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batallas matinales

Vieja ciudad de hierro de cemento y de gente sin descanso si algún día tu historia tiene algún remanso dejarías de ser ciudad.

Rockdrigo

La semana pasada tuve que llegar mucho más temprano de lo acostumbrado al trabajo, algo a lo que ya no estaba acostumbrado, recordé todas las vicisitudes que acompañan esta práctica y los resultados de este enfrentamiento cotidiano con enemigos apenas amenazadores pero peligrosamente constantes.

La primer batalla que tengo que ganar cada mañana es la de despertarme a tiempo, no importa en realidad la hora que sea, generalmente tengo que hacer un esfuerzo por despertarme, pero siempre he necesitado ayuda porque mi sueño no se interrumpe fácilmente, puede haber una fiesta al lado y yo no despertar, antes lo único que conseguía despertarme era el sonido del teléfono, por esto tuve que recurrir al servicio de despertador de telmex, después usaba 6 despertadores cuyas alarmas tenían diferencia de algunos minutos, eso me funcionó hasta que me casé, Valeria no podía dormir con el click de todos los despertadores y no le hacia ninguna gracia la cantidad de pilas de tan mala cantidad que usaba —similar de las rocket— así que los reemplazó por un despertador rojo de gran potencia en su sonido, yo me tenía que levantar antes que ella así que dormía del lado de donde estaba el despertador y siempre me levantaba con el pie izquierdo —a la fecha lo sigo haciendo—, ahora solamente necesito 3 alarmas del celular y 2 despertadores, uno de ellos genera el ruido suficiente para despertarme, aunque ahora casi siempre logro despertarme un poco antes de que suene.

Pero el despertarse es apenas la primera parte, yo jamás me he levantado inmediatamente después de despertarme, durante ese tiempo me cuesta trabajo comenzar a carburar, algunas veces me quedo reflexionando, algunas otras recordando e intentando explicar los sueños que tuve. Otras veces simplemente acumulando fuerzas para levantarme.

El baño no lo considero una batalla, al contrario es una preparación o ritual para seguir con el día, ahí consigo despertar completamente, es el momento en el que me encuentro en mayor calma, cuando la respiración se equilibra y a cada respiración las energías se acumulan.

Desayunar resulta complicado, es muy difícil que me quede tiempo para algo más que algo que se pueda tomar de un trago como un yogur para beber, Durante mucho tiempo desayuné un vaso de papaya y un jugo de zanahoria que mi marchante ya me tenía preparado. Otro gran favorito era el licuado de mamey —la fruta que nació para ser licuada— las guajolotas o el atole en ocasiones contadísimas.

Pero el principal villano es el tráfico. Siempre hay un obstáculo que es el más difícil, por ejemplo mis primeros tres años de primaria, vivía a solamente unas cuadras pero a mi papá le gustaba llevarme, algunas veces era complicado atravesar la calzada Ermita Iztapalapa —aún ahora con todo y puente es difícil— esa fue la época en la que viví más cerca de la escuela. Siempre que hablo al respecto me acuerdo de mi amiga Martha, que vivía en Santa Úrsula, caminaba a su primaria y secundaria, y para la Prepa 5 y para CU tomaba el mismo pesero —solamente cambiaba la dirección— una combi de la ruta 29. Recuerdo mucho mis viajes a CU, cuando iba en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales, me esforzaba en llegar a clase de 7, muchas veces tomando el primer camión (ruta 79) que salía frente a la UAM Xochimilco y que me dejaba en el metro CU, o cazando al San Lorenzo Tezonco – Cerro del Judío (ruta 64) que solamente lo podía tomar hasta las 6:30 porque después pasa llenísimo, su gracia decayó cuando cerraron el cruce de Tlalpan a la altura de Xotepingo. La alternativa era una combi que también iba de la UAM Xochimilco hacia CU (ruta 95) que, cuando todos íbamos a CU iba directo ahorrándonos mucho tiempo. Cuando llegaba a ir en coche, la parte difícil era División del Norte con Miguel Ángel de Quevedo, había un carril para dar vuelta, pero si lo elegías podías quedar bloqueado si alguien iba a dar vuelta en U. Me divertía tomar esa decisión y lo hacía a manera de apuesta, creo que terminé a mano.

Ya en el trabajo el principal reto era llegar al metro Taxqueña, que me podía llevara hasta 40 minutos, la otra alternativa era tomar todo el eje 3 hasta Mixhuca cuyo tiempo era muy variable. Ya dentro del metro la siguiente decisión la tenía que tomar en Tacubaya: o me seguía hasta Auditorio o me bajaba y arriesgaba a tomar un camión o intentar conseguir un taxi —esa labor era difícil porque la competencia era dura y los taxistas primero elegían a las mujeres— esa decisión a veces me llevaba más tiempo pero siempre me ha gustado esa incertidumbre. el tomar rutas diferentes. Cuando me cambié cerca del metro Portales, se redujo una de las variables, y se alargaron mis horas de sueño. Y cuando me mudé a un par de cuadras del eje central las opciones se ampliaron, pero más para el regreso que para la ida. así que generalmente tomaba un pesero a Cuauhtémoc y de ahí tomaba la línea 3.

Ahora que estoy viviendo en São Paulo las cosas no son muy diferentes, ahora mi transporte matinal es el 576M-10 (Vila Clara – Terminal Pinheiros) solamente que la frecuencia es menor y ahora debido a las obras de la nueva línea del metro hay 2 avenidas que es difícil atravesar, la Ibirapuera y Santo Amaro, aunque vivo mucho más cerca sigo con las mismas batallas todos los días, y sigo ganando.

Por eso cuando estoy de vacaciones aprovecho para levantarme temprano y salir, ahora sin prisa para caminar por los mismos lugares a un ritmo diferente y contemplar bajo otra óptica la prisa cotidiana a la que nos sometemos, gracias a ello entiendo que las batallas son, en realidad, conmigo mismo. Que el enemigo no es el tráfico, el despertador o el tiempo; esas son las circunstancias que tenemos y que nosotros elegimos nuestra manera de abordarlas.

lentes de sol

No hay cristales de más aumento que los propios ojos del hombre cuando miran su propia persona.

Alexander Pope

Descubrí muy tarde en la vida que necesitaba anteojos, toda la primaria pensé que esa era la forma que las cosas tenían, no había nitidez solamente un panorama medio borroso y entonces aprendí a descifrar, adivinando a partir de las formas imprecisas el contenido, lo mismo para las letras que la maestra escribía en el pizarrón como los letreros de los camiones que venían —indispensable para transportarse— mis recuerdos son mucho más luminosos que nítidos, quizá entonces nació mi deseo de descubrir lo que había detrás de esas imágenes, esta constante necesidad de interpretar, traducir o adivinar; probablemente la sensación de que lo que veo es en realidad otra cosa.

Más tarde me diagnosticaron miopía en un ojo, hipermetropía en el otro y astigmatismo en ambos, pero al principio no me gustaba usar lentes, no solamente se me hacía incómodo, también interfería con mi costumbre de ver las cosas, con frecuencia los olvidaba, como en aquel viaje memorable a Veracruz donde mi amigo Chil -sic- fue el copiloto, porque yo no alcanzaba a leer los letreros a la distancia, hubo un par de incidentes en el camino, una desviación de más y un tlacuache atropellado.

La segunda vez que midieron me graduación y me probé las gafas fue como un milagro, la visión era completamente distinta, era como si estuviera viendo por primera vez, las imágenes eran mucho más definidas pero ligeramente con menos luz. Y desde entonces los he usado continuamente, con escasas excepciones como aquella vez que tuve que pedir que me confirmaran las letras que aparecían en la pantalla de la computadora, o cuando le aventé mi mochila a un automóvil que se cruzó un alto. Una vez intenté usar lentes de contacto, pero mi habilidad era nula y me tardaba más de media hora en ponérmelos o quitármelos, por supuesto que deseché la opción inmediatamente.

Los lentes oscuros no me gustan, no solamente porque cuando los uso ya tengo cierta reducción de luz, lo que no me gusta es que las demás personas los usen, si ya es difícil para mí entenderlas si me quitan una gran referencia de las expresiones faciales. ¿Cómo se ve el mundo con lentes oscuros? Será que todo lo que vemos en realidad lo hacemos con unos lentes particulares. Todo lo que hemos vivido forma un cristal a través del cual percibimos la vida.

Y seguro que cada persona tienen unos lentes diferentes, porque diferentes personas usan adjetivos opuestos para la misma persona o el mismo grupo. Como un colega que se la pasa diciendo lo inútiles que son los que trabajan en IT, cuando estoy presente dice que soy la excepción. Hay tantos que dicen que el fútbol es aburrido mientras otros ven hasta cualquier partido. Las elecciones son otro ejemplo y los colores otro ejemplo menos controversial.

Tantas veces he escuchado a una mujer defender novio/esposo/amante/amasio enumerando cualidades visibles solamente bajo su lente, lo mismo con las madres respectos a sus hijos, o algunos amigos respecto a sus propias habilidades —magnificadas por supuesto— un amigo incluso afirmaba que el sol salía algunas veces por el poniente. Muchas personas ven a mi amada ciudad de México como fea.

¿Qué tan grueso es el cristal de estos lentes? ¿De qué color es? ¿Estará lleno de insectos aplastados por fuera? Quizá esa visión particular del mundo es parte de lo que somos, ¿será que puedo romper ese cristal? ¿seguiré siendo el mismo si lo rompo? ¿Me arriesgo? Con la última pregunta basta.

#YoConfieso que la primer canción que se me ocurrió para esta entrada fue la de “De Color de Rosa” de Prisma. Finalmente algo más referente al cambio.

Ponga su contraseña

Si quieres que tu secreto sea guardado, guárdalo tú mismo.

Séneca

El origen de la palabra y el uso de la contraseña tiene mucho tiempo, al principio  fue para distinguir a los amigos de los enemigos, para conseguir un acceso privilegiado y, algunas veces, para evitar ser asesinado. En el caso del mundo cibernético apenas comenzó a utilizarse al inico de los años 60s en realidad es poco tiempo.

Mi primer contacto con los passwords fue viendo la película Wargames con el entonces Matthew Broderick —antes de Ferris Bueller’s Day Off— a partir de esa película el password de Joshua fue el más común durante mucho tiempo, yo no necesitaba ponerle password a mi computadora en ese entonces una timex sinclair 1000 con 2K de memoria que no necesitaba protección, pero la primera necesidad de usarlas fue con los juegos.

Una vez de regreso de mi proveedor de copias de respaldo de confianza, me di cuenta, que las copias que me dió no correspondían al juego, el juego preguntaba la letra en determinado pasaje del manual que no poseía. Tendría que esperar hasta la semana siguiente —tianguis de fin de semana— pero la paciencia no es mi mayor virtud, así que me dediqué a buscar desesperadamente la manera de jugar, sí lo conseguí, fue mi primer paso, curiosamente fue mucho antes de aprender a usar las ganzúas.

La primera cuenta ue tuve fue un BBS que accesaba a veloces 2400 bps, luego después tuve una cuenta en la universidad, y después contraté internet, además de todos los sistemas operativos que me tocó instalar en computadoras de familiares y amigos, generalmente me quedaba con la contraseña de administrador porque generalmente se les perdía la hoja donde la habían anotado, me parece que las personas no le prestan demasiado interés. Aún recuerdo una curiosa petición: “no me puedes poner un password que no se me olvide” fue de alguien que bloqueó su cuenta 30 veces seguidas.

