustos mencionados los heredé.

Los primeros años viví en la casa de mis abuelos en un cuarto al fondo, dormía al lado izquierdo de la cama de mis padres y enfrente había un ropero de colores verde pistache y beige (o hueso), cuando se apagaban las luces me imaginaba vívidamente que había dos caballeros (uno blanco y uno negro) custodiando el ropero. Me daba miedo pero nunca dije nada al respecto.

El primer sueño que recuerdo fue en caminar descalzo en el patio y estar rodeado de protozooarios que flotaban en el aire todo bajo una luz clara de madrugada. Nunca volví a soñar lo mismo.

De mi primer cumpleaños hay una grabación en película de 8mm donde es evidente que hablaba demasiado, me la pasé atosigando a los niños que estaban a mi lado antes de apagar las velitas y cortar el pastel en forma de cancha de fútbol con todo y jugadores que mi mamá había encargado especialmente suponiendo que heredaría ese gusto de todos mís tíos y mi papá (no sucedió).

Me gustaba la aventura, a los dos años me dejaban ir a la cremería por queso, estaba en la misma cuadra y vigilaban mi trayecto pero yo me sentía libre y daba la vuelta corriendo. También iba a la tienda al lado de la papelería del Chere y gritaba “Doña Vitorita, mi chaparrita”. La de mandarina era mi favorita.

Acompañaba a mi mamá a la panadería, no estaba tan surtida como la Esperanza. Comprabamos un bolillos y pan dulce. Cuando había feria de regreso pasábamos y nos subíamos a las tasas. Siempre pude aguantar las vueltas, me gustaba el vértigo.

Me compraban cuentos de Walt Disney, En particular los de Rico McPato y los chicos malos. No sabía leer así que le preguntaba a mi mamá lo que decían. Así aprendí a leer, como de bulto. No por sílabas como acostumbraban.

La semana santa del 75 fue cuando viví las guerras de agua, todo con mi papá y sus hermanos, no me importó que me fuera a enfermar y recibir inyecciones, quedé empapado en el patio, feliz.

Solía acompañar a mi mamá en sus viajes, cotidianamente íbamos a Cuernavaca, saliendo de la terminal del sur, comíamos una torta y un boing de lata. O íbamos a Tacuba, nos íbamos en metro, como recién había sido el accidente en la estación viaducto, los asientos todavía estaban acolchonados y algunas personas aún fumaban en los vagones.

 

 

 

mentores

No puedo pensar en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de la protección de un padre.

Freud

Todas mis figuras paternas han muerto.

El amor de mi padre era evidente, siempre quiso tener un hijo y mi nacimiento me convirtió en premio. No le importaba el esfuerzo hecho por sus por sus hijos, siempre estaba dispuesto a ayudar y daba sin reservas cuando se trataba de la salud o la escuela. Era severo, siempre buscaba mi bienestar a su manera. La disciplina era dura y nunca aceptaba réplicas o explicaciones —siempre que uno asume que nunca se equivoca, se equivoca— ne dolían mucho los castigos injustos, pero mucho más que eso me lastimaba su alcoholismo. Cuando llegaba haciendo escándalo y pidiendo hablar con sus hijos, era cariñoso y contaba anécdotas, cuando venía solo me tocaba hablar con él mientras mi madre preparaba café y luego ayudar a que subiera, cuando venía acompañado me tocaba ser el anfitrión mientras mi madre preparaba comida en la cocina. Lo más difícil era que todo lo ocurrido escapaba de su memoria. Durante un tiempo que juró, su carácter era áspero pero las conversaciones auténticas. Al final su hígado sucumbió y fue un largo descenso hasta el fin.

Creo que me percibía débil por eso se esforzó en hacerme rudo: por ejemplo cuando comencé a jugar fútbol en el Ultra (que era algo así como las fuerzas infatiles del equipo de mi papá y mis tíos: el Santos) en los campos que estaban atrás del cine Fausto Vega —cariñosamente les decían la lija— él me entrenaba pateando balonazos con mucha fuerza en mi dirección, yo tenía que detenerlos con el pie, pecho o cabeza, no siempre lo conseguía y en más de una ocasión recibí un golpe en los testículos que me hacía doblarme aunque nunca me tiraba al piso porque “tirarse únicamete se permite para barrerse al defender”. Incluso de sus últimos deseos antes de morir fue que no lo viera morir.

