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Al maestro con cariño

El que en un arte ha llegado a maestro puede prescindir de las reglas.

Arturo Graf

Durante los últimos años de su vida mi papá solía felicitarme cada 15 de mayo sin importarle que llevara mucho tiempo de no dar clase, está entrada se la quiero dedicar al aprendizaje. He tenido diversos maestros y de todos he aprendido algo, porque creo que la labor docente no consiste en mostrar los conocimientos sino el ayudar a encontrar el camino.

La maestra Lulú fue mi primer encuentro con una docente, tuvo el acierto de mantenerme ocupado, de ponerme más y más trabajo conforme lo iba terminando, sin importarle que fuera demasiado adelantado al grupo, yo creo que entendió que dejarme ocioso no era una buena idea, la única vez que me quedé sin nada que hacer terminé enfrascado en una pelea donde perdí un diente. Otra maestra —de apellido Luna— cuando compartió información de su familia me mostró cuando revelas alguna parte oculta das la oportunidad de crear un vínculo con los alumnos. A mi maestra “Amanda Miguel” la conocí fuera del salón —le dábamos un aventón— y era muy raro observar el cambio. La maestra Maricarmen —un nombre repetidísimo entre las maestras de primaria— lloró en alguna ocasión por mi culpa haciendo lo que le importábamos.

Mi maestro “Pepe Celaya” nos enseñó a doblar un saco para guardarlo en una maleta y nos encomiaba al ahorro del agua. O el “Chachalaco” —referencia etílica— que nos mostró la amenaza como medio de motivación o el maestro “Demetrio” —de metro y medio— en cuya clase la falta de estudio podía terminar en una humillación pública. Y el “abedul” observó tres años seguidos mi nulos esfuerzos en las artes plásticas —y jamás me dio alguna indicación—

¡Cómo olvidar mis clases de Física! Donde M. jr —hijo del inamovible maestro de Química— nos enseñó a respetar a los demás compañeros, así que cuando teníamos que corregirlos teníamos que comenzar con la frase: “compañero, me parece que usted la está cagando”, en ese mismo curso, en la clase de Historia, recibíamos un trato personalizado —cada uno recibía un apodo— de parte del mismísimo profesor “cuchi-cuchi”. Cuando el “Cachirulo” se cayó durante la clase de matemáticas todos corrimos a ayudarlo y lo llevamos a la enfermería preocupados —cualquier otro maestro habría recibido al menos uno 50% de burlas— su dedicación era una enseñanza de que se puede ganar el respeto y cariño de los alumnos.

Mi paso por la FCPyS de la UNAM fue marcado por la épica María de Lourdes Quintanilla Obregón que me enseñó lo fiero que es el conocimiento, que para conocer la historia uno hurga en todas las fuentes posibles y después interpreta y decide; y esta es una labor personal.  Eliseo Diego me enseñó un pedazo de poesía cuando interrumpí dramáticamente su clase. En ambas facultades —Ciencias y Ciencias Política— me conmovieron los intentos de algunos maestros para que me quedara. Y tengo que agradecer a Arturo Nieva, que fue mi asesor de tesis y de maestría, tuvimos innumerables pláticas conde se mezclaba lo abstracto con lo mundano.

Feliz de regresar a tomar clases luego de un largo tiempo encontré a la maestra Rosa Nissán cuya clase me iluminó el alma y me animó a comenzar con este blog, pero lo más importante es que debemos encontrar nuestra propia voz, fui testigo de la metamorfosis un compañero en una sola clase. También mi reciente incursión en la fotografía de la mano de  Melissa Szymanski quien no se guardaba ningún comentario y nos compartía fielmente sus experiencias, sin filtrar nada, como un torrente que no cesaba.

No fui un alumno promedio, no solamente alcanzaba a entender lo que los maestros querían enseñar, también las palabras que decían, lo que mis compañeros entendían y el lugar donde se rompía ese lazo. Creo que esto me permitió dedicarme mostrar el camino a algunos más. Entonces también aprendí muchas cosas de los alumnos:

La primera lección —y la más importante— es que no hay ningún concepto que no pueda ser entendido, todo depende de la forma de explicarlo, lo que hace la labor docente más interesante, con más responsabilidad; esto no exime de responsabilidad a los alumnos. Confieso que hubo un alumno con el que no logré del todo enseñarle ese camino, fue al primo de un amigo aficionado al tequila almendrado en garrafa de plástico, enseñarle los quebrados fue una labor titánica.

Muchas de las veces que di clases fueron particulares, alguien que quería pasar un examen de admisión o que necesitaba alguna calificación específica para su promedio, incluso unos que necesitaban sacar buenas calificaciones para obtener un premio.  Esa es otra lección, es importante saber para qué quieren el conocimiento, es más fácil enseñar para solamente pasar lo que quieren, porque si no hay interés es mucho más difícil.  Ahora algunas veces lo difícil es la atención, por ejemplo mi primo José Carlos no tenía problema alguno en entender las cosas, pero sí en concentrar su atención. Otra cosa que aprendí es que el miedo se puede quitar con un acercamiento paulatino, porque casi siempre proviene de una asociación que cuando es confrontada con calma suele desaparecer.

