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Taxqueña

Nunca escribas sobre un lugar hasta que estés lejos de él.

Ernest Hemingway

La calzada de Taxqueña nace donde está el sindicato de músicos y muere en la avenida Tláhuac a un lado del ex convento de san Juan evangelista. Fue partícipe de múltiples vivencias.

Recién mudado a la CTM nada más había dos caminos para llegar, uno pasaba por el puente del toro (en avenida Tláhuac) y otro al lado del centro antirrábico, que se enconbraba en la esquina de Taxqueña con escuela naval militar. En esa calle, casi con Apaches era donde iba a las tortillas.

Esa calzada fue testigo de mi único paseo en bicicleta con mi padre, en aquella rodada 26. Cuando iba en quinto de primaria e iba con mi padre, en el el cruce con el eje 3 ote. solíamos cncontrarnos con mi maestra Blanca (le apodaban Amanda Miguel por su abundante cabello) entonces durante todo ese curso casi siempre llegué al mismo tiempo que la maestra.

Ese era el paso obligado cuando íbamos al cerro de la estrella. Había un balneario con alberca cerca de avenida Tláhuac, solía ir con Paco y en el camino había una mueblería con un altar al Santo, que estaba coronado con una máscara.

La terminal de la línea dos era el metro más cercano, durante la hora pica a veces tardaba 45 minutos en llegar, quizá ahora sea peor. Algunas veces era en pesero algunas otras en carro.

Un día, regresando de una fiesta se ponchó una llanta de mi coche (evento usual) y nos tardamos un poco más en cambiarla, del otro lado de la acera donde está la vocacional. justo enfrente de unos edificios. Nos tocó presenciar un drama familiar mientras cambiábamos la llanta.

Fuimos a muchas fiestas alrededor, desde los XV años de Érica donde me la pasé bailando solo, y subiéndome en las sillas con Bon Jovi de fondo, después hubo una donde el slam era lo que predominaba, tenía botas con caquillo de metal y mi chamarra con metal para golpear. Incluso hubo una fiesta donde la celebración consistió en cantar mientras alguien tocaba el piano!!!

Ahí había un Burger Boy que visitábamos de niños en general al regresar de Chapultepec, depués un café donde hubo algunas pláticas, casi al final había una pizzería, después del parque donde llegaban los trolebuses.

Hace tiempo que no la recorro, quizá no reconozca muchas cosas.

 

primeros años

Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones.

Marcel Proust

La noche previa a mi nacimiento, mi madre jugaba dominó con mi padre, mi abuelo y mis tíos. Su embarazo plagado de antojos de mango manila y hamburguesas llegaba a su fin. Los tres gustos mencionados los heredé.

Los primeros años viví en la casa de mis abuelos en un cuarto al fondo, dormía al lado izquierdo de la cama de mis padres y enfrente había un ropero de colores verde pistache y beige (o hueso), cuando se apagaban las luces me imaginaba vívidamente que había dos caballeros (uno blanco y uno negro) custodiando el ropero. Me daba miedo pero nunca dije nada al respecto.

El primer sueño que recuerdo fue en caminar descalzo en el patio y estar rodeado de protozooarios que flotaban en el aire todo bajo una luz clara de madrugada. Nunca volví a soñar lo mismo.

De mi primer cumpleaños hay una grabación en película de 8mm donde es evidente que hablaba demasiado, me la pasé atosigando a los niños que estaban a mi lado antes de apagar las velitas y cortar el pastel en forma de cancha de fútbol con todo y jugadores que mi mamá había encargado especialmente suponiendo que heredaría ese gusto de todos mís tíos y mi papá (no sucedió).

Me gustaba la aventura, a los dos años me dejaban ir a la cremería por queso, estaba en la misma cuadra y vigilaban mi trayecto pero yo me sentía libre y daba la vuelta corriendo. También iba a la tienda al lado de la papelería del Chere y gritaba “Doña Vitorita, mi chaparrita”. La de mandarina era mi favorita.