Cuando estaba en la facultad de Ciencias, tomé la materia más avanzada que había, al final terminé en malos términos con el profesor porque, además de ser medio pedante, tuvimos una discusión cuando le ofrecí los programas que íbamos a ver durante el curso en c —los íbamos a hacer en pascal— lo hice para contribuir con la clase pero el pensó otra cosa, esa enemistad repercutió un tiempo después cuando él fue nombrado director del centro de cómputo, y el servicio que recibí el taller de matemáticas era deficiente, para colmo de males fue la primera vez que olvidé mi contraseña, y tenía que pedirle a él que la cambiara. Afortunadamente una amiga me hizo el favor y no tuve que verle la cara, pero ahí decidí que no volvería a olvidar un password.

El número de cuentas que tengo ha crecido en serio, no solamente la diversidad de correos que he tenido: hotmail, yahoo, softhome, netscape, iname, terra, gmail; también están los diferentes servicios como icq, irc, hi5, twitter, facebook o los blogs:  livejournal, blogger, wordpress y otros diversos como last.fm. pinterest, ask.fm, about.me, photobucket, instagram y además los de compras como amazon, cdbaby, ebay, mercadolibre. A esto le tengo que sumar unos 40 que uso regularmente en el trabajo y las cuentas de banco, pines de las tarjetas, portales financieros y declaraciones de hacienda pero consigo recordarlos,

El sábado pasado tuve que trabjar, algunas veces consigues avanzar mucho más cuando no hay interrupciones, en esta ocasión además llevaba a cuestas una carga extra de energía acumulada y cierta tensión, para sorpresa no muy agradable estaban haciendo arreglos a la oficina, con maquinaria ruidosa y toda la cosa:

Recibí una notificación para cambiar la contraseña de mi correo, aún quedaban unos 10 días pero apreté el botón intempestivamente, así que la cambié mientras mi mente estaba en otro lado, al final no conseguí descubrir el password que había puesto, porque el que yo pensé que puse no era, yo creo que cometí un error con las mayúsculas, finalmente tuve que pedir al grupo de soporte para que lo resetearan, pero hasta el lunes. Parece que como mi perfil fue creado en México y jamás había pedido este servicio no pudieron hacerlo, tuvieron que pedirle a soporte global, es decir alguien el la India, y se tardó 8 horas, esa falta de correo me permitió avanzar en el trabajo pendiente pero rompió mi racha sin olvidar una contraseña.

La última vez que estuve a punto de olvidar una fue cuando saqué mi firma electrónica avanzada, la puse en hacienda y no encontraba el usb que me habían dado así que no la usé por mucho tiempo, hasta que un día lo descubrí en el fondo de la lavadora, la informacion estaba intacta y me tomó casi una hora recordar la contraseña que había puesto pero finalmente la recordé. Resulta sorprendente la cantidad de cosas que confiamos a esta serie de caracteres, mínimo 8 y si tiene combinación de letras mayúsculas, minúsculas y símbolos mejor.  Y también los datos que tendría que dejar a alguien en caso de algún accidente fatal, ya estoy trabajando en un mecanismo para hacerlo porque los servicios existentes aún no me convencen.

Siempre me ha gustado coleccionar en la memoria datos irrelevantes, aunque las contraseñas que utilizo —sí son diferentes para cada cuenta— no son irrelevantes, sí están compuestas por combinaciones bizarras de letras, números y símbolos; algunas veces relacionadas con la aplicación pero otras con lo que sucede en el momento. No creo que la información que protegemos sea tan importante —pero seguro es necesaria— como para no dejarla a resguardo, o ¿será que no podemos confiar en las demás personas —parece que no.

Las veces que he buscado la manera de burlar algún tipo de seguridad me ha interesado mucho más el proceso que la información resguardada, incluso recibí una petición para violar el password de un documento oficial en un lugar de trabajo.

¿Por qué los corazones no tienen password?