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Exilio (parte uno)

¿rajas o chipotle?

Pregunta clásica del tortero

El pasado fin de semana tuve un ligero ataque de nostalgia culinaria —que no llegó a síndrome del Jamaicón— así que abrí una lata de chipotle que tenía guardada, y para darle un uso adecuado hice una torta de huevo con queso blanco —con la escasez en México ya no es tan prole— si a eso le sumamos unos frijoles refritos, jitomate y aguacate; todo repartido en una ciabatta —pan rolito le decía algún miembro de mi familia— a falta de telera; el complemento ideal sería un boing de guayaba —creo que ese se lleva más con los tacos al pastor— mejor un trébol de mandarina.

Hubo una época en mi vida en la que pedía las tortas con rajas en lugar de chipotle cuando no usaba teléfono celular —nadie usaba—, mi coche se llamaba Napoleón —bautizado con una botella de vodka a la manera de barco— y tenía un botón de turbo, caminaba por la calle cada  noche, las tortas de huevo eran baratas y fumaba cigarros que algunas veces no tenían filtro. Ese fue el tiempo donde me pase todos los semáforos en rojo de la avenida de los Insurgentes, cuando destrocé los árboles en la calzada de las Bombas y prendí fuego al costado de un árbol navideño gigante. Mis abuelos aún vivían, cargaba una licencia vencida de conducir con un billete adjunto por si me detenían, aceptaba los retos sin pensar las consecuencias y cuando me enojaba los demás temblaban aterrorizados. Jugaba mucho más al billar —carambola, rosario como mínimo— y mi corazón solamente tenía una cicatriz.

Pero especialmente ere irreflexivo, mis impulsos salía más a flote y tenía menos consideración por los demás. Creo que hay poca gente que me conocía o recuerda de aquella época. tal vez Felipe, mi entonces mejor amigo con el que pasé mucho tiempo, recuerdo que él solía llegar tarde o faltar a encuentros concertados, de las pocas veces que hablamos de eso confesó que cuando la pasaba bien en otra parte le valían madre los compromisos, creo que durante mucho tiempo albergué la esperanza de que los demás fueran distintos.

Durante las fiestas ocurría muy frecuentemente que salía impulsivamente, algunas veces regresaba y otra no; el impuso solía llegar mientras estaba sentado, me paraba rápido y salía caminando con resolución, muy pocas veces me preguntaban a dónde iba y casi nunca contestaba, pero tampoco preguntaban la vez siguiente que nos encontrábamos, no creo que les importara gran cosa. En las fiestas familiares era un poco más complicado, en especial en Navidad donde la cena con mi familia paterna era muy tradicional y sin alcohol —era mi único descanso durante las fiestas de diciembre— siempre conseguía escaparme —ahí sí con algún pretexto— en año nuevo el caos hacía las cosas más fáciles.

Nadie sabe aún lo que hacía o el lugar al que iba, con la excepción de cuando Napoleón terminó en medio de una cancha de fútbol donde algunos lo vieron —no era un espectáculo frecuente— pero nada más, creo que me resultaba contradictorio la falta de atención por un lado me facilitaba las cosas pero por el otro me impidió hablar con alguien al respecto, y es que cada ocasión era como una huída, quizá no sea que no pertenezca a ningún grupo, tal vez me la paso huyendo, como si fuera la única forma de enfrentar esa extrañeza, o quizá los estaba protegiendo de las explosiones subsecuentes. Tal vez pensaban que iba por más cigarros, tal vez les daba miedo preguntar a dónde iba, es mucho más fácil suponer, es más cómodo.

Pero las cosas cambian, así como dejé de pedir rajas y desde entonces pido chipotles o aquella otra ocasión cuando dejé de pedir limonada y naranjada al mismo tiempo, tal vez por dejar de rajar, tal vez porque algunas personas comenzaron a importarme o específicamente comencé a pensar que les importaba y que las desapariciones no serían bien recibidas, hice a un lado lo que mi amigo había confesado y pensé que otras personas serían diferentes. pero no fueron. Y dejé de escapar, permanecía siempre, aún cuando sabía que necesitaba estar en otro lado, aunque mi presencia no fuera importante para las otras persona en tantos ámbitos. Empecé a tener consideración por los demás, creo que demasiada, tanta como dejar de escaparme.

Y se acumularon tantos que por eso mi última huída fue de tantos kilómetros, un desplante que terminó del otro lado del ecuador.

Acá las tortas

Todos tienen tortita menos yo

Botellita de Jerez

Cuando encontré aguacate hass en São Paulo, lo primero que vino a mi mente fue, antes que el guacamole, las tortas. Porque aquí existen baguettes pero vienen sin ninguna clase de aderezo, con suerte lo acompañan de un paquetito de mayonesa, yo sé que eso sería genial para un amigo melindroso que tengo pero las tortas se piden con todo, quizá la única elección plausible es rajas o chipotle. Abrir una torta para modificarla es tan ilegal como abrir un motor luego de cerrar una carrera.