Su padre, mi abuelo, Tobol, como le decía, siempre estuvo para mí, podía ir a su taller, algunas veces únicamente para platicar con él mientras seguía haciendo zapatos, lo veía quitar el cemento de sus dedos e ir acumulándolo en una especie de pelota que luego me daba para jugar, o golpeando la piel con un cuadrito de madera, parece que de caoba. Durante las visitas cotidianas, mientras estábamos en la sala, solía llamarme desde la cocina para darme algún manjar que únicamente había preparado para mí —a cada nieto le preparaba cosas diferentes— o cuando había algún rosario él se quedaba conmigo afuera, porque ninguno de los dos los rezaba. Él me hizo numerosos pares de zapatos, entre ellos los más cómodos, queridos y chingones —es el adjetivo adecuado— unos auténticos zapatos de ante azul, que terminé arruinando usándolos para jugar fútbol en la calle. Le debo mucho la confianza que depositó en mi capacidad para los juegos de mesa, desde muy temprana edad; él le aseguró a su cuñado Vicente, que yo sabía jugar cartas, no defraudé a mi abuelo y derroté en la brisca a mi tío Vis. durante una Noche Buena, mi abuelo estaba muy enfermo, no bajó a cenar pero me llamó a su cuarto donde me entregó el último para de zapatos y me dijo que no tenía más pendientes. Murió antes del año nuevo.

Mi abuelo Luis era un sibarita, le gustaba la buena vida y ser bien atendido, en sus constantes viajes a Acapulco comía religiosamente en el restaurante “La Flor de Acapulco” en cada viaje una mesera se desvivía por atenderlo, le ofrecía el mejor platillo y buscaba que le sirvieran lo mejor en el caldo de pescado. Un día de esas visitas a la playa íbamos al centro de convenciones, él iba adelante con una vestimenta blanca impecable, nos dimos cuenta que era un evento privado cuando no nos dejaron pasar. A él no le negaban lel paso gracias a su porte y actitud. Alguna vez me llevó a comer a un restaurante en Salamanca, comimos opíparamente —pasta abundante y un filete de generosas proporciones— yo no alcancé a terminar el plato. Él siempre mostró la forma de ser bien atendido.

El hijo de mi tío Luis que compartía su nombre era el tercero de 6 hermanos, siempre fue carismático, ingenioso y le gustaba disfrutar el momento. Solía darme muchos consejos para triunfar con las chicas no tan chicas: desde cómo sacarlas a bailar o la forma de abordarlas, también tenía muchos planes para hacernos ricos, muchos de los cuales me incluían en una pelea por el campeonato mundial, se de box, lucha libre o alguna otra de forma de combate. En general buscaba compartirme su visión optimista de la vida, sus técnicas de combate y sus tácticas de conquista, como el paquete básico de supervivencia.

Fuera de la familia, Arturo, un amigo que vivía cerca de la preparatoria donde estudiaba. Tenía numerosos negocios, sus prácticas eran lucrativas pero no tan legales. Hasta su prima de 12 años le ayudaba en el negocio. Siempre que lo veía me regalaba al menos una caja de cigarros, de los que no se conseguían aquí, sean los Parliament con doble filtro —la última cajetilla en poner alguna advertencia con respecto a la salud—, Philip Morris dorados, rojos o verdes, los verdes tenían la advertencia de que contenían monóxido de carbono y cuando los fumábamos dentro del auto terminábamos con los ojos llorosos.  Siempre se preocupó porque regresara a salvo a su casa y mandaba a su novia a llevarme. Al final ambos murieron, fue su prima quien me avisó, ella murió durante un legrado y él cuando yo estudiaba mi último semestre de la carrera.

Al final lo único que me quedó de ellos fueron sus enseñanzas, vivencias, consejos y recuerdos. A veces quisiera volver a hablar con alguno de ellos pero ya no están.

 

Duelos que duelen (primera parte)

Los duelos sólo son a muerte cuando lo que hay en juego es una de estas dos cosas: poder o dinero.

Ellen Kushner

Hace algún tiempo, mientras platicaba con mi madre ella me señaló que no había vivido por completo mis duelos.

La primera idea  ques se me vino a la cabeza fue el desafiar a alguien con un golpe en la mejilla con un guante blanco, recordé la muerte de Galois, una mente brillante que termina por retar a un duelo de espadas al campeón de esgrima del ejército francés, o el presidente Jackson que mucho antes de ser presidente mató a un oponente que lo había acusado de bigamia, en otro tiempo y latitudes el pintor Manet, cuyo padrino de duelo era Zolá, le asestó una herida con su espada a Duranty por sus malas críticas, también el escritor Pushkin fue herido de bala. El mismísimo Salvador Allende cuando era senador se batió en un duelo en el que ambos fallaron su tiro.

El término duelo viene del latín duellum (guerra) contrario a lo que se piensa que es de duo. Incluso hubo alguna ley que regulaba estos enfrentamientos, la primera fue el code duello del renacimiento y en la época porfirista había un código mexicano del duelo.

Quizá los enfrentamientos que he tenido no han calificado estrictamente como duelos, acaso los que han tenido de por medio un juego o una botella, pero no las peleas insignes entre amigos que terminan estrechando la amistad. Tampoco las madrizas que le propiné a Jorge, esas sí fueron con odio. Tampoco la visita relámpago a mi enemigo en León, Guanajuato. Y eso no quiere decir que no haya sufrido ofensas contra mi honor como el  mortal que se atrevió llamarme pendejo frente a demasiadas personas y cortejar a mi alguna vez novia, lo único que  lo ha salvado es la distancia y su domicilio anónimo (pero la deuda será saldada cuando lo encuentre). Quizá el único enemigo digno para un duelo se encuentra en mi mente.

Pero creo que mi mamá no se refería a este tipo de duelos.

 

llevar al baile

Ritmo. Signos que siempre son clave. Imágenes fugaces. Titubeante como una música de sombras redimidas.

Halfdan Rasmussen

Nací lleno de muchas contradicciones, pero una de ellas ha sido el baile, la actitud de mis familias materna y paterna es completamente diferente, mientras que mi familia paterna, llevo parte de ambas.

Mi madre ganó un concurso de baile junto con su hermano Juan, en Acapuco durante su juventud, cada que llegaba a casa de mi abuela veía a mi tío Juan estaba trabajando mientras escuchaba y bailaba música de la Sonora Matancera, mis abuelos Chuchita y Luis eran afectos a bailar danzón, y durante mi niñez vi muchas fiestas transcurrir al ritmo de la internacional Sonora Santanera, con mucho baile y varios gritos de “voy polla” para motivar el baile. Mi tío Luis siempre me decía que esa era la clave para conquistar a las muchachas, quisiera aclarar que el significado de muchachas podría ser muy variado, en algún viaje a Acapulco nos prometió “vamos con unas muchachas” me parece que solían ser muchachas en su juventud.

Durante mi juventud en las fiestas de mi primo Carlos con las que comenzábamos las fiestas de diciembre, participé algunas veces en las líneas de baile con mis primos y amigos, solamente lo pude hacer muy al principio, luego ellos se convirtieron en unas lumbreras para el baile, la distancia creció mucha, no es mi mayor virtud, siempre he sentido que de alguna manera eso fue una decepción para mi madre, que algunas veces me pedía bailar con ella pero como nunca le faltó con quien bailar no fui necesario, tampoco bailé con mi hermana. Aunque fui chambelán de mi prima Ale, pero mi aprendizaje formal comenzó un poco antes, en los XV años de Sandra Sheila, donde Marcela (QEDP) me enseñó lo básico y siempre estuvo dispuesta a bailar conmigo.

Porque sí disfruto el baile, a pesar de no ser lo más rítmico que pudiera, porque además de las fiestas de XV años cuando tenía alrededor de esa edad, también estaban los bailes que se organizaban en la Carmen Serdán, donde Paquis ya tenía el estilo, después fueron todas las fiestas fresonas donde predominaba el pop, yo solía bailar solo, algunas veces subiéndome a las sillas y saltando, y durante la época del slam usaba mis botas con casquillo metálico y mi chamarra desgarrada. También durante mi tiempo en la facultad, como éramos solamente dos hombres en el grupo de amigos pues nos tocaba bailar más como cuando había grupos de merengue en el auditorio. A tiempos más recientes, bailes de año nuevo en la calle, lances en el día del maestro al ritmo de youtube, lecciones de forrô o samba carnavalesca.

Pero parece que las el amor no viene junto con una pareja de baile, por alguna razón no han querido bailar conmigo, confieso que eso me ha lastimado particularmente, como si un aspecto mío fuera rechazado. Como si mi ritmo no fuera suficiente —demasiado asincrónico— quizá esta falta de empatía sea un signo.

Será que no le hice caso a mi tío y nunca lo usé como medio de conquista, bueno algunas veces pero en ninguna relación significativa, apenas de cercanía vecinal, coincidencias de moda o de dimensión. Total nunca es tarde.

 

 

 

 

In

 

 

6 de enero

Donde hay niños existe la Edad de Oro

Novalis

Además de cumplir 6 años en WordPress este día 6, el día que se celebra el día de Reyes, al menos en México y en mi época los Reyes rifaban mucho más que Santoclós, Es la fiesta de epifanía donde Jesús recibió los tres regalos oro, incienso y mirra; que simbolizaban que era un Rey (porque el oro era un regalo que se da a los Reyes), era Dios (el incienso es usado para venerar la divinidad) y era hombre entre los hombres (la mirra se usaba para ungir a los elegidos).

Estos dones también aplican para todos los niños, en su nacimiento llegan a regir nuestra vida, se manifiesta la divinidad en ellos y se convierten en nuestras personas favoritas. Los familiares viajan para ir a conocerlos, saludarlos, cargarlos, apapacharlos. Es una verdadera fiesta su llegada.

Este día se suele comer la rosca, generalmente acompañada de chocolate —agüelita soy tu nieto— y se esconde la figura de un niño —antes solía ser un haba— la persona que lo encuentra solía regocijarse y actuar como el padrino del niño, comprar vestuario, presentarlo en la iglesia el 2 de febrero y hacer una fiesta —la tamaliza— pero la crisis ha disminuido el  entusiasmo por recibir esta alegría y la ha disfrazado de obligación. Las personas piensan más en los inconvenientes que en el disfrute, o incluso en los demás.

Parece que lo mismo que pasa con la paternidad, pareciera que las obligaciones y las preocupaciones ganan terreno sobre la felicidad y las bendiciones, esto sin decir que está exento de trabajos y dificultades, muchas veces desvelos y preocupaciones, pero no hay que dejar que el miedo a lo desconocido a los retos nos impida intentarlo.

Por lo pronto, mi ahijado debe estar jugando el día de hoy.

el teatro de la vida

 La vida es como el teatro, unos pocos son actores y la mayoría son espectadores que juzgan y critican a los que viven.

Hector Tassinari

Primer acto:

Durante uno de los días del amanecer de los funestos noventas, estaba dormido en la biblioteca del Colegio de México, cuando amablemente el cuidador me fue a decir que estaba prohibido dormir, así que me despabilé y fui a buscar otro lugar más alejado para dormir, fui donde había libros por acomodar, donde hay trabajo la gente no se acerca demasiado, y encontré una foto de la alfabetización de adultos. Y por primera vez tuve presente el tema, y casi inmediatamente se volvió a presentar.
Caminando por la calle de República de Argentina, entre vendedores de elotes asados, hot-dogs baratos y discos piratas vi a una señora, vendiendo chicles y haciendo su tarea (unas planas de las vocales), por un momento sospeché que le estaba haciendo la tarea a su hija, así que le pregunté. Orgullosa me contestó que algunas veces su nieta le ayuda con su tarea.
Tiempo después mi abuela se dedicó a terminar su primaria, ayudada por mi abuelo que se quedó en el segundo grado, admiro su determinación pero no la forma en que empezó a tratar a mi abuelo después obtener su diploma.
Y se siguió con la secundaria.

Segundo acto:

Asistí un par de veces a una peregrinación de Salamanca a San Juan de los Lagos, son aproximadamente 240 kilómetros, que mi familia recorre en 6 días, mi familia materna le guarda particular devoción a esta virgen que, según dicen, no fía. Son muy malos pagadores, pero al parecer en la fe es en lo único que sí cumplen, el único problema es que a veces prometen por alguien más, ofrecen llevarte si te salvas, y tienes que cumplir o te castiga.
El camino comienza caminando al lado de la carretera, luego sobre las vías, y de nuevo sobre carretera hasta llegar a la mitad. Después se atraviesa el Cerro de las Cruces y se rodea el Cerro de la Mesa, todo de acuerdo al terreno, en algunos lugares (sobre todo al principio) te venden agua adicionada con minerales (tierra) y no tienes más remedio que comprarla o té de Cuachalalate, muy bueno para la gastritis pero sabe horrible, en especial cuando es tu único desayuno. Pero ya cerca de San Juan te regalan comida, agua, naranjas, té de canela; todo esto lo hacen personas que están agradecidas de los milagros recibidos.
El trayecto de Irapuato a León, específicamente cuando se camina al lado de la autopista, la resistencia mental se pone a prueba, es la parte más pesada de todo el trayecto, porque es un camino recto, de subida, y bajo los rayos del sol, además, cuando se llega al aeropuerto, contrariamente al pensamiento natural, todavía faltan por lo menos tres horas de camino, la primer vez que lo recorrí me desesperé y me detuve, ya no quería seguir caminando, no le encontraba sentido (qué sentido tiene para un peregrinación para un apóstata), y no era tanto el cansancio físico como el mental. Y me senté con la desesperación rodeándome, cuando se acercó un viejo de bastón a pedirme agua. Al ver los pasos minúsculos que daba, y el gran esfuerzo que hacía para caminar y todo el trayecto que le faltaba, me sentí avergonzado, le di agua, me callé y seguí caminando.
Ya en la iglesia,  fui a ver con respeto los ex-votos.

Tercer acto:

Acompañé a mi padre a comprar la base de una máquina de coser, la base era de doña Jose, que era la única costurera que conocí capaz de igualar las velocidades de over de mi abuela.
Ella trabajó 30 años en la zaga, y cuando pudo compró una máquina para trabajar además desde casa, siempre terminaba los trabajos a tiempo, esa era una cualidad sumamente apreciada en el medio, con todo lo que ahorraba y con el infonávit de su empleo pudo comprarse una casa en la colonia Valle del Sur.
Después me enteré de la razón por la que estaba vendiendo la base de la máquina, ella estuvo enferma unos meses, hospitalizada en la clínica de los venados, estando hospitalizada su hija aprovechó para obligarla a darle su herencia con anticipación, además de empeñar su máquina de coser, y olvidar el refrendo. Así que, cuando la fui a ver, ella estaba vendiendo lo que le quedaba de sus cosas, iba a rentar un cuarto en algún punto del cerro de la estrella e iba a volver a trabajar en algún lugar de Vallejo, iba a comenzar de nuevo, casi desde cero.
Yo me sentía como el malo de la película aprovechando la situación desafortunada, aunque no tan manchado como su  hija, o mejor dicho la hija de la chingada que tiene como hija. No hice nada por ella pero sí aproveché doblemente la situación.

Desenlace

Hay una lección escondida detrás de este teatro, y no es dejar de meterme en lugares extraños sino que en nunca es tarde para empezar, ya sea hacer un cambio, iniciar un viaje, realizar un plan, que la dificultad de la empresa no nos detenga, eso es miedo.

pensamientos diversos

La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca.

Heinrich Heine

Toda la vida he sido poco eficiente para comunicar mis pensamientos, gran parte se debe a que la forma que toman no es directamente traducible en palabras, números o figuras —mucho menos en manzanas—. Mi escasa capacidad musical es mucho mejor que mi desastrosa habilidad en las artes plásticas por eso me he circunscrito a utilizar el lenguaje como medio de comunicación.

Aún a temprana edad la mirada incrédula de mi abuela, alegando que yo debía venir de marte para decir semejantes disparates, o la mirada reprobatoria de mis primos al escuchar mis razones o incluso las exclamaciones de sorpresa de mis profesores ¿En verdad piensas eso? que levantaban cuchicheos por todo el salón.

