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la cruz personal

Te recordaré, abuelo. Te recordaré. Nunca se me olvidará lo que me dijiste. Es sólo el miedo lo que es diabólico…

John Wyndham

Mi abuelo nació el 3 de mayo, fue mi único abuelo chilango, los demás fueron de Salamanca. Quedó huérfano siendo niño y fue a vivir a Morelia. Pero la ciudad lo llamaría de nuevo, aún siendo adolescente regresó a la ciudad y lo primero que hizo fue recorrer sus contornos: San Lázaro, Santa María la Redonda, Chapultepec, hacia el su no se extendía más allá de viaducto.

Junto con varios amigos compraron un coche antiquísimo, tanto que aún se arrancaba usando la manivela (o crank) con ese coche paseaban por dentro del bosque de Chapultepec y buscaban impresionar a las muchachas. Solamente que nadie quería ser el que diera vuelta a la manivela para arrancar el coche. Imagino a mi abuelo adolescente en la ciudad de aquellos entonces.

Siempre fue amante de la fotografía, tomó un curso de radio, fotografía y cine, siempre le gustaba hablar al respecto, de lo que le enseñaron entonces, la construcción de su radio a galeana. Y que la enseñanza del cine era muy reducida entonces.

Se enamoró perdidamente de mi abuela cuando ella rondaba los quince, y no se desanimó ante la negativa de los suegros. La raptó, pero no a la mala, no iba a hacer algo contrario a sus principios. La llevó a casa de sus padrinos y ella estuvo ahí hasta que se casaron. Mi padre fue su primogénito.

Una vez que asistió a un festival de mi primaria, cuando me acerqué a saludarlo, se inclinó para susurrarme, me dijo que él entendía que estaba frente a mis amigos y que si me daba pena saludarlo que no tenía que hacerlo (porque lo saludaba con un beso en la mejilla y podía ser sujeto de burla). Eso me hizo saludarlo con mucho amor cada vez.

Le gustaba cocinar, lo hacía en su propia cocina, porque mi abuela decía que siempre dejaba todo tirado. Y llamaba a cada nieto por separado a la cocina porque les había preparado un platillo especial. Añoro las donas caseras que hacía, incluso las comía sin el azúcar o el chocolate.

Le gustaba mucho jugar dominó, odiaba quedarse con la mula de seises, y solía poner a girar una ficha cuando el rival iba a tirar, que reveelaba depués del tiro, como si hubiera adivinado, ese truco lo adopté.

Cuando mi abuela hacía sándwiches le daba a mi abuelo la tapa del pan pero volteada, como nosostros sabíamos lo intercambiábamos porque a mí me gustaba más. Cuando había rosarios en la casa solía salir conmigo al garage para platicar al respecto, no religiosamente sino de la persona por la que se rezaba. También me enseñó algunos escritos de joven, siempre sentí mucha complicidad con él.

De él heredé el gusto al cine, me platicaba de las películas que veía de joven, ahí conocí a Peter Lorre, conseguí una pelícua de él que fue de las primeras que vio en el cine: Las manos de Orlac (Mad Love). Solía llevarnos al cine en su Impala que manejaba a gran velocidad, y la última vez que fui al cine con él fue para ver la película Gladiador, curiosamente fue la última vez que me tocó un intermedio en el cine.

Me gustaba mucho ir a platicar con él en su taller mientras él fabricaba zapatos, se quedaban mucho sobrantes de resistol 5000 en sus manos, que iba acumulando en una especie de pelota. Usaba una madera rojiza a manera de martillo para golpear la piel. Mucho tiempo despúes, consiguió un molde de número de calzado y me fabricó los mejores zapatos que he tenido, entre esos pares destacan los de ante azul, los más cómodos que he tenido. Unos días antes de su muerte, en navidad me dió los últimos zapatos que fabricó y me dijo que ya no tenía pendientes. Yo me aseguré que su voluntad de ser cremado fuera cumplida (tenía pavor de ser enterrado vivo).

 

 

 

Exilio (parte dos)

No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda pero sigo siendo el rey.

José Alfredo Jiménez.

Nací en el segundo piso de un sobre Anillo de Circunvalación, en un hospital dirigido por el Dr. Wilfrano que atendía a las trabajadoras de la acera por módicos 20 pesos —de los viejos—, este doctor atendió a mi madre en el alumbramiento donde comencé como chilango.

Aunque le digan Distrito Federal, todos sabemos que es la Ciudad de México, la capirucha, la Ciudad de los Palacios, la región más transparente, Tenochtitlán. Es mujer, es madre y yo soy su hijo predilecto, pero a diferencia de lo que muchos creen, ese lugar no me lo gané con la magia que poseo.

Los favoritos de los padres —a veces cada uno tiene su favorito— jamás son por sus características. Tengo 5 hermanos cercanos —llamados alguna vez los del 26— todos hombres —eso dicen pero no lo voy a comprobar— con los que he convivido por varias décadas, alguna vez platiqué con otras personas acerca del favorito de la madre —no voy a revelar las conversaciones— pero la conclusión es que ese favoritismo tiene su origen en la madre, no en las características de los hijos, que no alcanzan a comprender la razón de la diferencia, ni modo así es.

Siempre me gustó la calle y siempre me ha cuidado, no solamente de atropellamientos de camiones de mudanzas, pero de choques: durante algún regreso de una fiesta en la discoteca giratoria Quetzal —ahora restaurante Bellini— iba a una velocidad que provocaba el miedo de mi acompañante que solamente acertó a decir que parecía montaña rusa, iba compitiendo contra un dogde dart —sobre la calzada Ermita Iztapalapa justo antes de cruzar Río Churubusco— entonces un susurro en mi oído —el izquierdo— hizo que detuviera la marcha aún con el siga, mi competidor se siguió estrellándose contra una pickup. Estos episodios se siguieron repitiendo, el último fue hace uno tres años.

Lo cierto es que siempre me sentí cobijado y protegido en la ciudad, cuando regresaba de algún viaje y pasaba al lado del ahora extinto Toreo de Cuatro Caminos y leía “Bienvenidos a la Ciudad de México” respiraba aliviado por mi regreso. Amo todos los sus rincones, he bajado del bosque de tlalpan rodando —incluso antes de que mi figura fuera tan circular—, he organizado bohemia bajo los puentes de Iztacalco, alguna vez jugué fútbol en campos en medio del un plantación de maíz o de un basurero; utilicé una nopalera como drive-in, he bailado en el escenario Auditorio Nacional, orinado la casa de Silvia Pinal, robado el Sears de Plaza Universidad —a los 6 años—, dormido en las calles de Torres de Padierna, acampado en el Cerro de la Estrella, jugado en la Academia de Billar Gabriel Fernández —ruega por nosotros— fui a pedir agua para el carro en la ex-casa de Pedro Infante, usado las consolas de los teatros del Politécnico, estudiado, trabajado y dado clases en la UNAM.

Tengo una deuda enorme con la ciudad, que voy a pagarle —sabemos la manera en la que lo haré— por lo pronto me estoy alejando de su cuna y cuidado. Es necesario para crecer.

Estirpe

Fruta Verde
...
Sabor de fruta verde 
de fruta que se muerde 
de carne y de manzana del bien y del mal. 
Yo tengo la culpa de que tú seas mala 
boca de chavala que yo enseñé a besar
-Luis Alcaraz.
 

Mi estirpe chilanga viene de mi abuelo paterno, los otros son originarios de Salamanca ciudad del Tepetate y sede de la más grande refinería de México. También está llena de cantinas y José Alfredo le daba la vuelta porque ahí lo hería el recuerdo.

Mi bisabuelo fue el primero en la sucesión de familiar con mi nombre. Su oficio era peluquero, pero era casanova de corazón (¿de dónde más?) y por un amor problema de faldas, en realidad era un problema de celos violentos fue asesinado afuera de su lugar de trabajo, eso no solamente lo mató, le rompió el corazón a mi bisabuela. La súbita  orfandad de mi abuelo lo obligó a trasladarese a Michoacán, donde fue aceptado por la rígida educación de una tía rígida y  parca con sus demostraciones de amor.

Pero él regresó a la ciudad de México y se dió el lujo de recorrerla en hasta sus límites cuando más allá de San Lázaro no había mucho.

Y también abrazó la vida nocturna, y cada que comenzaba una tertulia en una cantina advertía que, si la iban a seguir después de la salida del último camión, sería hasta el amanecer, cuando comenzaran a salir los camiones nuevamente.  Y en una de esas amanecidas brindó con José Alfredo, sí con musicalizador de tantas borracheras, en una cantina en Santa María la Ribera.

Entró de aprendiz de zapatero y llegó a convertirse en maestro del oficio, que ocupó toda su vida, él me hizo los zapatos más cómodos que he usado, y también yo recibí el último par que hizo, justo antes de morir. Los dos pares eran de color azul.

Compró un automóvil con sus amigos para pasear por el bosque de Chapultepec y cuando se detenía echaban a la suerte el que tenía que bajar para arrancarlo porque todavía usaba cran. nadie quería quedar mal frente a las damas.

Antes de llegar a su primer cuarto de siglo se enamoró de mi abuela, una bella dama acomplejada por la oscuridad de su piel, viviendo bajo el techo de mi bisabuela que era una excelente cocinera, que así como manejaba la cocina podía manejar toda la familia, ella era la que mandaba sin importar que su esposo fuera un soldado, que algunas veces olvidaba la carabina por su afición al pulque.

Los escasos 15 años y la antipatía de los suegros fue un problema que no tenía una solución simple. Tomó el único camino, se robó a mi abuela, pero él era un caballero, así que fue a “depositarla” en casa de su madrina hasta que se realizara la boda.

Se casaron y tuvieron 3 hijos en 4 años, el primogénito fue mi papá, la necesidad de un lugar mayor era imperante, para resolverlo tuvo que vivir en casa de sus suegros mientras edificaban la casa, en la que el trabajó incesantemente, ese fue un período muy difícil para él. Trabajaba doble turno, con los zapatos para la manutención y de albañil para terminar su casa mientras era humillado constantemente por su suegro, pero se tragó todo para darle una mejor vida a su familia. Luego vendrían 2 hijos más.

Él se esmeraba en hacerla feliz, era diligente con la administración, y cocinaba muy bien. Dejó de ir al cine que tanto le gustaba, solamente iba cuando nos llevaba, demostraba su afecto a los nietos individualmente, conocía sus gustos, alegrías y tristezas.

Ayudó a mi abuela a terminar su primaria aunque él mismo no pasó de segundo , le ayudó con las actividades que emprendía como la costura, y jamás dejó que ella contribuyera con el presupuesto familiar. Había una grabación (espero que todavía exista) en un cassette cantando “Fruta Verde” que le dedicaba a ella.

La historia hubiera sido mejor si ella lo hubiera amado y no se hubiera casado con él solamente para salir de su casa.