Acompañaba a mi mamá a la panadería, no estaba tan surtida como la Esperanza. Comprabamos un bolillos y pan dulce. Cuando había feria de regreso pasábamos y nos subíamos a las tasas. Siempre pude aguantar las vueltas, me gustaba el vértigo.

Me compraban cuentos de Walt Disney, En particular los de Rico McPato y los chicos malos. No sabía leer así que le preguntaba a mi mamá lo que decían. Así aprendí a leer, como de bulto. No por sílabas como acostumbraban.

La semana santa del 75 fue cuando viví las guerras de agua, todo con mi papá y sus hermanos, no me importó que me fuera a enfermar y recibir inyecciones, quedé empapado en el patio, feliz.

Solía acompañar a mi mamá en sus viajes, cotidianamente íbamos a Cuernavaca, saliendo de la terminal del sur, comíamos una torta y un boing de lata. O íbamos a Tacuba, nos íbamos en metro, como recién había sido el accidente en la estación viaducto, los asientos todavía estaban acolchonados y algunas personas aún fumaban en los vagones.

 

 

 

obediencia ciega

Obedeced más a los que enseñan que a los que mandan.

San Agustín

Recientemente me fue observado mi renuencia a obedecer ciegamente un mandato, así sin cuestionar, uno podría pensar que es como en el ejército pero esa forma de actuar escapa al mero ámbito castrense, en la familia y escuela sucede demasiado. Como si la autoridad concediera siempre la razón.

Todo comienza por la casa, con la familia. Al principio obedecía ciegamente, pensando en los padres como tutores infalibles con la razón de su parte. Entonces me ponía suéter, me fijaba antes de cruzar la calle, cuidaba a mi hermana, me comía lo que me daban. La primer orden que cuestioné fue el saludo: “saluda a todos los presentes” según porque era de buena educación. El origen era mostrar que no se iba armado. Desde entonces comencé a prestar más atención en las órdenes recibidas y reflexionar antes de acatar.

Porque no entrar a cocinar bajo el pretexto de “los hombres en la cocina huelen a caca de gallina” sería perpetuar las enseñanzas de disparidad de género. Del mismo tenor sería no usar el color rosa en el vestuario, no llorar (o para el caso mostrar algún sentimiento) o no tener el cabello largo. Durante la preparatoria tenía el cabello largo, los maestros me trataban de vagabundo y mis compañeros de drogadicto. Ni siquiera mi adscripción al servicio militar logró que me cortara el cabello, fue un año en la que fui retado varias veces por diversos mandos y escapé corriendo de ser arrestado en el campo militar número 1.

Muchas de las órdenes que recibimos no tienen un fundamento, son costumbres, preferencia o forma de pensar particulares del que dicta la orden. Siempre que alguien dice que así tienen que ser las cosas mi mente salta y encuentra otra forma de hacerlas.

Así soy, no voy a obedecer a lo pendejo, digo ciegamente una orden si no tiene sentido. Digo si alguien me dice que construya un muro seguro no lo voy a hacer.

 

 

 

 

El juego del bolillo

Yo me crié en esta ciudad, mi poesía nació entre el cerro y el río, tomó la voz de la lluvia, y al igual que la madera, se empapa en sí en los bosques.

Pablo Neruda

Cuando iba en la escuela primaria, al salir casi siempre iba a casa de mi abuela Chuchita, donde me cambiaba de ropa, pero no de zapatos, porque los tenis me quemaban los pies, bueno cualquier plantilla que fuera sintética. Y salía a jugar.

La ruptura de una escoba era una molestia para los adultos, pero era la oportunidad de jugar para los niños. Tomábamos la escoba rota, el pedazo más pequeño —las escobas jamás se rompen justo a la mitad—lo afilábamos de ambos lados y terminaba como un bicolor muy gastado, pero de buen tamaño, el otro pedazo serviría como utensilio diverso, a manera de bat, de regla, de lanzador.

Casi siempre lo jugábamos en la banqueta, y escogíamos un cuadro donde se suponía va un árbol o una planta y colocábamos al bolillo en una esquina formando un triángulo, otras veces jugábamos en el camellón y hacíamos un surco en la cierra o colocábamos el bolillo encima del surco formando un signo más.

Colocábamos el pedazo restante abajo del bolillo y lo lanzábamos lo más lejos posible, el rival (o equipo contrario cuando éramos muchos) intentaban agarrarlo al vuelo para hacer un out, si no lo atrapaban desde el lugar donde había caído lo lanzaban al lugar de partida, si quedaba a una distancia menor a la longitud del “bat” también era out, en caso contrario el jugador pasaba a batear para obtener puntos.

Pare eso colocaba al bolillo en el piso, golpeaba una de sus puntas haciéndolo saltar y girar, ese momento era aprovechado para golpearlo y llegarlo lo más lejos posible. Los contrarios podían intentar bloquer el tiro, a riesgo de perder algún ojo, Al final se contaban los pasos desde el donde llegó el bolillo hasta la base.

Era nuestra forma de reciclar.

 

muchachos a correr

El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.

Pablo Neruda

Uno de los juegos de la infancia era el Burro 16, que solía jugarse entre hombres, contiene elementos de burla, sádicos y hasta algunos tintes homosexuales.

El objetivo primordial del juego era que una persona (el burro) se ponía con las manos sobre la nuca, agachado y con las rodillas flexionadas, para que los demás lo brincaran y humillaran, la mecánica usada para elegir a la persona que iba a tomar la posición del burro era la definición misma del juego.

El burro inicial se solía escoger con un disparejo, un pin pon papas o un zapatito blanco zapatito azul. Entonces se formaba una fila y el primero era el encargado de comenzar. Ser el que iniciabal llevaba muchas ventajas pero había muchos elementos protocolarios: una serie de preguntas que si no eran formuladas el primero ocupaba el lugar del burro.

Comienzo.

El primero de la fila comenzaba preguntando ¿con cero o sin cero? esta primera pregunta era para sorprender distraído al primero de la fila.

Cero por chapucero: de alguna forma el hecho que los mayas lo hayan descubierto hace que esté presente en nuestra mexicanidad y se filtre a los juegos.

Uno por mulo: en cierta forma es la declaración de que el burro está ahí por su incapacidad intelectual y que será castigado.

Dos, patada y coz: antes de comenzar el primero le pregunta: ¿en el aire o en la tierra? La respuesta define la manera de proceder, en el caso de que sea en la tierra el que va a brincar se acerca, le da una patada en las nalgas, salta al burro y luego camina de regreso y le da un empujón con el trasero en las costillas del burro. En el caso que haya respondido en el aire entonces tanto la patada como la coz tendrían que ser durante el salto. Había un acuerdo tácito, cuando alguien decía en la tierra los golpes/humillaciones eran mucho más leves, porque el burro estaba renunciando a que alguien se pusiera en su lugar.

Tres litro y litro: el número de jugadores se multiplicaba por tres, ese total era el final de la cuenta del burro, al saltar el primer jugador el burro contaba en voz alta hasta y se levantaba luego de decir el número final, el jugador en turno se ponía de burro.

Cuatro jamón te saco y te lo embarro en el sobaco: al igual que el dos se preguntaba si en el cielo o en la tierra, ahora las acciones eran pasar la mano entre las nalgas del burro (jamón te saco) y luego darle una palmada en la axila (te lo embarro en el sobaco).

Cinco, desde aquí te brinco: La clásica pregunta del aire o la tierra determinaba ahora la mecánica del salto, en el caso de ser en el aire el burro se ponía en posición y era sostenida su cabeza, él intentaba escupir lo más lejos posible, el escupitajo era la marca, al saltar se intentaba sobrepasar esa marca. En caso de que fuera en la tierra el escupitajo era sin sostener la cabeza y el burro se ponía de rodillas y la cabeza tocano el piso. En ese caso era más riesgoso porque se convertía en salto de distancia.

Seis al revés: en este caso no se preguntaba, se tomaban las opciones del número anterior, el salto ahora tienen que ser antes de la marca, aquí es donde el riesgo de un impacto doloroso es mayor.

Siete te pongo mi chulo bonete: primero la pregunta de rigor ¿en el aire o en el tierra? ahora cada jugador se quitaba una prenda y la dejaba sobre el lomo del burro, antes de saltar si era en la tierra o durante el salto si era en el aire. Si alguna de las prendas tocaba el piso, el que sal´to se ponía de burro.

Ocho te lo remocho: Ahora el orden de la fila se invertía, la opción de aire o tierra era la misma que la anterior, al saltar cada uno iba quitando la prenda que había puesto, igual si no se podía quitar o alguna otra prenda tocaba el piso, burro.

Haciendo un paréntesis, cuando alguno se ponía del burro, entonces el primero de la fila debía preguntar siguen, pasan o comienzan, para repetir el número, pasar al siguiente o comenzar todo de nuevo, como esta última opción habría la puerta a un ciclo infinito, quedó fuera del menu.

Nueve tres copitas de nieve: en este caso no hay preguntas, todo se basaba en un voto de confianza, al saltar cada jugador hablaba en secreto con el burro para decirle 3 sabores de nieve, si alguno coincidía con un sabor que hubiera dicho uno de los jugadores anteriores sustituía al burro, como no se escribía ni nada se tenía que confiar.

Diez elevado lo es: de nuevo en la pregunta de rigor ahora en la tierra significa que el burro pone las rodillas y la cabeza al suelo, al igual que en el 5, y los participantes saltan alegremente, en el caso del aire, ahora el salto era con el burro completamente de pie, ligeramente inclinado y con las manos en la nuca. Cuando yo estaba de burro en ese número jamás lograron saltarme.

Once caballito de bronce: ese era el número que representaba el mayor castigo, porque el caballo, siendo de bronce, era inmutable, podía aceptar lo que sea sin quejarse, la verdad es que luego de desfortunados incidentes quedó prohibido.

Doce la vieja tose: este únicamente era un inofensivo despliegue de estilos de toser, cada jugador lo único que tenía era toser de forma difernte tres veces, no recuerdo a nadie fallando este número.

Trece el rabo te crece en la boca de ese: el jugador en turno, luego de saltar se volteaba hacia los demás jugadores señalando a alguno, si uno de ellos tenía la boca abiera perdía y tenía que ponerse de burro. Aquí las risas solían traicionar a algunos.

Catorce la vieja cose: otro de esos números llenos de humillación y castigo, el jugador elegía alguna cosa relacionada con la maquina de coser para lastimar al burro, por ejemplo pisarlo diciendo que era pisando el pedal, le picabal lguna parte de la espalda diciendo que era con un dedal, un golpe en la las costillas diciendo que se cerraba el cajón, o daban rienda suelta a los instintos arrimando la pelvis por detrás para medirle el aceite y ni hablar de ensartar la aguja.

Quince el diablo te trinche: en este número además de de la pregunta consuetudinaria se preguntaba si con plancha o con trinche, entonces al saltar (en el aire) o antes de saltar (en la tierra) se le daba un golpe con la palma de la mano (planca) o con los dedos en forma de garra (trinche).

Dieciséis muchachos a correr: era el final y todos corrían hasta una base determinada huyendo del burro que hacía su último esfuerzo por salvarse del castigo final, Que consistía en una especie de fusilamiento con pelotas de esponja.

 

cuesta una lana

Asco le tengo a los pesos y más asco a los tostones, pero más asco le tengo a esa punta de …

El Charro Ponciano – Óscar Chávez

Desde los primeros años noté que el dinero era un tema de discusión vehemente por ejemplo en la época navideña al decidir lo que se gastará en ahorros. Intenté ayudar de diferentes formas pero la verdad es que el no pude contribuir monetariamente hasta que entré a la escuela.

Yo acompañaba a mi madre a muchos lugares, el banco inclusive donde había que llenar fichas de depósito que contenían un material muy apreciado por mis compañeros de la la primaria, ese era un gran negocio, sin ninguna inversión las cambiaba por algunos centavos.

