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disyuntivas

No es el amor quien muere, Somos nosotros mismos

Luis Cernuda

Basta una plática alrededor de un metro, de una colonia para desbocar los recuerdos, para hacer un viaje galopante al pasado, con el corazòn punzante y los ojos entrecerrados.

Parece que en cada relación había un camino, casi siempre me tocaba recorrerlo, de ida y de venida (cuando había coincidencia). Casi siempre tan embriagado, en estas ocasiones de amor, que no percibía sus acciones.

Yo actuaba exagerada y apasionadamente. Regalaba objetos extravagantes, escribía cartas llenas de fuego y poesía, aunque ilegibles. Pero eso no siempre bastaba para iluminar su mirada.

Era como una apuesta, donde ponía todas mis canicas sin importar mis probabilidades de ganar. Tampoco importaba que fuera un mal jugador de canicas. Lo veía como una gesta medieval.

Y como en todo, a veces se pierde y a veces se gana. Unas veces termina en retirada, existen victorias pírricas o pérdida total (y sin seguro).

Quizá es hora de dejar de emprender una campaña donde no existe interés.

Tal vez todo este fluir de conciencia castrense, amoroso y épico sea por ver tantas series.

Duelos que duelen (segunda parte)

Si existe la otra vida, las almas de los muertos vivirán allí eternamente, y tal como estaban en el instante de morir, es decir, con todos sus recuerdos.

-Kenzaburo Oé

Mi tía Luisa —Luisita— tomó el papel de madre de mi madre, podríamos decir oficialmente, durante sus primeros seis años pero su amor la acompañó desde entonces, yo heredé su cariño y un regalo que es poco valorado por la gente pero que yo no tardé mucho en darme cuenta de su valor y poder: sus bendiciones.

Yo le contaba lo que iba a hacer, sin problema, sin censura, sin mentiras; lo mismo si iba a tirarme en avalancha por la calle de avena para evadir los carros en Ermita, si salía a jugar tacón, si me iba al cine, a beber a perderme, a pelear o a volarme la escuela, Siempre me encaminaba a las ánimas del purgatorio y jamás me recriminó ninguna acción, recibía la señal de la cruz en la frente y eso bastó para que las balas no me alcanzaran —literalmente—, para recibir susurros que me libraran de chocar o encontrar el camino de regreso de los pasajes más oscuros —física y metafísicamente— a la fecha me resulta sorprendente, debido a su pequeña figura, que hubiera conseguido cargarme, la casa se llenaba de paz cada que ella estaba. Mi corazón más de una vez necesitó su bendición.

Mi abuelo Pedro me hizo los mejores zapatos que tuve —unos zapatos de ante azul— que no sólamente eran muy cómodos sino chidísimos, que arruiné jugando fútbol en la unidad del hueso. Pasé mucho tiempo platicando con él en su taller, mientras él trabajaba armando los zapatos, golpeando la piel con su cuadrito de madera. Tuvo muchas formas de mostrarme que me amaba, yo intenté que él se sintiera correspondido, con algunos regalos e invitaciones a comer. Nos quedábamos a platicar afuera durante los rosarios, y sé que tengo varias cosas de él, al igual que mi papá, como descuidarse pero no descuidar a su familia. Sabía que podía confiar en él, siempre admiré su honestidad. Su último pendiente en la vida fue hacerme unos zapatos me los dió una navidad y murió a los pocos días. Parece que espero a no tener pendientes, para no quedarle mal a nadie. Cuando murió me aseguré que fuera cremado, tenía un pánico a ser enterrado vivo —supongo que originado por los episodios de Hitchcock y Joaquín Pardavé—. Quisiera tener la oportunidad de entrar a platicar en su taller.

A pesar de que mi padre cometió muchos errores siempre tuvo la valentía de aceptarlos y pedir disculpas. Nuestras pláticas durante la serie mundial era su forma de pedir disculpas por su intervención en mis participaciones deportivas. Sus opiniones siempre eran sensatas, aunque teníamos diferentes ideas siempre las debatíamos abiertamente. Consulté poco su experiencia laboral, la necesité varias veces —la sigo necesitando— me hacne falta sus rebates, sus frases con ideas tajantes. Me hubiera gustado verlo más feliz. Creo que pensaba que yo era débil, no quiso que lo viera morir.

Parece que no los he llorado lo suficiente.

 

 

 

Vacío vital

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Los amorosos – Jaime Sabines

El universo odia el vacío, no en balde la expresión horror vacui —aunque Pascal se haya puesto mamón— pero aún en el espacio cualquier pedazo elegido al azar contiene aunque sea algunas partículas de polvo, minúsculas pero siempre hay algo. Dicen que el vacío absoluto es imposible #dicen.

Cuando un gas encuentra un recipiente vacío se expande hasta llenar todos los huecos, es como si no se pudiera soportar ver esa ausencia en los recipientes. Quizá esa parte física sea análoga a lo que sucede en otras áreas de la vida. Como el barroco en el arte donde la abundancia tapa llena todos los espacios sin dejar vacíos a la vista.

Algunas personas entienden ese vacío como la soledad, algunas veces en alguna parte pequeña como necesitar a alguien para ir al cine, comer o ir a una fiesta. Pero hay otros casos donde prefieren ser violentados a estar solos, otros prenden las luces, abren las ventanas o llenan los espacios con mensajes en el celular. El vacío interior se puede confundir con hambre e intentar llenarlo con comida cuando lo que se necesita es afecto, beber para callar el vacío que grita de desesperación, o aspirar algún estimulante que nos permita seguir a pesar del vacío de energía.

Los recipientes necesitan estar vacíos para llenarse, y como nos enseña el modelo de la urna de Ehrenfest este cambio será mucho más rápido al principio y más lento cuando se vaya estabilizando. Eso debería ser suficiente para no llenarnos de pánico al enfrentar ese cambio.

La explosión de una supernova puede convertirse en un agujero negro, que nada va a llenar, cuya enorme gravedad con la que jala las cosas se parece al desesperado intento de mantener las cosas cerca de nosotros, como si el vacío interno arrastrara con todo.

#Nota: Un foco necesita de ese vacío para que la resistencia ilumine en lugar de quemarse.

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