Archivo del sitio

El juego del bolillo

Yo me crié en esta ciudad, mi poesía nació entre el cerro y el río, tomó la voz de la lluvia, y al igual que la madera, se empapa en sí en los bosques.

Pablo Neruda

Cuando iba en la escuela primaria, al salir casi siempre iba a casa de mi abuela Chuchita, donde me cambiaba de ropa, pero no de zapatos, porque los tenis me quemaban los pies, bueno cualquier plantilla que fuera sintética. Y salía a jugar.

La ruptura de una escoba era una molestia para los adultos, pero era la oportunidad de jugar para los niños. Tomábamos la escoba rota, el pedazo más pequeño —las escobas jamás se rompen justo a la mitad—lo afilábamos de ambos lados y terminaba como un bicolor muy gastado, pero de buen tamaño, el otro pedazo serviría como utensilio diverso, a manera de bat, de regla, de lanzador.

Casi siempre lo jugábamos en la banqueta, y escogíamos un cuadro donde se suponía va un árbol o una planta y colocábamos al bolillo en una esquina formando un triángulo, otras veces jugábamos en el camellón y hacíamos un surco en la cierra o colocábamos el bolillo encima del surco formando un signo más.

Colocábamos el pedazo restante abajo del bolillo y lo lanzábamos lo más lejos posible, el rival (o equipo contrario cuando éramos muchos) intentaban agarrarlo al vuelo para hacer un out, si no lo atrapaban desde el lugar donde había caído lo lanzaban al lugar de partida, si quedaba a una distancia menor a la longitud del “bat” también era out, en caso contrario el jugador pasaba a batear para obtener puntos.

Pare eso colocaba al bolillo en el piso, golpeaba una de sus puntas haciéndolo saltar y girar, ese momento era aprovechado para golpearlo y llegarlo lo más lejos posible. Los contrarios podían intentar bloquer el tiro, a riesgo de perder algún ojo, Al final se contaban los pasos desde el donde llegó el bolillo hasta la base.

Era nuestra forma de reciclar.