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El renacimiento de la ciudad

La Semana Santa es en la Ciudad de México es la gran semana de Judas.

La serpiente emplumada – D. H. Lawrence

Siempre la llamo mi amada ciudad, quizá yo sea más de ella que ella de mí, le debo muchos escritos, aún los hijos favoritos pueden ser ingratos.

La Ciudad de México es una ciudad imposible construída sobre un lago por un pueblo que los demás se negaron a recibir, quizá por eso la ciudad alberga a todos los que lo solicitan, sin importar la opinión que los que llegan tengan de ella.

Ha sido la ciudad de los palacios, la región más transparente, chinampa —una invención ingenios— en un lago escondido, la ciudad de la esperanza y ahora el mejor destino del 2016, pero para mí siempre ha sido un lugar que me ha abandonado.

A mi regreso estaba casi tan cambiada como yo, la fachada es lo menos importante pero deja traslucir algo de lo que tiene dentro, ya hace demasiado tiempo que la x que marca el ombligo de la luna va desapareciendo de la ciudad, Ixtapalapa, Taxqueña, Ixtacalco. Pronto sus rastros serán tan visibles como el tesoro de Moctezuma, el templo mayor está a la vista pero ya casi nadie va a leerle la mano a la Coyoxauhqui pero Huitzilopochtli sigue alumbrando.

Caminar sobre sus calles me llena de energía, me tranquiliza y algunas veces me llena de nostalgia, el sentir lo que ha ocurrido en las calles, muchas ligadas a mi historia, ver las cicatrices que ha dejado el tiempo, recordar por ejemplo la avioneta que quiso aterrizar en el eje central, los edificios que desaparecieron en el temblor, el paisaje de las calles antes del metro, los ejes viales y el segundo piso. Hay cambios sutiles y otros no tantos, como la desaparición del huarache azteca en Uruguay —y Bolívar, en el centro— o el Toreo de Cuatro Caminos.

A pesar de que los platillos oriundos de la Ciudad de México se pueden contar con los dedos: las quesadillas de flor de calabaza, las guajolotas y los romeros, Los lugares habituales y no tan habituales para buscar manjares: los tacos de campesinos, las quesadillas del mercado de Tepepan, los tlacoyos del mercado dominical frente el bacho 4, la barbacha de la 201, el Maquech Púrpura, pero todo cambia porque la ciudad es un ente vivo. Ya escasean los vendedores de camotes, dulce de piloncillo y ya tiene mucho que nadie pasa vendiendo chichicuilotitos.

Aún tengo una gran deuda con la ciudad, que quiero comenzara a pagar aunque sea a cuentagotas, esta pequeña entrada es el comienzo. La he recorrido tantas veces que sus calles están llenas de mi historia.

 

paisajes urbanos cambiantes

México es la ciudad en donde lo insólito sería que un acto, el que fuera, fracasase por inasistencia. Público es lo que abunda, y en la capital, a falta de cielos límpidos, se tienen, y a raudales, habitantes, espectadores, automovilistas, peatones.

Carlos Monsiváis

Las ciudades son animales que van cambiando de piel y de entrañas cada día, pero que generalmente se perciben solamente luego de un tiempo —de la misma manera que los padres no se dan cuenta de lo crecidos que están los hijos hasta que pasa algo o los dejan de ver por un período largo— algunas veces los cambios son de gran escala, casi una cirugía plástica, otras veces es un crecimiento desproporcionado —algo sé de eso— o el cambio de color de cabellos, algunas más sutiles como la aparición de arrugas.

Cuando mi abuelo regresó al Distrito Federal, al quedarse huérfano tuvo que ir a vivir con su tía en Morelia, lo primero que hizo fue darle una vuelta a la ciudad, cuyos límites estaban muy a la mano, como San Lázaro, Santa María la Redonda, Fray Servando y Chapultepec. El cambio fue explosivo durante los años cuarentas pero gran parte de ese cambio es documentado, así como la entubación del Río Piedad para convertirse en el viaducto —concebido para unir la carretera a Toluca con la de Puebla— también la creación del periférico —posteriormente su segundo piso—o los ejes viales. Pero los pequeños cambios son los que corren riesgo de ir al olvido.

Así como están escaseando los carritos de camote ya no hay vendedores que pasen gritando chichicuilotitos —están casi extintos, más escasos que el teporingo— también vendían patos herencia del lago de Texcoco.  O como los jicameros que siempre cargaban su cuchillo enorme, claro aún hay muchas personas que venden frutas en la calle pero no jícamas exclusivamente, o los muebles de las tepacherías, de madera y pintados de un color verde que seguro era el más barato. Tampoco es tan fácil encontrar los puestos callejeros de tacos de hígado encebollado, los hot cakes de feria —también están desapareciendo— al igual que los circos y las carpas.

El paisaje se modifica radicalmente como cuando dejó de existir el Toreo de Cuatro Caminos, y fue cambiando de color cuando los transportes se fueron pintando de verde, las bombas de las gasolineras dejaron de tener esos colores azul y gris con sendas leyendas NOVA y EXTRA —gasolina con extra  plomo— y las calcomanías de las placas que cambiaban de color.

Así como los dinosaurios fueron la especie dominante durante muchos años, los vochos pulularon por la ciudad adueñándose de ella. El temblor de 85 cambió de lugar la estación Chabacano del metro y el estado laico cambió los nombres de las estaciones del metro de Purísima y Basílica a UAM-I y Deportivo 18 de marzo; esto por el mismo tiempo que el súper 7 pasó a ser Seven Eleven, y antes de que Soriana dejara atrás a Gigante. O las desaparaciones de Burguer Boy y Tom Boy y los cascos de Danesa 33. El paso de corcholatas a fichas y luego a taparoscas.

