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LPSH II (usté aguante)

Algunos pensamos que lo que nos hace más fuertes es aguantar, pero otras veces es dejarlo estar.

Hermann Hesse

Por alguna razón se piensa que la resistencia es una cualidad necesaria para masculinidad, al menos mi padre lo consideraba muy importante y se aseguró de entrenarme para ese aspecto de manera extrema.

Mi padre jugó mucho tiempo en un equipo llamado el Santos, formado por los hermnaos de mi mamá, primos y amigos cercanos. Cuando yo pasé a formar parte del equipo infantil, el Ultra, con un uniforme color rosa mexicano, creo que el orgullo familiar estaba en juego. Tuve un entrenamiento personal: yo me paraba derecho y firme y él chutaba el balón con fuerza hacia mí, yo tenía que resistir sin chistar los golpes. Hasta que hubo uno que se desvió un poco del objetivo y terminó impactanto en mis testículos, terminé tirado en el suelo llorando silenciosamente, sin dejar que saliera ningún sonido de queja, estoy seguro que en ese momento vi un gesto que evidenciaba que se había equivocado, quizá un poco de arrepentimiento, pero únicamente hubo silencio.

Unos par de años después, ya estaba en la primaria, me tocó recibir la lección de tronar cohetes, que básicamente consistía en tronar uno mientras lo sostenía, el truco era soltarlo justo cuando explotara que era un tiempo incierto, fue una lección bastante fácil, lo que me permitió comprar y usar pirotecnia sin supervisión, que en poco tiempo me llevaría a probar el primer cigarro.

Entiendo las lecciones rápidamente, y apliqué la resistencia en múltiples aspectos de la vida. El primero fue el sueño, siempre fue el último niño en dormir, en todas las fiestas familiares terminaba sentado junto a una bocina escuchando las canciones de la Sonora Santanera, en particular los años nuevos, jamás dormía, pasaba toda la noche despierte y todavía regresaba para ver el desfile de las rosas, mientras toda mi familia dormía.

También cuando jugaba fútbol americano, mis oponentes se agolpaban para intentar tirarme o al menos detenerme pero no lo conseguían, podía aguantar indefinidamente la fuerza del equipo contrario.

En una fiesta en Delicias 57 casi todos los integrantes se agolparon a hacerme “bolita”, aprovechando que hacía un movimiento dramático hincándome y poniendo mi espalda sobre el piso. Conseguí levantarme aguantando el peso de todos.

Mi resistencia era aún mayor en otras áreas, en la central de abastos iba con mi bolsa de costal cargando 40 kilos de víveres, o con los cigarros, fumando hasta 4 al mismo tiempo. Y de verdad probé mi resistencia bebiendo alcohol como si fuera agua.

Viví mucho tiempo con la idea de que yo podía aguantar más que cualquier otra persona, pero eso vivía tomando responsabilidades y evitando ser ayudado por alguien. Eso me alejó de alguna forma del mundo.

Fue mucho tiempo aguantando en tantos frentes.

Lecciones para ser hombre I

Ningún mexicano mea solo.

Dicho arrabalero

Una de las primeras lecciones que recibí respecto a la hombría fue el uso del órgano sexual para la micción. Los pasos para orinar de pie, me costó muchísimo trabajo, mi puntería era mucho peor que en el baloncesto -y eso es mucho decir- me frustraba mucho el salpicadero que hacía. No entendí lo que pasaba sino hasta mucho tiempo después, la razón.

El día que nací comenzó soleado, pero hubo viento y lluvia hacia el final, la temperatura bajó lo suficiente para que m padre considerara que yo podría tener frío. Me acercó hacia el calentador, me deshidraté y al parecer no podía orinar, el cirujano terminó haciendo una incisión en la uretra, lo provocó que el flujo de la orina fuera desigual.

Ya para cuando me enteré había aprendido a manejar elñ flujo usando el prepucio. Pero mucho tiempo después tuve que aprender nuevamente después de la circuncisión.

Tuve mucho accidentes y dificultades con esta circunstancia, desde una enuresis infantil hasta el tiempo en el que bebía copiosamente. Siempre que llegaba a un lugar localizaba el baño y procuraba tener tiempo y orinar con cuidado, que conforme la noche avanzaba se hacía más difícil.

