Archivo del sitio

lista de agradecimientos

Mientras el río corra, los montes hagan sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria del beneficio recibido en la mente del hombre agradecido.

– Virgilio

En portugués, muchos de lso correos que recibo terminan con “grato” seguido del nombre le la persona que lo envía, este es un recordatorio diario de un asunto pendiente que tengo: el agradecer todas las bendiciones recibidas en mi vida.

Gracias a mi familia por todo lo que recibí de ellos durante mi niñez, por la educación que me dieron, la alimentación que me proporcionaron, las veladas, las enseñanzas, sus pláticas, sus abrazos, sus regalos, las risas y sus muestras de amor.

Gracias a mis amigos por haberme aceptado como soy, por escuchar largamente las peroratas sin sentido, por acompañarme en este camino de la vida, por decirme lo que piensan, por verme en la lona y ayudarme a levantarme —o burlarse que para eso también están mis amigos— por la risa compartida, por las aventuras juntos, los juegos, las confidencias.

Agradezco profundamente el haber sido amado con lo difícil que soy, lo complicado que eso puede resultar.

Es maravilloso el universo en el que me ha tocado vivir. Las cosas que he visto, la música que he escuchado, los paisajes, las letras, la naturaleza.

Agradezco la oportunidad de comenzar otro camino

Cada día

 

 

a pincel

Si ya tu chava no te pela ponle a tus zapatos suela.

La primera calle de la Soledad – Jaime López

Ya los antiguos egipcios utilizaban un tipo de calzado para proteger los pies en contra de las inclemencias del tiempo, aunque a mi nunca me ha gustado usarlo, reconozco que tiene sus ventajas —los golpes contra los muebles duelen mucho más estando descalzo— además mi salud de niño era frágil, cualquier incursión en un suelo frío terminaba por dejarme una viaje al doctor para que revisara mis anginas y me mandara antibióticos. Durante toda mi primaria tenía que usar calzado con  suela de piel natural de lo contrario las plantas de los pies terminaban rojas comenzaban a cuartearse. La única excepción era cuando me tocaba deportes —los viernes generalmente— ese día podía usar tenis —Panam que era los que se conseguían en Aurrera— a cambio de los blasito que usaba inclusive para jugar fútbol en la calle, casi siempre de estilo bostoniano.

Con la entrada en la secundaria y la alcoholescencia esto cambió y pasé a usar los tenis casi todos los días, sin sufrir esa irritación pero apareció otro problema, el mal olor que acarreaba la vergüenza de recibir el clásico: “te apestan las patas” que, debido al tamaño, combinaba perfectamente con el calzas del patorce y medio. Algunas veces el usar tenis de astronauta hacía que el volumen pareciera mayor, otras veces en tiempos difíciles los tenis a los que se le cambiaba el triangulito —kaepa— fueron usados hasta que al pisar un chicle podía adivinar el sabor del chicle.

Hice una par de peregrinaciones de Salamanca a San Juan de los Lagos, aproximadamente 180 kilómetros, en la primera ocasión intenté usar tenis infructuosamente y terminé con unas botas de estilo militar y en otra ocasión unos zapatos de suela de goma que resultaron ser muy efectivos. La primera tuve algunas ampollas pero la segunda vez me torcí el tobillo un poco antes de llegar a León y tuve que ir renqueando todo el camino.

Desde los 6 años hasta los 13 jugué semiregularmente fútbol y tenía que usar el calzado apropiado, comprado a las afueras del deportivo Santa Cruz Meyehualco, si de por sí era difícil para mí atar las agujetas, en esta ocasión se tenía que dar toda la vuelta por la suela incluso. En el caso de la alberca, a pesar de las recomendaciones de usar cualquier tipo de chanclas yo prefería andar descalzo, incluso cuando corríamos alrededor de la alberca veinte vueltas a manera de calentamiento. Una animadversión particular de las que tienen un plástico que se tiene que sostener entre los dedos de los pies. Y ahora están de súper moda por estos lares —y supuestamente por el mundo— las havaianas.