Cerca de la casa de mis abuelos había un tobogán enorme, y un terreno cerrado al que conocíamos como la barda, esa barda la librábamos subiendo por un montón de tierra y basura para jugar en el terreno que estaba lleno de hoyos hechos por tuzas. Esos terrenos fueron divididos por el eje 3 OTE, ahí también jugué fútbol con el Ultra y luego con el Necaxa, muchas veces bajo el arbitraje del ampayita —llamado así por su tamaño— el terreno pertenecía a la Cervecería Moctezuma y de niño iba con mi primo Carlos a pedir calendarios de campeonato mexicano de fútbol, del lado sur de la barda está la calle de leñadores que cuenta la leyenda urbana que estaba embrujada, cuando queríamos que alguien demostrara su valor lo hacíamos atravesar esa calle durante la madrugada.

Es inevitable que las cosas cambien pero quisiera que no todo se fuera al olvido.

 

 

 

 

Niño perdido

Ay San Juan de Letrán, San Juan de Letrán ora por nosotros

– Santa Sabina

El eje central fue inaugurado en el mismo año que nació mi mamá. Llegó a ocupar el lugar de cinco calles: Panamá, Niño Perdido, San Juan de Letrán, Calle de Santa María la Redonda y 100 metros —sin albur— un cambio de esta naturaleza no es fácil de asimilar. Solía platicar largo tiempo con mi abuelo acerca de cómo lucía antes de semejantes cambios. El tiempo avanza inexorablemente y las calles evolucionan.

Durante mi niñez realicé muchos viajes al centro acompañando a mi mamá siempre por el eje Central, que tomábamos vía Ermita, La Viga, Río Churubusco y Municipio Libre, a pesar de que es la calle con los semáforos mejor sincronizados de la Ciudad de México siempre encontrábamos tráfico, la marcha era lenta y se veía a lo lejos la torre de comunicaciones que se cayó en el temblor, en ese trayecto escuchábamos en el radio la novela el derecho de nacer, o algunas veces se escuchaba la inmortal frase “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados” que marcaba el inicio de Kalimán, cuando ya se escuchaba a Porfirio Cadena era porque se nos había hecho tarde.

Los fines de semana llegaba a acompañar a mi papá a la calle de el Salvador, donde algunas veces dejábamos el coche en un estacionamiento donde vendían jugo de caña. Recorríamos las calles en busca de aparatos de sonido, partes para que hiciera sus bocinas, todo antes de que existiera la plaza de la computación y solíamos comer tacos en Bolívar, siempre disfrutaba esos paseos, eran de los vínculos que tenía con mi padre.

El transporte que más me gusta es el trolebús, y ahora que es el transporte oficial me da mucho gusto, aunque algunos se quejen que ya no se puede tomar taxi. Recuerdo muy bien cuando el costo del pasaje era de 60 centavos, siempre recibían un peso, por eso cuando íbamos 6 les daba mucho coraje a los conductores porque su ganancia se reducía drásticamente, ahora está en cuatro pesos aunque ahí van metidos tres ceros en la moneda devaluada. En mi época automotriz solía dejar el auto en un estacionamiento en Chimalpopoca y tomar la línea 8 de metro —cuyo diseño industrial de las estaciones Obrera, Doctores, Salto del Agua y San Juan de Letrán me gusta mucho— hice numerosos viajes a la plaza de la computación, a la camisería en la esquina con Victoria, justo enfrente de la entrada al metro. Pasé infinidad de veces al lado de la esquina del control remoto, otras tantas caminando desde la casa del Chil en Delicias —a.k.a. Beauty— y, antes de mudarme a Brasil, vivía a un par de cuadras —al lado de la Maraca— por lo que mis viajes al centro eran por esa vía.

El eje fue testigo de muchas cosas, como cuando aplasté la placa de México que tenía en Napoleón —mi Maverick 75— al saltar el viaducto, también manejé en sentido contrario, en el mes de septiembre iba con Chil a llevar a Liz y Dioné manejando un vocho prestado la llanta se desinfló a la altura de la Doctores, nos tocó empujar el auto de ida y regresar en penosas condiciones, o romper un récord, ahora con Chucho, al ir a de dejar a Rocío en la esquina con Cumbres de Maltrata apenas unos minutos antes de que el hoy no circula comenzara; o en aquella noche de serenatas donde los amigos de Roberto atropellaron un gato negro lanzándonos una maldición que se manifestó cuando la camioneta se apagó en el cruce del eje 5 y el eje central. También tuve que ir al rescate en la cantina que queda frente a la estatua de Lázaro Cárdenas. Como dato curioso en alguna ocasión una avioneta intentó aterrizar en el eje sin fortuna, terminó estrellándose a la altura del piso, digo de la calle Vizcaínas.

Aún se pueden ver muchas imágenes fascinantes al transitar por ella, como personas llenando botellas con bebidas adulteradas porque dudo que el carril del trolebús sea la sede de la embotelladora oficial, o puedes recibir ofertas de software que solamente ahí consigues, ir a jugar billar arriba de un club de caballeros, entrar al cine Teresa que ha pasado por muchas transformaciones y luego entrar al sexshop de al lado.

Esa es una de las calles son las que me formaron.

EjeCentral

Quesadilla de huitlacoche

Quesadilla:  Méx. Tortilla de maíz rellena de queso u otros ingredientes que se come caliente.

Real Academia Española

Parece que el origen etimológico de la quesadilla sí tiene que ver con queso, algo que no me hace mucha gracia pero que tampoco tiene tanto impacto, no es la primera vez que la etimología no corresponde con el concepto: como el murciélago que es ratón cieguito o trabajo que son tres palos.

Pero recientemente ha circulado la idea de que el huitlacoche es de uso reciente o al menos solamente es reconocido en la cocina a hace muy pocos años. Patrañas, el hecho de que no sea un elemento gourmet o documentado no quiere decir que no se haya usado.

Los pueblos prehispánicos no iban a desperdiciar el maíz tan fácilmente así que seguramente las primeras quesadillas que existieron fueron de huitlacoche, los dos elementos están juntos piden ser preparados juntos, cuando solía ir a la central de abastos, los domingos en medio del pasillo solían poner la mercancía para rematar, un día me encontré con una señora que vendía huitlacoche y le pregunté ¿cuánto por todo? y tomé la oferta, es la única vez que he hecho algo así, tuve que repartir todo entre mi familia pero me sentí muy feliz de hacerlo, y disfruté de muchas quesadillas y tacos después.

Las quesadillas son un alimento popular, cuando uno se acerca a la marchanta para hacer el pedido, generalmente hay fila y mucha gente esperando, entonces ella pregunta ¿de qué va a querer? y pues uno suelta la lista, siempre hay alguien que pide de chicharrón —creo que es de las más populares—, están las de solamente queso para los melindrosos, unas de tinga de pollo, yo siempre pido de huitlacoche o flor de calabaza, que es uno de los pocos platillos típicos de la Ciudad de México.

Algunos domingos con mis amigos comprábamos quesadillas de sesos en el puesto de carnitas, de esas que salían bañadas en aceite del cazo y que eran muy baratas. Otras veces íbamos al mercado que se pone frente a Bachilleres 4 para comer las de masa azul. O en casa de Azul incluso pedíamos la entrega a domicilio. Tampoco es poco frecuente encontrar quesadillas enormes a precios populares. Las quecas son un platillo recurrente que resulta accesible a bolsillo de casi cualquier consumidor.

Pero también se pueden hacer quesadilla de otros ingredientes no tan caros pero que requieren más preparación, como en un cumpleaños en el que mi mamá se dedicó a limpiar jaibas para tener solamente la carne y poder hacer quesadillas de pescado camarón y jaiba.

Cuando alguien alegue que las quesadillas solamente son de queso, como ya ocurrió en algún mercado dominical de la perla de occidente, dejaré que viva en su error, si no aprecian las quesadillas de huitlacoche, mejor que no las coman.

Huitlacoche

 

llueve sobre mojado

Del cielo negro cae la lluvia lágrimas de contento inundan mis ojos.

Lluvia del Porvenir – Radio Futura

Durante los primeros años de infancia la lluvia era un fenómeno condenatorio, bastaban unos minutos a la intemperie para que mis anginas comenzaran a quejarse y eso me garantizaba un viaje al doctor seguido de inyecciones. Incluso en una ocasión que estaba con mi tío Ricardo en un refugio que improvisó con los ladrillos que había de la construcción, aunque no me mojé bastó la humedad para disparar la enfermedad.

Después de mi amigdalectomía las cosas cambiaron radicalmente, no me enfermé durante muchísimos años así que ahora podía disfrutarla. Muchas veces me preguntaba si le ruta que siguiera podía alterar sustancialmente el número de gotas que me alcanzarían. También podía jugara  la guerra de las galaxias, que consistía en acostarse sobre el piso viendo hacia una lámpara del alumbrado público, cubrir la luz con las manos así las el brillos de la lámpara sobre las gotas simulaba el espacio. Me tocó jugar en campos inundados, donde el fútbol se diluía y la diversión aumentaba.

Durante mi tránsito por la secundaria me tocaron semanas en las que una lluvia fina y persistente nos acompañaba todo el día y el Canal de Miramontes parecía canal, un granizo que alcanzaba para crear muñecos que simulaban ser de nieve. El 18 de septiembre de 1985 pinté la fachada de mi casa —Felipe es mi testigo— esa noche cayó un aguacero que presagiaba acontecimientos funestos, dejé mucho tiempo de pintar cosas a la intemperie. Cuanto teníamos la mesa de corte en la parte trasera de la casa y llovía teníamos que asegurarnos que no se inundara porque podría mojar todo el recorte, recuerdo muchas veces salir de madrugada a destapar la coladera.

Una mañana robaron los limpiaparabrisas de Napoleón en el estacionamiento de la tienda del ISSSTE, tardé más de un año en reponerlos, solamente iba armado de un poco de detergente para los casos extremos, cuando me preguntaban: ¿a poco ves? siempre contestaba que no, pero que usaba la fuerza a la manera del único Jedi que estudió en la abierta. Esta es una verdad a medias ya que, si bien era cierto que no veía, la verdad es que lo de los midiclorians es una mamada. Cuando finalmente conseguí reemplazo para los limpiadores, debido a una inadecuada instalación solamente limpiaban hasta la mitad, bromeábamos diciendo que eran de avión. Muchos años después, de regreso de un viaje a Acapulco —ahora en Napoclon— con mi compadre, el Chacalón y Dida —Julio, Carlos y Alejandro— llovía en la carretera, el volante parecía para nevero, las luces tenían un corto y los limpiadores funcionaban intermitentemente, al menos uno venía muy nervioso —con cualquier charquito se ahogan—. En ese mismo coche, en otro día lluvioso choqué con un camión de redilas que huyó por tener la culpa, le tuve que cambiar la puerta, justo el día que le pusieron la lámina comenzaron las lluvias, entonces como no tenía ninguna capa parecía que estaba toda oxidada, tan mal estaba que los mendigos o los que limpian los parabrisas en las calles me rehuían. Además el copiloto sufría en temporada de lluvias, quizá porque le faltaba algo de lámina al piso.

Justo en una visita para el puerto de Acapulco me tocó lluvia, muy lejana a los infortunados y recientes acontecimientos, pero suficiente para mantener todas las calles con algunos centímetros, aproveché para experimentar y andar descalzo durante todo ese día, ahora no sufría con la temperatura del piso, claro que la contra era la cantidad de basura que iba en el agua. Una tormenta inusitada ocurrió en Oaxtepec, fue la primera vez que me enamoré, fue tan fuerte el deseo de quedarme ahí que estuvimos varados en la terminal de autobuses como 5 horas.

Cuando fui a ver el monólogo “Yo soy Walt Whitman” al centro cultural la Pirámide que está en San Pedro de los Pinos había una lluvia que casi impidió que llegáramos —iba con Natalia— al espectáculo, íbamos con mucho tiempo y llegamos con diez minutos de sombra, apenas para ver un poco de la exposición, desafortunadamente solamente hubo otro asistente esa noche, pero la interpretación fue soberbia y los aplausos abundantes, agradecí profundamente que su interpretación hubiera sido de esa calidad a pesar del poco público, creo que fue una lección.

Una noche que iba de Bordo al retorno recibí una lluvia que me dejó tan empapado que ninguno de los peseros quería subirme, tuve que caminar sobre Acoxpa hasta el periférico y tomar el trolebús iba vacío y me senté en el último asiento , en poco tiempo había un charco que recorría todo el pasillo. Porque no me gusta cargar paraguas por si llueve, es una de las frases que repito con frecuencia, de hecho pensaba que en caso de secuestro o de que alguien quisiera robar mi identidad esa podría ser usada para descubrirme, ahora que es pública será eliminada como opción. El mayor problema de la lluvia es la lentitud del metro.

En Londres aprendí a cargar el paraguas aunque   Por estos lares la ciudad está mucho más preparada para las lluvias, con canales en las orillas de las calles para que fluya libremente. también los autos tienen protecciones especiales en las ventanas; ya me tocó una de las peores inundaciones en São Paulo y también el tráfico se pone imposible.

Disfruto mucho estar bajo la lluvia, lo vivo como una experiencia purificadora aunque sea ácida, algunas personas nunca entendieron es parte de mí, ese considerar el agua como un elemento pacificador, yo sigo recolectando agua de lluvia del día se San Juan, aunque no he probado su efectividad en el hemisferio sur.

Chuva

batallas matinales

Vieja ciudad de hierro de cemento y de gente sin descanso si algún día tu historia tiene algún remanso dejarías de ser ciudad.

Rockdrigo

La semana pasada tuve que llegar mucho más temprano de lo acostumbrado al trabajo, algo a lo que ya no estaba acostumbrado, recordé todas las vicisitudes que acompañan esta práctica y los resultados de este enfrentamiento cotidiano con enemigos apenas amenazadores pero peligrosamente constantes.

La primer batalla que tengo que ganar cada mañana es la de despertarme a tiempo, no importa en realidad la hora que sea, generalmente tengo que hacer un esfuerzo por despertarme, pero siempre he necesitado ayuda porque mi sueño no se interrumpe fácilmente, puede haber una fiesta al lado y yo no despertar, antes lo único que conseguía despertarme era el sonido del teléfono, por esto tuve que recurrir al servicio de despertador de telmex, después usaba 6 despertadores cuyas alarmas tenían diferencia de algunos minutos, eso me funcionó hasta que me casé, Valeria no podía dormir con el click de todos los despertadores y no le hacia ninguna gracia la cantidad de pilas de tan mala cantidad que usaba —similar de las rocket— así que los reemplazó por un despertador rojo de gran potencia en su sonido, yo me tenía que levantar antes que ella así que dormía del lado de donde estaba el despertador y siempre me levantaba con el pie izquierdo —a la fecha lo sigo haciendo—, ahora solamente necesito 3 alarmas del celular y 2 despertadores, uno de ellos genera el ruido suficiente para despertarme, aunque ahora casi siempre logro despertarme un poco antes de que suene.

Pero el despertarse es apenas la primera parte, yo jamás me he levantado inmediatamente después de despertarme, durante ese tiempo me cuesta trabajo comenzar a carburar, algunas veces me quedo reflexionando, algunas otras recordando e intentando explicar los sueños que tuve. Otras veces simplemente acumulando fuerzas para levantarme.

El baño no lo considero una batalla, al contrario es una preparación o ritual para seguir con el día, ahí consigo despertar completamente, es el momento en el que me encuentro en mayor calma, cuando la respiración se equilibra y a cada respiración las energías se acumulan.

Desayunar resulta complicado, es muy difícil que me quede tiempo para algo más que algo que se pueda tomar de un trago como un yogur para beber, Durante mucho tiempo desayuné un vaso de papaya y un jugo de zanahoria que mi marchante ya me tenía preparado. Otro gran favorito era el licuado de mamey —la fruta que nació para ser licuada— las guajolotas o el atole en ocasiones contadísimas.

Pero el principal villano es el tráfico. Siempre hay un obstáculo que es el más difícil, por ejemplo mis primeros tres años de primaria, vivía a solamente unas cuadras pero a mi papá le gustaba llevarme, algunas veces era complicado atravesar la calzada Ermita Iztapalapa —aún ahora con todo y puente es difícil— esa fue la época en la que viví más cerca de la escuela. Siempre que hablo al respecto me acuerdo de mi amiga Martha, que vivía en Santa Úrsula, caminaba a su primaria y secundaria, y para la Prepa 5 y para CU tomaba el mismo pesero —solamente cambiaba la dirección— una combi de la ruta 29. Recuerdo mucho mis viajes a CU, cuando iba en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales, me esforzaba en llegar a clase de 7, muchas veces tomando el primer camión (ruta 79) que salía frente a la UAM Xochimilco y que me dejaba en el metro CU, o cazando al San Lorenzo Tezonco – Cerro del Judío (ruta 64) que solamente lo podía tomar hasta las 6:30 porque después pasa llenísimo, su gracia decayó cuando cerraron el cruce de Tlalpan a la altura de Xotepingo. La alternativa era una combi que también iba de la UAM Xochimilco hacia CU (ruta 95) que, cuando todos íbamos a CU iba directo ahorrándonos mucho tiempo. Cuando llegaba a ir en coche, la parte difícil era División del Norte con Miguel Ángel de Quevedo, había un carril para dar vuelta, pero si lo elegías podías quedar bloqueado si alguien iba a dar vuelta en U. Me divertía tomar esa decisión y lo hacía a manera de apuesta, creo que terminé a mano.

Ya en el trabajo el principal reto era llegar al metro Taxqueña, que me podía llevara hasta 40 minutos, la otra alternativa era tomar todo el eje 3 hasta Mixhuca cuyo tiempo era muy variable. Ya dentro del metro la siguiente decisión la tenía que tomar en Tacubaya: o me seguía hasta Auditorio o me bajaba y arriesgaba a tomar un camión o intentar conseguir un taxi —esa labor era difícil porque la competencia era dura y los taxistas primero elegían a las mujeres— esa decisión a veces me llevaba más tiempo pero siempre me ha gustado esa incertidumbre. el tomar rutas diferentes. Cuando me cambié cerca del metro Portales, se redujo una de las variables, y se alargaron mis horas de sueño. Y cuando me mudé a un par de cuadras del eje central las opciones se ampliaron, pero más para el regreso que para la ida. así que generalmente tomaba un pesero a Cuauhtémoc y de ahí tomaba la línea 3.

Ahora que estoy viviendo en São Paulo las cosas no son muy diferentes, ahora mi transporte matinal es el 576M-10 (Vila Clara – Terminal Pinheiros) solamente que la frecuencia es menor y ahora debido a las obras de la nueva línea del metro hay 2 avenidas que es difícil atravesar, la Ibirapuera y Santo Amaro, aunque vivo mucho más cerca sigo con las mismas batallas todos los días, y sigo ganando.

Por eso cuando estoy de vacaciones aprovecho para levantarme temprano y salir, ahora sin prisa para caminar por los mismos lugares a un ritmo diferente y contemplar bajo otra óptica la prisa cotidiana a la que nos sometemos, gracias a ello entiendo que las batallas son, en realidad, conmigo mismo. Que el enemigo no es el tráfico, el despertador o el tiempo; esas son las circunstancias que tenemos y que nosotros elegimos nuestra manera de abordarlas.

Exilio (parte dos)

No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda pero sigo siendo el rey.

José Alfredo Jiménez.

Nací en el segundo piso de un sobre Anillo de Circunvalación, en un hospital dirigido por el Dr. Wilfrano que atendía a las trabajadoras de la acera por módicos 20 pesos —de los viejos—, este doctor atendió a mi madre en el alumbramiento donde comencé como chilango.

Aunque le digan Distrito Federal, todos sabemos que es la Ciudad de México, la capirucha, la Ciudad de los Palacios, la región más transparente, Tenochtitlán. Es mujer, es madre y yo soy su hijo predilecto, pero a diferencia de lo que muchos creen, ese lugar no me lo gané con la magia que poseo.

Los favoritos de los padres —a veces cada uno tiene su favorito— jamás son por sus características. Tengo 5 hermanos cercanos —llamados alguna vez los del 26— todos hombres —eso dicen pero no lo voy a comprobar— con los que he convivido por varias décadas, alguna vez platiqué con otras personas acerca del favorito de la madre —no voy a revelar las conversaciones— pero la conclusión es que ese favoritismo tiene su origen en la madre, no en las características de los hijos, que no alcanzan a comprender la razón de la diferencia, ni modo así es.

Siempre me gustó la calle y siempre me ha cuidado, no solamente de atropellamientos de camiones de mudanzas, pero de choques: durante algún regreso de una fiesta en la discoteca giratoria Quetzal —ahora restaurante Bellini— iba a una velocidad que provocaba el miedo de mi acompañante que solamente acertó a decir que parecía montaña rusa, iba compitiendo contra un dogde dart —sobre la calzada Ermita Iztapalapa justo antes de cruzar Río Churubusco— entonces un susurro en mi oído —el izquierdo— hizo que detuviera la marcha aún con el siga, mi competidor se siguió estrellándose contra una pickup. Estos episodios se siguieron repitiendo, el último fue hace uno tres años.

Lo cierto es que siempre me sentí cobijado y protegido en la ciudad, cuando regresaba de algún viaje y pasaba al lado del ahora extinto Toreo de Cuatro Caminos y leía “Bienvenidos a la Ciudad de México” respiraba aliviado por mi regreso. Amo todos los sus rincones, he bajado del bosque de tlalpan rodando —incluso antes de que mi figura fuera tan circular—, he organizado bohemia bajo los puentes de Iztacalco, alguna vez jugué fútbol en campos en medio del un plantación de maíz o de un basurero; utilicé una nopalera como drive-in, he bailado en el escenario Auditorio Nacional, orinado la casa de Silvia Pinal, robado el Sears de Plaza Universidad —a los 6 años—, dormido en las calles de Torres de Padierna, acampado en el Cerro de la Estrella, jugado en la Academia de Billar Gabriel Fernández —ruega por nosotros— fui a pedir agua para el carro en la ex-casa de Pedro Infante, usado las consolas de los teatros del Politécnico, estudiado, trabajado y dado clases en la UNAM.

Tengo una deuda enorme con la ciudad, que voy a pagarle —sabemos la manera en la que lo haré— por lo pronto me estoy alejando de su cuna y cuidado. Es necesario para crecer.

Concierto miedo

Las cifras de venta de un disco me parecen una abstracción, son uno signos sobre un papel, y más ahora, con la piratería. Lo que importa es cuánta gente ha ido a verte esa noche y el aforo de las salas que te llaman.
Antonio Vega

En México en septiembre de 1971 hubo un concierto en Avándaro, un verdadero desmadre de organización, pero fue una oportunidad para los que les gustaba el rock de reunirse en grandes cantidades para celebrar de una manera tribal. Creo que en cada concierto hay una especie de experiencia colectiva que nos alimenta el gusto por la música. Después de la mala publicidad obtenida pensaron que los conciertos de rock eran una amenaza para la seguridad pública y los prohibieron.

Por esa razón tardé demasiado tiempo en ir a un concierto, porque ir a recitales de Mozart, conseguir boletos en el Patio —en Atenas número 9—  para ver a José José o ver a Lupita D’Alessio en un palenque —no estoy hablando de su vida privada— no cuenta. No había espacios para hacer conciertos en mi amada Ciudad de México, pero hasta entonces solamente había tenido contacto con rock extranjero gracias a mi tío Mundo que era un ferviente admirador de Eric Burdon, Led Zeppelin, o los Rolling, entonces mis intereses musicales fueron mudando por la vía de la canción de protesta hacia los rupestres, Jaime López, Cecilia Toussaint y los entonces apareció un grupo en el horizonte llamado Botellita de Jerez. La única manera de verlos era en lugares cerrados, eventos no publicitados, donde también se veían personas como Guillermo Briseño, Heber Rosell o el mismísimo Rockdrigo Nopales.

Creo que todo comenzó a cambiar después del temblor, donde ya cualquier foro parecía un hoyo fonqui, creo que los conciertos que se organizaron luego del temblor, uno en homenaje a Rockdrigo y Frederik —un artista de teatro que era belga y vivía en la calle de Bruselas de la colonia Júarez— donde el conductor fue Alejandro Aura y actuaron, además de los arriba mencionados, Trolebús, Roberto Ponce, Nina Galindo, Rafael Catana, Armando Palomares, Armando Rosas y la Camerata. Este concierto constrastaba con el que se organizó por los famosos donde estaban Vicente Fernandez, Lucía Méndez, Verónica Castro, Yuri, y algunos otros.

Luego de esta desgracia era natural que se organizaran conciertos de corte de rock urbano, generalmente en el deportivo casa de la chingada, donde tocaban grupos tan alternativos como los Nakos, Follaje, Emilia Almazán,  a, pero regularmente terminaba en una razzia, hasta había un programa los domingos en la noche por 105.7 donde anunciaban a los detenidos para que fueran por ellos. Alguna vez fui a una tocada en la calle de privada Lago, cerca del metro Nativitas, nos dejaron pasar apenas con el reloj de mi amigo Chucho—la patria era pobre— y tocaron Splash, Santa Sabina y estaban Alfonsó André y Saúl de los Caifanes que tocaron un palomazo, era una casa, y al final te podías echar unas chelas con ellos, nadie los conocía. Pero poco a poco fueron  surgiendo algunos lugares como el LUCC, Rockotitlán y el RockStock.

Pero de estas épocas hay algunos conciertos que recuerdo por diversas circunstancias, cuando Soda Stereo estuvo en el Auditorio Nacional en la gira Doble Vida, yo ya tenía mi boleto con un lugar extraordinario, mi hermano del alma Felipe no pudo comprarlo por algunos descuidos financieros que tuvo, me acompañó a la entrada pero la verdad se me ablandó el corazón y cambié mi lugar por 2 boletos de hasta arriba para ir juntos, no tuve la mejor visión pero fue por mucho muy emotivo. Otro de ellos fue cuando Rod Stewart estuvo en Querétaro, yo creo que el 40% estaba quemando mota porque el hornazo era impresionante, lo más importante fue que después de ese concierto mi sencillo  de 33″ de “Da’ ya’ Think I’m sexy” fue indispensable en las fiestas por un rato. Y el otro fue un masivo en CU donde tocaron Juguete Rabioso, La Maldita Vecindad, Santa Sabina, Los Caifanes y Eugenia León, ese concierto lo viví detrás del escenario, Felipe consiguió varios autógrafos, el concierto era para juntar lana para mandar petróleo a Cuba.

Ya en los 90’s recuerdo varios conciertos que se hicieron en el Blanquita de pares de bandas, fui a ver a Real de Catorce con Flor de Metal, Raxas con Next, Ritmo Peligroso junto con Casino. Los Caifanes presentaron el disco del diablito en el Blanquita, ese día una indigente nos ofrecía su desnudez a cambio de monedas o una manuela o una francesa a cambio de un poco más de lana para el pomo. También fui de última hora a un concierto de Cecilia Toussaint, llegué directo a la taquilla a comprar los boletos, primero pensé qué rápido fue pero me di cuenta que había una gran fila y que yo me la había saltado olímpicamente —la verdad no me di cuenta— en la fila para entrar iba de ida y regreso, me encontré justo con un amigo en la fila a punto de entrar, así que en un par de minutos ya estaba dentro.

También fui a la conmemoración de los 5 años de la muerte de Rockdrigo, hubo 2 eventos uno fue un concierto en el teatro Isabela Corona en Tlatelolco —local apropiado— aunque solamente tocó la mitad del grupo Qual. Y hubo otro concierto de la calle de Liverpool, ese sí con puro espontáneo, escuché muchas canciones bizarras, los asitentes no te pedían lana para la chela sino para ir por más cemento antes de que cerraran la zapatería.

Cuando fue la guerra contra Iraq incitada por el papá Bush hubo numerosas protestas, algunas frente a la embajada pero hubo un concierto memorable en el espacio escultórico, en las propagandas de invitación se pidió la asistencia vestidos de blanco, llevando flores e incienso —este último para disfrazar el consumo de marihuana— y pues estuvieron TODOS, y me refiero a todos el concierto comenzó pasadas las 10 de la mañana y terminó a las 4 de la mañana siguiente, en el lugar donde Jorge Reyes solía hacer su concierto primaveral. Aquí me ocurrió algo curioso, unos 20 años después fui a un concierto de Santa Sabina en zócalo, donde el pretexto ahora era la guerra contra Iraq propiciada por otro Bush —ahora el hijo— cuando me acerqué al final del concierto para que firmaran mi disco de Espiral comentamos al respecto. También fui a varios conciertos en la explanada de la delegación Venustiano Carranza —donde saqué mi primer permiso de conducir— en uno de esos se presentó lo que quedaba de Nacha Pop.

Durante todo ese tiempo me tocó ver nacer bandas como Caifanes, Café Tacuba —cuando Alicia todavía vivía ahí—, Fobia, Santa Sabina. Ya para finales de la década fui con mis primos a un concierto en el Metropolitan donde se presentaron los 3 —Julieta Venegas de invitada—, la Nao, Los Babasónicos —fue la primera vez que los vi en vivo— Sekta Core, Desorden Público, La Dosis y Coda. Ahí me di cuenta de que ya no estaba chavito —al menos comparado con los otros asistentes—; mucho tiempo después —2009— fui al Auditorio Nacional a ver de nuevo a los Babasónicos con mi fluctuante novia ella se sentía incómoda por verse rodeada de chavos al final del concierto terminó conmigo, claro que esto no era raro porque esa escena se repitió muchas veces los meses siguientes. Algo que también descubrí entonces fue que los concierto habían cambiado, se avecinaba Ticketmaster que vendría a dominar el mundo de los conciertos, que desde entonces dejaron de tener esa sensación tribal que es difícil tener cuando la preventa es solamente con tarjetas Banamex. Claro que asistí a muchos de ellos aunque no me hiciera ninguna gracia la comisión pagada. Y aunque estuve retirado mucho tiempo de los conciertos cuando me casé, luego del divorcio tenía muchas ganas de seguir asisitendo regularmente, y comencé con aquellos foros no tan grandes como para volver a sentir esa emoción de antaño. Dejo alguna foto de antes y después.

Atrás lleva lugares

México siempre ha sido igual de revoltoso

Gabriel Vargas

Poco tiempo después de que inauguraron el metro de la Ciudad de México surgieron los peseros, llamados así por —¡oh sorpresa!— costaban un peso, en contraste con los camiones que costaban 20 o 30 centavos y que tenían rutas limitas como la famos Azcapotzalco-Jamaica o Zócalo C.U.  Y surgieron como un negocio oportunista —como los que venden lápices del 2 afuera de los exámenes—para dar servicio a las rutas no cubiertas por el transporte existente.

Al principio eran carros regulares habilitados con algo de pintura alrededor y un decorado característico, frasco de nivea para adornar el faro, un cubre volante semideshecho y un tapete sobre el tablero; nunca los pude ver de cerca porque desde el principio el asiento delantero está reservado para personas que sean agradables a la vista del conductor. Luego vinieron las combis, primero para 10 pasajeros, pero hábilmente acomodaron un asiento extra y luego con las Ichi Van el número aumentó hasta 13, y los de la fila que iba a espaldas del conductor eran los encargados de pagar el pasaje, mi amiga Martha siempre se sentaba en esa fila porque no le gustaba pedirle a nadie favores, yo escogía el banquito para no lidiar con el espacio. Un día que varios amigos nos dirigíamos a la unidad del hueso no encontrábamos transporte así que le pedimos a un pesero de la otra ruta que nos llevara, era mucho más barato que un taxi y era un pequeña ida y vuelta para el conductor. Siendo asiduos asistentes a fiestas sabíamos que una de las rutas que pasa más tarde es la de Tlalpan, el Izazaga, en una ocasión Paco tuvo que convencerlo de aceptar unas plumas porque todo el dineo lo habíamos invertido en bebida.

Aunque era todo un show bajar desde el lugar a la izquierda del asiento de atrás, la verdad es que era incómodo y un poco tardado pero como solamente había pocos pasajeros era muy rápido. No es tan cómodo viajar en pesero, no es el mejor medio pero muchas veces no existe otra opción. Cuando comenzaron los microbuses, casi al tiempo que la ruta 100 dejó de adoptó sus colores ecológicos, el pasaje costaba 350 pesos en viaje más barato, mientras la ruta 100 costaba —coincidentemente— 100 pero ya los ecológicos eran de 300 pesos —3 monedas doradas— entonces la diferencia era mínima. Pero los primeros microbuses seguramente eran ex camiones lecheros, además la gente no sabía si pagar al principio o al final —como en las combis— pero eso dependía si tenían puerta trasera o no. Luego de un varios accidentes y quejas intentaron estandarizar el parque vehicular y el modelo más común era modelo alfa. Unos con una barra de asientos que se extendía de la puerta de entrada a la de salida y otros con 2 filas de asientos dobles donde era muy difícil formar las dos filas solicitadas por el conductor.

La ruta que utilicé con más frecuencia fue la de Peni-San Lázaro, en cualquiera de sus modalidades —8 y 9, Prepa 5 o Periférico— algunos la tachaban de peligrosa por los asaltos —y no porque pasara por San Lázaro— pero durante el trayecto algunas veces los micros eran sacados de ruta y asaltaban a los pasajeros, mi abuelo presenció un asalto pero fue perdonado por ser de la tercera edad, entonces no solamente recibía descuento en el transporte oficial, también descuento en los asaltos de microbús —las ventajas del INSEN—.

El panorama no es tan variado y abundante como en el metro, siempre hay el que va dormido, estudiando, con audífonos, hablando por celular, algún niño llorando mientras su mamá lo maltrata. Alguna vez me tocó ver un ciego con perro guía —algo que he visto muchas más veces en el metro o el camión— pensé que el chofer iba a poner alguna objeción, resulta que era solamente un prejuicio mío. Porque sí conocí a algunos conductores, incluso unos gemelos de esos que compartían un vínculo especial, uno tomaba y al otro le hacía la cruda, como aquella película de Mauricio Garcés: Fray Don Juan. Recuerdo también los micros que iban al CCH Sur, alteraban la ruta ligeramente para pasar justo enfrente y algunos choferes ponían algo alternativo —no tan alternativo como el Panda show— pero un pesero lleno de estudiantes no es más civilizado.

Algo característico con las calcomanías que se pegan sobre las ventanas o arriba de las puertas. Un bebé rudo, un porky invitándote a no tirar basura, un imagen de Jesús, casi todas con un patrocinio de una radiodifusora o una refaccionaria, y también existen frases típicas como aquella de “Para la gente educada por atrás es la bajada” o “Si vas a comer pepitas cómete la cascarita”.

Cuando viajaba con Natalia, de General Anaya al estadio Azteca siempre decíamos que nos íbamos a bajar antes para que el costo fuera el menor, no me sentían tan cómodo con eso, pero la verdad es que el servicio recibido no era el mejor y tampoco teníamos mucho dinero es como si no nos alcanzara para el viaje completo —y no nos alcanzó para terminar juntos—. Una vez que acompañé a CHHC a su casa —sí en pesero— en un descuido su mano fue aplastada por la puerta trasera, tendría que haberla tomado y besar sus dedos hasta que el dolor se detuviera pero no lo hice, es como si la hubiera visto bajo otra luz y ahora la pudiera percibir en realidad, dejé de atribuirle virtudes inexistentes—quien iba a pensar que la luz neón del pesero sirviera para mostrar el verdadero rostro—. Viajé muy pocas veces en pesero con mi esposa, pero me extender un poco más el tiempo con ella en la mañana con alguna plática corta, nos bajábamos en el metro Zapata y tomábamos direcciones opuestas —¡qué profético puede resultar viajar en transporte público—

Y claro que hay referencias musicales.

Tiempos electorales II (y último)

Nadie puede adoptar la política como profesión y seguir siendo honrado.
Louis McHenry Howe

En la semana santa que gasté limpiando un motor minuciosamente recibí una visita de una recién arribada a la política, no tenía experiencia en estos menesteres según su propia confesión fue mandada a hacer labor de campo como parte de su entrenamiento, pasó preguntando si tenía un momento para recibir información de su partido. Yo tenía las manos llenas de grasa, estaba limpiando piezas y no terminaría ese día, pero mis oídos estaban libres, quería hablar al respecto y mi mente siempre ha sido multitasking así que la convidé a sentarse a un lado para platicar mientras yo seguía con mi labor.

Dejé que practicara el discurso que tenía preparado, apenas asintiendo o lanzando breves preguntas de fácil respuesta hasta que al final me pidió mi opinión -de eso pedía mi limosna- así que le solté mi respuesta, que al principio incluía mi opinón al respecto de los integrantes del partido, pero también todas las minucias históricas incluídas en la entrada anterior, algunas estructuras de gobierno existentes y su comparación o viabilidad, como era mi opinión ella la recibió sin chistar pero con los ojos muy abiertos, supongo que no esperaba pasar tanto tiempo hablando y recibir tanta información debió haber sido como beber agua de una manguera para incendios.

Independientemente de la impresión que ella se haya llevado de mí, a mí me causó curiosidad y simpatía, su acercamiento era honesto y manifestaba una sincera voluntad de mejorar la situación. Se despidió cálidamente y me agradeció múltiples veces -y eso que solamente le ofrecí agua de limón durante la plática-.

Tiempo después había ascendido en el partido, ya no hacía labor de campo, ahora estaba adscrita a una oficina minúscula en unas instalaciones temporales, el hecho de subir apenas un peldaño comenzó a causarle problemas con los demás compañeros que, si bien no le hacían mucho caso cuando estaba al final del escalafón, tampoco la molestaban. Ahora recibía innumerables críticas por el color de su piel, su peso, su ropa y maquillaje. No estoy seguro que hubiera previsto nadar en un tanque de tiburones.

De su trabajo no se podían quejar, podía consumir tanto tiempo como fuera necesario, al parecer esta cualidad es apreciada en los subalternos. El jefe de su jefe obtuvo un puesto de elección popular y ahora ella estaba en línea para ingresar en las siguiente elecciones. Su trabajo consistía principalmente en mantenerse en la fila -que no los fueran a sacar- y la otra parte era en la correcta repartición de recursos. Hay que dárselos a los grupos que reporten un mayor beneficio electoral.

Tras la siguiente elección volví a verla, ahora con un cargo en sus manos, con una apariencia completamente renovada, nadie podría dudar ahora que se trataba de una profesional de la política, incluso su elocuencia había mejorado pero ahora había una sombra de inquietud en sus ojos, como esas miradas de los criminales que esperan ser capturados en cualquier momento, como viviendo con la mano en la pistola. No puedo poner mis manos al fuego por su alma, al menos pude reclamarle siempre de frente.

Yo no creo que dejar la responsabilidad en otras manos sea la solución. La situación actual es una responsabilidad compartida, no hay que dejar toda la política en sus manos.