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Estamos viernes

El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza.

André Maurois

Desde niño simpre aparenté mayor edad, no solamente nací con abundante cabello sino también debido a mis dimensiones, mis pies sobresalían de la cuna de maternidad.

Durante la primaria a muy temprana edad ya no me permitían subirme a los juegos de Chapultepec, porque la edad máxima era de 12 años, me faltaban aún varios años para llegar a esa edad.

En las canchas de fútbol me pedían un comprobante de que no era mayor, tenía que mostrar mi carnet del IMSS mientras que entre los adversarios había jugadores con barba y bigote de corta estatura.

Una de mis pasiones ha sido el billar, comencé a asistir regularmente a los 13 años, Prácticamente entré a todos los locales que estaban sobre avenida Ermita antes de los 15 años.

A partir de los quince pude entrar libremente en los bares y las cantinas, aunque ya había entrado antes para rescatar a mis tíos o mi padre. Pero fue al finalizar el curso de TOEFL de inglés (también a edad límite) fuimos a celebrar a un bar, también en Ermita que tenía un tranvía como decoración, jamás tuve problemas para entrar.

Un poco después fui a la carnicería del mercado de la colonia escuadrón 201 a comprar con el marchante de mi mamá, apodado el “barbas de chivo” iba con mi primo José Carlos, a quien le llevo apenas 8 años, y el marchante pensó que era mi hijo, después de que mi primo me llamara por mi nombre me dijo: “estos hijos ya no respetan a nadie”.

Ya entrado en la mayoría de edad no tuve ningún incidente hasta que fui al cine a ver “Sexo, pudor y lágrimas”, me sorprendió que nos pidieran identificaciones, yo tenía 28 años pero ella parecía menor de edad aunque tuviera 24.

Aproximadamente5 años depués que me aficionés a un juego de cartas coleccionables: Mitos y Leyendas, algunas veces iba a comprar cartas a un local cerca del metro portales, frente a donde hay varias cerrajerías. Un niño se me acercó y me preguntó ¿A poco juega don? Esa fue la primera vez que me llamaron así.

En un concierto en lo que fue el cine Tlalpan, fue un concierto para la prevención del SIDA, habían quitado la mitad de las butacas del cine, ese días llegué temprano y me senté en una de las butacas pero cuando comenzó el concierto, me acerqué al escenario, me sorprendió que nadie más lo hiciera.. Los organizadores intentaron animar a los demás diciendo: “no les da pena, el don tiene más actitud que ustedes”. En ese mismo concierto lanzaron camisetas, alcancé a tomar una del grupo que seguía religiosamente “Black Violettes” uno de los asistentes se me acercó y me dijo: “pero usted para qué la quiere don” Y en otro concierto, ahora de Cibo Matto alguien dijo respecto a mí, me gustaría llegar a esad edad y poder bailar con esa actitud.

Ahora con la pandemia, al ir al Superama, después de que me dieran alcohol para limpiar mis manos y me tomaran la temperatura, la mujer que estaba en la entrada me dice: “pero no dejamos entrar a personas de la tercera edad, ¿qué edad tiene?” cuando lo contesté que 49 me espetó un “no te creo”, tuve que mostrar mi crecencial de elector.

Así es esto.

Canas pero no de ganas

Para pedir barbón y para pagar lampiño

Refrán popular

La preocupación por el los capilares de mi cuerpo no apareció temprano en mi vida, si bien no me gustaba ir a cortarme el cabello frecuentemente obedecía sin chistar, generalmente en la peluquería que había en los baños públicos —Escorial— a una calle de la casa de mi abuela, donde los barberos hacían el mismo chiste, raya a la derecha para hombre, a la izquierda para mujer y raya en medio tú sabrás.

En algún momento comenzó a salirme un tímido bigote como suelen pintar a los indios lampiño justo para que mis compañeros me apodaran Madaleno —el mada, madalaifas y diversas variantes— miembro de aquel dueto cómico Régulo y Madaleno. Tardé al menos un par de años más en comenzar a usar un rastrillo para rasurarme, al principio de plástico, salvo un par de ocasiones usé el rastrillo de mi padre que aún tenía las navajas que venían en papel y tenían filo de ambos lados —como dato cultural así se les dice a los bisexuales por estos lados guillete— tampoco era cotidiano mi rasurada.

Cuando iba a sacar mi cartilla decidí no cortarme el cabello en todo el año, para la foto tuve que usar gel, limón, pasadores y fijador para que consiguiera parecer corto. Así asistí a todas las filas y trámites con el cabello demasiado largo para los estándares del ejército mexicano pero nunca tuvieron oportunidad de reclamar hasta que fui a recoger la cartilla —el último trámite— cuando llegué a preguntar por mi delegación al campo militar número uno me dijeron que me iban a tener que cortar el cabello a lo que respondí que si era necesario lo haría en donde me tocara, cuando me dieron mi cartilla quisieron que pasara a que me trasquilaran pero les dije que había prometido mi cabello a la otra delegación, en un descuido salí huyendo, intentaron impedir que usara la entrada de vehículos como salida pero logré escapar con todo mi cabello. Dejé de tener largo el cabello después de un desafortunado incidente. Jamás lo dejé crecer tanto de nuevo. Y comencé a peinarlo del lado izquierdo, del mismo lado que queda mi corazón.

Poco antes de la huelga de la UNAM me dejé la barba de candado, y duré mucho tiempo con el mismo look, algunas veces menos prolijo el cabello más o menos largo encaneciendo a cada paso —una herencia familiar, mi primera cana me salió a los 12 años—  hasta que mucho tiempo después comencé a hacer cambios.

Porque siempre me pareció que el corte de cabello era una especie de mutilación simbólica del cuerpo, a veces era una reacción para evitar cortarse uno mismo, un acto simbólico para desencadenar un cambio, una especie de detonante, que acelerara un cambio. El tiempo me ha enseñado que cada instante las cosas pueden cambiar totalmente, que hay infinidad de catalizadores. Y que los cambios pueden ser felices. Como en aquel momento en que usé el producto creamechas de L’Oreal para poner colores diferentes en el cabello.

Repecto al cambio de corte, color y el accidente durante la rasurada todos estos han sido acontecimientos felices. Extrañamente felices.

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