Llegó el momento que en lugar de buscar un modelo en particular de zapato lo que hacía, en lugar de preguntar si tenían determinado modelo en mi número preguntaba ¿cuáles zapatos tienen en mi número? y escogía entre las opciones existentes, eso se vio compensado posteriormente cuando mi abuelo consiguió unas hormas de mi número mi mundo cambió, porque no solamente me tenía un gran cariño, también era un hábil zapatero, entonces tuve a mi disposición zapatos completamente personalizados.

Tuve por ejemplo unos zapatos verdes de exactamente el mismo tono que mi chamarra, también unos zapatos bicolor, y otros tonos no tan comunes, justo a mi medida, de los que me sentía orgulloso, tuve unos en particular muy queridos unos zapatos de ante azul como la canción de Elvis, los zapatos más cómodos que he tenido, los usé muchísimas veces, algunas de ellas en combinación con una camisa azul con verde —esa camisa terminó deshaciéndose del uso— cometí el grave error de jugar fútbol con ellos un día en la cancha conocida por el Hueso Skate, terminé no solamente medio lastimado del tobillo sino perjudicando mis amados zapatos. Por cierto los últimos zapatos que hizo mi abuelo —también eran azules— fueron para mí.

Tuve unas botas con casquillo de metal, a mi compadre le tocó una cariñosa patada en la espinilla mientras tomábamos un jugo en Uruguay —Uruguay y Bolívar en el centro—, él me acompañó algunas veces a comprar tenis al tianguis de las torres —periférico y el eje — ahí alguna vez conseguí unos tenis que me quedaban ligeramente más grande pero eran muy  cómodos, los robó el “Quick” —un vecino que alguna vez bebió perfume a falta de otra bebida alcohólica— mientras los dejé secando.

Creo que mis pies han caminado mucho, los debo tratar mejor.

 

 

 

 

 

 

Intensidad

La vida es el conjunto de las fuerzas que se oponen a la muerte.

André Malraux

Desde muy temprano en mi infancia di muestra de esta imprudencia, intensidad y vehemencia. Salté en la cuna hasta conseguir saltar el barandal de madera que me separaba de la libertad –todavía ni caminaba la verdad— o cuando había pelea de andaeras, me encarreraba y chocaba contra la andadera de mi prima Alejandra, o la primera vez que me dieron de beber en un vaso de cristal, lo mordí y rompí.

Cuando iba a casa de mi bisabuela prefería jugar cartas con los mayores pero algunas veces jugaba con los niños y día con mi primo Martín, estábamos luchando de juego, el intentó hacer una llave Nelson por detrás, pero con un movimiento que juzgué leve lo mandé volando hacia el frente para terminar el juego, la verdad fue sin querer. Me gustaba salir a andar en bicicleta al camellón enfrente de la casa de mis abuelos paternos, patinar en la bici de mi tío Ricardo, una vez con tan mal tino que un pedazo de piel se me atoró en la cadena de la bicicleta arrancándolo y dejando una tira de piel descubierta. Lo único que se me ocurrió fue pegarla de con diurex, como era transparente pensé que nadie se daría cuenta. Un día regresando de la tienda con 5 cocas y un sidral intenté saltar un pedazo de excremento pero resbalé y caí de lado salvando las cocas pero enterrándome la botella de sidran en el brazo, además de que muchos pequeños fragmentos cayeron en mi boca. Todo fue justo frente al teléfono público, no faltó la pregunta inteligente ¿te caíste? pero los cristales me impidieron responder.

Cuando iba a casa de Chuchita jugábamos fútbol americano en la calle —tlaqueado— tradición que comenzó las madrugadas del año nuevo. Cuando recibía el balón no conseguían derribarme, incluso todo el equipo junto, hasta una vez que un primo del Stromberg —apodo derivado de la marca de electrónicos Stromberg-Carlson— ya mayor me agarró descuidado y me azotó sobre mi lado izquierdo, no me di cuenta que tenía dislocada la clavícula hasta que tiempo después sentía un dolor casi insoportable al armar el cubo de Rubik. Pero los juegos continuaron hasta que Poncho se descalabró —término científico—

Siempre me gustó investigar el funcionamiento de las cosas, y aunque podía entenderlo a la hora de reparar como por ejemplo los eliminadores de baterías, era tan importante evitar que se necesitaran pilas que intenté reparar uno, usando el cautín de mi papá según yo muy entendido, cuando quise probar su funcionamiento la descarga me sorprendió y derrumbó. Alguna vez al reparar algo de tubería me machuqué la palma de la mano con la parte de atrás de una pinza de presión, dejándome la palma morada, que luego de un rato juzgué insalubre así que me corté la palma para dejar que drenara la sangre alterando la mismo tiempo las líneas de mi mano. En otra ocasión que una astilla de metal quedó más de una semana mi mano derecha, hice una pequeña incisión —con la misma mano— para removerla. Un día, armando una PC mi dedo quedó atrapado entre las hendiduras para colocar las tarjetas de un gabinete no tan fino, saqué el dedo llevándome un pedazo de piel justo arriba de los nudillos.

Pareciera que siempre ando buscando accidentes —como mi amiga Azul— pero creo que sea descuido, por ejemplo solía —suelo— tomar las latas por el costado y la parte superior usando la fricción, muchas veces terminaba el contenido regado en el piso —muchas veces chocolate en polvo— o poner los recipientes justo en el borde del mueble y tirarlos para cacharlos con la otra mano. O detener los vasos con la boca para hacer algo con las otras manos, lanzar los platos para que den vuelta en el aire.

Pareciera que necesitara sentir que puedo caminar muy cerca del desastre quizá porque tengo que hacerlo.

las peticiones de su majestad

y a veces cuando viajo extraño esta ciudad
y a veces grita el tiempo pidiendo libertad

a veces – Pedro y las tortugas

Comencé a leer la saga de Alvin Maker a petición de mi amiga Azul —my very blue life— esta no es la primera petición literaria ni de otra índole, el último libro que compartimos fue el 11/22/63 de Stephen King Sul también se incorporó al ejercicio. Esta parte de compartir lecturas no ha sido constante en mi vida.

Cuando tomaba un curso de redacción en el palacio de minería me tocó discutir la lecturas de algunos clásicos mexicanos como “Los de Abajo”, “Pedro Páramo”, “Al Filo del Agua” siempre me ha parecido interesante conocer las opiniones de los demás y ahora en la interpretación de un libro mucho más porque es como el ejecutante de una obra, es lo más cercano al arte que se puede estar sin entrar.

Durante las épocas de pocos recursos mi credencial de la biblioteca central con un catálogo variado para darme un tórrido y literario festín —aún sin policromías de delfín— pero esas lecturas no dejaban de ser ejercicios solitarios ávidos de tener un eco en el vacío.

Por eso el día que conocí a Azul —no a Tristán ni Alecia— fue memorable, fue una reunión de un grupo de IRC llamado Jessica un grupo que organizaba competencias lúdicas similares al juego del maratón, fue en ese tiempo que comenzaba a bajar los primeros mp3 —que duraban horas— por eso se llamaban canales amigos y la propaganda era “juega mientras bajas música o baja música mientras juegas. Se organizó no virtual en el Sanborns del Hospital General, pasó por el círculo 33 y terminó en casa de Azul.

En un punto nos enfrascamos en una discusión que se vinculaba con la historia de la literatura, y era evidente como la pasión por el tema saltaba, como algunas afirmaciones provocaban en la otra persona un salto de felicidad, Borges, Baudelaire, Poe, Stendhal, Rimbaud, Valéry y hasta el mismísimo Dostoyevsky brincando de gusto. Fue un hallazgo feliz del que estuve a punto de rehuir de él.

Afortunadamente su morada se convirtió en un faro que me ha servido como punto de referencia a lo largo de los últimos años. Ella ha escuchado mis discursos crípticos sin chistar entendiendo que la importancia del mensaje puede estar en cualquier parte. También gracias a ella entiendo la distancia que existe entre lo que consigo acomodar en palabras con algo que se asemeje a la literatura, aunque eso no quiere decir que las entradas se interrumpan, pero que estoy pensando en esmerarme en alguna entrada con cierta frecuencia.

Y aún tengo fotos de ese día

Azul