Incluso los más allegados, si bien escuchan pacientemente, no suelen manifestar demasiados comentarios al respecto de las ideas que compartía, creo que todas las observaciones fueron acerca de mi persona. Como el clásico comentario: ¡Ay compadre, estás bien ajax! o el ligero exabrupto ¿De dónde sacas tanta pinche mamada? —nada que ver con el aspecto sexual—

Las ideas que pasan por mi mente son diversas, unas son como las que compartí en el post anterior, podríamos decir inocuas, algunas tienen un carácter más incendiario, hay de todo tipo y creo que de alguna forma el conjunto de todas esas ideas es una parte importante de mi persona. Una parte que no está a la vista. Quizá haya sido yo mismo el que se ha encargado de ocultar lo que hay en mi interior, tal vez por eso esa cantidad infinita de capas —como el libro de arena— que me de un volumen excesivo, donde todo lo sobrante queda a la vista. Es como una casa con una fachada en ruinas para desalentar a los ladrones —hay que notar que en este caso las cosas que hay en el interior no pueden ser robadas— y eso no solamente desanima a los ladrones sino a todas las personas que pasan.

Y es que cuando todo está dentro de la cabeza —pensamientos creativos, intrusivos, destructivos, positivos, imperativos— es difícil distinguir o separar las diferentes capas, a veces los hilos de pensamiento simulan un nudo gordiano y no hay espada capaz de deshacer esa maraña. Siempre me ha intrigado el pensamiento de las demás personas, me imagino que su mente está llena de cosas que pugnan por salir, pero eso podría ser una mera proyección.

Suelo pasar mucho tiempo pensando en soledad, algunas veces le doy tantas vueltas a un asunto como el númeo de circunvalaciones que da un electrón en un año —es evidente que soy exagerado, me lo han dicho un millón de veces— pero son tan dispares los temas que revolotean en mi azotea tan rápido y tan frenéticamente que es difícil tener un interlocutor a la mano, sin contar que dos de ellos, los primeros y que significaron mucho ya pasaron a mejor vida, en estos momentos en los que la serie mundial está  en progreso, recuerdo las charlas que tenía con mi padre durante los partidos, yo sé que no le gustaba mucho y que lo hacía por mí, era su forma de pedirme perdón por convencerme de no jugarlo. Con mi abuelo siempre lo visitaba en su taller y hablábamos por mucho tiempo, sin un tema en particular, nos contábamos las cosas que pasaron sin importar lo lejanas en el tiempo, se ponía particularmente filosófico en los rosarios.

Muchas veces quisiera tener otro medio expresión. Y mucha más veces siento que necesito hablar.

Mi tribulaciones matemáticas son inofensivas pero no muy atractivas para la mayoría, hasta aburridas podría decir, otras ideas resultan inútiles sin las debidas referencias, otras requieren cierta apertura. Pero entre el momento propicio, las referencias, y el tiempo me he quedado con muchas cosas en el tintero. Algunas veces el teléfono, los hangouts, el WhatsApp, el correo electrónico y extraordinariamente el correo ordinario intentan llenar ese vacío, pero siempre quedan huecos. Hay momentos irremplazables como una caminata por reforma en una feria de culturas internacionales. una discusión desde el corazón de la historia de la literatura o el esclarecimiento del comportamiento de ciertas personas, una mano en la nuca.

Por eso quiero agradecer infinitamente a aquellos que me escuchan, que levantan el teléfono, responden los mensajes, mandan música o algún comentario. Aquellas personas que me han escuchado pacientemente: Los quiero mucho, ustedes saben.

 

 

 

mi tío Lobo

Nunca es largo el camino que conduce a la casa de un amigo

— Juvenal

Mi tío Carlos es hermano de mi mamá y, por lo que he alcanzado a ver, el consentido de mi abuela y era el mejor amigo de mi padre, fueron amigos, compañeros de equipo e incluso compadres antes de que se casara con mi mamá;  él se describe como el mejor vendedor del mundo, posee una gran suerte —el número de veces que ha tenido las 7 fichas del mismo número en el dominó son demasiadas para atribuirlas a la casualidad— a lo largo del tiempo compartió varias aventuras con mi papá, algunas que escuché entre conversaciones que tenían al calor de las copas.

Se veían regularmente en las fiestas en casa de Chuchita, donde yo me quedaba al lado de una bocina escuchando las canciones de la Sonora Santanera mientras ellos brindaban y bailaban, solía visitarnos regularmente, yo me encargaba de las provisiones y de servir, conseguir hielos o traer más refrescos, cuando tenía dinero compraba una solera para ofrecérsela a mi tío—bacardí es su bebida de batalla— y cuando lo hacía mi padre exclamaba ¡no sé por qué te quiere tanto! también solía llevarlo de regreso. La verdad es que pocas veces podía ver a mi padre explayarse como con mi tío, siempre lo veía animado.

Existen algunas anécdotas que describen algo de su carácter, alguna vez se quedó frente a otro auto en la calle de Silos, el otro conductor se negaba a moverse —como aquella leyenda virreinal donde dos carrozas se encuentran en una calle angosta— entonces el otro conductor lo retó a ver quién se quitaba primero, mi tío dice que cuando despertó ya no había coche estorbando. Para la fiesta de XV años de mi prima Alejandra, fue a comprar el melate y luego buscó a los representantes de la Santanera para conseguirlos para la fiesta, en esa búsqueda me parece que tenía apartado a Óscar de León. Algunas veces lo vi riendo mucho cuando pasaban a la pantera rosa en la televisión, sus ocurrencias le divertían muchísimo.

En la boda de mi hermana mi tío se me acerco para platicarme algo: cuando mi papá estaba en el hospital agonizando lo mandó llamar porque quería hablar con él a solas, le pidió a mi mamá que saliera para poder despedirse de mi tío en forma privada, el contenido de esa conversación es íntimo y personal pero mi tío dejó asomar algunas cosas —que agradezco con el alma— y que no mencionaré porque las guardo para mí, pero esas palabras son como la luz que emitían en sus pláticas nocturnas al calor de las copas, en sus reacciones ante la música en sus risas, creo que siempre lo vi muy contento con mi tío.

Quizá esta sea solamente una forma muy humilde de agradecimiento.

Gracias tío.

Carlos

abrazos

¿Qué hago afuera del Edén? ¿Quién armó este inmenso palomar?

El Ángel – Real de Catorce

Ayer hubiera sido el cumpleaños de mi padre, me hubiera gustado abrazarlo y mucho más recibir su abrazo. Luego de un tiempo y mucha distancia hay algunas cosas que entiendo mejor, otras que quisiera preguntar y muchas otras que solamente quisiera escuchar, él disfrutaba las charlas luego de una fiesta mientras el amanecer se asomaba afuera, las historias solían ser las mismas pero algunas veces en los matices se colaba información que me decía cómo estaba y algunas veces era yo quien le contaba alguna novedad, y entonces sentía que las madrugadas era el tiempo propicio para dejar circular el cariño por medio de las palabras.

Y también hubiera querido ser abrazado por su padre, mi abuelo, tobol —como yo le decía de niño— sentir su infinita paciencia al ayudarme a hacer algo, sentir su cariño desparramado cuando me contaba historias de años pasados y adivinar entre líneas lo que sentía actualmente. Esperar pequeños milagros como cuando me compartió un poema que había escrito, cuando me aceptó las invitaciones al cine o a comer; mirar sus ojos iluminados al hablar de cine.

Mi tía Luisita quería mucho a mi padre, él decía que siempre que estaba en casa se respiraba paz y tranquilidad, añoro las veces que me acercaba a ella y me inclinaba para que me persignara y su señal de la cruz me protegiera. Extraño la magia y amor que le ponía a la comida, no importa que mi mal entendimiento de ese amor a través de la comida me haya conducido a la obesidad, era una de sus formas más puras de mostrar amor.

No escucho más los consejos de mi tío Luis, aún me acaricia el corazón su fe en convertirme en un campeón de boxeo o lucha y retirarme tras la lucha de campeonato, hubiera querido recibir más sus enseñanzas respecto a la vida, a cómo la afrontaba como una lucha, a cómo defenderse y cómo atacar, o como tratar a la vida como una dama para que ella nos trate igual.

Al recordarlos a la distancia puedo ver más claramente que aquel cariño que prodigaban también les hacía falta. Que ese amor indirecto que se les escapaba era una seña inequívoca de que necesitaban el mismo amor de vuelta, Lo sé porque me siento igual, porque creo que cuando aquí escribo plasmo un poco del cariño que necesito recibir.

Lo bueno es que aún quedan personas para abrazar.

 

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