Decía mi papá: “cuida los centavos que los pesos se cuidan solos” y juntando los centavos alcanzaba para comprar estampas enfrente del mercado de la colonia escuadrón 201. Cada una costaba $1.50 al revenderlas yo decía pues tengo de a dos pesos, bueno tengo de a uno cincuenta pero esas no te las garantizo, gracias a esa amenaza velada conseguía las ganancias suficientes para seguir con el negocio.

También di clases de regularización para los niños de primaria —yo tenía 14 años— y junté lo suficiente para comprarme un reloj de ajedrez, fui a dar mi adelanto para apartarlo a la casa del ajedrecista, un movimiento telúrico le dio en la madre a mi ciudad, a Tlaltelolco y a mi pago. No he comprado un reloj de ajedrez desde entonces y cuando no he evitado los adelantos  la suerte no ha sido favorable.

Pronto me vi involucrado en el negocio familiar, la fabricación y venta de ropa, fui conociendo todos los aspectos del negocio, donde en verdad brillaba era en el aprovechamiento de tela, la optimización era natural para mí aún antes de estudiar mi carrera. Era un buen negocio.

Pero ese buen negocio lo cambié para dar clases, el equivalente de sueldo en un mes con el negocio era más que todo el año dando clases, pero el dinero nunca ha sido determinante en mis elecciones en la vida. Al crecer las cosas que observaba en relación al dinero fueron gestando diferentes ideas.

Muchas veces mi padre iba a su cuarto, abría el cajón y sacaba varios billetes para hacer un préstamo que nunca regresaba, otras veces se lamentaba de oportunidades no tomadas, pero la confesión que tuvo más peso fue su deseo de ser hippie, pasarla escuchando a Creedence mientras hacía inventos o arreglaba coches.

Los ingresos han sido variables dependiendo de la actividad, como en un grupo de teatro donde no alcanzaba ni para la comida, manejando un taxi donde depende de la jornada, vendiendo en un tianguis en donde mis habilidades de vendedor son escasas. Algunas veces, al dar clases sale más caro que te descuenten una hora que tomar un taxi. Pero siempre alcanzó para comer e ir al billar, o para —como nos decíamos mi compadre Julio y yo— prestar una campanita.

Muchos de mis compañeros me recriminaron que haya roto mi promesa de nunca trabajar para la iniciativa privada, mi acercamiento me costó quedar preso de la secretaria de hacienda y condenado a presentar declaraciones al menos anuales, al comienzo tenía que hacer muchos malabares fiscales, después dejé que el outsourcing se llevara más del 60% de lo que generaba con tal de que ellos se ocuparan de las negociaciones y los cobros.

Finalmente tomé el camino más transitado.

Don Chucho

El que tiene tienda, que la atienda, o si no que la venda

– Refrán popular

No importa que el nombre oficial haya sido miscelánea Lupita, siempre fue la tienda de Don Chucho, cuando recién llegó mi familia al retorno era una zona despoblada, había que caminar una distancia considerable para ir a una tienda —a la piloto— o a las tortillas —los apaches y la salud— así que cuando hubo una tienda en la esquina se volvió popular inmediatamente.  La tienda era atendida diligentemente por Don Chucho, que era el padre de mis amigos Cuquín y Vani, cuyos nombres verdaderos eran Jesús Fabian —el Jesús era por su padre y Fabián en honor al cantante de Tiger

— y René Miguel. Además de tendero trabajó de repartidor en la Bimbo y tenía un taxi.

Conoció a su esposa —Maritza— durante los festejos en el ángel en el mundial de 1970, si tomamos en cuenta que el mundial terminó el 21 de junio de 1970 y que mi amigo Chucho nació justo un año después se asoma cierta vehemencia en su carácter.

Siempre que iba a la tienda tenía un buen surtido, había refrescos fríos y cuando pedías queso amarillo —algo no muy común entonces— él cortaba el papel estraza en cuadritos con el cuchillo que usaba para cortar el queso blanco y acomodaba los papeles entre las rebanadas para evitar que se pegaran.

Recuerdo una vez que llegó una joven pareja, recién salidos de la secundaria, y después de que se fueron nos aleccionó con el comportamiento de la chica, nos dijo que era muy interesada porque cuando él le ofreció algo ella eligió el producto más caro —un pay de nuez marinela—, nos aconsejaba no confiar demasiado en las mujeres. La mayoría de sus consejos eran prácticos.

Además de la prematura calvicie —que mi amigo heredó sin remedio— tenía la voz algo aflautada y una cara redonda y bonachona que una vez estuvo completamente cubierta por moretones y vendajes debido a una caída por las escaleras del metro Polanco, esto reveló su calidad mortal.

Y la semana pasada me avisaron que falleció.

¿Bajas en la que sigue?

Pino Suárez tu estación del metro es mi prisión

Heavy Metro – Botellita de Jerez

Mi reincorporación paulatina a la vida cotidana ha sido lenta, comezar a hacer lo que se hacía cada día ahora disminuído, con algunas restricciones, al comienzo con bastón en mano y dolor en la pierna. Uno de los más significativos momentos es el retomar la movilidad. Porque mucha de mi vida cotidiana pasa por mis traslados, el trajinar es parte de mi vida.

Viajar en transporte público implica llegar a un destino diferente de tus compañeros de viaje, algunas veces ellos se interponen en el camino de salida, otras veces tú en el suyo, cuando los peseros eran automóbiles genéricos, sedanes de cuatro puertas, con un cordel de tendedero en el asiento trasero, al llegar al destino tenían que pedir al que se encontraba al lado de la puerta permiso y todos a su derecha bajaban para dejarlo salir, muy civilizado aunque tardado, pero eso tiene mucho tiempo que terminó, primero en las combis —ichi ban o cualquiera que sea el nombre de moda— es evidente que el diseño automotriz no consideró mis dimensiones, el trayecto del metro Observatorio a la fuente de petróleos es demasiado tortuosa, entre encoger las piernas, agarrarme para evitar arrastrar o aplastar a los que se sientan a mi lado quedo exhausto, este ya lo evitaba antes. El microbús tiene un buen asiento, que el el que queda al final del pasillo, los demás apenas sirven para acomodar una de mis piernas en diagonal, hacer doble fila en el pasillo central resulta mucho menos fácil de lo que los ayudantes del chofer claman.

Algunos choferes de la extinta ruta 100 aún manejan los pocos camiones que aún circulan, son más amplios pero eso permite que el amontonamiento de gente sea aún mayor, recuerdo una vez que fui al centro con Paco —pa’ mi primo, lo que sea mejor— y llegamos a la terminal de Taxqueña —así con X como debe de ser— entonces la puerta que daba al paradero estaba abierta, ahora hay que subir en las escaleras y pasar por un puente y descender en el pasillo donde están formados los peseros, cada pasillo tiene una letra, pero en ese entonces era un desmadre y tomamos un camión y quedamos atrapados justo en el centro, yo todo el trayecto venía pensando ¿cómo le vamos a hacer para bajar? en aquellos años ese camión recorría varios recovecos, al final solamente nos pasamos una parada y nos bajamos en la Carmen (Serdán).

Mi transporte favorito es el trolebús, no invaden carriles, la velocidad es más o menos constante y la neurosis del conductor es mucho menor, antes se enojaban cuando subíamos 5 personas y pagábamos juntos, como el pasaje costaba 60 centavos y nunca había cambio —no se depositaban sino tenía una cajita de madera con orificios del tamaño de las monedas— generalmente recibían el pago de 1 peso. Pero siendo 5 el total eran 3, esa pérdida de dos les sacaba una mueca, as eso le sumamos que un día de lluvia torrencial, donde ni los peseros, ni los taxis, ni los camiones me hacían la parada para que no empapara su transporte, un trolebús sí me permitió subir, ganándose mi cariño por los siglos de los siglos. Mi aventajada edad me permitió viajar en tranvía, que podría ser mucho más parecido al tren ligero que no lo he ocupado mucho, siempre lleno y sospecho que la ilusión que viajaba en tranvía ya no se anima a viajar en tren ligero.