¿Qué ingredientes lleva una torta? Hay numerosas variantes pero la preparación básica es la siguiente: 1 telera rebanada por la mitad, a una mitad superior se le unta mayonesa o crema y a la inferior frijoles o mostaza o aguacate, mientras se ponen sobre la plancha y se les agrega el ingrediente principal que puede ser jamón, milanesa, pierna, huevo. Se le añade jitomate, cebolla, lechuga y finalmente rajas o chipotle. Su precio es un bono adicional, resulta una opción barata de comida rápida.

El primer lugar donde comí una torta fue en una panadería con rosticería, generalmente es una apuesta segura: tienen los ingredientes de primera mano y el pan recién horneado perfecto para una torta de pollo. Esta opción se convirtió tiempo después en la comida para celebrar -sí no había mucho dinero- con Chil, Ceci y agregados diversos, así hubo varias celebraciones en una tortería de la calle Teniente Fausto Vega, en ese entonces era 117A, a media cuadra del mercado.

Con mi tío Mundo fui varias veces a las tepacherías, las que tenían muebles de madera pintados con de verde agua o alguno parecido, una vitrina y un menú limitado pero efectivo: caldo de pollo, tacos o quesadillas doradas y tortas, acompañadas de tepache, siempre frecuentado por obreros que doblaban turnos. Cuando iba con mi tío o mi papá ellos siempre pedían una de huevo con queso blanco, pero cuando alguien más iba a ir por las tortas invariablemente pedían de milanesa.

Con los ’80s empezaron a hacer tamaños mucho mayores en los puestos callejeros aparecieron las súper tortas, al menos eso decía la publicidad de pintada en letras rojas sobrel el blanco percudido de los puestos. Las “S-tortas” como las llamaba mi amigo Felipe, con el que recorrí diferentes lugares durante mi alcoholescencia, empezando por las tortas Jorge, hipocampo e innumerables puestos sin nombre.

La primera combinación que conocí fue la torta cubana (con todo), y quizá la otra indiscutible sea la suiza (3 quesos), pero también hay locales como pachuqueña (milanesa, pierna y quesillo) , o hawaiana, posteriormente se integraron unos nombres de doble sentido como una Trevi (pechuga y pierna) o una lambada (pierna, huevo y chorizo). Cerca del monumento a Cuauhtémoc, en una cantina que tiene una accesoria con torteria venden una torta DF. Y no voy a revelar el contenido.

En Zitácuaro encontré varios lugares que venden tortas con 2 calidades de jamón, así que puedes pedir una torta de jamón tipo 1 o 2, al preguntar confirmé: la diferencia es calidad y precio. Y no me iba a quedar con la duda, aunque jamás pida de jamón.

Y en semana santa no pueden faltar las tortas de bacalao, que son la debilidad de mi madre y mi hermana. Yo llevo en la sangre los gustos paternos, me gusta la torta de huevo con queso blanco, solamente que yo no la oculto, prefiero mil veces aguantarme las bromas de mis amigos que pedir una de milanesa para ocultar las apariencias.

Alrededor del cambio de milenio visitábamos una tortería que estaba en la calle de Tepetlapa, el nombre no importa porque siempre decíamos vamos con el “Ce”, así le decíamos al tortero porque esa era su respuesta a todo, abría tarde, las preparaba bien, eso compensaba que tuviéramos que compartir las mesas con policías, que eran clientes regulares.

Cuando trabajaba en la Torre Esmeralda, en la plaza de al lado pusieron un par de veces un negocio de tortas, uno de ellos fueron las de Jorge Campos. en ambas ocasiones fueron un fracaso.

La clave del éxito está en los ingredientes y en el tortero, una excepción a esto son las tortas que están en Acoxpa y Miramontes, son nefastas pero siempre están abiertas,  la calidad las franquicias es dispareja, no hay una clasificación general. Pero las mejores tortas que he probado y que mejor distribución tenían, se desbordaba el contenido, fueron en la prepa, un ex-alumno tenía una tortería e iba a tomar pedidos en los descanso y los traía al siguiente. Solamente lo dejaron estuvo un año, al siguiente prohibieron el comercio ambulante dentro de la escuela.

Es mucho mejor comerse la torta antes del recreo para que el niño traiga la torta bajo el brazo.

STortas

NB: este espacio no fue patrocinado ni por las Tortugas (prueben las rajas) allá por Mazarik y Arquímedes , ni los Pavitos en Miramontes, ni el Cuadrilátero en Luis Moya(¿a que no te avientas una gladiador), o las AS en Plutarco Elías Calles, las recomiendo de gratis.