Archivo del sitio

fiestas familiares sin toda la familia

Pronto ocho, pronto nueve

Frase semi-popular

Un día en casa de mi bisabuela —yo tenía 3 años— estaba mi abuelo jugando brisca con mi tío Vicente, yo prefería estar ahí que jugar con los demás niños. Mi tío le preguntó a mi abuelo la razón de mi insistente mirada, mi abuelo le dijo que yo quería jugar —tenía razón— mi tío preguntó sorprendido si en verdad sabía jugar, mi abuelo lo retó a que jugara conmigo, le gané 2 de 3 juegos, pero mucho más importante que las victorias era el hecho de sentirme respaldado de tal manera por mi abuelo, creo que a raíz de ese incidente la confianza en mis capacidades se ha mantenido por todos estos años.

Durante un festival de la primaria mi abuelo fue a ver el espectáculo montado para los padres, cuando lo fui a saludar me abrazo y me dijo al oído que si no quería saludarlo de beso enfrente de mis compañeros para que no se burlaran que no lo hiciera, luego de ese comentario decidí que siempre lo saludaría de beso, no me importaban los demás y ese gesto me hizo quererlo aún más.

Me gustaba mucho visitarlo en su taller, mientras estaba montando los zapatos —era zapatero— me platicaba mientras trabajaba, de la vez que volvió al distrito federal y recorrió su periferia, de las aventuras con sus amigos en Chapultepec cuando tenían un coche que aún se arrancaba con crank —la manivela cuyo nombre oficial era crankshaft— o cuando apenas le alcanzaba para ir a comer donde servían en platos de peltre fijos con un clavo a la mesa y la cuchara estaba amarrada para que no se la llevaran.

Siempre estaba ahí por si necesitaba algo, se las ingeniaba para hacer cualquier reparación, sabía nuestros gustos, nos llamaba con sigilo a la cocina para ofrecernos algún manjar. Cuando gané mi ajedrez en la un torneo él hizo un tablero de piel para que lo usara, o cuando consiguió una horma de zapato con mi número me hizo los mejores zapatos que tuve, o los flotadores para entrenar con la cámara de una llanta de triciclo.

Le gustaba mucho el cine y ese gusto lo compartía con nosotros, recuerdo una ocasión en la que nos llevaba en su Impala al cine Ariel, rebasando coches para llegar a tiempo a la función, él era un fan de Peter Lorre, pero mucho más fan de  Yvonne De Carlo, fue tan aficionado al cine que tomó un curso de Radio, Cine y Televisión —todo lo que había hasta entonces— por eso le regalé una enciclopedia del cine.

A pesar de haber sido tan generoso no aceptaba fácilmente algún regalo, tuve la fortuna de que me aceptara un para de veces invitaciones a comer o desayunar en festejos como el día del padre. Una vez fuimos a comer mariscos allá en Patriotismo con mi tía Yolanda,  había una promoción que al final tirábamos los dados con un cubilete y recibíamos un descuento de acuerdo al número de ases que salieran.

Una navidad se sentía enfermo, cuando subí a su habitación a verlo y felicitarlo, me dió unos zapatos diciéndome que ya no tenía más pendientes, su siguiente destino fue el hospital y a pesar de que salió bien de la operación murió el treinta de diciembre, como siempre tuvo miedo de que lo enterraran vivo procuré que la decisión final fuera de cremarlo. Apenas hace poco cambiaron de lugar sus cenizas.

Pedro Zavala

Cine con mi abuelo

La fotografía es verdad. Y el cine es una verdad 24 veces por segundo.

Jean Luc Goddard

Mi abuelo fue una importantísima influencia en mi vida, recibí mucho amor, enseñanzas y un gran regalo: el gusto por el cine.

Su afición comenzó apenas regresó a su ciudad natal (la Ciudad de México) en la mitad de los años 30’s, asistió a diversas funciones, le gustaban mucho las películas de monstruos: Drácula, Frankstein,  o la Momia;  pero la película que atrapó a mi abuelo, entonces adolescente, fue Las Manos de Orlac, la primera película norteamericana de Peter Lorre. Desde entonces quedó prendado del séptimo arte, afición que creció luego de asistir a clásicos como Lo que el Viento se llevó, El Mago de Oz o Cumbres Borrascosas.

Tan entusiasmado estaba que tomó un curso de radio, cine y televisión, que terminó al poco tiempo porque no había muchos temas que cubrir en aquel entonces. No estoy seguro de lo que aprendió ahí, pero al menos fue lo suficiente para hacerme una demostración de un radio a galena, algo extremadamente interesante para un niño, bueno no sé si para cualquier niño pero para mí sí, siempre fue muy interesante aprender de mi abuelo.

Pero a mi abuela no le gustaba el cine -le sigue sin gustar- así que las visitas de mi abuelo al cine se fueron reduciendo hasta extinguirse. Solamente los nietos le devolvieron la oportunidad de regresar a tan amado espectáculo. Aún lo recuerdo vívidamente conduciendo su Impala 75 a toda velocidad, rebasando hasta las ambulancias para llegara a tiempo al cine Ariel y, con una bolsa de cacahuates garapiñados conseguida de antemano, para que viera 5 locos en el supermercado. ¿A poco eso no es eso una gran muestra de amor?

Pero vimos otras películas y me contó innumerables  anécdotas como la primera vez que vio el cine en tercera dimensión, cuando estuvo en una función en el cine Florida con la sala llena (más de 7000 butacas), me encantaba escuchar de los cines antiguos, los nombres y los lugares donde estaban, de cómo iba a las funciones de 3 por 1 para ver las películas de Errol Flynn, las filas kilométricas para las películas de Pedro Infante, o cómo se levantaban cuando salía la bandera de México. Ha cambiado enormidades la experiencia de ir al cine.

Y otra de las razones para ir al cine eran las actrices, él tenía una fijación con la reportera del crimen, tendrían que verla en ese entonces para entender cómo lucía Angela Lansbury, también Lily Monster, mejor conocida como Yvonne De Carlo, pero creo que había una actriz en particular en la que ambos coincidíamos: Lauren Bacall, aunque creo que hay motivos ulteriores para esta coincidencia. Probablemente sea parte de su DNA que habita en mi corazón.

Durante mucho tiempo se negó a ir al cine y su único vínculo era con las películas que pasaban en la televisión, aunque tuviera que soportar innumerables comerciales, era muy reacio a recibir invitaciones. Por eso decidí regalarle una enciclopedia del cine, quedó fascinado con el regalo se adivinaba en el brillo que se asomaba en sus ojos. Hubo muchas pláticas posteriores gracias a esa enciclopedia, ha sido uno de los regalos que he hecho con más gusto.

Yo llevé a mi abuelo a su última función de cine, vimos Gladiador en un cine en avenida Tláhuac, se comió un helado que compré durante el intermedio, fue la última película con intermedio a la que asistí, no regresé a ese cine que creo que ahora es un Cinemark.

Esta entrada está llena de enlaces a IMDB, ¡cómo me gustaría tener aún un enlace que me llevara a mi abuelo!

PZM