obediencia ciega

Obedeced más a los que enseñan que a los que mandan.

San Agustín

Recientemente me fue observado mi renuencia a obedecer ciegamente un mandato, así sin cuestionar, uno podría pensar que es como en el ejército pero esa forma de actuar escapa al mero ámbito castrense, en la familia y escuela sucede demasiado. Como si la autoridad concediera siempre la razón.

Todo comienza por la casa, con la familia. Al principio obedecía ciegamente, pensando en los padres como tutores infalibles con la razón de su parte. Entonces me ponía suéter, me fijaba antes de cruzar la calle, cuidaba a mi hermana, me comía lo que me daban. La primer orden que cuestioné fue el saludo: “saluda a todos los presentes” según porque era de buena educación. El origen era mostrar que no se iba armado. Desde entonces comencé a prestar más atención en las órdenes recibidas y reflexionar antes de acatar.

Porque no entrar a cocinar bajo el pretexto de “los hombres en la cocina huelen a caca de gallina” sería perpetuar las enseñanzas de disparidad de género. Del mismo tenor sería no usar el color rosa en el vestuario, no llorar (o para el caso mostrar algún sentimiento) o no tener el cabello largo. Durante la preparatoria tenía el cabello largo, los maestros me trataban de vagabundo y mis compañeros de drogadicto. Ni siquiera mi adscripción al servicio militar logró que me cortara el cabello, fue un año en la que fui retado varias veces por diversos mandos y escapé corriendo de ser arrestado en el campo militar número 1.

Muchas de las órdenes que recibimos no tienen un fundamento, son costumbres, preferencia o forma de pensar particulares del que dicta la orden. Siempre que alguien dice que así tienen que ser las cosas mi mente salta y encuentra otra forma de hacerlas.

Así soy, no voy a obedecer a lo pendejo, digo ciegamente una orden si no tiene sentido. Digo si alguien me dice que construya un muro seguro no lo voy a hacer.

 

 

 

 

zacatito pa’l conejo

Para dominar el miedo, tienes que aislarlo. Y para ello tienes que definir su objeto con precisión

Kenzaburo Oe

Quizá las únicas motivaciones de todos nuestros actos sean el amor y el miedo. Entre ambos van moldeando nuestro camino por la vida. Me parece que la intervención del miedo es inadecuada.

El miedo es una emoción que nos prepara para pelear o huir, la sangre se dirige a los músculos, por eso la cara queda pálida, aumenta la coagulación, se eleva al glucosa y se dispara la adrenalina. Rara vez tenemos la necesidad de huir o pelear frente a lo que nos da miedo.

Nos atemoriza la opinión de los demás, los juicios de nuestra familia y amigos sobre nosotros o sobre nuestra pareja, hijos, casa, auto. El presentar un examen, hablar en público, los espacios cerrados.

Existe algo que vemos fuera de nosotros que nos refleja ese sentimiento que llevamos dentro. No son los otros lo que nos asustan, son nuestros pensamientos los que nos paralizan, los que nos detonan esa reacción.

Lo peor de dejar entrar el miedo es que al final resulta como una profecía autocumplida.

 

El juego del bolillo

Yo me crié en esta ciudad, mi poesía nació entre el cerro y el río, tomó la voz de la lluvia, y al igual que la madera, se empapa en sí en los bosques.

Pablo Neruda

Cuando iba en la escuela primaria, al salir casi siempre iba a casa de mi abuela Chuchita, donde me cambiaba de ropa, pero no de zapatos, porque los tenis me quemaban los pies, bueno cualquier plantilla que fuera sintética. Y salía a jugar.

La ruptura de una escoba era una molestia para los adultos, pero era la oportunidad de jugar para los niños. Tomábamos la escoba rota, el pedazo más pequeño —las escobas jamás se rompen justo a la mitad—lo afilábamos de ambos lados y terminaba como un bicolor muy gastado, pero de buen tamaño, el otro pedazo serviría como utensilio diverso, a manera de bat, de regla, de lanzador.

Casi siempre lo jugábamos en la banqueta, y escogíamos un cuadro donde se suponía va un árbol o una planta y colocábamos al bolillo en una esquina formando un triángulo, otras veces jugábamos en el camellón y hacíamos un surco en la cierra o colocábamos el bolillo encima del surco formando un signo más.

Colocábamos el pedazo restante abajo del bolillo y lo lanzábamos lo más lejos posible, el rival (o equipo contrario cuando éramos muchos) intentaban agarrarlo al vuelo para hacer un out, si no lo atrapaban desde el lugar donde había caído lo lanzaban al lugar de partida, si quedaba a una distancia menor a la longitud del “bat” también era out, en caso contrario el jugador pasaba a batear para obtener puntos.

Pare eso colocaba al bolillo en el piso, golpeaba una de sus puntas haciéndolo saltar y girar, ese momento era aprovechado para golpearlo y llegarlo lo más lejos posible. Los contrarios podían intentar bloquer el tiro, a riesgo de perder algún ojo, Al final se contaban los pasos desde el donde llegó el bolillo hasta la base.

Era nuestra forma de reciclar.

 

La muerte se asoma.

Hay de mi,Llorona,Llorona/Llorona de cal y tierra…. /La cal de tus blancas manos,Llorona /La tierra de cuando muera…

Canción popular mexicana

Durante mi niñez y adolescencia veía los altares de muertos familiares ajenos, a kilómetros de distancia de mi corazón. Los nombres escritos en las calaveras no resonaban en mi cabeza, apenas familiares que me conocieron en los primeros años de nacido. Acaso mi tío Vicente (era el hermano mayor de mi abuela paterna), con él jugue brisca cuando tenía 3 años, y después veía que lo inyectaban periódicamente durante su agonía. No me entristeció su muerte y mi edad me aseguró no asistir a ningún rito funerario.

La única vez que salí a pedir calaverita fue a los cuatro años, mi abuelo me ayudó a transformar una calabaza en una portavela con la que iba alumbrando el camino, no recibí ningún dulce, únicamente terminé con una moneda de veinte centavos. Mi abuelo también me acompañaba cuando había rosarios en casa, yo me negaba a rezar, me quedaba en el pasillo y él me acompañaba, platicaba conmigo apenas susurrando.

Fue hasta que tenía la verdadera mayoría de edad, veintiún años, cuando recibí un curso intensivo funerario. La muerte entró a mi vida por el lado izquierdo, mostrando lo versátil e implacable que era; dejando claro lo irrevocable de sus designios, como un árbitro funesto que expulsaba sin  necesidad de reglas.

Primero fue mi tía Luisita, un jueves al levantarse le pidió a mi tía Delia que llamara a mi mamá, su sentencia premonitoria no fue tomada en serio, al menos al principio: “llámale a Mela porque me voy a morir”. Unos minutos después de que llegó mi madre ella abandonó este mundo con una sonrisa de paz, estoy seguro que fue una decisión. Yo la amaba muchísimo, fue una parte importante de mi niñez. Siempre le dije toda la verdad y jamás me juzgó. Estaba dolido pero sabía que mi madre lo estaba aún más, había perdido a la persona que más la quiso, la que le otorgó cuidados y amor sin límite. Me dediqué a consolarla durante los nueve días rituales.

El siguiente jueves, luego de que acabaron los rosarios me avisaron que había muerto Abigail: la mejor amiga de mi novia y novia de mi mejor amigo. Al parecer un error en la dosis de cortisona segó su vida unos días antes de cumplir 18. Corrimos a la funeraria que estaba en la colonia doctores, pero al llegar ya la habían cremado sus cenizas están en la iglesia que queda cerca de la UAM Xochimilco. También ahí fueron los rosarios.

De nuevo el jueves siguiente había una noticia funesta. Adriana, la hermana del Chore murió en la Cruz Roja. Ella tenía un novio que militaba en la filas judiciales, que era propietario del departamento donde vivía su familia. Justo después de comunicarle que quería terminar con él porque había conocido alguien más sucedió la tragedia: dos disparos al vientre fueron declarados, oficialmente, como suicidio. Cuando llegó su novio compungido al velorio llevaba su prueba de parafina que demostraba que no había disparado. La Güera (como le decían a la mamá) lloraba a gritos sobre el ataúd pidiendo que no se la llevaran, mi amigo Héctor intentó saltar del balcón un par de veces con la imagen de las uñas de su hermana fija en su memoria.

A pesar de ser abanicado por la hoz de la muerte, los más afectardos fueron personas cercanas. Mi duelo fue consolarlos, buscar palabras que diluyeran un poco su dolor mientras el mío iba formando una costra. Desde entonces se han ido muchos dejándome heridas que nadie ha tocado.

 

 

las horas muertas

Las cosas que mueren jamás resucitan, las cosas que mueren no tornan jamás.