Quizá por eso tomé esos retos escatológicos como la competencia de quién orinaba en el lugar más público. Lo gané con la Glorieta de los Insurgentes cerca de las cuatro de la tarde. También el ira a una casa donde surgían los casos de la vida real para salpicar sus paredes.

Han sido incontables los distintos lugares para regar las plantas, mear, hacer pipí, echar una firma, cambiarle el agua a las aceitunas, etc.

uniformes uniformes

La tela buena, siempre que se lava, se estrena.

refrán

Como lo define la real academia el uniforme es un traje peculiar y distintivo que por establecimiento o concesión usan los militares y otros empleados o los individuos que pertenecen a un mismo cuerpo o colegio. Tiene la ventaja de ocultar las diferencias, pero la desventaja de no promover la originalidad. No es algo que me guste pero a lo largo de mi vida lo tuve que suar.

El primer encuentro con el uniforme lo tuve en la escuela, la preprimaria. Un pantalón azul marino, camisa blanca (¿a quién se le ocurre usar el color blanco en los niños?) y suéter azul marino, que en cuanto tenía la oportunidad me lo quitaba y lo anudaba a mi cintura o a la mochila o lo dejaba tirado. Y los días que había saludo a la bandera usábamos pantalón blanco y guantes. Los viernes nos tocaba deportes y podíamos llevar tenis.

Otro ámbito es el deportivo, mi papá jugaba fútbol con mis tíos, el nombre del equipo era el Santos, en honor al rey Pelé. Y como querían que sus vástagos tuvieran la mismas costumbres había un equipo juvenil llamada Cosmos y al final, el equipon infantil llamado Ultra. Nuestro uniforme era de color rosa mexicano:

Al entrar en la secundaria dejé atrás el uniforme escolar y únicamente en los deportes me veía obligado a usar o una playera roja o una azul. En paralelo fui a hacer pruebas a otro equipo donde jugaba el hijo de un amigo del trabajo de mi papá: el Necaxa. Nuestro primer uniforme era verde con un León dibujado al frente, entonces los árbitros solían decirnos los panzas verdes (el mote del equipo del León) en especial un árbitro de escada estatura al que todos llamábamos el ampayita. fue hasta la siguiente temporada donde conseguimos el uniforme de franjas rojas y blancas, entonces nos confundían con el Guadalajara. Con el equipo mis vecinos del retorno (el Zaragoza) el uniforme era como el de Holanda en el mundial del 74, naranja con negro.

En la universidad, en mis clases de alemán cantamos villancicos:

O lasset uns anbeten, o lasset uns anbeten,
o lasset uns anbeten den König, den Herrn

Además de aprendernos la letra tuvimos que ponernos de acuerdo en un vestuario más o menos uniforme para la presentación, la única solución fue una combinación de blanco y negro.

Casi podría decir que en el trabajo no necesité de uniforme, aunque existe un código de vestuarios y en ocasiones específicas la corbata y el saco son necesarios. Estando en Sao Paulo hubo un torneo de fútbol (deporte nacional) y me animé a participar, fue mi último uniforme futbolero que usé, como mi equipo logró el campeonato, aunque mi contribución fue mínima, marcó el momento del retiro.

 

la calor

Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren al llegar al infierno regresan por su cobija.

Pedro Páramo – Juan Rulfo

A pesas de haber nacido en un día caluroso, siempre he prefererido el frío, en especial en la noche, únicamente las bajas temperaturas me permiten dormir plácidamente. Quizá el origen desde mi nacimiento, donde mi padre, al ver el fuerte viento decidió acercarme la calefacción para que no me fuera a enfriar.

Cuando aún vivía en casa de mis abuelos, durante una semana santa el calor fue tan intenso que aprovechamos el sábado de gloria para lanzarnos agua (padre y tíos incluídos), al menos hubo un día para refrescarnos.

En mayo del 82, saliendo de la escuela, mi hermana y yo acompañamos a mi madre al centro sofocados por el calor. Fue la única vez que me quité mi camisa escolar y me quedé en camiseta durante toda la primaria. Fuimos a comer a un Kentucky Fried Chicken (mucho antes de que fueran KFC únicamente) y lo único que se me antojaba comer era la ensalada de col.

