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San Felipe de Jesús, perdóname

Odiar el alma es no poder perdonarse ni por existir ni por ser uno mismo

Bernanos

Aunque ya había reparado en la importancia de perdonarse a sí mismo, no había atravesado por la experiencia completa.

Este sentimiento se gestó temprano en la niñez, cometí una atrocidad a muy temprana edad, tuve un descuido que ya he contado aquí. Ese incidente me dejó una idea de que había hecho algo mal y que jamás se iba a borrar.

Una de las cosas que me afectaba mucho de niño era ser acusado injustamente, no sabía cómo responder a esos señalamientos, me dejaban mudo, jamás conseguí defenderme. Recuerdo una vez que estaba jugando fútbol en el retorno, cuando aún no existían los piracantos, entonces recibí una falta que me hizo tropezar y caer entre el cemento, un pedazo con piedras de río y el pasto del jardín; justo en ese momento estaba mi padre enfrente que me gritó a manera de regaño “ya te dije que no jugaras en el pasto”, además del dolor del golpe esa acusación no solamente me hizo sentir mal  también provocó la burla de los que estaban jugando, no atiné a hacer otra cosa que quedarme callado.

Desde muy niño estuve preocupado por mi madre, sus sufrimientos de madre adolescente, sus miedos e inseguridad despertaron en mí un instinto protector desde temprana edad, obedecía sus mandatos e intentaba manejar sus neurosis, o lo más difícil era transitar la vida de la manera en que ella quería que fuera transitada por eso cuando ella me acusaba que no la quería o no me esforzaba o —lo más gacho— que no me importaba sentía

Este sentimpiento solamente se manifiesta cuando la acusación viene de alguien que me importa, porque alguna vez fui acusado por el maestro del temas selectos de matemáticas de haber copiado ¡ja! o los compañeros que me acusaban de indigente por llevar camisas idénticas en días consecutivos o de homosexual porque me detenía el cabello con donitas color pastel.

Y qué decir del amor, como cuando en un ataque de celos te acusan de que no les importas porque otra persona se sienta junto a ti, y sin importar las explicaciones siempre terminaba cargando con la culpa, o peor aún siendo acusado de estar “pensando en otra persona” era castigado impunemente y —como Sansón— perdiendo el cabello en contra de mi voluntad.

Y creo que jamás tuve una respuesta para esa sensación porque pensaba que me lo merecía, aunque no fuera cierto, quizá por eso todo este tiempo que he cargado con esa culpa me la pasé cargando muchas otras culpas que no me correspondían, culpas que no encontraba la manera de purgar salvo con penitencia, por eso no me había sentido merecedor a nada y había pasado muchas veces sufriendo en silencio sin poder compartir lo que sentía ocultando mi necesidad de ayuda, quizá por eso buscaba anestesiar esas sensaciones por comida, por eso castigaba mi cuerpo sin brindarle cuidados que pensaba inmerecidos. Por eso transitaba ese camino del autoabandono que tando me recuerda a mi padre y mi abuelo, alejados de los doctores, con enfermedades sin atender durante mucho tiempo.

Por eso puedo reconocer ese dolor, por eso pensaba que podía entender y ayudar a los otros, que lo que daba era porque era empático con el otro, quizá ayudando para evitar mirar hacia mi propia miseria. Y eso sí me da miedo, pensar que quizá todo lo que he hecho no ha significado más que mi ruta de escape, mi evasión, mi desesperado intento por liberarme de la culpa que como roedor desgastaba mi alma. No sé si ese sea el caso, no importa si todo mi mundo es falso porque necesito perdonarme por todo lo que me he hecho, necesito sentir que sí merezco ese perdón, que no voy a vivir condenado por siempre.

Me perdono.

el petate del muerto

ay ay asústame

ay ay asústame

vampiresa de aparador

Jaime López

Dicen que durante una reunión en Villa Diodati en el verano del año que no tuvo verano —1816— departían encerrados por la lluvia el matrimonio Shelley, Lord Byron con su médico de cabecera Polidory y Claire Clairmont; ese fue el origen de Frankstein y Drácula —al menos literario— dudo que hayan tenido idea de la magnitud que alcanzarían y la variedad de instancias —algunas verdaderamente heréticas— que han surgido a la fecha.

Pero los contactos con este tipo de criaturas son escasos, generalmente están disfrazados y prácticamente nunca he tenido que enfrentarme a ellos, Existen por otra parte monstruos más cercanos, lacerantes, inoportunos y hasta aceptados socialmente, ahora habría que recordar que monstruo tiene varios significados pero generalmente nos referimos a “ser fantástico que causa espanto”.

Existe un diablo rojo, que evidentemente no es alemán —en las culturas germánicas el diablo es negro— de hecho no es muy conocido en el primer mundo, sus víctimas son predominantemente de países subdesarrollados, atacan en circunstancias desfavorables provocando un encarecimiento de los recursos y dejando a ciertos grupos en posición vulnerable justo para que otras personas se aprovechen de ellos. Sus víctimas rara vez salen en las noticias pero sus ataques sí, en la sección financiera.]

Hay otro que no hace mucho ruido, susurra insistentemente, nos acosa con preguntas que nublan la mente, proyecta imágenes que aceleran el corazón y nos inyecta una duda que acelera el corazón. Al luchar en su contra la sangre fluye hacia nuestras manos —es la preparación natural del cuerpo ante una pelea— pero cualquier golpe termina fallando y golpeando algo —o alguien más— generalmente dañándolo irreparablemente. Es un fantasma de ojos verdes.

Los efectos pueden no manifestarse inmediatamente ni ser tan aparatosos, existe un monstruo que vive agazapado devorando de a poco lo que está a la mano, es apenas perceptible pero ataca cada día sin fallar alimentándose de los sueños, de la imaginación, de la novedad dejando únicamente la inercia aunque parezca inofensivo tiene más fuerza que el amor —el mismísimo Juanga sabe de eso.

Y son peores los que me habitan.

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