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Ton’s qué mi reina ¿a qué hora sales al pan?

Tu barro suena a plata, y en tu puño su sonora miseria es alcancía; y por las madrugadas del terruño, en calles como espejos se vacía el santo olor de la panadería.

Suave Patria – López Velarde

Una de los gustos que comparto con mi madre es el del pan, además del orden en que lo comemos, durante muchos años la merienda fue chocolate con un pan dulce y alguna torta o sándwich, mientras que todo mundo comía primero y terminaba con lo salado a manera de postre nosotros comenzábamos invariablemente por el pan dulce.

El pan no es ni por asomo originario de México pero sí muchas costumbres ceremoniales que se adoptaron después. las primeras ordenanzas respecto al pan las hizo Hernán Cortés, como sucede con el mestizaje, los españoles trajeron el trigo y las recetas básicas del pan, en principio el pan dulce con influencia francesa, con hojaldre y complementos cremosos pero la mayoría de la población consumía regularmente el bolillo (pan francés), el birote, el pan español y los pambazos y entre los dulces las campechanas, los condes y las banderillas. Pero bastó que las monjas los llevaran a los conventos para que las recetas fueran creciendo, y al irse distribuyendo entre el pueblo los nombres fueron ganando sonoridad: los calzones, calvos, chafaldranas, gendarme, dominó, semáforo, ladrillos, piedras, novias, orejas, chilindrinas, pachucos, tranzas, panqué, donas, rebanadas, pellizcadas, cemitas, yoyos, besos, polvorones con todo y chochitos.

Por eso me gustaba ir a la panadería, era una intentar los gustos de las personas porque era como comprar regalos de navidad, así por ejemplo para mi tía Yola llevaba una oreja, entre más grande mejor, para mi hermana una concha, un panqué estilo chino para mi tío, o uno de piña para mi padre. A pesar de que el bolillo era la opcion arriba del 90% de las ocasiones si había que hacer tortas llevaba teleras y en ocasiones especiales una ciabatta que mi papá siempre recordaba como su tío le decía pan rolito; acaso un par de veces una baguette, una de esas ocasiones para año nuevo. Mi abuelo hacía algunas veces donas y las espolvoreaba con azúcar aunque a mí me gustaban más sin azúcar, hace poco mi tía Marina retomó esa costumbre que me trajo demasiados recuerdos.

Hay al menos dos tipos de panes que merecen un alto en el camino, uno es el pan de muerto que no solamente sabe de pocas tuerca, también es una ofrenda para los que ya partieron por eso el esmero en su preparación es mayor, y la otra es la  rosca de reyes que lleva en sus entrañas una promesa de una tamaliza.

También quisiera mencionar la aparente similaridad y falta de claridad en las diferencias entre un bolillo y un birote. la principal diferencia es la altura a la que se hornean, lo que hace que su sabor sea distinto y que las tortas ahogadas tengan que ser consumidas en Jalisco.

Los que a mí me gustan son simples, creo que el que más me gusta es un pan que le dicen pan de leche que hacen en Salamanca y que mi madre en sus viajes solía traerme, es de forma de cúpula sin ningún extra apenas el sabor.

 

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Luisita

Sin una familia, el hombre, solo en el mundo, tiembla de frío.

André Maurois

Mi abuela materna, Chuchita, nació de un matrimonio de viudos y fue su únca hija, pero hubo varios medios hermanos, su media hermana era Luisa, aunque siempre la llamé Luisita ella se quedó a cargo del cuidado de mi mamá por mucho tiempo, por eso la quería mucho y también por eso fui su consentido.

Recuerdo que su presencia llenaba de paz la casa, o sentía un amor incondicional de su parte, y siempre le dije la verdad, como cuando iba a lanzarme de avalancha al lado de la Johnson y Johnson -ahora el UNITEC- jamás me prohibió nada, solamente me agachaba para que me diera su bendición. Porque era muy pequeña, tanto que ahora me sorprende que en algún momento me haya cargado.

Cuando llegaba de mañana me preparaba chocolate de tablilla, que luego enfriaba pasándolo de una taza de barro a otra, eso con un bolillo recień comprado en la Esperanza, relleno de frijoles de la olla era una delicia no era necesario más, cuando había queso supremos ya era un lujo. Pero cuando llegaba a cocinar bisteces en chile pasilla no podía pedir más, a la fecha es el platillo que más me gusta y más recuerdos me trae. También he mencionado su manera de hacer los frijoles.

Cuando vestía con ropas que exhibían muchos orificios le raclamaba a mi madre que porque parecía pordiosero, aún recuerdo con mucha risa cuando un mendigo se acercó a pedirme y ser arrepintió pensando en que no iba a tener ni para darle -no sexualmente- Cuando iba a salir a enfrentarme a la noche en aventuras riesgosas sentía que su “que Dios te acompañe” en verdad me protegía.

Vivió con nosotros un tiempo, luego de que la atropellaron y su movilidad y su brazo quedaron comprometidos, durante ese tiempo mi hermana y mi madre le racionaban los cigarros pero yo le suministraba todo lo que me pedía, que era casi nada, café (negro) unas doraditas, a veces unos chetos y sus faros. Ella comenzó a fumar a los nueve años enrollando hojas de tabaco, pero desde que la conocí fumaba faros, fue un vicio que conservó toda la vida. Ella decidió nunca casarse, a pesar de tener muchos pretendientes, incluso a mí me tocó ver cómo le rogaban para que accediera casarse aún a sus sesenta años, él le ofrecía algunos ranchos de trigo y alfalfa creo. En su juventud un pretendiente perdió una mano al perseguirla cuando ella se iba en tren, parece que lo citó en otro lado mientras ella se escapaba. También fue ama de llaves del presidente municipal, y encontró en su patio unos centenarios enterrados, de los cuales no tomó ninguno y los entregó , en otra ocasión mientras cuidaba a un enfermo él de dijo que cuando muriera tomara el dinero de su colchón porque a su familia no le importaba, cuando murió pudo ver que el colchón estaba repleto, pero no tomó un centavo. Tal vez ese sea el precio de la tranquilidad.

El día de su muerte le comunicó a mi tía Hortencia que se iba a morir y que le llamaran a Carmen (mi madre) y en cuanto llegó mi tía murió. Su muerte fue el principio de muchas otras muerte que me impactaron, dos de ellas ocurrieron en el mes siguiente. Al ver su rostro plácido en el ataúd supe que estaba tranquila, que no tenía pendientes, además yo también me sentía tranquilo sin importar que supiera que la iba a extrañar muchísimo, a la fecha.

Creo que extraño el sentirme protegido y amado incondicionalmente, creo que perdí esa seguridad de poder contar lo que sea y saber que iba a ser escuchado y bendecido al final sin importar lo que dijera, si nada de lo que hiciera cambiara el amor que me tenía, tal vez desde entonces siempre he tenido reservas. Tiempo de cambiar.