La semana santa de 1990 hice un viaje a Acapulco, ya de por sí tiene una temperatura elevada, ahora con casa llena se pone peor. Durante el día la cerveza era la opción, en la tarde comprábamos un vaso de hielo para las bebidas. Las noches dormía en un piso de cerámica, ni siquiera eso era suficiente para dormir.

En mi paso por la universidad, tenía un pantalón con ventilación estratégica justo abajo de los glúteos, y una chamarra de mezclilla con más hoyos que tela. Y el mes de mayo antes del mundial de Francia, recibí mi primer cheque por parte de la univesidad, me la pasaba jugando FIFA 98 (el que tenía como soundtrack la rola de Blur). Solía decir que el día en que se apagara el sol (unos 4500 millones de años) me iba a dar mucho gusto.

Ya en este milenio el calentamiento global dejó estragos, no únicamente en las fiestas de niños (por los globos) sino en en la ciudad, algunas veces me tocó cooperar en el trabajo para comprar un garrafón de agua, en el mismo trabajo donde el lunes llevaba mi computadora y regresaba con ella el viernes, porque no me proporcionaban máquina y nunca me han gustado las portátiles. Ya después disfrutaba del aire acondicionado y únicamente sufría al comer en bajo el periférico en un paso subterráneo peatonal.

Pero al mudarme a Brasil por fin entendi aquella canción de Roberto Carlos que decía: más calida eres que veinte diciembres que treinta eneros en el mismo verano. Mi último verano en Sao Paulo las temperaturas en la calle llegaron a los 39 y aún después de la medianoche el termómetro seguía arriba de treinta. Era imposible dormir. Mi gran amigo y coloega Rodrigo me llevo a buscar un aire acondicionado portátil que para ese tiempo estaban prácticamente agotados (paradójicamente se vendieron como pan caliente) pero encontramos uno de marca dudosa en una tienda allá por la Marginal Tietê. Lo usé una noche muy contento y al día siguiente la temperatura bajó a 23°. El calor no es lo mío (no creo que lo llegue a ser) pero ya resisto mucho más sin quejarme.

 

 

 

historias de tunantes

Aquí no es mesón, sigan adelante, yo no puedo abrir, no sea algún tunante.

canto popular para pedir posada

Poco antes de comenzar mi educación primaria, organicé una expedición al Sears de Plaza Universidad para extraer un juguete para cada miembro de la banda participante (éramos 6). Era un plan lo suficientemente elaborado como para no ser descubierto, cada miembro ejecutaría 3 diferentes roles uno por cada juguete sustraido. Tiempo después, en Gigante (ahora Soriana) fuimos sorprendidos debido a un plan más burdo.

Frente a mi escuela primaria había una farmacia que tenía una máquina de pinball a la que nos habíamos aficionado. Debido a un descuido de la persona que le daba mantenimiento conseguimos las llaves para abrirlo. Jamás tomábamos dinero únicamente nos poníamos créditos para jugar. Hacia el final de cursos del sexto año nos escapamos de la escuela para ir a jugar. Fuimos acusados de hacer llorar a nuestra maestra, debido a su preocupación ante nuestra desaparición.

Tuve una excursión con los dos compañeros más rudos de la secundaria (musicalmente hablando) para conseguir un disco de Iron Maiden (Piece of mind) en el Sanborns que está en la esquina de Acoxpa y Miramontes ─refugio sureño de los encuentros de ambiente─ después de la compra vi sus caras de regocijo, se sentían trasgresores, como dueños de un secreto importante, con un vínculo especial que los ayudaba a navegar la adolescencia tan desprovista de refugio. Yo únicamente los acompañaba.

Durante la preparatoria, mientras le daba lecciones de manejo a Atilio (Juan Manuel) en estacionamiento al lado del campo de fútbol americano de los Cherokees, al ver una patrulla a lo lejos Atilio aceleró como huyendo de la ley, a media calle nos cambiamos de lugar y los patrulleros nos alcanzaron. Nos obligaron a poner las manos sobre el toldo, nos revisaron buscando armas y vieron que tenía la cajuela llena de revistas de las revistas lágrimas risas y amor. Decepcionados por la falta de oportunidades de mordida nos despidieron con la frase “muchacho, no hagan cosas buenas que parezcan malas”.

El los 80s nos invitaron ─ éramos colados para ser sinceros─   a una posada en una calle escondida de San Ángel. Nos recibió un perro pastor alemán con el que congeniamos inmediatamente. Cuando llegó la anfitriona, al vernos jugar con su amada mascota nos tuvo buena fé, nos permitió estar en la cocina y nos encomendó la tarea de poner las piñatas y manejar el cordel que las mantenía a salvo. No tuvimos necesidad de arrojarnos por los premios de la piñata porque los sustrajimos antes de que comenzaran los cantos para romper la piñata.

Se me había hecho tarde para ir al concierto de Cecilia Toussaint en el Blanquita (principios de los 90’s) llegué apresurado a la taquilla sorprendido de tan poca gente formada y compré los boletos, cuando di media vuelta para dirigirme a la fila de la entrada me di cuenta que había ignorado olímpicamente la fila para los boletos. Para entrar al recito era una fila de ida y vuelta, casi pasando la entrada me encontré al primo de mi primo (Pepe) que era uno de mis pocos conocidos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.  Total que, después de llegar tarde en menos de cinco minutos ya estaba dentro.

Una fiesta agendada en un edifico sobre Xola, apenas pasando Tlalpan, fue suspendida debido a las protestas vecinales. La sede fue cambiada para casa de Lenina, donde comencé como DJ, labor que dejé en manos de Agustín, me lancé a la pista de baile a robar un sombrero y luego salí a defender a un infeliz que estaba siendo vapuleado por mis amigos: Felipe, Cuquín, Vani, Chéster, Paquis (hasta con patadas voladoras). Terminé llevándolo a su casa.

 

 

 

 

Taxqueña

Nunca escribas sobre un lugar hasta que estés lejos de él.

Ernest Hemingway

La calzada de Taxqueña nace donde está el sindicato de músicos y muere en la avenida Tláhuac a un lado del ex convento de san Juan evangelista. Fue partícipe de múltiples vivencias.

Recién mudado a la CTM nada más había dos caminos para llegar, uno pasaba por el puente del toro (en avenida Tláhuac) y otro al lado del centro antirrábico, que se enconbraba en la esquina de Taxqueña con escuela naval militar. En esa calle, casi con Apaches era donde iba a las tortillas.

Esa calzada fue testigo de mi único paseo en bicicleta con mi padre, en aquella rodada 26. Cuando iba en quinto de primaria e iba con mi padre, en el el cruce con el eje 3 ote. solíamos cncontrarnos con mi maestra Blanca (le apodaban Amanda Miguel por su abundante cabello) entonces durante todo ese curso casi siempre llegué al mismo tiempo que la maestra.

Ese era el paso obligado cuando íbamos al cerro de la estrella. Había un balneario con alberca cerca de avenida Tláhuac, solía ir con Paco y en el camino había una mueblería con un altar al Santo, que estaba coronado con una máscara.

La terminal de la línea dos era el metro más cercano, durante la hora pica a veces tardaba 45 minutos en llegar, quizá ahora sea peor. Algunas veces era en pesero algunas otras en carro.

Un día, regresando de una fiesta se ponchó una llanta de mi coche (evento usual) y nos tardamos un poco más en cambiarla, del otro lado de la acera donde está la vocacional. justo enfrente de unos edificios. Nos tocó presenciar un drama familiar mientras cambiábamos la llanta.

Fuimos a muchas fiestas alrededor, desde los XV años de Érica donde me la pasé bailando solo, y subiéndome en las sillas con Bon Jovi de fondo, después hubo una donde el slam era lo que predominaba, tenía botas con caquillo de metal y mi chamarra con metal para golpear. Incluso hubo una fiesta donde la celebración consistió en cantar mientras alguien tocaba el piano!!!

Ahí había un Burger Boy que visitábamos de niños en general al regresar de Chapultepec, depués un café donde hubo algunas pláticas, casi al final había una pizzería, después del parque donde llegaban los trolebuses.

Hace tiempo que no la recorro, quizá no reconozca muchas cosas.

 

primeros años

Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones.

Marcel Proust

La noche previa a mi nacimiento, mi madre jugaba dominó con mi padre, mi abuelo y mis tíos. Su embarazo plagado de antojos de mango manila y hamburguesas llegaba a su fin. Los tres gustos mencionados los heredé.

Los primeros años viví en la casa de mis abuelos en un cuarto al fondo, dormía al lado izquierdo de la cama de mis padres y enfrente había un ropero de colores verde pistache y beige (o hueso), cuando se apagaban las luces me imaginaba vívidamente que había dos caballeros (uno blanco y uno negro) custodiando el ropero. Me daba miedo pero nunca dije nada al respecto.

El primer sueño que recuerdo fue en caminar descalzo en el patio y estar rodeado de protozooarios que flotaban en el aire todo bajo una luz clara de madrugada. Nunca volví a soñar lo mismo.

De mi primer cumpleaños hay una grabación en película de 8mm donde es evidente que hablaba demasiado, me la pasé atosigando a los niños que estaban a mi lado antes de apagar las velitas y cortar el pastel en forma de cancha de fútbol con todo y jugadores que mi mamá había encargado especialmente suponiendo que heredaría ese gusto de todos mís tíos y mi papá (no sucedió).

Me gustaba la aventura, a los dos años me dejaban ir a la cremería por queso, estaba en la misma cuadra y vigilaban mi trayecto pero yo me sentía libre y daba la vuelta corriendo. También iba a la tienda al lado de la papelería del Chere y gritaba “Doña Vitorita, mi chaparrita”. La de mandarina era mi favorita.

Acompañaba a mi mamá a la panadería, no estaba tan surtida como la Esperanza. Comprabamos un bolillos y pan dulce. Cuando había feria de regreso pasábamos y nos subíamos a las tasas. Siempre pude aguantar las vueltas, me gustaba el vértigo.

Me compraban cuentos de Walt Disney, En particular los de Rico McPato y los chicos malos. No sabía leer así que le preguntaba a mi mamá lo que decían. Así aprendí a leer, como de bulto. No por sílabas como acostumbraban.

La semana santa del 75 fue cuando viví las guerras de agua, todo con mi papá y sus hermanos, no me importó que me fuera a enfermar y recibir inyecciones, quedé empapado en el patio, feliz.

Solía acompañar a mi mamá en sus viajes, cotidianamente íbamos a Cuernavaca, saliendo de la terminal del sur, comíamos una torta y un boing de lata. O íbamos a Tacuba, nos íbamos en metro, como recién había sido el accidente en la estación viaducto, los asientos todavía estaban acolchonados y algunas personas aún fumaban en los vagones.

 

 

 

obediencia ciega

Obedeced más a los que enseñan que a los que mandan.

San Agustín

Recientemente me fue observado mi renuencia a obedecer ciegamente un mandato, así sin cuestionar, uno podría pensar que es como en el ejército pero esa forma de actuar escapa al mero ámbito castrense, en la familia y escuela sucede demasiado. Como si la autoridad concediera siempre la razón.

Todo comienza por la casa, con la familia. Al principio obedecía ciegamente, pensando en los padres como tutores infalibles con la razón de su parte. Entonces me ponía suéter, me fijaba antes de cruzar la calle, cuidaba a mi hermana, me comía lo que me daban. La primer orden que cuestioné fue el saludo: “saluda a todos los presentes” según porque era de buena educación. El origen era mostrar que no se iba armado. Desde entonces comencé a prestar más atención en las órdenes recibidas y reflexionar antes de acatar.

Porque no entrar a cocinar bajo el pretexto de “los hombres en la cocina huelen a caca de gallina” sería perpetuar las enseñanzas de disparidad de género. Del mismo tenor sería no usar el color rosa en el vestuario, no llorar (o para el caso mostrar algún sentimiento) o no tener el cabello largo. Durante la preparatoria tenía el cabello largo, los maestros me trataban de vagabundo y mis compañeros de drogadicto. Ni siquiera mi adscripción al servicio militar logró que me cortara el cabello, fue un año en la que fui retado varias veces por diversos mandos y escapé corriendo de ser arrestado en el campo militar número 1.

Muchas de las órdenes que recibimos no tienen un fundamento, son costumbres, preferencia o forma de pensar particulares del que dicta la orden. Siempre que alguien dice que así tienen que ser las cosas mi mente salta y encuentra otra forma de hacerlas.

Así soy, no voy a obedecer a lo pendejo, digo ciegamente una orden si no tiene sentido. Digo si alguien me dice que construya un muro seguro no lo voy a hacer.

 

 

 

 

El juego del bolillo

Yo me crié en esta ciudad, mi poesía nació entre el cerro y el río, tomó la voz de la lluvia, y al igual que la madera, se empapa en sí en los bosques.

Pablo Neruda

Cuando iba en la escuela primaria, al salir casi siempre iba a casa de mi abuela Chuchita, donde me cambiaba de ropa, pero no de zapatos, porque los tenis me quemaban los pies, bueno cualquier plantilla que fuera sintética. Y salía a jugar.

La ruptura de una escoba era una molestia para los adultos, pero era la oportunidad de jugar para los niños. Tomábamos la escoba rota, el pedazo más pequeño —las escobas jamás se rompen justo a la mitad—lo afilábamos de ambos lados y terminaba como un bicolor muy gastado, pero de buen tamaño, el otro pedazo serviría como utensilio diverso, a manera de bat, de regla, de lanzador.

Casi siempre lo jugábamos en la banqueta, y escogíamos un cuadro donde se suponía va un árbol o una planta y colocábamos al bolillo en una esquina formando un triángulo, otras veces jugábamos en el camellón y hacíamos un surco en la cierra o colocábamos el bolillo encima del surco formando un signo más.

Colocábamos el pedazo restante abajo del bolillo y lo lanzábamos lo más lejos posible, el rival (o equipo contrario cuando éramos muchos) intentaban agarrarlo al vuelo para hacer un out, si no lo atrapaban desde el lugar donde había caído lo lanzaban al lugar de partida, si quedaba a una distancia menor a la longitud del “bat” también era out, en caso contrario el jugador pasaba a batear para obtener puntos.

Pare eso colocaba al bolillo en el piso, golpeaba una de sus puntas haciéndolo saltar y girar, ese momento era aprovechado para golpearlo y llegarlo lo más lejos posible. Los contrarios podían intentar bloquer el tiro, a riesgo de perder algún ojo, Al final se contaban los pasos desde el donde llegó el bolillo hasta la base.

Era nuestra forma de reciclar.

 

muchachos a correr

El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.

Pablo Neruda

Uno de los juegos de la infancia era el Burro 16, que solía jugarse entre hombres, contiene elementos de burla, sádicos y hasta algunos tintes homosexuales.

El objetivo primordial del juego era que una persona (el burro) se ponía con las manos sobre la nuca, agachado y con las rodillas flexionadas, para que los demás lo brincaran y humillaran, la mecánica usada para elegir a la persona que iba a tomar la posición del burro era la definición misma del juego.

El burro inicial se solía escoger con un disparejo, un pin pon papas o un zapatito blanco zapatito azul. Entonces se formaba una fila y el primero era el encargado de comenzar. Ser el que iniciabal llevaba muchas ventajas pero había muchos elementos protocolarios: una serie de preguntas que si no eran formuladas el primero ocupaba el lugar del burro.

Comienzo.

El primero de la fila comenzaba preguntando ¿con cero o sin cero? esta primera pregunta era para sorprender distraído al primero de la fila.

Cero por chapucero: de alguna forma el hecho que los mayas lo hayan descubierto hace que esté presente en nuestra mexicanidad y se filtre a los juegos.

Uno por mulo: en cierta forma es la declaración de que el burro está ahí por su incapacidad intelectual y que será castigado.

Dos, patada y coz: antes de comenzar el primero le pregunta: ¿en el aire o en la tierra? La respuesta define la manera de proceder, en el caso de que sea en la tierra el que va a brincar se acerca, le da una patada en las nalgas, salta al burro y luego camina de regreso y le da un empujón con el trasero en las costillas del burro. En el caso que haya respondido en el aire entonces tanto la patada como la coz tendrían que ser durante el salto. Había un acuerdo tácito, cuando alguien decía en la tierra los golpes/humillaciones eran mucho más leves, porque el burro estaba renunciando a que alguien se pusiera en su lugar.

Tres litro y litro: el número de jugadores se multiplicaba por tres, ese total era el final de la cuenta del burro, al saltar el primer jugador el burro contaba en voz alta hasta y se levantaba luego de decir el número final, el jugador en turno se ponía de burro.

Cuatro jamón te saco y te lo embarro en el sobaco: al igual que el dos se preguntaba si en el cielo o en la tierra, ahora las acciones eran pasar la mano entre las nalgas del burro (jamón te saco) y luego darle una palmada en la axila (te lo embarro en el sobaco).

Cinco, desde aquí te brinco: La clásica pregunta del aire o la tierra determinaba ahora la mecánica del salto, en el caso de ser en el aire el burro se ponía en posición y era sostenida su cabeza, él intentaba escupir lo más lejos posible, el escupitajo era la marca, al saltar se intentaba sobrepasar esa marca. En caso de que fuera en la tierra el escupitajo era sin sostener la cabeza y el burro se ponía de rodillas y la cabeza tocano el piso. En ese caso era más riesgoso porque se convertía en salto de distancia.

Seis al revés: en este caso no se preguntaba, se tomaban las opciones del número anterior, el salto ahora tienen que ser antes de la marca, aquí es donde el riesgo de un impacto doloroso es mayor.

Siete te pongo mi chulo bonete: primero la pregunta de rigor ¿en el aire o en el tierra? ahora cada jugador se quitaba una prenda y la dejaba sobre el lomo del burro, antes de saltar si era en la tierra o durante el salto si era en el aire. Si alguna de las prendas tocaba el piso, el que sal´to se ponía de burro.

Ocho te lo remocho: Ahora el orden de la fila se invertía, la opción de aire o tierra era la misma que la anterior, al saltar cada uno iba quitando la prenda que había puesto, igual si no se podía quitar o alguna otra prenda tocaba el piso, burro.

Haciendo un paréntesis, cuando alguno se ponía del burro, entonces el primero de la fila debía preguntar siguen, pasan o comienzan, para repetir el número, pasar al siguiente o comenzar todo de nuevo, como esta última opción habría la puerta a un ciclo infinito, quedó fuera del menu.

Nueve tres copitas de nieve: en este caso no hay preguntas, todo se basaba en un voto de confianza, al saltar cada jugador hablaba en secreto con el burro para decirle 3 sabores de nieve, si alguno coincidía con un sabor que hubiera dicho uno de los jugadores anteriores sustituía al burro, como no se escribía ni nada se tenía que confiar.

Diez elevado lo es: de nuevo en la pregunta de rigor ahora en la tierra significa que el burro pone las rodillas y la cabeza al suelo, al igual que en el 5, y los participantes saltan alegremente, en el caso del aire, ahora el salto era con el burro completamente de pie, ligeramente inclinado y con las manos en la nuca. Cuando yo estaba de burro en ese número jamás lograron saltarme.

Once caballito de bronce: ese era el número que representaba el mayor castigo, porque el caballo, siendo de bronce, era inmutable, podía aceptar lo que sea sin quejarse, la verdad es que luego de desfortunados incidentes quedó prohibido.

Doce la vieja tose: este únicamente era un inofensivo despliegue de estilos de toser, cada jugador lo único que tenía era toser de forma difernte tres veces, no recuerdo a nadie fallando este número.

Trece el rabo te crece en la boca de ese: el jugador en turno, luego de saltar se volteaba hacia los demás jugadores señalando a alguno, si uno de ellos tenía la boca abiera perdía y tenía que ponerse de burro. Aquí las risas solían traicionar a algunos.

Catorce la vieja cose: otro de esos números llenos de humillación y castigo, el jugador elegía alguna cosa relacionada con la maquina de coser para lastimar al burro, por ejemplo pisarlo diciendo que era pisando el pedal, le picabal lguna parte de la espalda diciendo que era con un dedal, un golpe en la las costillas diciendo que se cerraba el cajón, o daban rienda suelta a los instintos arrimando la pelvis por detrás para medirle el aceite y ni hablar de ensartar la aguja.

Quince el diablo te trinche: en este número además de de la pregunta consuetudinaria se preguntaba si con plancha o con trinche, entonces al saltar (en el aire) o antes de saltar (en la tierra) se le daba un golpe con la palma de la mano (planca) o con los dedos en forma de garra (trinche).

Dieciséis muchachos a correr: era el final y todos corrían hasta una base determinada huyendo del burro que hacía su último esfuerzo por salvarse del castigo final, Que consistía en una especie de fusilamiento con pelotas de esponja.