Cuando tienes la oportunidad de interactuar con muchas personas distintas tienes la oportunidad de asomarte a diferentes mundos y al reflejo que ellos tienen en ti, cuando hay alguna característica que te haga saltar, enojar, o alguna reacción irracional, sabes que tienes un problema interno que es reflejado con esa característica.

Recuerdo el tiempo que estuve en el taller de matemáticas fue el tiempo que más disfrute, cuando llegaban las personas a preguntar libremente y de cualquier cosa, fue cuano más problemas resolví, algunas veces recibía la misma pregunta en múltiples ocasiones, pero la manera de explicarla era diferente cada vez, incluso algunos de mis alumnos terminaron como amigos que aún conservo.

En algún tiempo pensé que esa sería mi vocación, me imaginaba una mezcla de las películas de Simitrio y Al maestro con cariño con el cuento de Luvina y en algún momento lo abandoné, no estoy seguro de lo que dejé atrás o de lo perdí, si todavía puedo hacer alguna diferencia, por eso quiero mandar una felicitación a todos mis conocidos que siguen en esa labor harto ingrata.

Liberación de energía

Dios nos da a todos nuestra botella de vida, unos se la beben a sorbitos, otros a tragos,  usted se la bebió de un tiro apá, ya no le queda nada. 

No Desearás la Mujer de Tu Hijo (1950)

La semana pasada necesitaba reducir mi tiempo nadando 100 metros en la alberca pero me faltaban algunos segundos para completar mi meta antes de mi último intento recibí una observación de mi instructora: en lugar de empezar lo más rápido posible debería comenzar más lento e incrementar la velocidad paulatinamente para terminar en la cúspide y dar el mayor esfuerzo al final. Parece que estaba vaciando toda mi energía al principio y nadando la recta final tan lento que el promedio se veía muy afectado, la sugerencia funcionó a la perfección.

El resultado me demostró que estaba administrando inadecuadamente mi energía, este fue un concepto que me dejó reflexionando, con recuerdos brincando alrededor de los músculos oculares ¿será que toda la vida he actuado de la misma manera? … sí, lo he hecho.

En un suspiro una novedad captaba completamente mi atención, me desvelaba y vivía a flor de piel hasta que la consumía por completo, como si no hubiera mañana, ni siquiera un después. ¿Para qué guardar energía en algo improbable? No hay más que el presente, los planes no son sino meras especulaciones más falibles que los cohetes chinos.

Esto explica las distintas direcciones que ha tomado la elección de vocación que han variado de ser investigador, mago, programador de radio, maestro, inventor,  DJ, pasando por el mundo del teatro, el periodismo y la academia para terminar en el mundo de los mercados emergentes.

La tranferencia más clara de este fenómeno fue mi paso fugaz por el inicio (o final) del periférico a velocidades de competencia urbana, de haber sabido que mucho tiempo se pondría de moda después de Fast and the Furious me hubiera quedado más tiempo en el mundo de los arrancones.

Hay una equivalencia en cualquier dirección, cuando llegaba una serie veía los veintitantos capítulos uno tras otro, un día en una convención (CReeP Convention) mientras recorría los pasillos me regalaron una carta especial de CCG (Collectible Card Game), las numerosas cajas que compré los siguientes meses no alcanzaron para completar la colección. O incluso ayer en la madrugada después de un comentario telefónico me puse a completar el juego de Angry Birds sin descansar hasta obtener estrella en todos los huevos dorados.

Un amigo que en algún momento coincidí en un taller de poesía, en la facultad de Ciencias y además vivíamos a una cuadra de distancia -este sobrino de una leyenda boxística declaró que ya no necesitaba leer más libros y se dedicó a venderlos- me reclamaba que no tenía la respeto por los libros, que no los trataba con reverencia que los usaba como kleenex y los deshechaba luego de sacarles provecho. Era el más rápido del oeste en los exámenes, llegaba 15 minutos después de comenzada la clase -para dar un efecto dramático- y aún así salía antes que todos, claro con la nota más alta de lo contrario no tendría ningún chiste.

Si juntamos esta actitud con mi personalidad adictiva la pócima resultante es un cocktail molotov que combina el alcohol aleatoriamente con distintas sustancias. Llegar a una fiesta y gritar ábranle a la llave, o tratar el vodka como agua, beber usando popote o al fumar dándole el golpe al cigarro, luego aventarse un hidalgo y sacar el humo. Con ninguna técnica logré el objetivo final: olvidar.

Ahora después de esta lección, ya tengo otra opción para actuar, estoy seguro que es conveniente aplicarla en algunas situaciones, seguramente donde se requiera un esfuerzo constante y cotidiano para llegar a una meta.

Pero me sigo preguntando si habré hecho lo mismo en el amor.

N.B. un extracto de la película citada: