Archivo del sitio

de tránsito en el tránsito

El tráfico fluía inacabable como una procesionaria

Charles Bukowski

Los lunes suelo salir más tempranos rumbo al trabajo, para evitar el tráfico, al salir vi un par de personas caminando, con gruesas chamarras y con la cadencia que indicaba que ese era su camino cotidiano. Casi al llegar al trabajo vi una mujer con una chamarra negra con adornado esquimal en la gorra tomando un camión justo frente a la fuente de petróleos y recordé mis trayectos. Me puse a pensar al respecto.

Cuando comencé a ir a la primaria, la escuela estaba apenas a una media docena de cuadras, a medio camino entre las casas de mis abuelos paternos y maternos. Era muy fácil caminar, pero mi papá solía llevarnos en su Ford 200 del año del 62, uno podría pensar que en esos tiempos no había tráfico, pero algunas veces se dificultaba cruzar Ermita por la calle de Trojes. En una ocasión un auto aceleró para no dejarnos pasar y chocó. El claxon se quedó trabado y mi papá tuvo que desarmarlo para lograr un poco de silencio.

Cuando me cambié a la CTM no había un transporte directo, únicamente un pesero que daba mil vueltas para llegar a Taxqueña. Tomábamos una de dos salidas, o por el Puente del Toro y avenida Tláhuac, La otra salida era por el antirrábico que estaba en Taxqueña y Escuela Naval Militar, fue hasta varios años después donde la Ruta 100 se abrió paso (que inauguró López Portillo cruzando en un camión frente a la casa de mis abuelos) durante algún tiempo fue gratis, cuando no pasábamos a casa de abuela Chuchita mi tío Mundo nos llevaba a casa.

Para la secundaria no había una ruta directa (era necesario tomar 3 camiones) Acoxpa, Miramontes, Santa Ana. Casi nunca fue necesario, algunas veces mi mamá iba por mí acompañada de Felipe y de su mascota “la chiquita” para que se diera vuelta por los campos de fùtbol. En el trayecto matinal era común darle aventón a los alumnos de la prepa 5.

Para la preparatoria ya tenía permiso de conducir y auto, llevaba a mi hermna a la secundaria y luego llegaba a la escuela bastante temprano. Fueron las primeras experiencias con el tráfico, midiendo el tiempo y los trayectos, entonces era muy diferente no había eventos catastróficos que te retrasaran más de media hora.

En la universidad todo cambió, fui un asiduo usuario de la ruta 100. La ruta más rápida para llegar a Ciudad Universitaria era tomar la ruta 64, lo abordaba en Santa Ana y me dejaba en Copilco. pero lo tenía que tomar antes de las 6:30 de lo contrario no hacía parada porque iba lleno. La otra opción era tomar el camión que me dejaba enfrente de la UAM Xochimilco de ahí tomaba el ruta 72 que me dejaba en el metro CU. También podía ir a Taxqueña y tomar el ruta 1 que entraba a Ciudad Universitaria, o el ruta 32 que iba por las calles de Santa Úrsula llegando también al metro CU. Entonces lo más valioso que llevaba en la cartera era mi abono de transporte y la credencial de la biblioteca central.

Después estuve vagando en diferentes rumbos, algunas veces sin un horario estricto, como en la terminal de Pantaco o dando clases por el casco de Santo Tomás, donde llegaba en metro y cuando se me hacía tarde me salía más caro tomar un taxi que me descontaran la hora. Hasta que el área alrededor de la fuente de petróleos se convirtió en mi lugar habitual de trabajo. Al principio era todo una odisea, eran 22 kilómetros que duraba más de una hora, algunas veces se acercaba a las dos, me tardaba como 40 minutos en llegar a la terminal Taxqueña y tener acceso al metro y entonces un trayecto ligeramente controlado. Algunas veces con el ánimo de acelerar el trayecto me bajaba en Tacubaya e intentaba tomar un taxi, no me iba muy bien compitiendo con otras personas por tomar un taxi. Así que hacia un transbordo y me bajaba en el metro Auditorio, si los peseros no tenían mucha fila tomaba uno y me bajaba en monte Elbruz, pero casi siempre terminaba caminando.

Cuando emprendía el regreso me fijaba en los rostros de los demás pasajeros, en especial en el metro. Las caras estaban repletas de cansancio, gastadas de una rutina que no parecía tener fin. Era muy difícil encontrar una sonrisa a esas horas en los vagones repletos.

Así me fui acercando paulatinamente, primero cerca del metro Portales, después en la colonia Narvarte, con tanto impulso que terminé en Brasil y terminé en Toluca.