Alfonsina Storni

Cada día mueren muchas cosas, puden ser pequeñas o al parece insignificantes. Ahora mismo tengo que cambiar el garrafón de agua, está a punto de terminarse el rollo de papel de baño; este día con certeza morirá. Y son cosas que suelen pasar sin pena ni gloria para el público en general.

Pero si lo trasladamos a las relaciones, los trabajos o los funerales la cosa es distinta, también terminan pero las personas se niegan a dejarlas partir, se aferran a un ente que ya no existe, la esencia es distinta las cosas son otras. Han pasado por un proceso alquímico que las ha transformado para siempre —su flogistio fue liberado en el éter— pero la imagen la conservamos como un fantasma.

Yo mismo me he aferrado a muchas cosas, la memoria llena de tiliches en apariencia inservibles, lo guardo con una esperanza de que la naturaleza no siga su curso, de que el tiempo se invierta, de que un conjuro les devuelva la vida. Nunca sucede.

Ya fui capaz de quemar todos los recuerdos, unas naves que pensaba me aseguraban un retorno, de nuevo una ilusión. Ahora es tiempo de comenzar el fuego, de liberar las cosas, de encender una hoguera que ilumine mientras consume las coas que nunca regresan.

 

 

 

#NiUnaMenos o una nueva Lisístrata

El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos.

Simone de Beauvoir

Vivimos inmersos en la violencia que toma diferentes formas: la pobreza, la falta de educación y oportunidades, la discriminación, la opresión, la corrupción. Este día se reúnen en diferentes latitudes miles de personas bajo el grito de #NiUnaMenos.

El feminicidio es el último escalón de los actos cometidos en contra de las mujeres, la gama es amplia y abarca el abuso doméstico (sea psicológico o físico), el abuso sexual infantil (incestuoso o no), el acoso sexual, la mutilación genital, la esterilización forzada, la criminalización del aborto, la heterosexualidad forzada, la cirugía plástica involuntaria con fines de embellecimiento, la esclavitud sexual.

Todos estos actos buscan mantener una superioridad de un grupo —como todas las formas de violencia— hay personas que lo hacen conscientes y otras no, pero que preservan esa subordinación del grupo violentado.

Resulta iluso que el grupo en el poder cederá estas ventajas fácilmente, que por arte de magia un hashtag va a lograr crear conciencia en los demás. El cambio comienza por uno mismo, por la propia introspección, son los actos cotidianos los que van forjando y educando y ejemplifico:

Los hijos perciben el comportamiento, no podemos engañarlos respecto a lo que somos y las actitudes que tenemos, no importa el número de veces que se les repita que tienen que respetar a la mujer, si ven que su madre es servil, que acepta sin chistar insultos o malos tratos del padre, eso es lo que aprenden. Hasta el lenguaje es importante: cuando decimos que un hombre es bueno porque “ayuda” a su pareja en la limpieza de la casa o en el cuidado de los niños estamos estableciendo implícitamente que esa es tarea de la mujer y que la participación del hombre es de buena onda. Cuando, me parece, es una responsabilidad conjunta.

Otra cosa que he percibido es el silencio, creo que es uno de los peores cómplices. Conozco mujeres que han sufrido acoso en su propia casa, por parte de un amigo de su pareja —sí, manoseada como en el metro— y no ha dicho nada, se ha tragado todo con verguenza bajo el pretexto de “no quiero que haya problemas” ¿por qué sigue apareciendo esa pena como si la falta fuera de ella? creo que ha sido producto de las respuestas que ha recibido al hablar.  Ese verguenza de hablar es otro de las formas de perpetuar la violencia, es como decidir negarse el respeto y apoyar al otro.

También conocí a otra que era golpeada, que su pareja la castigaba dejándola sin celular y que solamente la dejaba salir sola acompañada de una chaperona (su prima), su dinero y posición no le quitaban lo patán. Pero dado que era un buen partido —bajo no sé que pinches estándares— ella justificaba sus insultos, golpes y violencia describiéndolo como un animal que necesitaba protección. Esa necesidad de mostrarse ante los demás como una pareja muy linda.

Y la falta de denuncia es otro síntoma, el proceso de denunciar un delito sexual es difícil y humillante para la mujer, esto es a propósito, las autoridades lo hacen de esa forma para que las mujeres no denuncien y ellos tengan menos trabajo. Creo que es mejor buscar apoyo de la familia y amigos, para poder pasar por este trance. Yo me he ofrecido a acompañarlas.

Yo quiero un mundo donde las personas que amo puedan vivir como les plazca, libres de miedo. Y en esas estoy.

 

 

 

 

 

Explosiones

La ira es una locura de corta duración.

Horacio

Teníamos una fiesta, fuimos invitados a los quince años de Carmen. En esta ocasión no éramos colados, —como había sucedido en la fiesta de Ingrid, donde Abigail nos regaló sus boletos porque no pudo asistir— ahora hasta la familia nos conocía, teníamos invitación, boletos y toda la cosa.

Éramos más de los que caben en un automóvil, aunque en mi coche ya había llevado hasta veintitrés personas, ahora íbamos vestidos demasiado formales como para viajar en la cajuela o el toldo. Nos fuimos a la base de las peseros Peni-San Lázaro a La Virgen y le ofrecimos a una combi quinientos pesos por persona —los camiones ruta 100 costaban 300 pesos y el viaje más corto en pesero 350— era más de lo que ganaría en un viaje, pero menos que nos cobraría un taxi por llevarnos a todos.

Llegamos relativamente temprano al salón que estaba en prolongación División del Norte —jamás íbamos a misa— nos sentamos con Mónica, Abi y su hermana Nadia, era un poco extraño verlas emperifolladas para la ocasión, La primera con su vestido de color brillante y esponjado. Nadia llevaba un vestido corto con los hombros al descubierto, ella que apenas el año anterior iba en la primaria pero que sus catorce años eran suficientes para llenar con creces el vestido, Aby usaba unos pupilentes de color verde. Todas se esmeraron en su arreglo, incluso Carmen, la quinceañera, tenía nuevo peinado y maquillaje que ocultaba que aún usaba sus frenos. También sus hermanas lucían festivas, era como si fueran otras personas, diferentes de las que convivíamos cotidianamente.

Entonces todavía se podía fumar, iba armado con un par de cajetillas, una para compatir con mis amigos que pecaban de gorrones y otra que guardaba exclusivamente para mí. Acaparamos la botella de la mesa y cuando podíamos nos servíamos en otro lado. Como iba sin pareja me dediqué a beber y reflexionar. Generalmente lo único que compartía con mis amigos, eran estas búsquedas frenéticas en busca de fiestas y alcohol gratis, discusiones bizantinas sobre hazañas y retos adolescentes. El más grande bebedor, la mayor velocidad, las peleas. En mi mente circulaba la idea de que no quería estar ahí.

Al terminar el festejo nos unimos sigilosamente al cortejo familiar y terminamos en casa de la quinceañera departiendo con el padrino de la festejada, la plática giraba en torno a las defensivas en el fútbol americano, con opiniones polarizadas por el ron. Todo esto comenzaba a desesperarme, me sentía completamente sumergido en una trampa a la que caminé voluntariamente. La discusión subió de tono y los ademanes comenzaron a aparecer para darle fuerza a los argumentos porque las palabras arrastradas y balbuceantes eran insuficientes. Uno de esos manoteos terminó por golpear un vaso y derramar su contenido sobre mi pantalón, justo en la entrepierna.

Quizá fue mi forma intempestiva de ponerme en pie o la furia que brotaba de mis ojos, tal vez el canto de los pájaros que se escuchaba o la luz que comenzaba a colarse entre las ventanas, lo cierto es que fuimos invitados amablemente a abandonar la casa con la frase “muchachos, ya pasan peseros”.

Salimos, cada quien a su rumbo, algunos fueron a buscar pesero a la calzada de Tlalpan, Chucho y yo nos regresamos caminando. Sobre la calzada de las Bombas había unos arbolitos recién plantados, fui quebrando todos a mi paso, descargando una explosión de ira que a la distancia entiendo que llevaba acumulada mucho tiempo. Solamente uno de esos árboles se resistió a mi fuerza, quedó apenas doblado. Aún existe, está cerca del la entrada del hospital de traumatología y fue testigo de una de mis explosiones.

Posteriormente me encargué de mitigar mi ecocidio plantano el doble de árboles, y dejé mi enojos encerrados de nuevo, hasta que encontraron otro momento para salir.

Septiembre, mes de la patria

Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya.

Séneca

Mis padres se casaron en septiembre, lo que me convierte oficialmente en un sietemesino de proporciones colosales, su luna de miel fue desviada de la playa debido a un huracán, tan comunes en este mes.

El 18 de septiembre de 1985 pinté la fachada de la casa porque mi madre había organizado una fiesta para su cumpleaños (ella es del 19 de septiembre) esa noche cayó granizo perjudicando un poco la pintura, pero los movimientos telúricos de los días siguientes se encargaron de cancelar la fiesta. Tan desafortuados han sido los intentos de celebración que sus 50 años los celebró en febrero.

El año siguiente de esa funesta manifestación de la naturaleza probé el sabor amargo de la inmortalidad que venía acompañado de una maldición, los siguientes años recibí una huevazo de harina o confeti que solamente conseguí romper encerrándome en mi cuarto.

En el año 1997 fue un nuevo comienzo tras un desquebrajamiento amoroso, un abandonar los lugares frecuentados, comencé los trámites para mi titulación, me llevó mucho tiempo juntar todos los pedazos para estar completo de nuevo.

En el 2008 en el cumpleaños de mi madre firmé los papeles de divorcio, frente a la alameda, al salir del juzgado caminé sobre el eje central reflexionando sobre todo lo que había pasado, ya entonces había cambiado de departamento que se convirtió un lugar de fiesta, completamente personal.

Hace dos años, en este mes, decidí regresar, retomar a mi familia, mi patria y el amor. Tenía la ilusión de recomenzar, lanzarme al vacío y contruir algo nuevo. quizá hasta engendrar a la depositaria de esta herencia. Las cosas no salieron como pensaba, entre las circunstancias y los silencios tomé una difícil decisión luego de un viaje difícil. Hoy es su día y jamás tuve acceso a él.

Hoy mi ciudad se viste de colores y hay miles de luces tratando de alegrar mi luto silencioso. Aún si este mes ha sido ingrato, hay que celebrar.

 

cocinas tecnológicas

Una cocina de sueño. Habrá muchas, muchas. En mi corazón. O en la realidad. O en el destino de un viaje. O sola, o con muchos otros, o dos a solas, en todos los lugares de mi vida habrá seguramente muchas cocinas.

Banana Yoshimoto

Hace poco me señalaron que a mi cocina le falta un horno de microondas, eso fue el detonante para recordar la evolución de muchos artilugios y aparatos. Quizá desde los más básicos, mi tía Luisita hacía la mejor salsa preperada en molcajete con su tejolote, mi mamá siempre hizo la salsa en licuadora, y desde entonces las Oster han sido las elegidas por su durabilidad y desempeño. Es uno de los electrodomésticos que más veces he comprado en las diferentes mudanzas.

Las estufas solían ser de petróleo, todavía en los 80s así tenía su estufa mi tía Lolita allá en Salamanca, su cocina era tan pequeña que comía a través de la ventana sentado afuera, los accidentes eran comunes y cuando se derramaba el petróleo la estufa se incendiaba, pero en casa de Chuchita (en la colonia escuadrón 201) ya habían cambiado a la estufa de gas y se regresaron a la de petróleo luego de una explosión de un tanque de gas en una colonia vecina (La Sector Popular). No en balde el negocio más próspero fue el de Don Panchito, una petrolería que además vendía artículos de papelería y tlapalería, que estaba en la calle de Fausto Vega (antes sur 113) y que visitaba con frecuencia para comprar plumas, pilas y cartulinas.

Una de las primeras evoluciones que noté fue la batidora, que comenzó siendo un tenedor, después había un artilugio específico de metal como con tiras formando un óval al final, incluso uno que tenía un par y usaba una manivela para moverlas, en la casa compraron un philips de color crema que tenía que sostenerse con la mano, algunas veces lo movía descuidadamente y lo presionaba contra el recipiente y las aspas se detenían. Siempre me costó trabajo lavar las aspas removibles, mi mamá la usaba mucho porque le gusta hacer pasteles, yo creo que la usé un par de veces para hacer hotcakes. No he usado una en más de un cuarto de siglo.

Los primeros abrelatas que conocí eran una pieza plana de metal que tenía un destapador de un lado y una cuña trianguilar para hacer un orificio triangular en las latas, este lo usábamos para abrir las latas de leche clavel, que entonces era la única leche que se podía conservar fuera del refrigerador (antes del tetra pak). Cuando era un infante de menos de un año la leche clavel que vendían en las tiendas CONASUPO estaba racionada, solamente le venían una cierta cantidad por persona, así que mi mamá le pedía ayuda a su familia para que fueran a comprar más. Pero el abrelatas clásico era el que tenía una especie de tijera donde un estremo era una pieza casi rectangular que estaba doblada y tenía en un extremo un destapador y otra pieza era un cilindro delgado, ambas se unían y había una manivela para abrir las latas, era una tarea que casi siempre me tocaba a mí en casa, ya tenía much práctica para abrirlas rápidamente aún cuando el abrelatas estuviera oxidado. Solía ir a tomar café a casa de Claudia, siempre tenía café de Coatepec, y una vez también me invitó a comer, claro que para ella eso significaba abrir unas latas, yo me ofrecí a abrir las latas pero ella tenía un abrelatas eléctrico, creo que una parte de mí se sientió cuando los obreros eran reemplazados por máquinas. No me esperaba que tiempo después al estar viviendo en Sao Paulo regresaría a la tecnología más básica para abrir las latas.

Fue mucho tiempo sin siquiera tener un horno de microondas, aún con el auge de las palomitas de maíz. después al mudarme comencé a usarlo más, básicamente palomitas, calentar agua para té y recalentar comida o tortillas, también para hacer sincronizadas o cualquier platillo que necesitara queso derretido, cuando me mudé a Brasil el horno estaba incluído pero ahora que regresé a Mëxico ya tengo casi un año y no he comprado ninguno aún.

También recuero cuando en casa compraron una freídora, así las croquetas de atún fueron más frecuentes, o la pica lica que fue una moda de un tiempo, el extractor de jugos Turmix que era de uso rudo, a pesar de que se tenía que limpiar constantemente era de uso rudo, fue una de las pocas cosas que decidí llevarme a Brasil. Para ilustrar basta contar que durante mucho tiempo desayuné papaya picada y jugo de zanahoria, mi marchante ya los tenía preparados y tenía un extractor enorme que terminó descompuesto y que reemplazó por el mencionado, y hasta la fecha lo usa. Pero hay muchas cosas que fueron o que aún me son desconocidas que van siendo como descubrimientos, como los sartenes de teflón, o los trastes para dejar descansadas las cucharas que se usan para cocinar.

Me parece que la cocina siempre estará presente de alguna forma en nuestras vidas.

 

 

para la piel sensible

Préndanme fuego, mi carne quemada, mi carne quemada,es menos frágil…

Mundo de quimeras – Soda Stereo

Durante mi infancia me di cuenta de que, a pesar de ser hermanos, teníamos la piel —en especial la sensibilidad de la misma— muy diferente, cuando mi hermana sufría un golpe, un rasguño o incluso una picadura de mosquito su piel se ponía morada y la apariencia de cualquier herida era escandalosa.

Por mi parte parecía como si mi piel fuera de bestia de carga, cicatrizaba rápidamente, mantenía su color y resistía los más fuertes embates. La herrería de reja de casa no era suficiente para vencer mis rodillas, apenas quedaban rastros de los juegos de fútbol en la lija, el pedazo de piel de casi un metro de largo volvió a salir al poco tiempo.

Quizá por eso existía la idea de que podía aguantar lo que fuera, que mi rudo exterior era una especie de coraza que me podía proteger de todo, no estaba a la vista que mi interior constrastaba mucho con el interior, mi corazón y alma eran sensibles, anhelaba ser protegido, valorado y amado; y temía al abandono.

Pasaron muchas cosas que me lastimaron, como las burlas de los demás por tener miedo, la indiferencia ante mis palabras, las mentiras y las traiciones. Parecía que mis amigos esperaban ansiosos mis fallos para hacer un chiste al respecto. Muchas veces esperé un apoyo que no llegaba.

En el ámbito amoroso esos eventos duelen más, ser tachado de puto por negarme a copular, de ser la novia de la relación por la sensibilidad o de poco hombre por la ausencia de algunas caracterísiticas machistas.

De todo eso los insultos subyacentes eran los menos importantes, el acto de que las personas de las que esperaba algo, a las que quería/repetaba/amaba respondieran con ese tipo de frases era lo que me dolía. Ahora entiendo que es fundamental la propia interpretación pero:

Eso pudo haber sido la causa por la que me esmeré en ser por completo autosuficiente, en aprender todo lo que pude y en prestar atención a lo circundante, además de convertirme en una especie de fortaleza andante. No solamente con una coraza indestructible en el exterior sino con un alma lejana que ponía distancia con todo, un centinela en la azotea que vigilaba todo lo circundante y un mente hiperanalítica que se la pasaba sobreanalizando lo que los demás decían.

No vale la pena, además ahora ni mi pies es muy resistente, nunca es tarde para bajar la guardia y dejar que todo lo bueno y malo pase, es parte de la vida y el aprendizaje.

 

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