La afluencia de personas que transita en el metro es descomunal, he corrido con la fortuna de vivir cerca algunas veces de la línea 3 y la 2, lo que me permitió usar de enlace la línea 9, por mucho la más eficiente, como transbordo en Chabacano puedo irme a la puerta contraria del vagón y salir al llegar al transbordo, así evitar quedar atrapado. Ahí la llevo

El cinturón de Orión

De las historias pasadas ya no me aturde saber
Un millón de años luz – Soda Estéreo

Alnitak, Alnilam y Mintaka (Melchor, Gaspar y Baltasar pa’ los cuates):

Yo no creo que haya actos buenos o malos por eso no puedo hablar de mi comportamiento en esos términos, yo sé que mis acciones pueden ser drásticas, erráticas y contradictorias; apenas puedo alegar que son bien intencionadas, estoy seguro que muchas no fueron en mi beneficio y algunas específicas completamente en mi perjuicio. No voy a alegar ignorancia, nunca lo he hecho.

Creo que todos tienen más juguetes de los necesarios o menos de los indispensables. Yo pertenezco al primer grupo, y quizá muchos a mi alrededor están esa situación, probablemente yo tenga que ver con eso. Quizá mi ahijado esté particularmente consentido, ojalá también el amor le sea evidente y pueda acompañarlo en su crecimiento.

Demasiadas palabras para decir que no pido ningún juguete, o alguna cosa material para el caso. Pero si quisiera algunos regalos.

Saber cuándo respirar profundamente, despejar un poco la azotea y una palmada en el corazón.

Eso es todo.

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imágenes retro

Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda.

Gustave Flaubert

Las casas de mis abuelos —maternos y paternos— estaban muy cerca el camino comenzaba caminando por sur 117 —ahora Héctor Espinoza— hasta la esquina que estaba custodiada por una mueblería y una vidriería, atravesábamos Ermita apenas a unos pasos de los baños Escorial, caminábamos hasta la cervecería Moctezuma —donde solía pedir los calendarios del torneo del fútbol mexicano— recorríamos la calle de Cereales hasta llegar a calle de Leñadores, donde siempre reinaba un silencio sepulcral, para después cruzar por campesinos entonces no había ejes viales, no estaba la Coca —le decíamos la barda y algunos iban a cazar tuzas ahí—, aún estaba el toboggan y en los camellones había canchas de fútbol llanero.

El primer recreo que pasé mi primer día de escuela, caminé largamente hasta la orilla del segundo patio —había dos patios, según para la seguridad de los niños menores— tenía una plataforma de concreto con algunas escaleras apenas a unos metros de una pared de ladrillos rojos con dibujos de círculos blancos, para botar la pelota contra la pared en una especie de ejercicio. Yo me quedé parado junto a una puerta de metal —como para autos que daba hasta la salida de la escuela— ahí pasé mi primer recreo.

Mi maestra de segundo año se apellidaba Luna, entonces no se usaba el código postal sino la Zona Postal (vivía en la 13) que era la delegación de Ixtapalapa —con X como México, mejor escribirlo de esa manera o recibirán un saludo de la porra— había 4 salones por grado A, B, C y Ch, los dos primeros eran de niños y los 2 siguientes de niñas. Todo eso cambió al siguiente año.

Los primeros videojuegos que pusieron en las farmacias costaban 2 pesos y tenían un duración determinada, no dependía de tu habilidad ni del tiempo. Nadie en la calle te quería cambiar por monedas de pesos, los dueños de los establecimientos odiaban a los niños que iban a gastar su dinero en las máquinas. Apenas llegaron para sellar mi niñez.

Después de eso he necesitado palabras muchas veces, pero son bits son lo único que recibo. Ya casi nadie da algo que necesite.