¿Bajas en la que sigue?

Pino Suárez tu estación del metro es mi prisión

Heavy Metro – Botellita de Jerez

Mi reincorporación paulatina a la vida cotidana ha sido lenta, comezar a hacer lo que se hacía cada día ahora disminuído, con algunas restricciones, al comienzo con bastón en mano y dolor en la pierna. Uno de los más significativos momentos es el retomar la movilidad. Porque mucha de mi vida cotidiana pasa por mis traslados, el trajinar es parte de mi vida.

Viajar en transporte público implica llegar a un destino diferente de tus compañeros de viaje, algunas veces ellos se interponen en el camino de salida, otras veces tú en el suyo, cuando los peseros eran automóbiles genéricos, sedanes de cuatro puertas, con un cordel de tendedero en el asiento trasero, al llegar al destino tenían que pedir al que se encontraba al lado de la puerta permiso y todos a su derecha bajaban para dejarlo salir, muy civilizado aunque tardado, pero eso tiene mucho tiempo que terminó, primero en las combis —ichi ban o cualquiera que sea el nombre de moda— es evidente que el diseño automotriz no consideró mis dimensiones, el trayecto del metro Observatorio a la fuente de petróleos es demasiado tortuosa, entre encoger las piernas, agarrarme para evitar arrastrar o aplastar a los que se sientan a mi lado quedo exhausto, este ya lo evitaba antes. El microbús tiene un buen asiento, que el el que queda al final del pasillo, los demás apenas sirven para acomodar una de mis piernas en diagonal, hacer doble fila en el pasillo central resulta mucho menos fácil de lo que los ayudantes del chofer claman.

Algunos choferes de la extinta ruta 100 aún manejan los pocos camiones que aún circulan, son más amplios pero eso permite que el amontonamiento de gente sea aún mayor, recuerdo una vez que fui al centro con Paco —pa’ mi primo, lo que sea mejor— y llegamos a la terminal de Taxqueña —así con X como debe de ser— entonces la puerta que daba al paradero estaba abierta, ahora hay que subir en las escaleras y pasar por un puente y descender en el pasillo donde están formados los peseros, cada pasillo tiene una letra, pero en ese entonces era un desmadre y tomamos un camión y quedamos atrapados justo en el centro, yo todo el trayecto venía pensando ¿cómo le vamos a hacer para bajar? en aquellos años ese camión recorría varios recovecos, al final solamente nos pasamos una parada y nos bajamos en la Carmen (Serdán).

Mi transporte favorito es el trolebús, no invaden carriles, la velocidad es más o menos constante y la neurosis del conductor es mucho menor, antes se enojaban cuando subíamos 5 personas y pagábamos juntos, como el pasaje costaba 60 centavos y nunca había cambio —no se depositaban sino tenía una cajita de madera con orificios del tamaño de las monedas— generalmente recibían el pago de 1 peso. Pero siendo 5 el total eran 3, esa pérdida de dos les sacaba una mueca, as eso le sumamos que un día de lluvia torrencial, donde ni los peseros, ni los taxis, ni los camiones me hacían la parada para que no empapara su transporte, un trolebús sí me permitió subir, ganándose mi cariño por los siglos de los siglos. Mi aventajada edad me permitió viajar en tranvía, que podría ser mucho más parecido al tren ligero que no lo he ocupado mucho, siempre lleno y sospecho que la ilusión que viajaba en tranvía ya no se anima a viajar en tren ligero.

La afluencia de personas que transita en el metro es descomunal, he corrido con la fortuna de vivir cerca algunas veces de la línea 3 y la 2, lo que me permitió usar de enlace la línea 9, por mucho la más eficiente, como transbordo en Chabacano puedo irme a la puerta contraria del vagón y salir al llegar al transbordo, así evitar quedar atrapado. Ahí la llevo

batallas matinales

Vieja ciudad de hierro de cemento y de gente sin descanso si algún día tu historia tiene algún remanso dejarías de ser ciudad.

Rockdrigo

La semana pasada tuve que llegar mucho más temprano de lo acostumbrado al trabajo, algo a lo que ya no estaba acostumbrado, recordé todas las vicisitudes que acompañan esta práctica y los resultados de este enfrentamiento cotidiano con enemigos apenas amenazadores pero peligrosamente constantes.

La primer batalla que tengo que ganar cada mañana es la de despertarme a tiempo, no importa en realidad la hora que sea, generalmente tengo que hacer un esfuerzo por despertarme, pero siempre he necesitado ayuda porque mi sueño no se interrumpe fácilmente, puede haber una fiesta al lado y yo no despertar, antes lo único que conseguía despertarme era el sonido del teléfono, por esto tuve que recurrir al servicio de despertador de telmex, después usaba 6 despertadores cuyas alarmas tenían diferencia de algunos minutos, eso me funcionó hasta que me casé, Valeria no podía dormir con el click de todos los despertadores y no le hacia ninguna gracia la cantidad de pilas de tan mala cantidad que usaba —similar de las rocket— así que los reemplazó por un despertador rojo de gran potencia en su sonido, yo me tenía que levantar antes que ella así que dormía del lado de donde estaba el despertador y siempre me levantaba con el pie izquierdo —a la fecha lo sigo haciendo—, ahora solamente necesito 3 alarmas del celular y 2 despertadores, uno de ellos genera el ruido suficiente para despertarme, aunque ahora casi siempre logro despertarme un poco antes de que suene.

Pero el despertarse es apenas la primera parte, yo jamás me he levantado inmediatamente después de despertarme, durante ese tiempo me cuesta trabajo comenzar a carburar, algunas veces me quedo reflexionando, algunas otras recordando e intentando explicar los sueños que tuve. Otras veces simplemente acumulando fuerzas para levantarme.

El baño no lo considero una batalla, al contrario es una preparación o ritual para seguir con el día, ahí consigo despertar completamente, es el momento en el que me encuentro en mayor calma, cuando la respiración se equilibra y a cada respiración las energías se acumulan.

Desayunar resulta complicado, es muy difícil que me quede tiempo para algo más que algo que se pueda tomar de un trago como un yogur para beber, Durante mucho tiempo desayuné un vaso de papaya y un jugo de zanahoria que mi marchante ya me tenía preparado. Otro gran favorito era el licuado de mamey —la fruta que nació para ser licuada— las guajolotas o el atole en ocasiones contadísimas.

Pero el principal villano es el tráfico. Siempre hay un obstáculo que es el más difícil, por ejemplo mis primeros tres años de primaria, vivía a solamente unas cuadras pero a mi papá le gustaba llevarme, algunas veces era complicado atravesar la calzada Ermita Iztapalapa —aún ahora con todo y puente es difícil— esa fue la época en la que viví más cerca de la escuela. Siempre que hablo al respecto me acuerdo de mi amiga Martha, que vivía en Santa Úrsula, caminaba a su primaria y secundaria, y para la Prepa 5 y para CU tomaba el mismo pesero —solamente cambiaba la dirección— una combi de la ruta 29. Recuerdo mucho mis viajes a CU, cuando iba en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales, me esforzaba en llegar a clase de 7, muchas veces tomando el primer camión (ruta 79) que salía frente a la UAM Xochimilco y que me dejaba en el metro CU, o cazando al San Lorenzo Tezonco – Cerro del Judío (ruta 64) que solamente lo podía tomar hasta las 6:30 porque después pasa llenísimo, su gracia decayó cuando cerraron el cruce de Tlalpan a la altura de Xotepingo. La alternativa era una combi que también iba de la UAM Xochimilco hacia CU (ruta 95) que, cuando todos íbamos a CU iba directo ahorrándonos mucho tiempo. Cuando llegaba a ir en coche, la parte difícil era División del Norte con Miguel Ángel de Quevedo, había un carril para dar vuelta, pero si lo elegías podías quedar bloqueado si alguien iba a dar vuelta en U. Me divertía tomar esa decisión y lo hacía a manera de apuesta, creo que terminé a mano.

Ya en el trabajo el principal reto era llegar al metro Taxqueña, que me podía llevara hasta 40 minutos, la otra alternativa era tomar todo el eje 3 hasta Mixhuca cuyo tiempo era muy variable. Ya dentro del metro la siguiente decisión la tenía que tomar en Tacubaya: o me seguía hasta Auditorio o me bajaba y arriesgaba a tomar un camión o intentar conseguir un taxi —esa labor era difícil porque la competencia era dura y los taxistas primero elegían a las mujeres— esa decisión a veces me llevaba más tiempo pero siempre me ha gustado esa incertidumbre. el tomar rutas diferentes. Cuando me cambié cerca del metro Portales, se redujo una de las variables, y se alargaron mis horas de sueño. Y cuando me mudé a un par de cuadras del eje central las opciones se ampliaron, pero más para el regreso que para la ida. así que generalmente tomaba un pesero a Cuauhtémoc y de ahí tomaba la línea 3.

Ahora que estoy viviendo en São Paulo las cosas no son muy diferentes, ahora mi transporte matinal es el 576M-10 (Vila Clara – Terminal Pinheiros) solamente que la frecuencia es menor y ahora debido a las obras de la nueva línea del metro hay 2 avenidas que es difícil atravesar, la Ibirapuera y Santo Amaro, aunque vivo mucho más cerca sigo con las mismas batallas todos los días, y sigo ganando.

Por eso cuando estoy de vacaciones aprovecho para levantarme temprano y salir, ahora sin prisa para caminar por los mismos lugares a un ritmo diferente y contemplar bajo otra óptica la prisa cotidiana a la que nos sometemos, gracias a ello entiendo que las batallas son, en realidad, conmigo mismo. Que el enemigo no es el tráfico, el despertador o el tiempo; esas son las circunstancias que tenemos y que nosotros elegimos nuestra manera de abordarlas.

Esquina bajan

Este camino ya nadie lo recorre salvo el crepúsculo.

Matsuo Bashō

Nunca me ha gustado recorrer el mismo camino, en especial en el transporte público. Ahora hay una parada de autobús a media cuadra de mi lugar de trabajo y está igual de cercana la del departamento donde vivo, hay básicamente dos rutas distintas -directas- y la situación no es tan de mi agrado.

Cuando asistía a Ciudad Universitaria la travesía era toda una aventura, el camino más rápido -útil para llegar a tiempo a clase de 7- era tomar el Cerro del Judío – San Lorenzo Tezonco, lo tomaba después de la parada del ESIME Culhuacán, pero tenía que ser antes de las 6:35 o de lo contrario era imposible subirse,  el regreso también era la ruta más directa, y ha sido en el único transporte que me dormí de pie, fue solamente un instante pero casi azoto, solamente sentí como mis rodillas se doblaron, finalmente resistí, también ha sido del único que me he tenido que bajar para vomitar, fue una ocasión que vomité más de 80 veces por un alimento sospechoso o algún veneno que quiso salir violentamente. Generalmente regresaba por esa ruta después de pasar por la Biblioteca Central donde me surtía para las lecturas de la semana, porque me iba leyendo con el libro apoyado en el techo del camión, era incómodo pero era la única manera, ahora que lo intento me cuesta mucho más trabajo enfocar.

También podía tomar un camión hacia la UAM Xochimilco y de ahí uno para el metro CU, daba mucha vuelta en esta ruta me tocó varias veces tomar el primer camión del día, creo que fui el que más utilizaba —o alguna combinación— ya conocía a los conductores y había uno que a la hora de la comida desviaba su ruta una cuadra para pasar por su esposa, que le llevaba la comida en unos recipientes de peltre color azul claro, esto cuando era todavía la ruta 100. Algunas veces tomaba el trolebús —mi medio favorito de transporte— fue en este la única vez que se me cayó mi cartera, afortunadamente solían esperar un tiempo para salir de nuevo así que logré recuperarla, claro que lo único que tenía era mi abono de transporte pero en ese tiempo era mi mayor tesoro. En otra ocasión cuando regresaba a casa -ahora no de CU sino de casa de Natalia-  cayó una tormenta que me dejó tan empapado que los peseros no quería subirme, solamente el trolebús me dejó subir, yo era el único pasajero, me senté en el último asiento e iba tan mojado que el agua escurrió hasta la puerta de entrada.

Cuando había dinero pues podía tomar pesero, existía la ruta de Taxqueña y luego la ruta 1 a CU que incluso entraba por Copilco y me bajaba frente a medicina y caminaba a la facultad, también había la ruta 32 que recorría los recovecos de Santa Úrsula, la ruta de regreso me dejaba en calzada de las Bombas, casi llegando a Miramontes, y después regresaba a pie, atravesando el parque de los coyotes, también existía la ruta 95 que partía de la UAM Xochimilco y llegaba al metro CU, tanto la 95 como la 32 usaban combis y cuando todos los pasajeros iban hasta CU era mucho más rápido, cuando alguien decía “yo bajo en tlalpan” todos se le quedaban mirando con furia.

Ocasionalmente regresaba en metro dando una vuelta exagerada, iba a Centro Médico, Chabacano y luego Taxqueña, lo que hace uno por ponerle variedad a la ruta. Hice hasta el recorrido en carro, pero de regreso generalmente le daba un aventón a un par de personas, hasta lugares como Ermita y Av. 5.

Hoy que me enfrento a pocas alternativas, sin metro cerca y los peseros inexistente, algunos regresos a pie no alcanzan a cubrir ese deseo de variedad,  pero estoy seguro que encontraré alguna forma. Este es mi punto de partida habitual: